por Oribe
Irigoyen
Puede ser que
ahora s¡. Que el Uruguay llegue tener su cine propio, en
términos de una cierta producción más o menos constante. Hay
una determinada tendencia en esa dirección.
Pero, durante
casi un siglo, eso no ha ocurrido. Hay razones de peso,
materiales como quien dice, para ese no.
País pequeño,
escasa población, magro mercado interno, constituyen fuertes
condicionantes para impedir el desarrollo de un medio de
comunicación y de expresión, que demanda un contexto material
opuesto. Además, ninguna Salamanca prestó nada a esa
naturaleza. Sin ninguna ley de protección, fomento o subsidio
del llamado 7 arte, con gobiernos muy distraídos al respecto, y
en general con todas las bellas artes, el cine no ha sido un
fuerte del Uruguay como producción. Y el uruguayo condenado a
no ver su propia imagen sistemática en imágenes filmadas.
En tanto que arte
colectivo, moderno y muy caro, con necesidad de materia prima,
aparatos y procesos industriales ( celuloide, cámaras, lentes,
revelado de película, sonorización, etc. ), de la labor
conjunta de una multitud de actores, artistas, técnicos, el
cine exige, a su vez, la existencia de toda una industria que lo
haga viable y que rescate los costos en el mercado interno. Eso
ocurre hasta en las mejores familias internacionales ( Hollywood
). También puede haber gobiernos atentos y generosos que ayuden
a crear la industria ( Canadá ), promover el cine ( el Film
Board de Inglaterra ) o dictar leyes de protección y fomento
nacional en ese sentido ( casi todo el mundo ). Pero en el
Uruguay, ni lo uno, ni lo otro, ni lo de más allá , hasta hace
muy poco y en veremos.
Sin embargo,
Montevideo conoció la novedad cinematográfica muy pronto, el
18 de julio de 1896, primera exhibición del programa inaugural
de los hermanos Lumière, pocos meses después de la primicia
mundial de París que diera nacimiento al cine ( 28 de diciembre
de 1895 ). Tuvo su pionero poco después cuando el español F‚lix
Oliver rodó el corto documental "Una carrera de ciclismo
en el velódromo de Arroyo Seco" ( 1898 ). Desde entonces,
todo quedó librado a la estricta iniciativa privada. Una larga
marcha de cineastas uruguayos por conquistar el largometraje de
ficción, la quinta esencia del cine, y de paso colaborar en la
construcción de un cine nacional, acaso sin pretenderlo.
Fueron todas
patriadas individuales e individualistas, quijotadas a pura
pérdida, salvo excepciones, que muy pocos pueden repetir. Desde
el primer largometraje "Puños y nobleza" ( 1919 ) del
tendero Edmundo Figari, pasando por "Almas en la
costa" ( 1924 ) de Juan A. Borges, "Del pingo al
volante" ( 1928 ) de Emilio Peruzzi, "El pequeño
héroe del Arroyo de Oro" ( 1929 ) de Carlos Alonso,
interpretada por Alberto Candeau, hasta llegar al primer
largometraje sonoro "Dos destinos" ( 1936 ), cuyo
realizador ha caído en el anonimato, la constante ha sido la
experiencia esporádica de filmes rodados en el país. Pocos son
los títulos que han quedado en el tintero de esta reseña, y
también escasas habrían de ser las tentativas sonoras del cine
uruguayo - los costos aumentan - con mención de algunos
títulos como "Detective a contramano", para
lucimiento cómico de Juan Carlos Mareco ( Pinocho ), el notable
éxito popular de "Radio Candelario", protagonizada
por el popularísimo imitador radial Depauli y "Uruguayos
campeones", exitoso documental de lo que se sabe: la
hazaña futbolística de Maracaná.
De todos modos,
con prestancia expresiva o sin ella, todos esos, en realidad,
sólo momentos de cine, reflejan el modo de ver, pensar, sentir
de los uruguayos ante el mundo y su derrotero. Son imágenes con
agujeros de idiosincrasia y cosmovisión de un pueblo, aunque
válidas e ilustrativas. Después vendrán, no se sabe si
tiempos mejores, pero sí más realistas en los años 50 y 60,
con la formación de técnicos y cineastas parapetados en el
documental, el formato de 16 mms., el corto y medio metraje de
costos más accesibles.