por
Carlos Santiago
Mientras el
gobierno tiene que resolver una difícil crisis social que
parece crecer en el país, los funcionarios de Fondo
Monetario Internacional (FMI), sumados a los de la banca
extranjera y a las calificadoras de riego, literalmente “aterrorizan”
a los funcionarios de Jorge Batlle, planteándoles “cataclismos”
de diversa magnitud, los que se desencadenarían con la
pérdida del dichoso “investement grade”
Esta
situación determina que en el país se estén examinando
escenas tan diferentes: por una parte las abstractas movidas
de los funcionarios internacionales, tratando de imponer
reformas con el solo objetivo de que el país cumpla con sus
compromisos internacionales y por otra deteriorada
situación social, caracterizada por la creciente pobreza,
sin que veamos reacciones del gobierno para intentar poner
fin a la misma.
Todo nos da
idea de lo peligroso que resulta mezclar la política con la
economía. La sofisticada economía global ha conectado a la
gente y a las ganancias a través de fronteras, pero nuestro
manejo casi provincial de las relaciones monetarias amenazan
con socavar los formas de vida de la gente. Los cínicos se
imaginan que el gobierno maneja ideas abstractas mientras el
país de despuebla de jóvenes y las clases medias sé
pauperizan cuando no se empobrecen abiertamente.
Los
burócratas del Fondo no tienen toda la culpa de ser
demasiado ambiciosos en el campo político y de lograr tan
poco en el campo financiero. La culpa es más de los
líderes mundiales que han abdicado su responsabilidad de
reparar el sistema monetario internacional para que sirva
las necesidades de una economía global abierta, dedicada a
la libertad de mercado y al libre comercio.
La razón de
ser del FMI desapareció cuando el sistema de cambios fijos
dejó de existir en agosto de 1971. En lugar de
desmantelarlo, las grandes naciones prefirieron dejar que
sobreviviera, transformándolo en una agencia de cobranza
internacional para sus bancos comerciales.
Hoy somos
testigos del vergonzoso espectáculo de los líderes de los
países desarrollados exhortando a países en desarrollo con
economías devastadas a que acepten las duras recetas
aperturistas del Fondo que no hacen nada por frenar la
pauperización de la gente.
Además, la
tenue posibilidad de estabilidad monetaria regional dejó de
depender del FMI para descansar en la benevolencia de China
en no devaluar su moneda. Los uruguayos no veamos solo lo
que significaría la ruptura de la convertibilidad en la
Argentina, sino que debemos valorar lo que significaría una
devaluación en China, cuando hoy en nuestro puerto hay
contenedores con zapatos de aquella procedencia a 50
centavos de dólar el par. ¿A que precio llegarían si
China devaluara como temen algunos copitostes del mundo
capitalista?.
Enlazar la
estabilidad financiera con la política extranjera es muy
peligroso. El futuro de la economía global no debe depender
de frágiles relaciones diplomáticas porque ello conduce a
arriesgar cosas como los derechos humanos, la transferencia
de tecnología y la seguridad nacional. El Mercosur es un
buen ejemplo.
Por ello la
preocupación del gobierno, “aterrorizado” por esos
funcionarios internacionales que pululan casi como en “su
casa” en el Ministerio de Economía, donde tienen siempre
las puertas abiertas, es distinta a la de la gente. Ellos
son los que generan terror, hablan de déficit, tratan de
acotar las partidas presupuestales. Quieren que se aplique
un esquema que objetivamente impida el crecimiento
equitativo del país y recurren a ello para avalar que se
sigan cobrando tasas exorbitantes que debe pagar el Estado
nacional por su deuda externa.
Lo que queda
bien claro que el modelo que nos rige desde la dictadura
hasta el presente está totalmente agotado y que es la causa
de los problemas que hoy vive el país y su gente. Es un
esquema de funcionamiento que niega lo nacional, en aras de
una ficticia globalidad, que solo puede ser prologado en el
tiempo mediante una mayor enajenación del patrimonio
nacional (ya se fue el oro), ahora quieren liquidar al mejor
postor a las empresas públicas. Con ello lograrían una
mayor transferencia de ingresos de la gente a sectores
concentrados de capital externo y, concomitantemente, un
mayor deterioro de la de la producción nacional, del
trabajo, cuestionando la existencia misma de nuestro país.
El gobierno
en este camino fracasará, multiplicando la crisis social,
aplicando ideas peregrinas si aceptara recomendaciones como
las desregularizar el mercado del trabajo, es decir, echar a
cientos o miles de funcionarios públicos, reduciendo los
salarios de los privados, privatizar ANTEL y otros
organismos estatales, arancelar la Universidad, ajustar los
planes sociales y los presupuestos de los ministerios de
Salud Pública y Educación, reducir más las jubilaciones y
las pensiones.
Ya
internacionalmente se ha visto que fue una enorme
equivocación de los organismos internacionales, el exigir
un mayor ajuste para restaurar la confianza de los
inversores. El ejemplo de Uruguay es notable en ese sentido,
ya que es el país de América Latina que recibe menos
dinero de los capitalistas internacionales. Quizás los
funcionarios del FMI y de las consultoras internacionales se
alegren por el cumplimiento estricto que hace el gobierno de
Batlle de todas sus indicaciones, pero en el país se sigue
eludiendo un tema fundamental, quizás el más trascendente
de todos, que es la endémica falta de competitividad,
consecuencia de un tipo de cambio retrasado, situación que
eclosionó luego de la devaluación en Brasil.
Admitimos el
riesgo de una devaluación en una economía altamente
dolarizada. La moneda sana y estable debe ser vista como un
derecho humano fundamental. Mientras no se comprenda que
devaluar es equivalente a hacerlo con el trabajo y la
dignidad de los ciudadanos, continuaremos sufriendo embates
de algunos sectores que quieren solucionar sus problemas en
el cortícimo plazo, sin entender que ello sería
catastrófico.
Pero es
evidente que ante esta realidad, debemos intentar reducir
los costos de producción. Pero en lugar de analizar la
estructura tarifaria de los servicios (recordemos la
imposición que tienen los combustibles) y el elevado costo
financiero, una reforma impositiva que priorice a los
sectores transables y al consumo, el gobierno habla de
reformas laborales, con el fin de despedir empleados, de
rebajar los salarios, del arancelamiento universitario, de
los servicios de Salud Pública, etc. y de la venta de las
empresas públicas y, por supuesto, de un nuevo incremento
en los combustibles.
La sociedad
en su conjunto, los productores agropecuarios, los
comerciantes grandes y pequeños, los trabajadores y el
propio gobierno deberían entender que de esta crisis
salimos no con un modelo, como el actual, que estimula la
miseria, sino por el contrario, con otro que sirva para
multiplicar la producción y, por supuesto, el poder
adquisitivo de la gente.
Eso está
bien claro.