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LA ONDA
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Primera revista electrónica
de reflexión y análisis


Nº 14
Del 4/9/00  al  17/9/00
Montevideo Uruguay


Ante la “privatización” de Ancel

Batlle: ¿por el bronce o por el Opus?

por Carlos Santiago

El desorden económico en que está metido el país, que es responsabilidad indiscutible de los sucesivos gobiernos colorado-blanco -colorado y colorado, está provocando un agudo desánimo en la población que, como en otras épocas, ha comenzando a emigrar, “quemando sus naves” en Uruguay. Mientras tanto el gobierno “divertido” del doctor Jorge Batlle, sigue enfrascado en reducir los sueldos de la gente que trabaja y de vender, al mejor o peor postor, las empresas públicas, entre ellas las más rentables, como Ancel, en medio de un acuerdo político de no muy claro contenido. ¿No será que la jugada del doctor Lacalle, imponiendo que se posibilite esa venta a través del Presupuesto Nacional, fue una especie de carta para favorecer a sus “amigos” del Opus Dei, que quieren acrecentar su poder y sus ganancias a través de la propiedad de empresas rentables?           

La anterior privatización concretada por el gobierno, la de Pluna, sobre la base de un mecanismo alambicado, empresa que cuenta hoy con dos directorios y que además tiene un dueño real que es extranjero, Varig. Todo un proceso que en nada le ha servido al país. No se rescató un solo dólar, ni tampoco se obtuvo un mejor servicio aéreo. Lo que sí perdió el país fue el capital virtual que significaba la bandera nacional en sus aviones, la que abría los cielos, en reciprocidad al tráfico aéreo que llega a nuestro país. Hoy no queda nada y el “brillante” negocio, también impulsado por el gobierno de Lacalle, le hizo perder al país mucho más de los que los más agoreros detractores de la iniciativa habían señalado           

“El negocio del bobo” dijo el senador Pablo Millor sobre la propuesta del remate de Ancel, argumentando que así debe calificarse una medida que trata de pasar a la actividad privada –de manera desprolija y veloz- las acciones de una empresa pública líder, que está dejando una ganancia a Antel que hoy se cuantifica en unos 45 millones de dólares anuales, y que, además,  tiene un crecimiento acelerado. Recordemos que Antel entre transferencias  y pago de impuestos entregó 1.393 millones de dólares en los últimos cinco años al Tesoro Nacional.           

Aquí no se trata de dogmatismo ideológico o de irrefrenables pujos de la ideología neoliberal, de los que quieren terminar con los monopolios para que el mercado todo lo resuelva (recordemos que Ancel compite en la telefonía celular con la empresa Movicom). Esto es reflejo de objetivos comerciales, de algunas empresas extranjeras que han puesto el ojo en Ancel, y quieren controlarla porque es un filón insólitamente rentable. A los proponentes del desaguisado poco les importa nuestro sufrido Uruguay, su destino como nación, el presente y el futuro de su gente. Quieren que se haga ese “negocio” en que saldrán algunos favorecidos – los compradores – que recibirán para sí una empresa consolidada, brillante en su funcionamiento, rentable, con futuro y, por supuesto también se beneficiarán, los intermediarios –algunos tristes y siniestros personajes a quienes nunca les importó el destino del país y de su gente-. A cambio el país recibirá –eventualmente- algunos millones de dólares que – como ha ocurrido en situaciones similares  (México, Argentina, etc.) no servirán para resolver los  problemas coyunturales,  ni mediano, ni de largo plazo.           

El proceso devaluatorio de los últimos meses ha mostrado- por otra parte-  que el tipo de cambio ha aumentado más que la inflación, lo que ha significado un adelanto cambiario del 4,16 por ciento. Sin embargo otro proceso, todavía no cuantificado, se está observando a nivel del comercio: cierre de almacenes, desaparición de puestos en las ferias y caída singularmente visible del precio de las líneas blancas (electrodomésticos), en los supermercados y grandes superficies. En definitiva una reducción del mercado interno que se deflaciona sobre la base a la caída del salario real, en un mercado de trabajo que –pese a lo reiterado por el doctor Ramón Díaz- se ha ido desregulando por la vía de los hechos. La inacción del Ministerio de Trabajo que hoy permite cualquier cosa y la lentitud de la Justicia laboral, etc. son responsables de ello. Esta situación ha permitido la multiplicación del trabajo “en negro” y, un nuevo arbitrio de empresas, de combinar el envío al Seguro de Paro, a contingentes de trabajadores, manteniéndolos igualmente trabajando. Además estamos en un 14.3 % (según cifras oficiales) de desocupación abierta y la perspectiva (podemos ver lo que establecerá eventualmente el Presupuesto), es que se acentúe esta situación.           

El panorama de las empresas no es más desolador, ya que solamente las vinculadas a la producción de servicios se han podido mantener. Las vinculadas a la producción industrial (que tienen la particularidad de utilizar intensivamente mano de obra) y las agropecuarias, se han ido hundiendo en la vorágine de la crisis, en el escenario de la apertura de fronteras a las importaciones ruinosas para el país. Busquemos cualquier rubro industrial o agroindustrial y veremos el resultado de esa política, ideada por los organismos internacionales de crédito (léase FMI).           

Ahora con el Presupuesto, este gobierno “divertido”, quiere acentuar lo ya hecho por los anteriores. Veinte años de la misma política, que no ha servido para nada, con aparentes momentos de prosperidad siempre enancados en la coyuntura de los países vecinos.           

El punto final, ahora, es este nuevo intento de privatización. Ancel que, quizás, pasará rápidamente a manos privadas y, ninguno de los hoy afectados por esta situación dramática del país, tendrá un cambio. No mejorará el marcado interno, ni habrá más competencia, ni trabajo, ni los uruguayos dejarán de emigrar.            

Parecería que quienes dicen que Batlle sigue trabajando para el bronce, se equivocan. Está trabajando, al igual que su más recientes antecesores, para cumplir al detalle las políticas de los organismos internacionales, cometiendo el mayor pecado de un gobernante: perjudicar a su pueblo. LA ONDA® DIGITAL


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Setiembre 2000

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