por
Nelson Di Maggio
Una oleada de
conservadurismo se extiende por varios ambientes culturales.
El miedo a los cambios, paraliza frente a un inseguro
porvenir, aferrando a un sólido pasado. Es cierto que la
década que pasó impuso la banal mercantilización en
muchísimos aspectos, una celada en la que cayeron público,
artistas y especialistas. Se confundió valor estético y
valor de cambio. El crítico francés Jean Clair es uno de
los ejemplos más lamentables de esa claudicación. Como
también los hay en Uruguay. No sorprende que Robert Hughes,
eminente crítico de la revista estadounidense Time, con su
perspicacia analítica e independencia de criterio, apoye
lenguajes convencionales y personalidades mediocres. Siempre
lo hizo, a pesar de su inteligencia.
Australiano
de origen, Hughes trabaja en Times desde hace treinta años.
Sus artículos audaces, contundentes, lúcidos en
observaciones éticas y sociales, eluden los lugares comunes
y atacan, en tiempo y forma, el multiculturalismo que a
muchos todavía derrite. En declaraciones recientes,
además, Hughes sentenció : " Si se compara el fin de
siglo XX con el anterior, creo que los artistas actuales no
alcanzan ni en calidad ni en número a creadores de la talla
de Cézanne, Monet, Seurat, Van Gogh, Gauguin, Degas,
Matisse, Munch o Rodin" y con su habitual frontalidad
siguió : "A pesar de que el futuro hallará en el fin
del siglo XX artistas respetables, probablemente no serán
tan importantes como los de hace un siglo. Y los buenos
parecerán pasas en medio de esa masa de mediocridad que
constituye la mayor parte del arte de finales del siglo
XX". Al parecer, el combativo y, por varios motivos,
admirable y estimulante personalidad, se olvidó de la
enorme morralla de pintores que no lograron ingresar a la
historia del arte y que revoloteaban alrededor de los genios
citados y, hasta en su momento, fueron más famosos y
celebrados. Las comparaciones son fastidiosas, pero son la
sal de la cultura. y de la franqueza intelectual.
En la
actualidad, Louise Bourgeois (París, 1911) es una escultora
que bien puede tutearse con Rodin y acaso, por sus
instalaciones, lo supere en imaginación e intensidad
expresiva. Joseph Beuys (1921-86) es una personalidad faro,
tan encandilante y seductora como Van Gogh o Matisse, los
videastas Nam June Paik, Bill Viola, Bruce Nauman o James
Turrell (para citar apenas unos pocos de una serie mayor)
han sido tan aventureros e investigadores como Gauguin o
Seurat, han profundizado en los abismos del hombre con igual
o mejor ímpetu que Degas o Munch . Las mediocres Suzanne
Valadon y Camille Claudel, parecen anémicas ante la
energía disparada de Jana Sterbak, Rebeca Horn, Annette
Messager, Katharina Fritsch, Rachel Whiteread, Laurie
Anderson, Jenny Holzer, Rosemarie Trockel o Jessica
Stockholder, pertenecientes a una inacabable y brillante
constelación de mujeres creadoras, donde las jovencitas
como Mariko Mori, Pipilotti Rist o Shirin Neshat, amenazan
con desplazarlas (mejor, enriquecer el panorama) con
rapidez. Pocos artistas del siglo pasado han alcanzado la
ferocidad y el poder desmitificador de Paul McCarthy. Ni
Degas o Toulouse-Lautrec. Este puñado de artistas de
diferentes generaciones son, sin embargo, suficientemente
representativos de una situación estética ni mejor ni peor
que la de otros tiempos, sino diferente y tan inventiva en
sorpresivas (y sorprendentes) obras atravesadas por los
conflictos de nuestro tiempo. La lista es larga en talentos
como lo demuestran los certámenes internacionales. Muchas
veces, reafirmando y extendiendo sus poderes imaginativos y
otras, con la emergencia de jóvenes innovadores.
En una
encuesta realizada en Madrid, directores de museos y
galerías de arte contemporáneos respondieron con errática
pusilanimidad acerca de los nombres que perdurarán. Se
aferraron a pintores (Sean Scully, Brice Marden, Baselitz,
Julien Oppie, Günther Förg, Julian Schnabel, Picasso (
quién lo duda), Francis Bacon) y pocos se refirieron a
Beuys, Muntadas, Bill Viola, Nam June Paik, James Turrell,
Gary Hill o Anish Kapoor). No porque ignoren o esquiven
hacer exposiciones de artistas audaces sino que la timidez
conceptual de cada uno se concreta en el momento de los
juicios personales, cada vez menos convencidos y
convincentes.
Sin embargo,
pocas veces un período de la historia del arte fue tan rico
y variado como el presente, con la introducción de nuevos
soportes técnicos todavía no completamente explotados.
Pocas veces la historia del contemporáneo concilió (o va
camino seguro de hacerlo) artistas de los cinco continentes,
de países marginados, en un mismo espacio de confrontación
visual. Pocas veces la creación artística rozó los
esquivos niveles de la (supuesta) universalidad. Jamás
pasó por la cabeza de nadie que algún día, un negro
nigeriano (Okwui Enwezor), podría dirigir el mayor
acontecimiento de artes visuales del mundo como la Documenta
de Kassel en el año 2002. Desde la siesta cultural de la
parroquia pueblerina, alejada y sin poder experimentar en lo
más mínimo de las innovaciones que se hacen en el terreno
de las artes visuales, el descreimiento es comprensible y la
desconfianza enorme ante la irrupción de nuevos lenguajes
que arrasan con los tradicionales. Y sin embargo, pocos
comienzos de un nuevo siglo han sido más prometedores y
seductores (aún en sus contradicciones, confusiones y
complejidades) que el que ahora se inicia.