por J.J.
Martínez
La obra completa
tiene 360 mil caracteres. Se desarrolla en tres escenarios -
"El cuartel", "El penal y "El
infierno" - cruzados por la vida personal del autor y de
la izquierda uruguaya. LA ONDA tuvo acceso a la parte referida
a la gestación de la Ley Orgánica de 1958 de la Universidad
de la República. Quien se hace responsable de los dichos es
J.J. Martínez, uno de los principales protagonistas de la
época como dirigente estudiantil, periodista reconocido, ex
secretario de los decanatos de las Facultades de Arquitectura
e Ingeniería y actualmente asistente del actual Rector.
Estamos ante un libro que espera un editor.
- La Universidad
venía remoloneando con el tema de una Ley Orgánica desde el
Claustro de 1942 y más concretamente desde el del 52-53.
Cuestiones como si se mantenían los reclamos de 1934, en el
que se pretendía englobar dentro de la Universidad todos los
organismos culturales, desde Secundaria hasta el Sodre, y la
paridad o no de los órdenes dentro de los órganos de
gobierno, frenaban el acuerdo. Con la elección de Mario
Cassinoni como rector en 1956, el tema tomó impulso y se
empezó a trabajar sobre textos concretos.
Realmente la Feuu no estaba en
el asunto. Su preocupación se orientaba hacia la guerra de
Argelia y la visita del Malraux al Uruguay o el dominio del
clan Gianastasio sobre la Facultad de Ingeniería. La Ley
Orgánica era monopolio de la Comisión de Asuntos
Universitarios, o de compañeros como "el gallego"
Pérez y los hermanos Carlevaro, o, en todo caso, del puñado
que se nucleaba en la revista "Tribuna
Universitaria". Ellos, finalmente, transaron con los
jefes de los grados 5 en el Claustro, Sayagués Laso y Eduardo
Jiménez de Aréchaga- el ministro del Interior en 1968- y
así se llegó a un acuerdo unánime.
1957 se fue yendo y viniendo el
proyecto entre el Claustro y el CDC y finalmente éste lo
aprobó; de ahí pasó al Ministerio de Instrucción Pública
con suerte aleatoria y finalmente aterrizó en el Parlamento
el 14 de junio de 1958.
La situación era dilemática
por tratarse de un año electoral: era claro que si la
aprobación no se lograba ese año, quedaría para las
calendas, o calandrias, griegas. Los diputados tomaron el
asunto con calma y suficiencia y la Feuu consideró que era
hora de apretar el pedal.
Se comenzó con algún acto
callejero y se comprobó que eran anémicos pues la masa
estudiantil no comprendía la necesidad de la Ley Orgánica.
Una noche, una manifestación tenía permiso para llegar hasta
Andes. La rebasamos, dimos vuelta a la Plaza y nos
estacionamos frente a la Casa de Gobierno. Estaba cerrada,
oscura y sin custodia, excepto un solitario varita en 18 y
Andes. En realidad sabíamos que la Republicana estaba
emboscada, Liniers abajo. Comenzamos, con dedicación y
esmero, a apedrear la casa de Gobierno: cinco, diez minutos y
nada; desalentados numerosos estudiantes regresaban a 18
cuando por Liniers aparecieron las vanguardias policiales: dos
minutos más de nervio del Cnel. Mussio y nada hubiera pasado
(¿no hubiera habido Ley Orgánica?). El apaleamiento fue
concienzudo. Al día siguiente las asambleas de las facultades
hervían.
El Comité de movilizaciones de
la Feuu decidió efectuar otra movilización, ésta sin
incidentes. Fue multitudinaria. Ahí comenzó, en realidad, la
lucha por La Ley Orgánica, por "una universidad
popular" como se la bautizó con eficaz hallazgo
publicitario y poca rigurosa expectativa.
En la Comisión de
Administración y legislación de Diputados, Elsa Fernández
de Borges y Huáscar Parrallada, ineptos representantes que
alcanzaron la inmortalidad por su torpeza, insistían en hacer
un buñuelo con el proyecto, pontificando sobre los fueros del
Parlamento y espantados ante el espectro de una Universidad
dominada por los estudiantes eternos. Hubo otro apaleo frente
a la Universidad y la Feuu decidió ocuparla.
Mientras tanto, con similar
estrategia preelectoral, el movimiento obrero había lanzado
una ofensiva para obtener una ley de Seguro de Paro, el
salario por Maternidad y cambios en la Ley de Despidos, y el
Sunca en particular reclamó la Ley de Chamsec.
Un sábado de mañana
comenzaron a confluir a la explanada de la Universidad
estudiantes liceales a expresar su solidaridad con los
ocupantes: con mezcla de euforia y espanto vimos como la
policía se lanzaba con saña a apalear a los chiquilines.
Esto obró como un revulsivo en el país. De noche salíamos
de la Universidad a tirar bombas de alquitrán contra la casa
de doña Elsa F. de Borges y de algunos profesionales que,
contra la posición de sus representantes en el Claustro,
habían accedido a concurrir al parlamento a atacar el
proyecto universitario. Los diputados se rasgaban las
vestidura. Zelmar Michelini, uno de los "jóvenes
turcos" de la 15 y antiguo Secretario General de la Feuu,
tuvo la sensatez de comenzar a mediar.
Se formó el Plenario de la
Cultura y el Pueblo Trabajador. El 8 de octubre una enorme
manifestación obrero-estudiantil arrancó de la explanada
universitaria hacia el Palacio Legislativo. Yo, que a esa
altura era Secretario General del CEDA, hablé en el acto
inicial en nombre de los ocupantes: aunque, como es habitual,
nadie me escuchaba, era conciente que estaba haciendo
historia, se concretaba en los hechos la manida consigna
"obreros y estudiantes, unidos y adelante".
Teníamos al gobierno contra las cuerdas. El 14 de octubre se
repitió. El 15 de octubre se aprobaron la Ley Orgánica y la
Ley de Seguro de Paro.
Fue una expresión tardía de
cordura por parte del gobierno. El 30 de noviembre fueron las
elecciones y en ellas, aplastantemente, terminaron 90 años
del Partido Colorado.
¿Qué había pasado? Sigilosa,
la crisis económica había llegado al Uruguay y había
empezado a hacer mella en la gente. El modelo económico bien
intencionado de sustitución de importaciones, hoy lo sabemos,
entraba en una crisis terminal. Había malestar contra el
gobierno, en la manifestaciones el grito injusto de "Luis
Batlle es un ladrón" era el más coreado. En ese cuadro
de cultivo, la rebelión del agro protagonizada por la Liga de
Acción Ruralista que lideró Chicotazo y que se alió con
Herrera fue decisiva en el interior. Y actuó la lucha por la
Ley Orgánica: los apaleamientos policiales contra los
estudiantes universitarios y sobre todo los liceales fueron un
factor desequilibrante para que numerosos sectores de las
clases medias se decidieran a cruzar el Rubicó. De ahí en
adelante, para bien o para mal, el Uruguay fue otro.
No así la Universidad. Lo de
la Universidad popular era un imposible, los más politizados
lo sabíamos: era impensable una universidad popular en un
entorno capitalista. Pero más allá de eso, tampoco hubo
cambios sustanciales. El rectorado de Cassinoni culminó con
una apreciable cantidad de iniciativas aprobadas. Yo fui
presidente del Claustro de Arquitectura. Pero hubo una
incomprensión general de lo que significó la Ley: se la
creyó punto de partida cuando sólo había sido punto de
llegada, de cierre de la época comenzada con el movimiento de
reforma universitaria, del Grito de Córdoba de 1918, que
había tenido sus prólogos en nuestro país.
Años después lo entendió
Maggiolo cuando impulsó desde su Rectorado un plan de reforma
audaz. Pero la conmixtión de los intereses creados, al decir
de Benavente, con la ceguera de las izquierdas que lo tildaron
de plan imperialista, lo trancó. No hubo tiempo para
discutirlo a fondo. Era 1968 y, nuevamente y con razón, el
movimiento estudiantil estaba en otra cosa.