Del 01/01/01  al  28/01/01
Montevideo Uruguay


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De cómo miramos la tele

Por Gabriel Varela

El valor de cambio - cifrado sobre el deseo audiovisual del espectador medio - se manifiesta(...) como el único valor realmente reinante en el discurso televisivo dominante."

(Jesús González Requena)

Más allá de la existencia de ejemplos aislados o esfuerzos individuales basados en valores diferentes al referido en el epígrafe, la afirmación del teórico español Jesús González Requena parece incuestionable. El rating, expresión mercadológica del mencionado deseo audiovisual es el objetivo principal de las empresas televisivas. La calidad, la promoción de valores artísticos, las chances para expresiones culturales locales o la apuesta a propuestas complejas son criterios que, de jugar en las decisiones, solo lo harán tras la consideración de potenciales índices de audiencia. Esta es, por supuesto, en general, la línea de razonamiento de los propietarios de los medios. Pero también la línea seguida por algunos estudiosos del fenómeno. "La gente no es tonta", es la premisa de partida, "y si opta por determinadas sintonías es porque encuentra en ellas contenidos que la satisfacen legítimamente" dirán los primeros pensando en la valorización publicitaria de sus espacios, y los segundos desde una, mucho más atendible, observación académica.

Por otro lado, el abordaje alternativo, heredero de la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt, evalúa los datos de otra manera. La masividad de productos culturales de baja calidad que marcan las encuestas de audiencia, conduce a estos teóricos a referirse a la televisión en términos de arma de manipulación o de herramienta de dominación. Palabras como alienación, anestesia o hipnosis han aparecido frecuentemente en sus análisis tendientes a demostrar que, tal como están las cosas, solo se trata de un instrumento de perpetuación de un sistema de dominados y dominadores.

Entonces, el paradigma gratificacionista por una parte y el alienante por otra. O, para definirlos, una vez más, utilizando la ya famosa categorización acuñada por Umberto Eco: apocalípticos e integrados.

Generador de literatura profusa el debate ha expresado las posiciones disidentes de dos extremos que, sin embargo, han coincidido en un punto: la interpretación indiscriminada del rating.

El rating indica, grosso modo, la cantidad de televisores encendidos en un canal en un momento. Se trata de un índice cuantitativo. Expresa la presencia de un aparato encendido en presencia de una persona, pero de manera alguna expresa las diferentes actitudes con que ese televidente está ante la pantalla. Para los gratificacionistas todos quienes están ante el televisor encendido lo hacen porque indudablemente disfrutan de lo que ven y se identifican con la programación y sus valores. Para los afiliados al paradigma de la alienación todos quienes están ante el televisor encendido se encuentran a merced de la trasmisión de unos valores que los atraviesan sin la posibilidad de filtro crítico alguno.

La discriminación cualitativa del rating, tal vez determinante para cualquier conclusión, no ha sido un dato sobre el que los investigadores enfocaran sus microscopios.

En un ensayo publicado en la revista Relaciones de agosto de 1995 el profesor Mario Kaplún profundiza en el tema. Desde lo que llama un abordaje "neo crítico" el teórico aclara que el mismo implica: "uno, el reconocimiento de la existencia de diferentes modos de recepción; y dos, una contextualización del uso del medio y del consumo de mensajes: esto es, la exploración de los condicionamientos sociales de la recepción."

Partiendo de algunas observaciones y testimonios Kaplún propone una tipología que reconoce tres modos de recepción televisiva: el gratificante, el supletorio y el incidental. El primero configurado por la actitud de entrega fruitiva; lo proyectado cuenta con la total atención y adhesión del televidente. La utilización del televisor como proveedor de servicios secundarios caracteriza al tipo supletorio de recepción. El receptor encendido actúa, en este caso, a manera de compañía, de somnífero o supliendo alguna otra necesidad del televidente no relacionada con la recepción espectacular. En el modo incidental el aparato solo está encendido a modo de telón de fondo, cumpliendo una función cercana a la de un mueble; los contenidos proyectados no captan en absoluto la atención de quienes están en su entorno.

Esta estratificación, que modificaría sustancialmente la interpretación de los significados de las mediciones de rating, irrumpe como determinante para cualquier planteo teórico. Tanto en una como la otra escuela los posicionamientos han partido en general desde el presupuesto de un universo gratificacionista que, si se acepta el aporte de Kaplún, no es tal. De la misma manera que incrementa la complejidad del análisis, este ajuste del escenario, aumenta también las posibilidades de acierto.

¿Cómo se forman a los gustos del público? ¿Cuán manipulables pueden ser? ¿Cual es su significado profundo? O, en fin, la sempiterna pregunta: ¿ nos dan lo que queremos o vemos lo que nos dan? Las clásicas dudas detonantes de la acción y las teorías de los investigadores no parecen terminar de ser despejadas. Los eventuales hallazgos abren nuevas incertidumbres ante las que la simple formulación de la pregunta ya constituye una respuesta inteligente.

También alguna certeza parece asomar: la de la necesidad de formación para enfrentar a los medios masivos. Tal vez desde el sistema educativo, tal vez desde una instrumentación alternativa. La relevancia, la omnipresencia y, por lo menos, la capacidad de fijar agenda de atención convierte a los medios de masas en general, pero muy particularmente a la televisión en una presencia cotidiana ante la cual será saludable enfrentarse, como a cualquier otra circunstancia, desde la educación. LA ONDA® DIGITAL


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Enero 2001

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