por Oribe
Irigoyen
El año 1986 fue
clave para el cine nacional. Marcó el inicio de un nuevo
proceso y un real cambio en la materia. A partir de ahí se
concreta cierta osatura en la producción audiovisual y su
continuidad, como para ser optimista con respecto a una
creciente presencia de imágenes uruguayas reflejando el país.
Claro, se trata de una marcha que se sabe dura y difícil.
El retorno a la
democracia en 1985, y el año transcurrido de acomodo
correspondiente, muestran que la sociedad uruguaya y el propio
mundo han cambiado. Existen nuevas condiciones materiales y
espirituales que se traducen en significaciones inéditas - el
mismo concepto de audiovisual se amplía - y sensibles cambios:
a) - En el mundo
de la tecnología actual, el auge, la popularidad y el
equipamiento cada vez más sofisticado del video como medio
audiovisual, propone una muy amplia gama de posibilidades
informáticas de comunicación y arte. Junto con eso, reduce en
forma muy sensible los costos de producción y de medios
técnicos - el original puede ser corregido y usado numerosas
veces, las cámaras y otros implementos son cada día mejores y
más baratos, etc. -.
b) - Para los
técnicos y artistas uruguayos, esa de algún modo bendición
económica, que abre camino a la práctica m s continuada y a un
dominio cada vez mayor del medio expresivo, está acompañada de
otros factores importantes. El retorno de realizadores y
técnicos exiliados con probada experiencia ( Jacob, Tournier,
Mussitelli, Handler, etc. ) se une a la formación de nuevas
generaciones de cineastas, titulados en la producción
publicitaria, el trabajo profesional, el aprendizaje en escuelas
de cine o no ( Schroeder, Casacuberta, Arsuaga, Bayarres,
Ameglio, Dotta, Rodríguez Castro, Flores Silva, Buela, etc. ).
También a partir
de 1986 se procesa un cambio de mentalidad en los cineastas
nacionales. Ya no se trata de atrincherarse detrás de las
dificultades. Ahora se percibe una osada y astuta mentalidad en
la estrategia económica de los realizadores en la búsqueda de
sponsors, de ayudas del exterior, etc. De igual modo, el
contexto social se modifica: aparecen la Escuela de cine de
Cinemateca Uruguaya para la formación de artistas y técnicos,
cursos de cine en universidades privadas, colaboraciones
económicas de fundaciones privadas, etc. Se crea el INA oficial
( Instituto Nacional de Audiovisual), operan el FONA ( Fondo
Nacional ) y el Fondo Capital de la Intendencia de Montevideo,
organismos de apoyo a la producción audiovisual y en cierta
medida de ayuda económica. Por último, está en danza en el
parlamento, en torno a un proyecto de ley de derechos de autor,
alguna intención de ley de fomento al cine nacional, que
saldrá o no.
En ese marco,
según consigna Ricardo Casas en su libro Diez años de video
uruguayo, la producción de audiovisuales uruguayos alcanzó un
total de 328 videos de producción independiente entre 1986 y
1996. No fue considerada entre ellos la producción profesional
para la televisión ( las series "Fin de siglo",
"Naturaleza viva" u otras), la publicidad de diversa
¡índole o los trabajos de apoyo a la enseñanza.
Una producción
robusta, esos 328 videos, que comprende largometrajes, medio,
corto y muy cortometrajes ( ficción, documental, obras
experimentales o de arte, video-clips, etc. ) y que se completa
con 52 videos independientes presentados en 1999 al Espacio
Uruguay de Cinemateca Uruguaya, de los que fueron seleccionados
28 para su exhibición, en el registro de una realidad cierta y
en desarrollo con respecto a un posible cine nacional.
Cierto, los
uruguayos pueden rodar en video con cierta frecuencia y
emprender obras ambiciosas, los costos son accesibles. Pero con
lo que no cuentan todavía es con la posibilidad comercial de
difusión de su obra. No existen en el Pals circuitos de
exhibición de videos que permiten resarcir los gastos de
producción.
La historia del
cine uruguayo todavía está a mitad de camino, o menos, en
materia de posibilidades económicas y con mucho camino por
recorrer.