Gabriel Varela
La Ley y el Orden(*) ,
la serie con la que Teledoce resuelve sus trasnoches desde
hace varios años, se ha convertido en uno de los clásicos de
la televisión abierta. Si bien casi nunca ha contado con
promociones durante la programación del canal y normalmente
ha cargado con los retrasos acumulados durante la jornada, no
sería justo en absoluto considerarla una propuesta de
relleno. Dadas las circunstancias, y gracias (en este caso) a
la constancia repetidora del 12 La Ley y Orden fue
lentamente siendo descubierta por una franja de espectadores
noctámbulos y curiosos y consolidándose como uno de los
picos de calidad de la oferta televisiva.
Ya con nueve temporadas
realizadas, la serie rodada en New York tiene asegurada su
pervivencia hasta el 2005, lo que, de no registrarse
imponderables, la convertiría en uno de los dramas
televisivos de mayor longevidad de la industria
norteamericana. Pero lejos de lo que podría suponerse un
lógico desgaste, el correr de los capítulos y de los ciclos
(en Uruguay no necesariamente emitidos en su orden original)
muestra la afinación y afirmación de una fórmula que reúne
calidad y entretenimiento.
A contrapelo de la renovada
frescura formal más a la moda presentada por departamentos de
policías y salas de urgencias, en este caso se apuesta al
clasicismo. Cámara fija, actuaciones austeras, placas
gráficas de ubicación espacio temporal y un riguroso orden
narrativo: planteo del caso, investigación policíaca,
proceso legal. Planteo, nudo y desenlace. Esta sobriedad, ya
presente en un título que se limita a enunciar en su orden (y
en su ley) los tópicos de la propuesta, es una marca creativa
presente en todos los aspectos. Expresada en pautas de
realización definidas y constantes. La trama se circunscribe
al caso policial-legal, las referencias a la vida personal de
los personajes principales son mínimas y solo aparecen si son
funcionales al eje argumental. Se apunta exclusivamente a la
evolución intelectual del conflicto. Con está intención
cada capítulo propone dos secciones claramente independientes
con eventuales espacios de interacción: la primera parte
dedicada a la investigación policial y la segunda a la
exposición de la peripecia judicial. En ningún caso se apela
a la "acción" (raramente los detectives de La Ley y
el Orden muestran sus armas, o acometen alguna persecución).
Y si bien ambas secciones están resueltas con solvencia, es
la segunda parte la que generalmente contiene el mayor
interés. Allí aparecen frecuentemente los dilemas morales y
complejidades éticas que, por sobre la anécdota, sean tal
vez el mayor aporte de la serie. Aparecen los matices, las
dudas. Los grises que descarnadamente se resolverán en blanco
o en negro en las escenas de tribunal y en ese mercado de
regateo que parece ser la trastienda judicial.
Si bien el cambiante elenco que
ha desfilado por la tira está siempre integrado por actores
calificadísimos, desde Sam Waterston a Jerry Orbach (ambos
nominados en los premios Emmy para mejor actor dramático por
su trabajo en la última temporada), la serie apuesta
definitivamente a la calidad de los guiones. En este pilar
descansa la estabilidad (palabra tal vez más adecuada que
éxito en este caso) de la fórmula. Una vez definida la
sicología de sus personajes, los actores son el correctísimo
soporte de historias casi siempre matemáticamente bien
construidas. Desde el retrato de corte realista los matices
psicológicos y afectivos de los caracteres, si bien
contundentes, surgen con gestos mínimos. La subjetividad de
policías y abogados aparece, pero más en los intersticios
que en el plano manifiesto. Desde esa austeridad surge
frecuentemente un sesgo crítico al que se arriba por el
sencillo expediente de mostrar la realidad. El sistema no es
perfecto, pero es lo que hay. Esa parece ser la premisa ética
tras los casos de la oficina fiscal de La Ley y el Orden.
Claro que la solidez que esta
fórmula poco dependiente del sistema de estrellas que Dick
Wolf, productor ejecutivo de la serie, parece haber encontrado
tiene, para los actores sobre todo, su contraparte negativa.
El encasillamiento en roles que raramente significan desafíos
histriónicos, más allá de la creación inicial del
personaje, no es un horizonte artístico deseable. Este es uno
de los datos que explica las constantes variaciones de un
elenco en el que el Fiscal de Distrito Adam Schiff es el
único personaje que se ha mantenido desde el comienzo de la
serie. Aunque, a sus 78 años el actor Steven Hill, encargado
del papel, ha confirmado que la pasada ha sido su última
temporada a cargo de un rol que en el futuro será
interpretado por la prestigiosa actriz Diane Wiest.
La frecuencia diaria, en
régimen circular (es decir cuando se termina con los
capítulos de un ciclo se sigue con los del siguiente) si bien
defrauda a los seguidores de la primera hora, tiene la virtud
de ofrecer a eventuales nuevas audiencias la posibilidad de
disfrutar con este entretenimiento de calidad. Claro que los
saltos intertemporadas de Teledoce siempre son posibles, y si
el caso de hoy es investigado por los detectives Ceretta y
Logan mañana podrían ser Briscoe y Curtis los encargados de
desentrañar el entuerto. Más allá de eso el carácter
unitario de cada entrega garantiza la eficacia de esta opción
más que recomendable.
*La Ley y el Orden: Canal
12, lunes 23.30, martes, miércoles, jueves y domingo 24.30