por Oribe
Irigoyen
Algunos
pesimistas, no necesariamente consuetudinarios, sostienen que el
cine uruguayo es inviable: también se ha dicho y se dice eso
del país.
Las nuevas generaciones de cineastas y vi deístas
proponen lo contrario haciendo audio-visuales en forma
creciente y tozuda. El acceso al publico uruguayo de diversos
largometrajes nacionales en el año 2000, en salas comerciales o
de Cinemateca Uruguaya, con suerte diversa pero promisoria de
concurrencia, parecen dar a razón a los segundos. O por lo
menos, sugerir la realidad de una tendencia de cambio fructífero hacia un cine nacional. Eso ha ocurrido con los
estrenos de Acratas (1999), largometraje documental de Virginia
Martinez, El viñedo (1999), ficción policial sobre hechos
reales de Esteban Schroeder, estrenada incluso en Buenos Aires y
de futura exhibición en Chile, Las memorias de Blas Cuadra (1999), otro largo de ficción, rodado por Luis Nieto con Antonio
Larreta de protagonista y Los días con Ana (1999), una comedia
juvenil de Marcelo Bertalmio.
La larga marcha
del cine nacional, pleno de intermitencia y desilusión, tuvo
algún mojón que marcó, de cierta manera, un antes y un
después. Ocurrió entre los años 50 y 60 en que los pioneros y
diletantes del hacer cinematográfico uruguayos dan paso a una
generación que se forma en la producción independiente y
sucesivamente comienza a dominar la técnica y la expresión de
ese nuevo lenguaje de comunicación y arte.
Luego de la
residencia y la obra realizada en Uruguay por el prestigioso
documentalista italiano Enrico Gras (Pupila al viento, José
Artigas, Protector de los Pueblos Libres ) y en pleno auge del
movimiento de cine clubes y del SODRE, con sus respectivos
concursos cinematográficos, surge, se afirma una generación de
cineastas amateurs (Enrique Amorim, Ildefonso Beceiro, Alberto
Mantaras, Eugenio Hintz, Ugo Ulive, Alberto Miller, etc. ),
rodando,por lo general, cortos de ficción y documentales en 16
mms. Algunos de ellos pasan al formato de 35 mms, devienen
profesionales en la filmación de noticieros ("Uruguay al
día", "Emelco") o cortos de publicidad: Carlos
Bayarres (Turismo en Piriapolis, Punta Ballena), E.Hintz (Diario Uruguayo y José Cuneo, trayectoria de un pintor),
Ildefonso Beceiro (El tropero, presentada con ‚éxito en el
Festival de Berlín),
Ferrucio
Musitelli (La ciudad en la playa, Punta del Este, ciudad sin
horas), etc. También en la obra de Hugo Ulive (Como el Uruguay
no hay o Un vinten pal Judas) y más tarde de Mario Handler (Carlos, Elecciones) se establece la impronta crítica, satírica
y el mayor compromiso temático con la realidad socio-politica
del país. Ambos realizadores han continuado una exitosa carrera
artística fuera de fronteras.
Moviéndose en
los limites acotados del cortometraje, esa generación de
cineastas tomo conciencia de una expresión afirmativa por el
cine encarado con seriedad, realismo y desde luego, talento,
proporciona uno de los ejes fundamentales para una eventual
consolidación futura del cine nacional: gente capaz y en obra
de alguna manera.