por
Vitriolo
Desde hace
muchos años los hombres de piel negra han integrado los
equipos de fútbol de nuestro país. Si el negro, como así
se le denomina, juega a lo bruto: es respetado. Si le pega
de punta y para arriba, mucho mejor Pero si el negro, elude
una patada es un negro cagón, mientras que cuando un blanco
hace lo mismo, es un vivo.
Algo de esto
ha pasado con Mario Regueiro, un muchacho muy joven, humilde
y habilidoso, que nadie lo quería en Nacional hasta que en
el clásico de la gresca repartió algún golpe de puño,
mostrando además que sabe pararse y colocar los brazos y
las manos como un buen boxeador. Desde ese día, triste
día, pasó a ser solo Regueiro o simplemente Mario, aunque
salte cuando el pie del contrario vaya derecho a su rodilla.
Ahora se le
respeta, ahora se le reconoce que tiene un pique
incontenible, ahora se le da la razón a Hugo De León que
se jugó entero por él, cuando lo promovió a primera y lo
mantuvo.
Duele,
entonces, que ahora todos lo acepten como negro, como
persona igual a los blancos y a los amarillos, no sólo por
su calidad, sino también porque es guapo, como lo fue
siempre.
Da asco que
la vida así sea.