Del 01/01/01 al  28/01/01
Montevideo Uruguay


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Freccero y Márquez: dos amigos y una sola muerte

por Saúl Ibargoyen

Dos correos electrónicos llegados desde Montevideo este domingo 17 de diciembre del 2000 (uno de mi hija Rosana y otro de Hugo Giovanetti), me acercan la noticia de dos muertes muy recientes, la semana anterior: la de Jorge Freccero y la de Manuel Márquez. De Montevideo el primero, nacido en 1943, y de Pontevedra (1936), Buenos Aires, Colonia Suiza y Montevideo, en ese orden, el segundo. Dos muertes que son una sola. ¡Qué tipos tan montevideanos estos carísimos amigos! Tuve la muy buena suerte -porque a veces los dioses parecen existir- de encontrarme con ambos hace pocos meses, en junio, cuando Márquez -de aspecto decaído y voz lenta- me acompañó en la presentación de mi novela "Toda la tierra", y cuando Freccero -dinámico y bromista- fue con su esposa Martha a saludarme a la casa de mi familia en Montevideo.

Un cierto tiempal sin vernos, tal vez dos o tres años; apenas alguna comunicación telefónica desde o hacia México. En verdad, que en estos momentos los dos diálogos se mezclan: lo que hablé con Manolo pudo haber sido lo que hablé con Jorge, y al contrario. Así como se mezclaron tantas veces en otros tiempos del almanaque histórico y del calendario afectivo. Dos hombres enteros, ambos. Fortalecidos tanto por el sufrimiento personal y la experiencia social como por sus convicciones rigurosas y flexibles. Pero supieron del buen reír, del buen discutir, del buen beber, del buen querer, del buen leer, del buen escribir.

Distintos, sí. Y bastante. Y casi iguales en su constante respiración de lo colectivo, en su atento mirar lo cotidiano, en su irrenunciable solidaridad con el mundo, actitud que iba más allá de una larga adhesión a las fuerzas avanzadas de la izquierda uruguaya. Esto último es mucho decir en estos tiempos de incontables flojedades y abdicaciones ideológicas, espirituales y éticas.

Manuel Márquez fue poeta de dramáticas revolturas, narrador de lo riesgoso popular en cuentos y novelas, periodista y crítico sutil por fuera de academias y teorías "posmodernas". Publicó seis libros, obtuvo algunos premios y, para la supervivencia de cada día, se aplicó a oficios diversos. Supo del dolor oscuro: la muerte de su primera, bella, iluminada y joven esposa, hace muchos años; ese dolor se instaló en él, sin duda, hasta morir ahora con su propia muerte. Siempre tuve la certeza de que sus relaciones posteriores no alcanzaron a anular ese vacío negro. Asimismo, la "vieja enemiga" -calificación medieval de la muerte- le sopló y le lastimó heladamente las carnes cuando, con ocasión de un accidente provocado por un automovilista irresponsable, a su lado falleció la hermana de su ya fallecida compañera.

En estos días decembrinos, y en los diciembres del próximo siglo, debemos recordar a Manuel Márquez, escritor ninguneado en muchas ocasiones por la crítica establecida y soslayado en tantas antologías o muestras de la poesía y la narrativa uruguayas. Una vez le dije en broma, en medio de sonoros vasos de vino tinto, creo que en el Mincho, el bar histórico de la calle Yí: "Sos gallego y comunista, ¡sólo te faltaba ser poeta!" Me contestó: "O al revés…".

Manolo, ahí te va uno de tus poemas, tomado de "Traidor al mediodía" (Ediciones de Uno, Montevideo, 1992):

VI. Agito estos inútiles deseos
en un aire de nadie,
como ese viejo de la plaza
agita sus muñones
creyendo en el retorno
de sus antiguas manos
y la inaudita felicidad de sus caricias.
Ahora nacen nuevas pieles
o las mismas, aquí dorándose
en otro aire. Pero sin memoria ya,
 sin saber cómo esperarme.

Jorge Freccero publicó una novela y un libro de cuentos, ambos de extraños títulos -"Trifos y náuseas" y "Parricidio con granate tenue- y de barrocopersonal escritura. Vinculado al movimiento teatral durante décadas, fue un crítico sereno y culto, un espectador lúdico y lúcido. Tuvo oficios diversos, como buen intelectual de Uruguay, pero el trabajo manual lo seducía: orfebre minucioso y editor más tenaz que perfecto; y, claro, periodista cultural. Militante de un Partido Comunista que ya no existe, durante la dictadura fascista (1973-1985) fue detenido, torturado y sometido a prisión por varios años. Fue paciente y laborioso miembro de la directiva de la Asociación de Escritores del Uruguay en los años 80: con él trabajamos y confirmamos una amistad hasta el hueso. Destaco su aporte como editor de la colección Libros para Todos, bajo el sello Signos, que surgió por su iniciativa y en acuerdo con la central de trabajadores PIT-CNT: el objetivo era difundir la literatura en los sindicatos, a más de hacer llegar las ediciones al público habitual y al mismo tiempo tener acceso a lectores potenciales. Manuel Márquez y quien esto firma publicaron ahí sus libros "Airiños" y "Cuentos", respectivamente. Además de autores uruguayos, cuyos derechos eran cedidos a ese esfuerzo editorial, como Benedetti, Alfredo Gravina, Gley Eyherabide, Teresa Porzecansky, Roy Berocay, Julio Ricci, Felipe Polleri, Enrique Amorim, Alejandro Paternain, L. S. Garini, Juan de Marsilio, Juan C. Legido y otros, la colección incluyó muestras de narrativa chicana, mexicana, latinoamericana, etc. En cierta oportunidad le señalé a Freccero que en algunas de sus ediciones, casi artesanales, aparecían unas finas manchas azules, quizá por fatiga de la máquina impresora. El me replicó diciendo, como los cajistas medievales que se equivocaban a propósito, que sólo Dios es perfecto. Agrego mi deseo de soslayar aquí los absurdos y estúpidamente injustos ataques y acusaciones que Freccero (como otros miembros de la directiva de la Asociación de Escritores del Uruguay), recibiera en esos años desde adentro de su propio partido y desde otros sectores: si en aquella instancia tan amarga no lo alcanzaron, menos ahora, al cabo de una vida límpida y creadora, que nos compromete a no renunciar a los caminos elegidos y a las banderas solidarias.

A Jorge Freccero y Manuel Márquez, y también a otros amigos uruguayos que se adelantaron: Alfredo Gravina, Julio Ricci, Felipe Novoa, Daniel Bentancourt, Julián Murguía, Iván Kmaid…, el abrazo de siempre para todos. LA ONDA® DIGITAL


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