Por
Margarita M.Orozco Arbeláez, periodista colombiana
Cuando se habla de
"violencia en Colombia" se corre el riesgo de emplear
una fórmula que muchas personas entienden de diferentes modos.
Unos piensan en los horribles crímenes del narcotráfico, con
sus asesinos a sueldo o "sicarios", sus bombas y sus
implacables atentados contra jueces, periodistas y políticos
honrados. Otros piensan en los grupos paramilitares con las
espeluznantes masacres, mutilaciones y torturas de sus
víctimas. Otros, recuerdan las emboscadas guerrilleras, los
atentados contra oleoductos y las empresas extranjeras, las
ejecuciones en masa de personas desarmadas de diversa edad y
condición. Otros, en fin, traen a la mente los secuestros, los
robos, la delincuencia brutal de las ciudades y los campos, en
un país que ostenta las más altas cifras de muertos por causa
de violencia en todo el continente americano, con 40.000
víctimas cada año.
Pero sea cual sea la imagen que
uno tenga en la mente cuando pronuncia la expresión
"violencia en Colombia", quedan siempre en pie estos
hechos terribles: en las ciudades y regiones más densamente
pobladas del país, la primera causa de muerte es el asesinato o
el homicidio y la segunda, el infarto cardiaco. Colombia tiene
el récord mundial de secuestros, con un índice de un secuestro
cada seis horas y más del diez por ciento del total de
periodistas asesinados en el mundo entero en los últimos cinco
años son colombianos.
Paralelamente Colombia tiene,
igualmente, el récord mundial en cantidad de organizaciones
independientes ocupadas en la defensa de los Derechos Humanos.
Hay comités regionales y locales, organizaciones de abogados y
centros que se especializan en la defensa de determinados grupos
de población, por su identidad étnica o cultural, por su
actividad profesional, etc. Sin embargo, la gran diversidad de
estos grupos no parece obedecer a la necesidad de extender la
solidaridad a todos los sectores de la población civil
afectados por la violencia, sino más bien a la urgencia que
tiene cada grupo de asegurarse para si y para sus allegados una
defensa que los otros grupos no les ofrecen, por exclusión
sectaria o por otras razones ideológicas o políticas. En otras
palabras, la enorme diversidad y dispersión, la falta de unidad
y de coordinación en los trabajos por los Derechos Humanos, no
son sino el reflejo de la trágica dispersión, división y
fraccionamiento de las fuerzas y corrientes políticas del
pueblo colombiano.
Ahora bien, ¿cuáles son los
actores y las causas del conflicto armado en un país que tiene
un inmenso territorio rico en una gran variedad de recursos
naturales y minerales, con un clima apto para la plantación de
vegetales exóticos?
Los grupos guerrilleros
El movimiento guerrillero, cuyos
núcleos iniciales surgieron en Colombia 10 años antes de la
revolución cubana, en un contexto que no favorecía sus
posibilidades de hacer tránsito hacia el éxito revolucionario.
Sin embargo, debido a múltiples factores, se crearon
condiciones para la consolidación de estos focos insurgentes.
De esta manera, se produjo un fenómeno de "insurgencia
crónica" similar en sus rasgos generales a las
experiencias vividas en Filipinas y Guatemala , países en los
cuales la guerrilla logró también consolidarse sin poder, no
obstante, alcanzar sus objetivos finales.
Después de un fenómeno de
declive y de crisis durante la década de los años setenta en
el cual la guerrilla estuvo a punto de desaparecer, se produce
una recomposición y una fuerte y renovada expansión a partir
de 1980. Esta expansión, cuyas raíces son complejas, se logra
entre otras razones gracias a los recursos del narcotráfico y a
los impuestos a las compañías petroleras.
¿Cuál es la estrategia actual
de los grupos guerrilleros en el plano militar? Primero la
estrategia centrífuga, es decir, el modelo de desdoblamiento de
frentes, aumento del número de hombres y expansión difusa en
todo el territorio nacional continúa estando vigente. Se trata
de una estrategia de expansión desde las zonas de colonización
hacia regiones con actividades económicas dinámicas
(petróleo, oro, carbón, agricultura comercial) y hacia los
centros administrativos y políticos más importantes del país,
mediante las llamadas milicias urbanas.
Segundo, para poder sostener esta
fuerte y sostenida expansión guerrillera, los grupos
insurgentes están buscando diversificar sus fuentes de
financiamiento, gracias a una delimitación de fronteras muy
endeble entre lo político y lo criminal. Si bien se mantiene la
tradicional depredación de sus "enemigos internos"
mediante el secuestro, se multiplica la extorsión a los
productores y traficantes de drogas, y a las industrias
petroleras, mineras y agroindustriales.
Tercero, dada la imposibilidad de
llevar a cabo acciones militares de valor estratégico, así
como de sostener un accionar militar continuo, tanto las FARC
como el ELN ha tomado la decisión de aumentar su influencia a
nivel local: esta influencia busca, no sólo un control
territorial sobre áreas de valor estratégico, sino las redes
de poder municipal. En efecto, la descentralización político -
administrativa, la transferencia de recursos hacia los
municipios y la elección popular de los alcaldes (intendentes),
ha incentivado a los grupos armados, tanto a los de izquierda
como a los de derecha, a la búsqueda tanto de un control
político como de recursos económicos municipales (el llamado
"clientelismo armado").
"Empate negativo"
En Colombia, desde hace ya más
de una década, se presenta un "empate negativo" entre
las fuerza armadas y los grupos guerrilleros. Esta noción, de
la que se habla hace ya algunos años, buscaba diferenciarse de
la noción más comúnmente utilizada como "empate
militar" (o de equilibrio estratégico) que parece que no
resulta apropiada para describir los rasgos propios del
conflicto colombiano.
Esta última fue propuesta,
inicialmente, por el general José Joaquín Matallana en una
obra que abrió un agudo debate a mediados de los años ochenta
y según la cual, ni la guerrilla tenía capacidad para derrotar
al ejército ni el ejército tenía recursos suficientes para
derrotar a la guerrilla, lo cual obligaba a la búsqueda de una
salida negociada al conflicto armado.
La noción de "empate
negativo", por el contrario, sostiene que si bien las
fuerzas armadas han perdido la iniciativa táctica en el campo
de batalla, mantienen una clara superioridad estratégica . Pero
si las fuerzas militares no replantean a fondo su capacidad
operativa a mediano plazo podría verse afectada la estabilidad
institucional del país. De ahí la urgencia de unos cambios en
el plano específicamente militar, ante todo sabiendo que la
negociación de paz en que se halla actualmente embarcado el
país se hará en medio de la guerra.
¿Grupos paramilitares, de
autodefensa o guerrillas de derecha?
Desde fines de los años setenta,
emergen en Colombia organizaciones armadas de distinto tipo como
reacción a los grupos guerrilleros que comienzan a reactivarse
en estos mismos años. Estas organizaciones armadas traen la
expresa justificación de tratar de llenar el vacío del estado
en su débil capacidad de contrainsurgencia.
En una primera etapa, se trata
ante todo de grupos de autodefensa regional enraizados en las
comunidades locales. Pero, a medida que transcurre el tiempo,
ganan capacidad de movilización y poder ofensivo, ante todo
gracias al apoyo de las mafias del narcotráfico o de las
esmeraldas, lo cual les permite ir adquiriendo cierta
complejidad organizativa. Finalmente, en los últimos dos o tres
años bajo el liderazgo de Carlos Castaño y sus autodefensas de
Urabá y Córdoba están intentando transitar hacia una suerte
de guerrillas de derecha, provistas de un mando único y un
discurso coherente. Se trata de la creación de las Autodefensas
Unidas de Colombia (AUC).
¿Hacia una guerrilla de
derecha?
Probablemente lo que más impacta
en los documentos recientes de la AUC es su carácter político,
es decir, su intento de proyectar una justificación ideológica
a sus acciones contrainsurgentes.
Con mucha habilidad, las AUC
platean que los objetivos finales de su movimiento (la reforma
agraria, la solución a la cuestión de los desplazados, la
superación de la pobreza) no se distinguen de aquellos de la
guerrilla, salvo por la perspectiva política que anima a unos y
a otros. Este es el rasgo populista de derecha de su propuesta,
el cual se relaciona íntimamente con el ofrecimiento de
sectores terratenientes para proponer un importe blanco de
tierras en el marco de una eventual negociación de paz.
El rasgo extremista está
determinado, obviamente, por las modalidades de acción de estos
grupos fundadas en el terror generalizado, el asesinato
selectivo y las masacres. Es decir, un orden vertical y
autoritario, en el cual rige una dinámica perversa de
amigo/enemigo. El elogio descarnado de las autodefensas a la
política de "tierra arrasada" realizado en la ciudad
de Mapiripán en la provincia del Meta, en donde fueron
fusilados sin fórmula de juicio decenas de supuestos
colaboradores de la guerrilla, es una simple constatación.
Los grupos de autodefensa tienen
un origen muy diverso. Algunos fueron creados por grupos de
hacendados y políticos locales fatigados contra los excesos
criminales de la guerrilla, en el plano de los secuestros y la
extorsión. Otros fueron impulsados por narcotraficantes tales
como el desaparecido Gonzalo Rodríguez Gacha para no continuar
pagando el impuesto de guerra, el llamado "gramaje" a
las FARC. Otros fueron directamente conformados por oficiales
del ejército en el marco de la contrainsurgencia. Finalmente,
otros fueron constituidos por conocidos líderes de las minas de
esmeraldas.
II
¿Es posible un triunfo
militar?
Las sucesivas y cada vez más
preocupantes derrotas que están sufriendo las fuerzas militares
exige llevar a cabo un inaplazable debate nacional . En Colombia
desde los inicios de los años noventa, se ha dado un aumento
gigantesco del gasto militar y del pie de fuerza. El presupuesto
de las fuerzas militares ha crecido en más del 400% y el
ejército pasó de 60 a 120 mil hombres. Sin embargo, los
resultados de su accionar son cada vez más precarios. ¿Cuáles
son las raíces de esta ineficacia creciente?
En primer lugar, si bien las
fuerzas militares mantienen una clara superioridad estratégica
frente a los grupos guerrilleros (número de hombres, recursos,
logística), ha perdido totalmente la iniciativa táctica en el
terreno de batalla. Hasta hace poco años, las FARC se limitaban
a llevar a cabo emboscadas similares a las que realizaban las
guerrillas comunistas ya en los años cincuenta. Pero gracias al
asesoramiento de expertos salvadoreños, en los últimos dos o
tres años han comenzado a actuar en unidades militares con
varios centenares de hombres. A pesar de esta transformación
evidente, el ejército continúa actuando con pequeñas unidades
cuya función es contactar a la guerrilla, demandar el apoyo de
tropas aerotransportadas e intentar crear cercos de
aniquilamiento. Debido a la superioridad del potencial de fuego
de la guerrilla en el terreno de batalla, una vez llegan las
tropas de refuerzo las unidades militares ya ha sido
aniquiladas.
En segundo término, en Colombia,
las FARC y el ELN en vez de concentrarse en grandes unidades
militares decidieron dispersarse en decenas de frentes
guerrilleros a lo largo y ancho de la endemoniada geografía del
país. El ejército cayó en la trampa e igualmente comenzó a
dispersarse en decenas y decenas de brigadas, batallones y
puestos militares. Pero, mientras que la guerrilla mantuvo
intacta su movilidad táctica el Ejército terminó apuntalando
a tierra. Hoy en día más del 70% del Ejército Nacional está
protegiendo instalaciones militares, centros urbanos, oleoductos
o torres de energía. Existen pocas unidades móviles y sólo
veinte mil soldados profesionales. ¿Cómo obtener éxitos
militares cuando solo existen veinte o treinta mil hombres para
enfrentar más de cien frentes guerrilleros?
En tercer lugar, ¿cómo es
posible que, como ha ocurrido recientemente, 300 o más
guerrilleros puedan cercar una unidad militar sin ser
detectados? Esto implica dos cosas: por un lado, fallas
protuberantes en la inteligencia militar y por el otro, ausencia
de apoyo de la población campesina.
El vacío de inteligencia podría
ser llenado por la población campesina en la medida en que
sirviera de ojos y oídos a las unidades militares en las zonas
de guerra. ¿Por qué no cumple esta función? ¿Será que
perciben al ejército no como un aliado sino como una fuente de
depredación y violencia contra la población? Es necesario no
sólo mejorar la inteligencia militar en las zonas rojas, sino,
ante todo transformar de manera radical las relaciones entre el
ejército y la población civil.
La ausencia de directivas
políticas de las autoridades civiles cuyo desconocimiento y
desprecio de los temas militares es ya tradicional, la
improvisación en el nombramiento de ministros de defensa sin
ninguna noción del tema militar así como el vacío de una
estrategia nacional a largo plazo se hallan en la raíz de los
desastres que ha estado viviendo el país en este terreno.
Perspectivas futuras
Colombia no puede, bajo ningún
punto de vista, continuar por la vía de la privatización de la
guerra y de la seguridad ciudadana, con una pérdida cada día
mayor del monopolio de las armas y del monopolio de la justicia.
El estímulo o la convivencia pragmática con los grupos
paramilitares constituyen dos políticas absolutamente
condenables, pues lejos de disminuir las dimensiones del
conflicto las agrava y las ahonda.
El estado debe decidir si los
combate sin titubeos como a delincuentes comunes o abre el
camino para su eventual incorporación a la vida civil mediante
su reconocimiento como actores políticos. Pero la ambigüedad
debe cesar. Cada día que transcurre va cerrando totalmente las
posibilidades de la segunda opción: ¿cómo ofrecer amnistía a
unos grupos que día a día comenten más y más crímenes de
lesa humanidad, los cuales por principio están excluidos de una
política de perdón y olvido?
Colombia se halla en el ojo del
huracán. No ha logrado superar el conflicto insurgente que
constituía el eje de la agenda internacional en tiempos de la
confrontación Este/Oeste y debe responder a las exigencias de
la agenda mundial de la posguerra fría: derechos humanos, medio
ambiente, corrupción y drogas ilícitas. Con lo cual, día a
día, se ahonda su vulnerabilidad internacional.