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¿Fin de una era?
La enfermedad y la vejez de Juan Pablo II, uno
de los hombres más importantes del siglo XX,
ponen a pensar al mundo en su sucesor

por Olga Wornat

Tambaleante, enflaquecido, con la espalda encorvada, la mirada perdida y aferrado a la capa roja de seda que cubría su espalda, el anciano jefe se acurrucó en un sillón del escenario. El viento indomable de la estepa rusa soplaba en ráfagas cruzadas, penetrando hasta sus huesos. Ante la mirada de sus acompañantes y frente a las cámaras impiadosas de la televisión, Karol Jósef Wojtyla comenzó a temblar, imparable. 

Dos purpurados que se encontraban cerca en lo que era su 89 viaje misionero, a Tiflis, la capital de la ex república soviética de Georgia, trataron de calmarlo, acariciándole los hombros. Y aunque lograron algo, la escena se repitió minutos más tarde cuando llegó al palacio del patriarca Illia II, donde lo aguardaba el Santo Sínodo de Georgia. Juan Pablo II caminó titubeante, arrastrando los pies, y sentado en un rincón, comenzó nuevamente a temblar: manos, brazos y piernas se sacudían, mientras su rostro se torcía en una mueca rígida, gesto característico del mal de Parkinson, enfermedad que padece desde hace varios años. Su secretario privadísimo -y amigo de toda la vida- monseñor Estanislao Dziwicsz se arrodilló a sus piés, tomó sus manos y comenzó a frotarlas, mientras le hablaba despacio, como si fuera un niño abandonado. Era el 8 de noviembre de 1999 y este episodio hizo sonar la alarma del milenario reino de Roma sobre el estado de salud del pontífice -que en ese momento tenía 80 años- y sobre su posible dimisión.

Transcurridos tres años de aquel viaje -y en los que realizó muchísimos otros, entre ellos, él más importante: Israel- la polémica en el mundo continúa más viva que nunca.
¿Debe dimitir el Papa? es la pregunta que se hacen todos, creyentes y agnósticos.
"Son varias las razones que inclinan a dar una contestación positiva a esta cuestión -asegura el prestigioso teólogo español Miret Magdalena, en el diario El País, de España, del 9 de junio pasado-. Y la primera que debe hacerse un católico es la dificultad para dirigir en estas condiciones la nave de la Iglesia, en un momento tan difícil y lleno de problemas.

Es la crisis religiosa cristiana, son las graves cuestiones que está experimentando el clero, son los nuevos planteamientos que en moral han surgido con la revolución genética, es el clamor creciente de los que querrían el cumplimiento de los avances previstos en el Concilio Vaticano II y que están paralizados o se han dado marcha atrás (...) Contemplamos la barca vacilante de la nave de Roma, que en realidad ahora es dirigida por la Curia vaticana, porque al Papa lo manejan a su aire, dándole el gusto teatral que tiene de viajar y presentarse ante masas ficticiamente enfervorizadas ante el dramático espectáculo de un anciano, que quiere hacer un imposible, movido por los que le rodean, pero que apenas puede cumplir con su cometido (...) ¿Por qué no dimite este Papa y vive tranquilo los años que le quedan de vida?", se pregunta finalmente Magdalena.

En la última ceremonia pública con motivo de la celebración de Semana Santa, el Papa no pudo articular palabra y sus manos no fueron capaces de sostener el papel donde estaba escrito el discurso, que terminó en manos de un sacerdote. Demostración clara de que los males y la vejez continuaron su marcha implacable. Durante el último viaje a Europa oriental, hace menos de un mes, los temblores regresaron ante la mirada de todos, con un agravante: no pudo descender del avión, del que fue bajado en una especie de ascensor vidriado con ruedas, donde permaneció encerrado, con la cabeza gacha y las manos temblorosas.

Pero al margen de las discusiones religiosas y la disparidad de opiniones acerca de la continuidad de Wojtyla al frente de la Iglesia católica, ¿qué hay detrás de esta figura encorvada y titubeante, del temblor incesante de sus manos, de ese rostro con gestos retorcidos por el avance del Parkinson? ¿Qué misterioso empeño lo hace seguir caminando, casi arrastrándose, entregado a la convicción de que solo Dios detendrá su marcha? ¿Cuál es la historia privada de uno de los hombres más poderosos del mundo, jefe de mil millones de católicos? 

Karol Jósef Wojtyla no es ni será nunca un personaje que vaya a pasar inadvertido. Controvertido, perseverante y tenaz, como buen polaco, sus 25 años de pontificado, uno de los más extensos de la historia de la Iglesia, hicieron que su figura se convirtiera en la más importante del siglo pasado y de este comienzo del nuevo siglo.

Juan Pablo II fue el primer Papa no italiano elegido en 500 años y desde su trono libró una lucha sin piedad contra el comunismo y por el "rescate moral" de la Iglesia católica, sacudida por años de crisis y cambios. Desde los inicios fue un cruzado contra el aborto -al que define como el "nuevo Holocausto"- y el divorcio; disolvió lo que quedaba de la Teología de la Liberación, a la que considera marxista y anti cristiana; se propuso acortar al máximo las distancias entre los judíos y los católicos, al pedir histórico perdón por las complicidades de la Iglesia durante el nazismo, nada más y nada menos que parado frente al Muro de los Lamentos, y se entrevistó con Fidel Castro en Cuba, para espanto de los ultraconservadores.

Actor, poeta, dramaturgo y filósofo, Karol -"Lolek"- Wojtyla (ese apodo le puso su madre) nació el 18 de mayo de 1920, en el seno de una modestísima familia católica de Wadovice, un pueblo de siete mil habitantes, a 50 kilómetros de Cracovia, Polonia. Según dicen sus biógrafos, Carl Bernstein y Marco Politi, en el libro "Su Santidad", su madre Emilia, frágil física y emocionalmente y muerta cuando "Lolek" tenía apenas ocho años, es la figura que dejó señales imborrables en su vida y fue una antorcha que alumbró el camino de su entrega a Dios. Ella le enseñó a hacer la señal de la cruz y a estudiar la Biblia cuando apenas sabía leer y escribir. Hay quienes aseguran que la relación tormentosa que el pontífice mantiene -y mantuvo- hasta hoy con las mujeres, tiene su origen en la difícil relación con su madre, a la que adoraba y a la que nunca le perdonó que lo abandonara. "Mi madre era una mujer enferma, trabajaba duro, pero tenía poco tiempo para dedicarme", le confesó con tono de reproche cuando era un joven seminarista, al padre carmelita de su pueblo, al mismo tiempo que hablaba de la nostalgia nunca superada por la muerte de su madre.

En tu blanca tumba
florecen las flores blancas de la vida
Oh, ¿cuántos años se han ido ya
sin estar contigo? ¿Cuántos años?
En tu blanca tumba cerrada desde hace tanto
Algo parece surgir:
inexplicable como la muerte.
En tu blanca tumba,
Madre, mi fallecido amor...

Escribió Karol Wojtyla cuando tenía 19 años y se había quedado solo, con su hermano Edmund (muerto al poco tiempo en una epidemia de escarlatina) y su padre Karol. "Allí expresaría reservadamente el dolor por los años de infancia, el peso de la pérdida que nunca confesaba ni siquiera a sus amigos. Incluso en la edad adulta, como sacerdote, como obispo y como Papa, Karol Wojtyla sería un hombre reservado y casi nunca confiaría a otros mortales los traumas de su vida", escriben Bernstein y Politi. Al parecer, por los testimonios recogidos, éstos habrían sido muchos. De joven era reservado e introvertido, volcado totalmente a los libros y a la escritura. Se escapaba de los juegos infantiles con sus amigos, para ir a rezar en su cuarto, y algunas veces caía en depresiones de las que le costaba salir. Sin embargo, era dueño de una inteligencia y una lucidez fuera de serie, según revelan sus ex profesores de colegio.

En 1941 se muda con su padre a un departamento pequeño en Cracovia y "Lolek" ingresa al departamento teológico de la Universidad Jaguelloniana. Por esos años, el mundo vivía sumergido en una guerra atroz, de la que Wojtyla fue testigo fiel: las batallas antisemitas eran cosa de todos los días en Polonia y luego llegaría la gran tragedia de los campos de concentración, donde murieron muchos de sus amigos de infancia. Fue miembro de "Rosario Vivo", una organización católica ultraclandestina, ya que los nazis habían comenzado a perseguir las actividades de las Iglesias. Cuando se encontraban, los jóvenes integrantes rezaban apasionadamente, leían a los místicos San Juan de la Cruz y a Santa Teresa de Ávila, y hablaban largamente sobre la mejor manera de "servir a Cristo".

Cada uno llevaba deberes para hacer a la casa y nadie podía estar sin trabajar y sin meditar. Esta costumbre prendió fuertemente en la personalidad de Wojtyla, quien conserva aún hoy la pasión por el trabajo y una férrea disciplina en la oración. Por esta época se hizo fuerte la pasión por la escritura de poemas y de obras de teatro, en las que defendía a su Polonia de la arremetida nazi. Trabajó en la cantera de la fábrica de Zakrzówek durante algunos meses, lo que alimentaría luego el mito del "Papa obrero", en el Vaticano. Pero fueron nada más que unos pocos meses. Sin embargo, esos años de privaciones y trabajo duro marcaron tempranas arrugas en su rostro y una gran experiencia intelectual y física, que luego utilizaría en su lucha contra el comunismo.

"Lolek, ¿te gusta?", le preguntó su amigo en una habitación, cercana al salón de fiestas. Se refería a Irka, la hija de uno de los dueños de la fábrica donde trabajaban, la que estaba locamente enamorada de Wojtyla.

Irka era alta, atractiva y elegante, y en combinación con su amigo, estaba escondida en el clóset escuchando todo.

"Es agradable, pero tiene un solo defecto", dijo el futuro Papa.

"Sería muy bueno que se le pudieran acortar las piernas: es demasiado alta; además, sería mejor si fuera más redondita".

Nada se conoce de su relación con las mujeres, todo lo contrario: se mantuvo "siempre casto", según confesaron sus amigos a Bernstein y Politi. Y siempre estuvo totalmente en contra de las relaciones prematrimoniales. Este fue uno de los temas que estudió con profundidad, cuando era ya cardenal de Cracovia y que luego lo llevarían al trono de San Pedro.

Después de la muerte de su padre, con el que se sentía muy unido en lo emocional y lo religioso, ya que ambos se habían quedado solos después de la muerte de su madre y de su hermano, decidió ser sacerdote. En 1944, tuvo su primera experiencia personal con la muerte: cuando regresaba a su casa después de la fábrica, un camión conducido por soldados alemanes lo atropelló violentamente. Su cabeza golpeó contra el asfalto y quedó inconsciente en el piso. Un soldado alemán que pasaba caminando lo tocó y descubrió que estaba vivo, a pesar de que había perdido mucha sangre y lo llevó al hospital. Años más tarde, el 13 de mayo de 1981 y ya en el palacio de San Pedro, el terrorista turco Alí Agka, dispararía con una pistola sobre su cuerpo, provocándole graves heridas de las que se salvó por milagro.

El 1 de noviembre de 1946, en la Fiesta de Todos los Santos, Karol Jósef Wojtyla fue ordenado sacerdote por el arzobispo de Cracovia. Al otro día, el de los Fieles Difuntos, celebró su primera misa en la catedral de Wavel.

Comenzó así una carrera que no pararía hasta llegar a Roma. En noviembre de 1958 fue consagrado obispo auxiliar de Cracovia y en mayo de 1967 fue nombrado cardenal y se convirtió, junto a monseñor Wyszynski, en el jefe espiritual de Polonia, un país con el 95 por ciento de población católica. Muerto Pablo VI, fue elegido Albino Luciani, Juan Pablo I, quien gobernó 33 días, y una mañana apareció muerto en su cama y sobre quien se sospecha que habría sido asesinado.

El 16 de octubre de 1978, Karol Jósef Wojtyla fue nombrado sucesor de Pedro, luego de 448 años de papas italianos. Su primera tarea fue mediar en el conflicto de frontera que casi lleva a una guerra entre argentinos y chilenos y uno de sus primeros viajes fue a México, un país que le preocupaba especialmente por la cantidad de católicos que alberga y porque por sus guerras internas, las relaciones con el Vaticano estaban rotas desde hacía muchos años. Juan Pablo II las reestableció.

Desde los inicios, fue considerado alguien difícil de manejar o influir. Apenas llegó a San Pedro se desprendió del entorno de secretarios y mucamas que atendían a los anteriores papas e hizo venir a tres monjas carmelitas polacas a las que conocía desde su juventud, en Polonia. Lo mismo hizo con su secretario privado, Estanislao Dziwicsz, el único que entra en su dormitorio sin llamar.

Carismático, caminaba por la plaza de San Pedro con la prestancia de un deportista -había sido montañista en su juventud- y se acercaba a las multitudes, sobre todo a los niños, los jóvenes y los minusválidos, con la ferocidad emocional de un padre de familia: abrazaba a todos los que se le ponían adelante. Para el mundo comunista, al contrario de sus antecesores, Wojtyla fue una presencia incómoda, un enemigo. Y no era para menos. Lo primero que se propuso fue hacer lo posible para liberar a los cristianos de la Europa Oriental, del "yugo marxista". Y para ello se alió con sus enemigos: los Estados Unidos.

 A través del nuncio vaticano en Washington, monseñor Pío Laghi, estableció alianzas con Ronald Reagan y su director de la CIA, William Casey, quien viajaba seguido a Roma y con el que mantenían extensas pláticas. Según Bernstein y Politi, Juan Pablo II diseñó con Reagan una Santa Alianza contra el comunismo, que mantuvo encubierto en Polonia al famoso sindicato Solidaridad, después que Moscú creyó haberlo destruido. Esta historia es desechada por Darcy O'Brian, en su libro "El Papa Oculto": "Esto es en una gran medida improbable. El no necesitaba que un servicio de inteligencia le informara acerca de la amenaza soviética. En todo caso su verdadera intervención en el derrocamiento del régimen comunista no consistió en acciones o declaraciones específicas, ni fue producto de ninguna colaboración con la administración de Reagan. El influyó en los cambios con su mera presencia, en el Vaticano o en su patria. El representa un poder más grande que Estados Unidos o cualquier otra autoridad secular".

Criado dentro de un régimen comunista, hastiado de las persecuciones y los autoritarismos, esta postura lo llevó a cometer errores. Su política con las dictaduras latinoamericanas, nacidas en su mayoría en la era Reagan, fue de complicidad, de mirar hacia el costado. Esto influyó negativamente en millones de fieles católicos, que desamparados o decepcionados decidieron buscar otras religiones. Sin embargo, supo, con su afán de peregrino -dicen que para Wojtyla los viajes fueron como las guerras para Napoleón- acercarse a las comunidades más lejanas e inhóspitas del mundo. Y por primera vez en la historia, se arrodilló frente al Muro de los Lamentos, en Jerusalén, y pidió perdón por los pecados cometidos durante el Holocausto.

¿Está muy viejo Karol Jósef Wojtyla para seguir? ¿Puede renunciar un Papa? Desde aquel luminoso día de octubre de 1978, en que 117 purpurados lo ungieron como Jefe máximo del catolicismo, han pasado veinticuatro años. El mundo ha mutado y la Iglesia católica debe estar a tono de estos cambios, al frente de las crisis. El derecho canónico dice que un Papa deja de ser Papa por tres causas: por herejía, por ser cismático o por padecer de debilidad mental a causa de una enfermedad.

En los interminables pasillos vaticanos dicen que Karol Wojtyla ya escribió su carta de dimisión, y que la misma se encuentra en manos de su secretario privado, para ser utilizada en caso de pérdida de lucidez. ¿Habrá llegado ese momento?
Publicado inicialmente en la  Revista Poder  Agosto 2002.
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