por Rafael Rubio
Aquellos que estamos relacionados
con las actividades agropecuarias en el país, hemos tenido
siempre de ejemplo lo que sucede en Nueva Zelandia. En virtud de
ello, destacados técnicos de aquel país, desde hace mucho
tiempo, visitan el nuestro y nos proponen diferentes soluciones
para nuestra estancada agropecuaria. En su momento, se llegaron
incluso a adoptar algunas de las recomendaciones sugeridas, no
adoptándose nunca propuestas más de fondo e integrales, que
dieran el marco necesario para la adopción del "modelo
neocelandéz", tal como se le conoció en su momento.
No obstante, la brecha en
términos productivos y de competitividad de ambos países, más
bien tiende a incrementarse, a pesar que no sólo vienen sus
técnicos, sino que también y por suerte, técnicos nuestros al
igual que muchos empresarios rurales, cada día más viajan a
ese país.
Pocos días atrás, obtuve
algunas respuestas a las causas profundas de dicha disparidad,
al llegar a mis manos un libro de origen chileno.
El libro de referencia,
"Dirección y Gerencia Pública, Gestión para el
cambio" (Diciembre de 1998, Santiago de Chile, Dolmen
Ediciones), es editado por el Comité Interministerial de
Modernización de la Gestión Pública de ese país, y reúne
las ponencias del IV Encuentro Internacional sobre
Modernización del Estado, que ocurrió los días 18 y 19 de
junio de 1998.
En dicho encuentro, destacados profesionales y jerarcas del
sector público chileno, así como profesionales de organismos
internacionales (OCDE y BID) y de otros países (Canadá, Gran
Bretaña y Nueva Zelandia), volcaron sus experiencias en el tema
De este libro, que aparentemente
guarda poca relación con el comienzo de esta nota, voy a
extraer conceptos de las dos ponencias de Donald Hunn, ex
Director de la Comisión de Servicios Estatales de Nueva
Zelandia.
De su primera ponencia,
"Directivos públicos para un Estado moderno" (página
35), resaltamos: "Todos nosotros, en todos los países, nos
veremos obligados a sufrir estas nuevas presiones y estas nuevas
formas de enfrentar el desarrollo económico. De nuestra
experiencia en Nueva Zelandia, por lo menos a partir del año
1995, concluimos que si alguien no quiere acelerar el paso, si
no quiere cambiar, si no le gusta el nuevo ambiente del sector
empresarial público, es mejor que se retire. Respecto de los
cambios que hemos efectuado en el sector público de nuestro
país, algunos se lograron por medio de la reducción del
tamaño de la Administración Federal Central: en cuatro años
pasamos de 88 mil funcionarios que había en 1994, a 32 mil.
Parte de esta reducción se produjo no sólo por la necesidad de
reducir costos, sino también a raíz que toda una generación
de servidores públicos -de edades que fluctuaban entre 45 y 60
años -, se jubiló.
En efecto, el perfil de nuestros
funcionarios ha cambiado drásticamente. Antes era normal llegar
a los 60 años en el servicio público. Eso desapareció, ahora
los trabajadores y los gerentes son más jóvenes, vivimos en un
mundo nuevo que tal vez no sea del gusto de todos, pero si
queremos triunfar en él debemos aceptarlo y asumir las nuevas
formas de mirar y hacer las cosas".
De la segunda ponencia de Donald
Hunn, "Diseño y conducción de la reforma del Estado, el
caso de Nueva Zelandia" (página 145), destacamos: "Me
referiré ahora a algunos puntos prácticos. El primero es la
velocidad del cambio. Yo antes era un gradualista, por lo que mi
primera reacción ante los cambios realizados en mi país en los
años 1994 - 1995 fue pensar que eran una locura, que el
gobierno no podía esperar que los sectores públicos cambiaran
con tal rapidez dada la magnitud y extensión de las reformas
que proponía. Pero yo estaba equivocado; después de un año
hicimos una encuesta y, para mi sorpresa, los funcionarios
opinaron que debía acelerarse más el proceso. Existe una
poderosa razón para no dilatar los cambios más allá de lo
indispensable: éstos generan incertidumbre y es necesario
entregar certidumbre lo más luego posible.
Además, todo cambio debe
enfrentar resistencias, debe vencer la inercia y la oposición
con la que siempre se enfrenta; esto constituye otra poderosa
razón para acelerar el proceso, especialmente en la primera
etapa, en el momento de crear nuevas estructuras".
Para concluir, de esta misma
ponencia de Donald Hunn, extraemos: "Normalmente las
políticas de reducción del tamaño del Estado implican
reducción de personal; éste es uno de los aspectos más
difíciles del proceso de cambios y requiere de una especial
atención. Desde luego, se deben considerar los aspectos legales
del empleo y la relación con los sindicatos, diferentes en cada
país. Sin embargo, por muy duros que resulten estos ajustes a
veces son necesarios para el bien futuro del país y de la
ciudadanía.
En Nueva Zelandia tratamos de
atenuar todo lo posible las medidas de reducción del personal
mediante jubilaciones anticipadas, pagos extraordinarios - de
hasta un año de sueldo -, cursos de capacitación,
consejerías, ayuda para encontrar otros trabajos y otra
iniciativas. Estas medidas son caras, nos costaron un billón y
medio de dólares, suma muy alta para nosotros; pero el gobierno
consideró este desembolso como una inversión, tanto para el
futuro del país como para preservar un buen ambiente dentro de
la organización pues como también los funcionarios que se
quedan se sienten mal, se producen sentimientos de culpa al
pensar por qué le tocó perder el trabajo a tal o cual
compañero, un buen funcionario que llevaba tantos años
trabajando en la organización".
Ojalá sigan viniendo técnicos
de Nueva Zelandia a transferirnos tecnología y que vayan más
técnicos y más productores rurales uruguayos a dicho país a
aprender cosas nuevas, lo que significa que parte del camino a
recorrer se va transitando. Pero la experiencia indica que
generalmente las cosas siempre no son tan sencillas, por lo que
se requiere que toda la ciudadanía entienda ciertas cosas, y
sobre todo, que los responsables de su conducción asuman el
papel que necesariamente algún día deben liderar, antes que
sea demasiado tarde.