por
Alejandro Prieto
Mientras el pasado jueves 9
de noviembre en La Florida los demócratas comenzaban a
expresar su malestar por las presuntas irregularidades
surgidas en las recientes elecciones nacionales, Bill
Clinton cenaba con los ex presidentes de la primer potencia
del mundo festejando un nuevo aniversario de la Casa Blanca.
Muy lejos de ahí, a miles de
kilómetros, bien pudo Alberto Fujimori levantar una copa de
pisco junto a su hija, porque terminaba de ganar una
batalla, la más compleja de todas.
Por primera vez en mucho
tiempo el fraude electoral peruano se disolvía como un
terrón de azúcar, ante el hecho de que "Eficiencia
Americana" mostraba ante los ojos del mundo algunas de
sus debilidades.
Si bien las dos situaciones
no son comparables, en el caso de Perú hubo fraude, en el
de Estados Unidos meramente el sistema electoral mostró sus
deficiencias y limitaciones, donde el inesperado problema
estadounidense va a favorecer a los tramposos electorales.
Después de estas elecciones
la imagen de Estados Unidos como el país que lo puede todo
y que no se equivoca, ya no será la misma. No le será
fácil exigir transparencia a los países emergentes con
democracias raquíticas o con políticos con musculaturas de
dictadores.
Una vez más ha quedado
demostrado que la tecnología, por más sofisticada que sea,
nunca tiene la última palabra. Es el hombre y el control de
los hombres sobre las cosas de la sociedad las que terminan
definiendo las razones mismas de la democracia.
Hace pocos días en la serie
televisiva The West Wing el Presidente de Estados Unidos se
negó a realizar el censo poblacional por mecanismos
estadísticos, a pesar de ser mucho más barato que el
tradicional de casa por casa, entendiendo que eso podía
llevar a generar un cultura que terminara imponiendo la
sustitución del voto ciudadano por las encuestas.
Quizás ahora, en un próximo
capítulo, la serie nos cuente que en Estados Unidos optaron
por un sistema de votación y de conteo de votos similar al
de un país al sur, que insólitamente se llama Uruguay, que
comen carne con las manos y en las mañanas y por la tarde
beben una infusión. Y que cuentan los votos con las manos,
como las sociedades antíguas.