por:
Oribe
Irigoyen
El concepto de
technostress fue acuñado hace bastante tiempo ( 1984 ) por
Craig Brod, un psicoterapeuta de formación neo-freudiana
afincado en Silicon Valley (California), acaso el centro más
avanzado de la alta tecnología mundial. Más tarde, Philip T.
Nicholson, reconocido ex-investigador cibernético del Mit (
Instituto Tecnológico de Massachussets) y médico clínico,
en un coloquio de San Francisco acerca de las enfermedades
profesionales del siglo XXI, lanzó una bomba de alerta sobre
el technostress como: "la enfermedad más peligrosa de
nuestros tiempos, peor que el Sida y el cáncer
juntos..." porque "...conduce a la aparición de
fenómenos de pánico colectivos, agorafobia de masa,
alienación y un profundo sentido de falta de esperanza y de
creencia en un futuro mejor desde el punto de vista político,
moral y ético, que luego de haber transformado
"psicológicamente" al ser civil de las grandes
ciudades occidentales en el curso de las últimas décadas,
está comenzando a modificarlo incluso físicamente,
causándole nuevas patologías hasta ahora desconocidas".
Philip T.
Nicholson puede ser demasiado apocalíptico y exagerado en sus
predicciones, pero el doctor Craig Brod ha aportado sugestivos
datos en el mismo sentido, con una investigación realizada en
el Silicon Valley referida a mujeres y hombres que trabajaban
muchas horas al día con la computadora.
Entrevistó a
1.765 personas de las más diversas actividades y distintos
niveles de computación, desde la secretaria taquigráfica al
ingeniero, desde el matemático investigador o experto
cibernético al contable o empleado.
Comprobó que
el uso excesivo de la computadora provocaba síntomas
particulares de stress: dolores de cabeza imprevistos,
alergias, pero, sobre todo, una singular interiorización del
funcionamiento mismo del sistema de computación y del
concepto binario. Este síntoma, más preocupante, deriva de
pasar gran parte de las jornadas solo frente a una pantalla y
un teclado, comprender y aprender rápidamente que la realidad
puede configurarse en términos de si y no, tecla de ingreso o
tecla de salida, apertura de contacto o impedimento de
transmisión. Todo es binario.
Este hecho,
permanente y a la larga, en forma inconsciente es incorporado
por el hombre, produciendo una aceleración de su tiempo
interior que entra en contradicción y no sintoniza con el
metabolismo psicológico natural. Se produce en el individuo,
según Craig Brod, una marcada tendencia a interiorizar el
mundo en blanco y negro, excluyendo el gris, a concebirlo en
forma esquemática y maniquea. Se agrega a ese modo de ver el
mundo, el desarrollo de un deseo obsesivo por la perfección,
y en consecuencia comienzan las dificultades en las relaciones
con los demás - primero con los propios colegas, luego con
los familiares y amigos, no se hable del desconocido que se
cruza - a quienes comienza a registrar como "seres
inferiores" con respecto a la brillantez y rapidez de una
computadora, siempre pronta a responder perfectamente a las
preguntas y sobre todo a las órdenes de quien la comanda.
El resultado de
ese proceso de rigidez caracterológica, de enajenación
perfeccionista, autoritarismo y placer de mando, hace que el
individuo "technostressado" se sienta agredido e
insultado frente a la "imperfección humana" que lo
rodea, a respuestas que no son los categóricos si o no, a la
lentitud del pensamiento del otro, tan alejada de la
hipervelocidad del ordenador, a los grises nada binarios de la
comunicación entre los hombres reales. Eso es el
technostress, una posible pandemia profesional del siglo XXI.