por
Saúl Ibargoyen
Dos correos
electrónicos llegados desde Montevideo este domingo 17 de
diciembre del 2000 (uno de mi hija Rosana y otro de Hugo
Giovanetti), me acercan la noticia de dos muertes muy
recientes, la semana anterior: la de Jorge Freccero y la
de Manuel Márquez. De Montevideo el primero, nacido en
1943, y de Pontevedra (1936), Buenos Aires, Colonia Suiza
y Montevideo, en ese orden, el segundo. Dos muertes que
son una sola. ¡Qué tipos tan montevideanos estos
carísimos amigos! Tuve la muy buena suerte -porque a
veces los dioses parecen existir- de encontrarme con ambos
hace pocos meses, en junio, cuando Márquez -de aspecto
decaído y voz lenta- me acompañó en la presentación de
mi novela "Toda la tierra", y cuando Freccero
-dinámico y bromista- fue con su esposa Martha a
saludarme a la casa de mi familia en Montevideo.
Un cierto
tiempal sin vernos, tal vez dos o tres años; apenas
alguna comunicación telefónica desde o hacia México. En
verdad, que en estos momentos los dos diálogos se
mezclan: lo que hablé con Manolo pudo haber sido lo que
hablé con Jorge, y al contrario. Así como se mezclaron
tantas veces en otros tiempos del almanaque histórico y
del calendario afectivo. Dos hombres enteros, ambos.
Fortalecidos tanto por el sufrimiento personal y la
experiencia social como por sus convicciones rigurosas y
flexibles. Pero supieron del buen reír, del buen
discutir, del buen beber, del buen querer, del buen leer,
del buen escribir.
Distintos,
sí. Y bastante. Y casi iguales en su constante
respiración de lo colectivo, en su atento mirar lo
cotidiano, en su irrenunciable solidaridad con el mundo,
actitud que iba más allá de una larga adhesión a las
fuerzas avanzadas de la izquierda uruguaya. Esto último
es mucho decir en estos tiempos de incontables flojedades
y abdicaciones ideológicas, espirituales y éticas.
Manuel
Márquez fue poeta de dramáticas revolturas, narrador de
lo riesgoso popular en cuentos y novelas, periodista y
crítico sutil por fuera de academias y teorías
"posmodernas". Publicó seis libros, obtuvo
algunos premios y, para la supervivencia de cada día, se
aplicó a oficios diversos. Supo del dolor oscuro: la
muerte de su primera, bella, iluminada y joven esposa,
hace muchos años; ese dolor se instaló en él, sin duda,
hasta morir ahora con su propia muerte. Siempre tuve la
certeza de que sus relaciones posteriores no alcanzaron a
anular ese vacío negro. Asimismo, la "vieja
enemiga" -calificación medieval de la muerte- le
sopló y le lastimó heladamente las carnes cuando, con
ocasión de un accidente provocado por un automovilista
irresponsable, a su lado falleció la hermana de su ya
fallecida compañera.
En estos
días decembrinos, y en los diciembres del próximo siglo,
debemos recordar a Manuel Márquez, escritor ninguneado en
muchas ocasiones por la crítica establecida y soslayado
en tantas antologías o muestras de la poesía y la
narrativa uruguayas. Una vez le dije en broma, en medio de
sonoros vasos de vino tinto, creo que en el Mincho, el bar
histórico de la calle Yí: "Sos gallego y comunista,
¡sólo te faltaba ser poeta!" Me contestó: "O
al revés…".
Manolo,
ahí te va uno de tus poemas, tomado de "Traidor al
mediodía" (Ediciones de Uno, Montevideo, 1992):
VI.
Agito estos inútiles deseos
en un aire de nadie,
como ese viejo de la plaza
agita sus muñones
creyendo en el retorno
de sus antiguas manos
y la inaudita felicidad de sus caricias.
Ahora nacen nuevas pieles
o las mismas, aquí dorándose
en otro aire. Pero sin memoria ya,
sin saber cómo esperarme.
Jorge
Freccero publicó una novela y un libro de cuentos, ambos
de extraños títulos -"Trifos y náuseas" y
"Parricidio con granate tenue- y de barrocopersonal
escritura. Vinculado al movimiento teatral durante
décadas, fue un crítico sereno y culto, un espectador
lúdico y lúcido. Tuvo oficios diversos, como buen
intelectual de Uruguay, pero el trabajo manual lo
seducía: orfebre minucioso y editor más tenaz que
perfecto; y, claro, periodista cultural. Militante de un
Partido Comunista que ya no existe, durante la dictadura
fascista (1973-1985) fue detenido, torturado y sometido a
prisión por varios años. Fue paciente y laborioso
miembro de la directiva de la Asociación de Escritores
del Uruguay en los años 80: con él trabajamos y
confirmamos una amistad hasta el hueso. Destaco su aporte
como editor de la colección Libros para Todos, bajo el
sello Signos, que surgió por su iniciativa y en acuerdo
con la central de trabajadores PIT-CNT: el objetivo era
difundir la literatura en los sindicatos, a más de hacer
llegar las ediciones al público habitual y al mismo
tiempo tener acceso a lectores potenciales. Manuel
Márquez y quien esto firma publicaron ahí sus libros
"Airiños" y "Cuentos",
respectivamente. Además de autores uruguayos, cuyos
derechos eran cedidos a ese esfuerzo editorial, como
Benedetti, Alfredo Gravina, Gley Eyherabide, Teresa
Porzecansky, Roy Berocay, Julio Ricci, Felipe Polleri,
Enrique Amorim, Alejandro Paternain, L. S. Garini, Juan de
Marsilio, Juan C. Legido y otros, la colección incluyó
muestras de narrativa chicana, mexicana, latinoamericana,
etc. En cierta oportunidad le señalé a Freccero que en
algunas de sus ediciones, casi artesanales, aparecían
unas finas manchas azules, quizá por fatiga de la
máquina impresora. El me replicó diciendo, como los
cajistas medievales que se equivocaban a propósito, que
sólo Dios es perfecto. Agrego mi deseo de soslayar aquí
los absurdos y estúpidamente injustos ataques y
acusaciones que Freccero (como otros miembros de la
directiva de la Asociación de Escritores del Uruguay),
recibiera en esos años desde adentro de su propio partido
y desde otros sectores: si en aquella instancia tan amarga
no lo alcanzaron, menos ahora, al cabo de una vida
límpida y creadora, que nos compromete a no renunciar a
los caminos elegidos y a las banderas solidarias.
A Jorge
Freccero y Manuel Márquez, y también a otros amigos
uruguayos que se adelantaron: Alfredo Gravina, Julio
Ricci, Felipe Novoa, Daniel Bentancourt, Julián Murguía,
Iván Kmaid…, el abrazo de siempre para todos.