Del 18/12/00 al 31/12/00
Montevideo Uruguay


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Construcción nacional

por Jon Juaristi
escritor vasco
director de la Biblioteca Nacional de España

En el idioma políticamente correcto del nacionalísmo vasco, construcción nacional equivale a limpieza étnica. El sueño de la Euskadi soberana, por más que se enmascare tras eufemismos humanistas, procede de las pesadillas sangrientas de Sabino Arana, que ETA decidió convertir en historia hace algo más de cuarenta años. Para un nacionalísmo etnicista nunca ha existido otro camino. Al contrario de lo que pregona el lugar común, aquí el fin determina los medios: violencia mortífera contra la etnia enemiga. Violencia purificadora, puesto que se trata de acrisolar la raza sobre la que se sustentará la nación redimida. Como rezaba un himno abertzale de comienzos de siglo (que no por casualidad usurpaba la melodía al Himno de los Puritanos), «corra la sangre hispana mientras dure la invasión».

Por raza no entiendo un grupo diferenciado biológica o lingüísticamente. La raza vasca del nacionalismo actual es un ideal a conseguir, un proyecto sólo alcanzable mediante la destrucción de la «raza política» que impide su realización: España, los españoles, todo lo que encubre la metáfora siniestra de la sangre hispana. ETA intenta llevar a la práctica el sueño de Arana Goiri: una Euskadi ---o una Euskal Herria, lo mismo da--- de vascos puros, sin mácula de españolidad. No de vascos con RH negativo ni de vascos éuscaro parlantes, sino de vascos abertzales, cualesquiera que sean sus apellidos o las lenguas en que se expresen. Vascos borrachos de racismo, de odio al Otro, al Español, aunque éste sea su vecino, lleve apellidos con muchas erré o hable un eusquera cuasi perfecto. Construir una raza política es más sencillo que depurar biológicamente una población cambiándole la sangre o que imponerle el uso de una lengua que en su mayoría no entiende. Se construye una raza política cambiando las lealtades de la gente mediante el terror. El primer modelo de una limpieza étnica de este tipo (es decir, de una limpieza étnica orientada a la construcción nacional) se ensayó con éxito en Croacia bajo el régimen ustacha, durante la Segunda Guerra Mundial. El dictador nacionalista Ante Pavelich dividió a la población serbia de la región en tres categorías: los que podrían ser asimilados a la población croata mediante una conversión al catolícismo (lo que venía a representar una «nacionalización» ), los que habría que expulsar a Serbia y los que deberían morir en campos de exterminio. La muerte de estos últimos serviría de presión ejemplarizante sobre los otros dos grupos, empujándolos a la traición o a la huida. Como es sabido, este modelo se ha aplicado durante la pasada década en la ex Yugoslavia, en Ruanda y en Timor Oriental. También el IRA y el Sinn Fein han tratado de adaptarlo al UIster. ETA lo trasladó al País Vasco desde mediados de los años sesenta, maquillándolo como resistencia al franquismo. Asimilación forzosa, destierro o aniquilación. No es otro el programa que el Frente de Estella propone a los vascos no nacionalistas.

Carece de sentido preguntarse por qué ETA mata a una determinada persona. Las víctimas del terrorismo abertzale nada significan como individuos. La visibilidad social puede ser un factor accidental que contribuya a su selección para la muerte (del mismo modo que los verdugos nazis podían fijarse más fácilmente en un famoso rabino o en un destacado escritor judío que en los millones de judíos sin relevancia pública, lo que no eximió a éstos del destino de aquellos). ETA no ha asesinado a López de la Calle por ser periodista, ni a Jáuregui por haber sido gobernador de Guipúzcoa, ni a Korta por representar a la patronal de dicho territorio ni al subteniente Casanova por su condición de militar. Los ha matado por ser españoles (incluso a Korta, sí, porque las patronales vascas se han distanciado del proyecto soberanista, deslizándose así, aunque algunos empresarios abertzales como Korta no fuesen del todo conscientes de ello, hacia la otra lealtad, la española). ET A los ha matado por pertenecer a la otra raza, la que se opone a su proyecto de construcción nacional. Corra la sangre hispana: ET A asesina españoles vascos o andaluces para mostrar a los vascos no nacionalistas cuál es la suerte que les espera si no se dejan doblegar. La muerte como accidente biológico, para decirlo con el lenguaje macabro y estúpido de Arnaldo Otegui, será en la Euskadi radiante y soberana un privilegio reservado a los vascos puros (léase abertzales). Los demás, los que no quieran irse, tendrán que resignarse a morir por causas no naturales. Esto es lo que promete ETA con su discurso de cloratita y tiros en la nuca. Aberria ala Hil. Patria O Muerte. Quien no escoja ser un patriota (un abertzale) escogerá la muerte.

La construcción nacional pasa necesariamente por la guerra civil. Creer o pretender creer, como lo hacían hasta el verano de 1997 el PNV y EA, que el deslizamiento de la población vasca hacia el nacionalismo podría conseguirse por mera persuasión pacífica se reveló como una ilusión tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco. De hecho, los dirigentes nacionalistas se percataron entonces de que gran parte de sus votos procedían de gentes que buscaban una protección política frente al té- error. La desaparición de ETA habría provocado la fuga de buena parte del voto abertzale hacia los partidos constitucionalistas. De ahí el giro rentista de Arzalluz y Garaikoetxea. Nunca buscaron el fin de ETA sino, como todas las filerzas comprometidas en la conspiración de Estella, un cese provisional de los atentados: una prosecución de la guerra por otros medios, sin operaciones sangrientas, pero con la amenaza perpetuadle de ETA sobre los enemigos declarados o potenciales del proyecto soberanista. Todavía hoy, el PNV y EA no vislumbran otra salida que la reanudación de esta guerra de pistolas calladas pero acezantes.

Durante la drôle de guerre de 1998-1999, el Gobierno vasco cumplió fielmente la misión que ETA le había encomendado: comportarse como el gobierno provisional de un frente nacionalista y desmontar las bases de la legalidad constitucional y estatutaria, fomentando la creación de instituciones soberanistas paralelas. Concluida la tregua, la cobardía de Ibarretxe y su cuadrilla ha hecho innecesaria la supervisión de su gestión por Otegui y demás correveidiles parlamentarios de la banda. Cuando el consejero de Interior del Gobierno vasco afirma que ETA está más fuerte que nunca, no sólo contribuye a la desmoralización de la población Vasca. Puede también percibirse en sus palabras el orgullo miserable del pequeño burócrata abertzale por haber cumplido la función que el frente nacionalista le había encomendado y que no era otra que esa, precisamente: la de frenar a la policía bajo sus órdenes y permitir el rearme y reorganización de los comandos terroristas. ET A no ha cambiado de estrategia: hoy, como siempre, persigue la construcción nacional de Euskadi; es decir, la limpieza étnica. Tampoco los demócratas vascos debemos variar la nuestra: resistir. Lo que quiere decir, en primer lugar, expulsar democráticamente a Balza de la Consejería de Interior y, a los nacionalistas, del Gobierno vasco. LA ONDA® DIGITAL


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Diciembre 2000

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