Por
Gabriel Varela
El
valor de cambio - cifrado sobre el deseo audiovisual del
espectador medio - se manifiesta(...) como el único valor
realmente reinante en el discurso televisivo dominante."
(Jesús
González Requena)
Más allá
de la existencia de ejemplos aislados o esfuerzos individuales
basados en valores diferentes al referido en el epígrafe, la
afirmación del teórico español Jesús González Requena
parece incuestionable. El rating, expresión mercadológica
del mencionado deseo audiovisual es el objetivo principal de
las empresas televisivas. La calidad, la promoción de valores
artísticos, las chances para expresiones culturales locales o
la apuesta a propuestas complejas son criterios que, de jugar
en las decisiones, solo lo harán tras la consideración de
potenciales índices de audiencia. Esta es, por supuesto, en
general, la línea de razonamiento de los propietarios de los
medios. Pero también la línea seguida por algunos estudiosos
del fenómeno. "La gente no es tonta", es la premisa
de partida, "y si opta por determinadas sintonías es
porque encuentra en ellas contenidos que la satisfacen
legítimamente" dirán los primeros pensando en la
valorización publicitaria de sus espacios, y los segundos
desde una, mucho más atendible, observación académica.
Por otro
lado, el abordaje alternativo, heredero de la Teoría Crítica
de la Escuela de Frankfurt, evalúa los datos de otra manera.
La masividad de productos culturales de baja calidad que
marcan las encuestas de audiencia, conduce a estos teóricos a
referirse a la televisión en términos de arma de
manipulación o de herramienta de dominación. Palabras como
alienación, anestesia o hipnosis han aparecido frecuentemente
en sus análisis tendientes a demostrar que, tal como están
las cosas, solo se trata de un instrumento de perpetuación de
un sistema de dominados y dominadores.
Entonces, el
paradigma gratificacionista por una parte y el alienante por
otra. O, para definirlos, una vez más, utilizando la ya
famosa categorización acuñada por Umberto Eco:
apocalípticos e integrados.
Generador de
literatura profusa el debate ha expresado las posiciones
disidentes de dos extremos que, sin embargo, han coincidido en
un punto: la interpretación indiscriminada del rating.
El rating
indica, grosso modo, la cantidad de televisores encendidos en
un canal en un momento. Se trata de un índice cuantitativo.
Expresa la presencia de un aparato encendido en presencia de
una persona, pero de manera alguna expresa las diferentes
actitudes con que ese televidente está ante la pantalla. Para
los gratificacionistas todos quienes están ante el televisor
encendido lo hacen porque indudablemente disfrutan de lo que
ven y se identifican con la programación y sus valores. Para
los afiliados al paradigma de la alienación todos quienes
están ante el televisor encendido se encuentran a merced de
la trasmisión de unos valores que los atraviesan sin la
posibilidad de filtro crítico alguno.
La
discriminación cualitativa del rating, tal vez determinante
para cualquier conclusión, no ha sido un dato sobre el que
los investigadores enfocaran sus microscopios.
En un ensayo
publicado en la revista Relaciones de agosto de 1995 el
profesor Mario Kaplún profundiza en el tema. Desde lo que
llama un abordaje "neo crítico" el teórico aclara
que el mismo implica: "uno, el reconocimiento de la
existencia de diferentes modos de recepción; y dos, una
contextualización del uso del medio y del consumo de
mensajes: esto es, la exploración de los condicionamientos
sociales de la recepción."
Partiendo de
algunas observaciones y testimonios Kaplún propone una
tipología que reconoce tres modos de recepción televisiva:
el gratificante, el supletorio y el incidental. El primero
configurado por la actitud de entrega fruitiva; lo proyectado
cuenta con la total atención y adhesión del televidente. La
utilización del televisor como proveedor de servicios
secundarios caracteriza al tipo supletorio de recepción. El
receptor encendido actúa, en este caso, a manera de
compañía, de somnífero o supliendo alguna otra necesidad
del televidente no relacionada con la recepción espectacular.
En el modo incidental el aparato solo está encendido a modo
de telón de fondo, cumpliendo una función cercana a la de un
mueble; los contenidos proyectados no captan en absoluto la
atención de quienes están en su entorno.
Esta
estratificación, que modificaría sustancialmente la
interpretación de los significados de las mediciones de
rating, irrumpe como determinante para cualquier planteo
teórico. Tanto en una como la otra escuela los
posicionamientos han partido en general desde el presupuesto
de un universo gratificacionista que, si se acepta el aporte
de Kaplún, no es tal. De la misma manera que incrementa la
complejidad del análisis, este ajuste del escenario, aumenta
también las posibilidades de acierto.
¿Cómo se
forman a los gustos del público? ¿Cuán manipulables pueden
ser? ¿Cual es su significado profundo? O, en fin, la
sempiterna pregunta: ¿ nos dan lo que queremos o vemos lo que
nos dan? Las clásicas dudas detonantes de la acción y las
teorías de los investigadores no parecen terminar de ser
despejadas. Los eventuales hallazgos abren nuevas
incertidumbres ante las que la simple formulación de la
pregunta ya constituye una respuesta inteligente.
También
alguna certeza parece asomar: la de la necesidad de formación
para enfrentar a los medios masivos. Tal vez desde el sistema
educativo, tal vez desde una instrumentación alternativa. La
relevancia, la omnipresencia y, por lo menos, la capacidad de
fijar agenda de atención convierte a los medios de masas en
general, pero muy particularmente a la televisión en una
presencia cotidiana ante la cual será saludable enfrentarse,
como a cualquier otra circunstancia, desde la educación.