por
el Dr. Fernando Rama
En una
excelente conferencia que pronunciara en Montevideo, dos o
tres años atrás, el Prof. Mario Bunge hilvanó una
interesante lista de problemas filosóficos en torno al
quehacer médico. El epistemólogo argentino, radicado desde
hace años en Canadá, señala toda la complejidad de la
medicina y clarifica todo aquello que la medicina es:
ciencia, tecnología, servicio y muchas otras cosas más. En
pocas palabras la medicina es, al mismo tiempo, biología,
sociología, demografía, ética y antropología aplicadas.
A todo aquello que la medicina en general es, cabe agregar
todo aquello que la sociedad actual le reclama a la
institución médica. Uno de los aspectos más notorios del
reclamo social es la comunicación de información
científica válida, que los usuarios de los servicios de
salud identifican como una de las vertientes más visibles
de la calidad de los servicios prestados.
Esta
valorización de la información médica se traduce en una
por momentos abrumadora presencia de la palabra médica en
los medios de comunicación. La gran mayoría de los medios
disponen de programas y espacios dedicados a la difusión de
las principales características de las enfermedades más
variadas, sus posibles tratamientos y otros pormenores
relacionados con la salud. Por lo general la información es
proporcionada por expertos, es decir profesionales de la
salud de toda índole, si bien es posible encontrar,
también, información vehiculizada por periodistas
especializados que a su vez se apoyan en citas atribuídas a
expertos. Con frecuencia la información representa un
aspecto del mercadeo - más o menos oculto, a veces
legítimo y otras no tanto - , de la industria
farmacéutica, de los servicios de salud privados o
directamente del propio profesional que proporciona la
información.
Es formidable
cambio cultural es, a mi juicio, beneficioso pero posee
también aspectos negativos y potencialmente nocivos que
conviene comentar. La amplia información relacionada con
los problemas de salud contribuye a romper la asimetría
tradicional entre el saber médico y el no saber del
paciente; refleja, en última instancia, la creciente
demanda de la población en torno a sus derechos como
pacientes y contribuye a favorecer una relación
médico-paciente de mejor calidad. La revolución
informática en curso también ha contribuído en este
sentido, al menos en aquella franja de usuarios de los
servicios de salud que posee acceso a los servicios de
internet y, por lo tanto, puede informarse por sí sólo de
los avances en materia de medicina. Cabe prever, en un
futuro no muy lejano, la globalización de la propia
consulta médica.
Algunos de
los aspectos negativos son también fáciles de advertir. En
primer lugar, la palabra de los expertos no siempre es
verdadera; puede ser, y con cierta frecuencia lo es, falsa.
En segundo lugar, la palabra de los expertos no siempre es
útil; puede ocasionar reacciones indeseables en el receptor
( excesiva preocupación, miedo u otras emociones
susceptibles de generar más problemas que soluciones). En
tercer lugar, la presencia de los expertos en los medios de
comunicación refleja, al menos en el presente desarrollo
del asunto entre nosotros, dos males que son propios de la
actual estructuración del sistema de salud: la sobre
especialización y la medicalización de la sociedad. Por un
lado se induce la noción errónea de que todo síntoma o
signo tiene como primer paso la consulta con el especialista
o, lo que es peor, con el método diagnóstico idóneo para
el caso. Por otro lado el afán de salubridad ha llevado a
una suerte de creencia de que toda problemática individual
o colectiva es un problema médico. Si alguien se tomase el
trabajo de sumar los porcentajes de prevalencia de todas las
enfermedades mencionadas llegaría a la extraña conclusión
de que en nuestro país no existe nadie que pueda ostentar
la condición de persona sana.
En el caso
específico de la psiquiatría los riesgos son mayores.
Tratar temas como el suicidio - sin duda una de las
conductas más complejas del ser humano -, o la
drogadicción, tan cargada de prejuicios y malentendidos,
requieren una precisión comunicacional muy grande. Mucho
más cuando la palabra del experto se inscribe en un
diálogo con el público, como acontece en programas de
radio y televisión. Es cierto que el Uruguay no pasa, en
este momento, por su mejor momento histórico, pero señalar
que 300.000 uruguayos padecen depresión - como he visto en
un titular de prensa relativamente reciente-, es algo
francamente exagerado. Baste mencionar que la morbilidad
psiquiátrica total ha sido estimada, a nivel mundial, en
guarismos que van del 11 al 14%. Vale la pena aclarar, por
otra parte, que le depresión no es un trastorno homogéneo
sino que existen subtipos diversos, no del todo
esclarecidos, a mayor abundamiento.
Si bien se
podrían tejer muchas otras consideraciones sobre el tema,
estas reflexiones tal vez puedan servir como vía para
introducir un tema que debiera recibir más atención y
generar juicios de responsabilidad más afinados en todos
aquellos que cumplen la delicada tarea de ilustrar a la
población sobre temas de salud, expertos, periodistas,
empresas que financian los programas, entre otros. Realizar
divulgación científica es una actividad difícil, que
requiere especialización; el rol de comunicadores de los
profesionales de la salud es todavía más exigente, porque
no se trata de tener en cuenta apenas la capacidad de
comprensión del oyente o lector; requiere imaginar las
emociones que la información puede, en muchas
eventualidades, evocar. De no poca importancia, en el
tratamiento de esta temática debiera evitarse inducir o
propagar el rol normatizador de la institución médica, que
tan pernicioso ha sido en determinadas circunstancias.