por
Gustavo Leal *
Hace exactamente 50 años, el
Uruguay representaba el 1,3% de la población total de
América Latina y el Caribe.
Hoy, nuestra participación
desde el punto de vista de la población se redujo al 0,6 %
previéndose un descenso aún mayor en el 2025.
La presente situación nos
ubica en tanto país con la incertidumbre de un territorio
que lentamente se vacía mientras en el continente las
ciudades se agigantan. Semejante contradicción del
comportamiento demográfico, no se ajusta al contexto
latinoamericano, lo cual lo distingue en este aspecto como
un país atípico.
Desde el punto de vista
demográfico, el Uruguay asiste a un proceso de
"post-transición", cuyas características
centrales estriban en la baja tasa de crecimiento y en el
envejecimiento de la estructura de edades de la población.
La relación entre población
económicamente activa y la población dependiente ha
comenzado a dejar de tener un cociente favorable. Es decir
que la relación entre la población que genera bienes y
servicios y aquel sector que no lo genera está lentamente
volcándose a favor del primero.
Esto implica en el mediano
plazo un cuestionamiento a la viabilidad del modelo de
integración social que hasta el momento se ha impulsado, y
que de por sí al día de hoy, muestra crecientes
incapacidades para abordar propuestas incluyentes.
La composición etárea de la
población que se observa en el Uruguay es cualitativamente
diferente a la de los países de la región en la medida que
tienen una alta correlación negativa los valores para las
personas menores de 15 años y mayores de 65 años. En
efecto, en Uruguay se ubica la mayor tasa de población
adulta y la menor tasa de niños menores de 15 años del
continente.
Las proyecciones para el
futuro no muestran un panorama diferente; por el contrario,
acentúan los procesos que ya hoy nos ubican como un país
particular. Uruguay ya es el país de "mayor edad"
en toda América. El porcentaje en la población de personas
de mas de 60 años alcanza al 17.3%.
En el caso de los niños,
niñas y adolescentes su peso relativo en el total de la
población descenderá aún más, pasando de componer un
30.2% en 1995 a un 27,2 en el año 2015. Relacionado a este
proceso, la tasa bruta de natalidad descenderá fuertemente,
sobre todo si se considera que los valores de partida en
1995 (18.19) son extremadamente bajos desde el punto de
vista comparativo en la región.
En el año 2025 el número de
personas ancianas aumentará un 23% en Uruguay, lo que
implicará que la población uruguaya seguirá siendo la
más envejecida de la región, con un 20% de personas con
más de 60 años (cerca de un millón de habitantes). El
descenso de la mortalidad y el aumento de la esperanza de
vida al nacer tendrán un impacto notorio en la población
más anciana: habrá más de 375 mil personas mayores de 75
años.
La orientación del
crecimiento escaso
Pero, ¿qué dirección tiene
el crecimiento escaso de la población?
El patrón demográfico
expuesto anteriormente, ha ubicado erróneamente al país
como una nación con modelo "europeo" de
crecimiento demográfico. Es decir, natalidad controlada,
aumento de la expectativa de vida, familias con 2 hijos
promedio entre otras características. El primer error en
esta apreciación es que no hay un Uruguay, sino muchos y en
algunos de ellos nuestros indicadores son similares a Haití
ó Honduras.
El principal problema del
país, es que su reproducción biológica se ha instalado en
los sectores de extrema pobreza, fortaleciendo de esta
manera procesos de exclusión a la vez que incorpora a este
circuito a casi la mitad de los niños que nacen en su
territorio. La distribución desigual desde el punto de
vista generacional de la pobreza sin bien no es un dato
nuevo, es de por si alarmante, en la medida que no se
observa ninguna tendencia de variación a la curva
ascendente de este comportamiento.
El Censo de 1996 reveló que
por lo menos el 38, 7% de la población del Uruguay, tenía
una Necesidad Básica Insatisfecha (NBI), alcanzando esta
situación a 1.204.123 habitantes. Que casi cuatro de cada
diez habitantes tengan necesidades básicas sin resolver es
una situación de por sí seria y preocupante, pero lo es
más si se tiene en cuenta que entre los niños menores de
15 años asciende a 47.49% y para los niños de 0 a 4 años
ese guarismo alcanza al 51,54 %.
Cada niño que hoy
experimenta alguna de las situaciones antes mencionadas,
será muy pronto, un ciudadano que tendrá razones
suficientes para desconfiar de la democracia y de las
promesas de crecimiento. Descuidar a los niños en su
especificidad, es resignarse a que casi la mitad de los
futuros adultos tengan argumentos de vida para desconfiar
del sistema político y de la estrategia de desarrollo.
El tiempo con que contamos
para evitar esta situación es muy escaso. Los tiempos de la
infancia no son los tiempos de los adultos o de los países.
La infancia es una experiencia breve para una vida humana;
pero deja rastros indelebles que ya nada ó casi nada podrá
remediar. Las lesiones físicas y morales que un niño
experimenta lo acompañarán inevitablemente en su vida de
adulto.
Desatender a los niños hoy o
simplemente confiar en que la superación de la pobreza en
el mediano plazo podrá remediarla, es no comprender la
índole del problema.
* Sociólogo. Este
artículo está basado en el Informe no gubernamental sobre
políticas de Infancia 1996-2000, redactado por el autor, en
noviembre de este año.