Afirman
algunos optimistas de la cibernética que en la gente
ocurrió un cambio sustantivo: pasando de ser objeto de la
ideología del consumo a convertirse en sujeto de una
cultura del consumo. Así lo expresa, por ejemplo, Alejandro
Piscitelli en su libro Post-televisión ( 1998 ), trayendo
como testigo principal a Joan Costa del Centro de
Investigación y Aplicaciones de la Comunicación
Corporativa ( CIACC ).
Se trata de
la aparición y crecimiento de una nueva clase de
consumidores informados y críticos (tesis de Joan Costa),
comprobable en el Norte desarrollado, incipiente pero en
real ascenso en el Sur rioplatense, que muestra rasgos
distintivos: lee las fórmulas, va más allá de las fechas
de vencimiento de los productos, compara la composición y
variaciones de las mercancías locales e importadas, descree
de las marcas, cada vez le importa menos lo que dice la
publicidad y m s lo que los productos son o hacen.
Esta tesis de
Joan Costa, en confrontación con los argumentos de Jean
Baudrillard (La transparencia del mal, 1991) acerca de la
presente era del vacío y el simulacro, se apoya en un
análisis crítico de la publicidad que considera obsoleta y
golpeando en el vacío, con su psicología conductista y
determinista por medio de imágenes de sexo y éxito para
vender productos. Donde importa la imagen bronceada y
apolínea del producto y no sus cualidades.
Pero lo más
sustancioso de la tesis es que propone a la Web (la famosas
www o World Wide Web, expresión gráfica de Internet) como
un nuevo soporte intelectual, a través de la pantalla.
Aunque se asegura que todavía el 99% de la información del
mundo está encerrada en el papel, se propone a los bits
como sucesores excluyentes en la multimilenaria trayectoria
de cambios de soportes de comunicación, en que la arcilla
sustituyó a la piedra y cambió por el papiro, el
pergamino, el papel - oh!, Gutenberg - y el celuloide.
Hace más de
quince años que la pantalla de la computadora se fue
convirtiendo en un nuevo soporte gráfico con aspiraciones
de hegemonía del conocimiento. Primero, los bits no
derrotaron al papel - habrá que ver si lo logran - pero sí
superaron las técnicas de impresión tradicionales a
través de la impresora laser casera. Segundo, Internet y su
Web, al principio solo confinada al texto y el blanco y
negro, terminó por estallar en nuevas formas expresivas,
textos, imágenes, colores y sonidos unidos a la distancia,
múltiples formas de enseñar, aprender, entretener,
aburrir, pero también negociar, vender y comprar... y si la
economía entra en danza, la cosa es decisiva - oh!, Marx -.
Ya la pantalla no era solamente un soporte gráfico, era
multimediático.
Cuando a
Internet y su Web, red de redes con cerca de 30 millones de
m quinas y 90 millones de usuarios en 1998, se les revistió
con un sistema de hipermedia o interfaz gráfica (aporte de
Tim Berners-Lee y Robert Caillou de CERN), que simplificó
al máximo la relación cliente/servidor, la conversión de
todo lo legible en una gigantesca trama de conexiones fue
cosa hecha. Y la pantalla podía aspirar en serio a la
hegemonía del conocimiento.
Porque de ese
modo el contenido de los documentos sería independiente de
las plataformas - fueran ‚ éstas Windows, Mac o Unix - y
de los programas específicos que los generaron - cualquier
persona desde cualquier parte podría ver lo que hace
cualquiera otra desde otra máquina.
Pero,
asimismo, el contenido de los archivos sería
multimediático - sonido, animación, gráficas, fotos
fijas, imágenes, etc - y cualquier elemento de ellos
podría estar relacionado con cualquier otro en cualquiera
parte del mundo.
Toda
experiencia humana puede ser narrada, textualizada,
visualizada, musicalizada, tratada en forma multimediática.
Y como quien no quiere la cosa, las 3 w podían ser fuente
de negocios... u séase, el comercio, eso que el hombre
aprendió a hacer mejor, podía ser electrónico.