El
Euro se desploma y el crudo se dispara
La vieja economía agua la
fiesta a Europa
El
susto no ha venido, como se nos auguraba, de la mano de la nueva
economía. El petróleo y las divisas, dos viejos conocidos,
amenazan con empañar el crecimiento europeo.
Se suponía que las
inestabilidades que tradicionalmente suelen acompañar al
regreso de las vacaciones vendrían del entorno de Internet.
Muchos expertos nos lo adelantaban. El último trimestre del
año sería testigo de correcciones ligadas a empresas punto
com. A la espera de que se cumplan estos vaticinios -si es que
tienen que cumplirse-, los países industrializados se enfrentan
a otra clase de sobresalto, mucho menos novedoso. La amenaza de
enfriamiento de la actividad económica en Europa nos llega de
la mano de dos caras conocidas: las divisas y el petróleo.
La vieja economía impone sus reglas y nos recuerda que no sólo
de tecnologías vive el hombre. Tanto el desplome que está
protagonizando el euro, como la escalada alcista del precio del
crudo no son fruto de unas semanas, sino de un largo y casi
simultáneo proceso de gestación; un proceso al que los países
occidentales acaso no han prestado la suficiente atención,
deseosos de que nada ni nadie viniera a empañar uno de los
mejores momentos económicos de la última mitad de siglo.
Desde su lanzamiento, el 1 de enero de 1999, la moneda única
europea ha perdido casi el 30% de su valor. Este progresivo
declive no se ha producido, evidentemente, en tan sólo unas
semanas: el euro no levanta prácticamente cabeza desde su
entrada en vigor y sobre su hundimiento se acumulan varios
factores que evidencian deficiencias en el modo en el que la
Unión Europea gestiona su política económica y su política
monetaria.
"El Banco Central Europeo tiene un problema de
comunicación", reconocía recientemente la presidenta del
Parlamento Europeo, Nicole Fontaine. ¿Falta de carisma del
presidente del BCE, Wim Duisenberg? ¿Ausencia de una voz clara
que se pronuncie sobre política cambiaria? ¿Dejadez de unos
países miembros a los que la depreciación del euro ha servido
como acicate para la reactivación económica? Las explicaciones
son muchas. Lo cierto es que desde su puesta en marcha, hace
casi un año, el papel del BCE no ha ido más allá de adoptar
una bajada y varias subidas consecutivas de los tipos de
interés. Ni una sola pista más para los mercados, en los que
el desconcierto sobre el euro crece día a día.
Es verdad que no es obligación de la autoridad monetaria
europea pronunciarse sobre tipos de cambio -Duisenberg suele
insistir en que cuanto más se hable, peor-, pero si la
sobriedad del BCE no se compensa con un timón económico
europeo claro, diáfano, unido y coherente, los problemas no
hacen más que agravarse.
Orfandad del euro
"No es función del BCE defender al euro. Siempre que lo ha
hecho ha sido por controlar el riesgo de inflación, que es su
auténtica misión. El problema es la orfandad de la moneda
única, porque detrás suyo no hay un Tesoro o un Gobierno que
haga declaraciones y marque niveles de referencia", explica
Yolanda Fernández, responsable de Análisis Económico en
Analistas Financieros Internacionales (AFI).
Hasta la fecha, el Ecofin (Consejo de Ministros de Economía y
Finanzas de la UE) no ha ido más allá de repetir hasta el
hartazgo que el declive de la moneda única no responde a los
fundamentales de la economía europea. Cierto, pero los mercados
ya lo saben y no parece importarles demasiado. "Europa
padece de debilidad institucional. No hay una voz cantante, un
'Míster Euro' que se pronuncie sobre el rumbo de la moneda.
Además, la clase política europea, en especial la alemana, ha
dado a entender que no le importa tener una 'divisa
competitiva', porque le ha ayudado a impulsar la economía y,
sobre todo, a demorar reformas pendientes", afirma José
Rojo, subdirector del Servicio de Estudios del BSCH. Avalan su
opinión las recientes y polémicas declaraciones del canciller
alemán Gerhard Schröder, en las que aseguraba que un euro
débil favorece a las exportaciones de Alemania.
Intervenir a tiempo
Si el desplome del euro persiste -los análisis más pesimistas
sitúan su mínimo en 80 centavos de dólar y, los más
optimistas, alrededor de los 85-87 centavos de los últimos
días-, el BCE podría enfrentarse a la siempre esgrimida y
nunca utilizada herramienta de la intervención. Los expertos
creen que ésta sería obviamente efectiva a corto plazo, pero
no tanto en un horizonte amplio. Además, debería contar con el
apoyo de un banco central ajeno a la zona euro para
contrarrestar con solidez la fuerza de los mercados. Es poco
probable que la Reserva Federal de EEUU apoye una acción
concertada, y menos en período preelectoral. Quien sí tiene
más interés en hacerlo es el Banco de Japón, alarmado ante el
auge del yen frente al euro.
El hundimiento de la divisa comunitaria frente al dólar y, por
consiguiente, de las monedas de la zona euro respecto al billete
verde han socavado aún más el otro gran bache al que se
enfrenta el Viejo Continente: la espiral alcista de los precios
energéticos.
La decisión de la Organización de Países Exportadores de
Petróleo (OPEP) de producir 800.000 barriles más de crudo al
día para enfriar la cotización del oro negro apenas ha tenido
efecto en los mercados, que ya descontaban en buena medida este
gesto. El barril de petróleo se mueve en torno a los 35
dólares y no se descarta que alcance puntualmente el pico de
los 40 dólares. Sea como sea, la intención de los países
europeos de reconducir la cotización del crudo hacia los 25
dólares por barril es, hoy por hoy, un espejismo, máxime
cuando el hemisferio Norte está a las puertas del invierno. Con
los stocks de carburantes en mínimos y el precio en máximos,
la moderación puede demorarse, sobre todo si se tiene en cuenta
que el bombeo adicional al que se ha comprometido la OPEP puede
tardar en llegar a los mercados hasta más de seis meses (el
tiempo de extraer, refinar, transportar y distribuir).
Al igual que en el caso del euro, este pequeño choque petrolero
que afronta Occidente ve ahora la luz, después de un largo
período de gestación. El precio del barril de petróleo rozaba
los 10 dólares hace tan sólo un par de años. Desde entonces y
hasta este verano, la OPEP ha mantenido una política de
reducción gradual de su capacidad de producción destinada a
reanimar la cotización del crudo, que el cártel siempre ha
deseado ver por encima de los 20 dólares el barril. Las medidas
desarrolladas por los países productores, unidas a un
movimiento de especulación al alza en los mercados han
contribuido a llevar al petróleo hasta sus niveles actuales.
Pero presentar al cártel de la OPEP como el malo de la
película -tal y como parece que se ha intentado hacer desde
algunas instancias europeas- es caer en una visión tan
simplista como errónea. La OPEP es responsable únicamente del
40% de la producción mundial y sólo recibe -según el propio
cártel- una mínima parte de los ingresos que a los países
consumidores les produce el consumo de carburantes. Cifras de la
OPEP aseguran que el 68% del precio de la gasolina en Europa se
debe a impuestos, el 16% a beneficios de las compañías
petroleras y sólo el 16% restante va a parar a manos de países
exportadores.
Al hecho de que Europa aplica la mayor presión fiscal del mundo
sobre los carburantes se añade la deficiente política de
inventarios que han llevado algunas compañías petroleras,
convencidas de que el precio del crudo terminaría por bajar. El
resultado es que hoy los stocks están bajos; los impuestos,
altos, y la capacidad de producción de los países productores
externos a la OPEP, en sus máximos.
Con la excepción de Francia, los países europeos -sumidos en
una marea generalizada de protestas contra el precio de los
carburantes- han hecho frente común para no ceder a las
presiones y mantener la presión fiscal sobre derivados del
petróleo en sus niveles actuales.
Resistir a la tentación
La teoría -firmemente respaldada por el ministro español de
Economía, Rodrigo Rato- es que si se bajan los impuestos
subirá el consumo y habrá sido peor el remedio que la
enfermedad.
"Creo que es una postura acertada, al menos a largo plazo.
Primero, porque es cierto que una energía barata induce a un
consumo masivo; segundo, porque un nivel elevado de impuestos
protege contra oscilaciones en el precio del petróleo, en la
medida en que cuanto más pesa el crudo en el precio final del
carburante, más pesan sus variaciones; tercero, porque no se
puede variar constantemente la política fiscal en función de
necesidades puntuales de determinados colectivos", explica
José Rojo.
Lo único a lo que han accedido los gobiernos comunitarios es a
reunir a todos sus tribunales de la competencia para buscar
medidas que doten de mayor transparencia al sector energético.
Mientras los beneficios de las compañías petroleras se
disparan -6.500 millones de dólares para Shell en el primer
semestre, 6.200 millones para BP y 3.000 millones para Totalfina
Elf-, algunas devuelven la pelota y aseguran que sus márgenes
son cada vez menores. En nuestro país, el propio presidente de
Repsol, Alfonso Cortina, ya afirmaba hace unos meses que su
empresa no obtenía ningún beneficio de su red de gasolineras.
Todo va a manos de impuestos, costes de producción y estaciones
de servicio.
Se quejan los productores, se quejan las petroleras, se quejan
los consumidores y se queja el Gobierno, porque la factura
energética engorda por momentos. El alza del precio del crudo,
junto al subidón del dólar -la moneda en que se denominan los
pagos de petróleo-, han encarecido la factura energética
española casi en un 150% durante el primer semestre del año,
con el consiguiente impacto sobre el déficit comercial, que ya
alcanza los 3,2 billones de pesetas.
Es el precio a pagar por la coyuntura actual; una coyuntura no
tan brillante como se dibujaba hace unos meses, pero tampoco tan
negra como la pintan algunos. La previsión de los analistas es
que el azote del euro y del petróleo restará empuje a Europa,
pero no le impedirá seguir avanzando a un ritmo de en torno al
3%."La ventaja es que asistimos a un momento inédito desde
hace años, en el que la buena salud presupuestaria de Europa le
deja margen de respuesta", afirma José Rojo. Así se
explica que los Gobiernos europeos prefieran no tocar sus
ingresos fiscales. Avanzar en el equilibrio de las cuentas
públicas es una de las mejores fórmulas para prevenir una
posible crisis y ésta parece ser la postura adoptada por
Europa. Sólo falta que los mercados recojan el mensaje y lo
traduzcan en hechos. La Gaceta de negocio España-17-9-00