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LA ONDA
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Primera revista electrónica
de reflexión y análisis


Nº 15
Del 18/9/00  al  30/9/00
Montevideo Uruguay


El Euro se desploma y el crudo se dispara
La vieja economía agua la fiesta a Europa

El susto no ha venido, como se nos auguraba, de la mano de la nueva economía. El petróleo y las divisas, dos viejos conocidos, amenazan con empañar el crecimiento europeo.

Se suponía que las inestabilidades que tradicionalmente suelen acompañar al regreso de las vacaciones vendrían del entorno de Internet. Muchos expertos nos lo adelantaban. El último trimestre del año sería testigo de correcciones ligadas a empresas punto com. A la espera de que se cumplan estos vaticinios -si es que tienen que cumplirse-, los países industrializados se enfrentan a otra clase de sobresalto, mucho menos novedoso. La amenaza de enfriamiento de la actividad económica en Europa nos llega de la mano de dos caras conocidas: las divisas y el petróleo.
La vieja economía impone sus reglas y nos recuerda que no sólo de tecnologías vive el hombre. Tanto el desplome que está protagonizando el euro, como la escalada alcista del precio del crudo no son fruto de unas semanas, sino de un largo y casi simultáneo proceso de gestación; un proceso al que los países occidentales acaso no han prestado la suficiente atención, deseosos de que nada ni nadie viniera a empañar uno de los mejores momentos económicos de la última mitad de siglo.
Desde su lanzamiento, el 1 de enero de 1999, la moneda única europea ha perdido casi el 30% de su valor. Este progresivo declive no se ha producido, evidentemente, en tan sólo unas semanas: el euro no levanta prácticamente cabeza desde su entrada en vigor y sobre su hundimiento se acumulan varios factores que evidencian deficiencias en el modo en el que la Unión Europea gestiona su política económica y su política monetaria.
"El Banco Central Europeo tiene un problema de comunicación", reconocía recientemente la presidenta del Parlamento Europeo, Nicole Fontaine. ¿Falta de carisma del presidente del BCE, Wim Duisenberg? ¿Ausencia de una voz clara que se pronuncie sobre política cambiaria? ¿Dejadez de unos países miembros a los que la depreciación del euro ha servido como acicate para la reactivación económica? Las explicaciones son muchas. Lo cierto es que desde su puesta en marcha, hace casi un año, el papel del BCE no ha ido más allá de adoptar una bajada y varias subidas consecutivas de los tipos de interés. Ni una sola pista más para los mercados, en los que el desconcierto sobre el euro crece día a día.
Es verdad que no es obligación de la autoridad monetaria europea pronunciarse sobre tipos de cambio -Duisenberg suele insistir en que cuanto más se hable, peor-, pero si la sobriedad del BCE no se compensa con un timón económico europeo claro, diáfano, unido y coherente, los problemas no hacen más que agravarse.
Orfandad del euro
"No es función del BCE defender al euro. Siempre que lo ha hecho ha sido por controlar el riesgo de inflación, que es su auténtica misión. El problema es la orfandad de la moneda única, porque detrás suyo no hay un Tesoro o un Gobierno que haga declaraciones y marque niveles de referencia", explica Yolanda Fernández, responsable de Análisis Económico en Analistas Financieros Internacionales (AFI).
Hasta la fecha, el Ecofin (Consejo de Ministros de Economía y Finanzas de la UE) no ha ido más allá de repetir hasta el hartazgo que el declive de la moneda única no responde a los fundamentales de la economía europea. Cierto, pero los mercados ya lo saben y no parece importarles demasiado. "Europa padece de debilidad institucional. No hay una voz cantante, un 'Míster Euro' que se pronuncie sobre el rumbo de la moneda. Además, la clase política europea, en especial la alemana, ha dado a entender que no le importa tener una 'divisa competitiva', porque le ha ayudado a impulsar la economía y, sobre todo, a demorar reformas pendientes", afirma José Rojo, subdirector del Servicio de Estudios del BSCH. Avalan su opinión las recientes y polémicas declaraciones del canciller alemán Gerhard Schröder, en las que aseguraba que un euro débil favorece a las exportaciones de Alemania.
Intervenir a tiempo
Si el desplome del euro persiste -los análisis más pesimistas sitúan su mínimo en 80 centavos de dólar y, los más optimistas, alrededor de los 85-87 centavos de los últimos días-, el BCE podría enfrentarse a la siempre esgrimida y nunca utilizada herramienta de la intervención. Los expertos creen que ésta sería obviamente efectiva a corto plazo, pero no tanto en un horizonte amplio. Además, debería contar con el apoyo de un banco central ajeno a la zona euro para contrarrestar con solidez la fuerza de los mercados. Es poco probable que la Reserva Federal de EEUU apoye una acción concertada, y menos en período preelectoral. Quien sí tiene más interés en hacerlo es el Banco de Japón, alarmado ante el auge del yen frente al euro.
El hundimiento de la divisa comunitaria frente al dólar y, por consiguiente, de las monedas de la zona euro respecto al billete verde han socavado aún más el otro gran bache al que se enfrenta el Viejo Continente: la espiral alcista de los precios energéticos.
La decisión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) de producir 800.000 barriles más de crudo al día para enfriar la cotización del oro negro apenas ha tenido efecto en los mercados, que ya descontaban en buena medida este gesto. El barril de petróleo se mueve en torno a los 35 dólares y no se descarta que alcance puntualmente el pico de los 40 dólares. Sea como sea, la intención de los países europeos de reconducir la cotización del crudo hacia los 25 dólares por barril es, hoy por hoy, un espejismo, máxime cuando el hemisferio Norte está a las puertas del invierno. Con los stocks de carburantes en mínimos y el precio en máximos, la moderación puede demorarse, sobre todo si se tiene en cuenta que el bombeo adicional al que se ha comprometido la OPEP puede tardar en llegar a los mercados hasta más de seis meses (el tiempo de extraer, refinar, transportar y distribuir).
Al igual que en el caso del euro, este pequeño choque petrolero que afronta Occidente ve ahora la luz, después de un largo período de gestación. El precio del barril de petróleo rozaba los 10 dólares hace tan sólo un par de años. Desde entonces y hasta este verano, la OPEP ha mantenido una política de reducción gradual de su capacidad de producción destinada a reanimar la cotización del crudo, que el cártel siempre ha deseado ver por encima de los 20 dólares el barril. Las medidas desarrolladas por los países productores, unidas a un movimiento de especulación al alza en los mercados han contribuido a llevar al petróleo hasta sus niveles actuales.
Pero presentar al cártel de la OPEP como el malo de la película -tal y como parece que se ha intentado hacer desde algunas instancias europeas- es caer en una visión tan simplista como errónea. La OPEP es responsable únicamente del 40% de la producción mundial y sólo recibe -según el propio cártel- una mínima parte de los ingresos que a los países consumidores les produce el consumo de carburantes. Cifras de la OPEP aseguran que el 68% del precio de la gasolina en Europa se debe a impuestos, el 16% a beneficios de las compañías petroleras y sólo el 16% restante va a parar a manos de países exportadores.
Al hecho de que Europa aplica la mayor presión fiscal del mundo sobre los carburantes se añade la deficiente política de inventarios que han llevado algunas compañías petroleras, convencidas de que el precio del crudo terminaría por bajar. El resultado es que hoy los stocks están bajos; los impuestos, altos, y la capacidad de producción de los países productores externos a la OPEP, en sus máximos.
Con la excepción de Francia, los países europeos -sumidos en una marea generalizada de protestas contra el precio de los carburantes- han hecho frente común para no ceder a las presiones y mantener la presión fiscal sobre derivados del petróleo en sus niveles actuales.
Resistir a la tentación
La teoría -firmemente respaldada por el ministro español de Economía, Rodrigo Rato- es que si se bajan los impuestos subirá el consumo y habrá sido peor el remedio que la enfermedad.
"Creo que es una postura acertada, al menos a largo plazo. Primero, porque es cierto que una energía barata induce a un consumo masivo; segundo, porque un nivel elevado de impuestos protege contra oscilaciones en el precio del petróleo, en la medida en que cuanto más pesa el crudo en el precio final del carburante, más pesan sus variaciones; tercero, porque no se puede variar constantemente la política fiscal en función de necesidades puntuales de determinados colectivos", explica José Rojo.
Lo único a lo que han accedido los gobiernos comunitarios es a reunir a todos sus tribunales de la competencia para buscar medidas que doten de mayor transparencia al sector energético.
Mientras los beneficios de las compañías petroleras se disparan -6.500 millones de dólares para Shell en el primer semestre, 6.200 millones para BP y 3.000 millones para Totalfina Elf-, algunas devuelven la pelota y aseguran que sus márgenes son cada vez menores. En nuestro país, el propio presidente de Repsol, Alfonso Cortina, ya afirmaba hace unos meses que su empresa no obtenía ningún beneficio de su red de gasolineras. Todo va a manos de impuestos, costes de producción y estaciones de servicio.
Se quejan los productores, se quejan las petroleras, se quejan los consumidores y se queja el Gobierno, porque la factura energética engorda por momentos. El alza del precio del crudo, junto al subidón del dólar -la moneda en que se denominan los pagos de petróleo-, han encarecido la factura energética española casi en un 150% durante el primer semestre del año, con el consiguiente impacto sobre el déficit comercial, que ya alcanza los 3,2 billones de pesetas.
Es el precio a pagar por la coyuntura actual; una coyuntura no tan brillante como se dibujaba hace unos meses, pero tampoco tan negra como la pintan algunos. La previsión de los analistas es que el azote del euro y del petróleo restará empuje a Europa, pero no le impedirá seguir avanzando a un ritmo de en torno al 3%."La ventaja es que asistimos a un momento inédito desde hace años, en el que la buena salud presupuestaria de Europa le deja margen de respuesta", afirma José Rojo. Así se explica que los Gobiernos europeos prefieran no tocar sus ingresos fiscales. Avanzar en el equilibrio de las cuentas públicas es una de las mejores fórmulas para prevenir una posible crisis y ésta parece ser la postura adoptada por Europa. Sólo falta que los mercados recojan el mensaje y lo traduzcan en hechos. La Gaceta de negocio España-17-9-00
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Setiembre 2000

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