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Antología
de Bill Viola en Museo Nacional de Artes Visuales
por
Nelson Di Maggior
El ciclo Videos
de (y sobre) creadores contemporáneos se inicia en
febrero en el Museo Nacional de Artes Visuales de Uruguay, y
ocupa un lugar destacado, con la antología dedicada a Bill
Viola. Ese protagonismo del videomaker estadounidense es
justificado. Por primera vez, en un espacio público y
museístico, se presentan obras de uno de los mayores
creadores de la actualidad. En poco tiempo, apenas veinte
años, lleva una nueva técnica, dominada en cada uno de sus
sofisticados resortes, hacia un lenguaje en que la imagen
adquiere, en sí misma y sin ningún apoyo verbal, una
intensidad de sugestión poética y una profundidad conceptual
pocas veces lograda en otros terrenos artísticos en tan corto
lapso.
De ancestros
italianos, Viola nació en Nueva York en 1951; vive y trabaja en
Signal Hall, Los Angeles. Se formó en la Universidad de
Siracuse, N.Y., graduándose en Estudios Experimentales en el
College of Visual and Performing Arts. En 1970, veinteañero
aún, con el apoyo del profesor Jack Nelson, empezó a
experimentar con Súper-8 y video en blanco y negro,
convirtiéndose en un pionero de la técnica. A lo largo de esa
década produce numerosas cintas e instalaciones de video que,
según afirmó, eran didácticas y cuyo contenido era el propio
lenguaje utilizado, pues exploraban las posibilidades y
condicionamientos de la tecnología y de la percepción humana.
Fue inevitable el encuentro con Nam June Paik, el inventor del
videoarte, y Bruce Nauman, otro adelantado, con quienes hizo
varias muestras y compartió los avances y vicisitudes de una
tecnología todavía en pañales.
Como miembro de
un grupo instalador de televisión por cable y asesor técnico
en video, en esa misma época, conoce a David Tudor, el pianista
y compositor de la compañía de danza de Merce Cunningham,
entre cuyos colaboradores figuraban John Cage y Robert
Rauschenberg. Será el comienzo de una larga colaboración y
juntos presentarán la escultura sonora Rainforest. A
partir de ese momento Viola considerará el sonido como una
materia moldeable, de notoria influencia sobre la percepción de
la imagen. En 1974 se inventó la cámara portátil de video, el
color y las ediciones, marcando el rumbo de la nueva expresión
técnica que adquirió una dinámica vertiginosa. Pasó a
trabajar como asesor técnico en un estudio de producción de
video en Florencia, Italia, y el contacto con la cultura y el
arte europeos marcaron su derrotero.
Pasó muchas
horas en las catedrales grabando los sonidos. La acústica y el
sonido se convirtieron en fenómenos físicos esenciales para
Viola al considerarlos con mayor poder que las imágenes al
atravesar las paredes, rodear las esquinas y ser percibidos
simultáneamente en 360 grados en torno al espectador e incluso
penetrar en el cuerpo. Descubrió, así, la arquitectura
acústica de los espacios y encontró una relación vital entre
lo visto y lo no visto, entre la subjetividad abstracta y la
materialidad exterior. Por consiguiente, se orientó a utilizar
la cámara como una suerte de micrófono visual.
Etnólogo, Bill
Viola recorrió el mundo estudiando las costumbres indígenas en
las Islas Salomón en el Pacífico, Java, el Sahara tunecino,
los monasterios budistas tibetanos en el Himalaya, el teatro Noh
en Japón (allí practicó la meditación zen con el maestro
Siatsu Ahuya Abe y es el comienzo de una relación duradera con
el monje zen y pintor Daien Tanaka), pasó semanas con una
manada de bisontes en el Parque Nacional de Wind Cave, Dakota
del Sur. Esa dilatada y plural, intensa y apasionante
experiencia vital y espiritual, lo llevó a interiorizarse en
las filosofías orientales a través de los maestros D. T.
Suzuki, discípulo laico del zen y residente en Estados Unidos,
y de Amanda Comaraswany, historiador de arte indio de Sri Lanka,
así como de los místicos occidentales (San Juan de la Cruz,
Maestro Eckhart) y orientales (Djalal al-Din al-Rumi, Chuang Tzu).
Nutrido del taoísmo chino, el budismo tibetano, el misticismo
judeocristiano y el budismo zen japonés, Viola intentó abrir
las puertas de la percepción con una actitud mística original
y originante (Hay que recordar que místico viene del griego
myéin, que significa cerrar los ojos, un órgano clave en su
obra maestra El tránsito, que se abre y se cierra al
compás de instancias subjetivas y objetivas, entre la vigilia y
el sueño, que alternan el relato).
En 1998 el Museo
Whitney de Nueva York organizó la primera gran retrospectiva de
Bill Viola que tuvo su arranque en el County Museum of Art de
Los Angeles (LACMA) y continúa aún su itinerancia por los
principales centros culturales del mundo. Entre las quince
instalaciones de video que allí se incluyen, algunas de
considerable tamaño, hay varias conocidas en certámenes
internacionales (bienales de Venecia, Lyon, París, Documenta VI
y IX, Centro de Arte Reina Sofía, ex American Center de París,
Lannan Foundation, Los Angeles, Sesc Pompeia, San Pablo, entre
otros muchos y prestigiosos). Con una compleja parafernalia
tecnológica y enormes pantallas de proyección, las
instalaciones de Bill Viola son difícilmente transportables por
su enorme costo. Entre las instalaciones mayores de Bill Viola
están He Weeps for You (1976), Reasons for Knocking
at an Empty House (1982), Room for St. John of the Cross
(1983), The Theatre of Memory (1989), The Stopping
Mind (1990-91), que se exhibe en permanencia en el Museo de
Arte Moderno de Frankfort, The Sleepers (1992), Nantes
Triptich (1992), Arc in Ascent (1992), To Pray
Without Ceasing (1992), Slowly Turning Narrative
(1992), Tiny Deaths (1993), Stations (1994), Buried
Secrets (1995), The Crossing (1996) y las cintas de
video más fácilmente accesibles y ya clásicas: The
Reflecting Pool (1977-79), Chott el-Cherid (A
Portrait in Light and Heat, 1979), Hatsu Yume (First
Dream,1981), Anthem (1983), I Do Not Know What it is I
Am (1986), The Sleep of Reason (1988), y The
Passing (1991), sin duda una obra maestra.
John G. Hanhardt,
curador de filmes y videos del Museo Whitney, escribió:
"Al ver una obra de Viola, uno queda inmediatamente
impresionado por su capacidad para asombrar y emocionar: un
sentimiento de descubrimiento se impone a medida que vemos la
imagen en video transformarse a través de una poesía
intertextual que explora nuestra relación con el mundo
exterior. Bill Viola retorna el arte a cuestiones fundamentales
del ser y vemos el misterio y la belleza de la existencia
revelados por la mirada del creador desenvuelta por la óptica
de la cámara de video".
El tránsito (The
Passing, 1991, blanco y negro, 54 minutos). Este video surgió
en un momento crucial de la vida de Bill Viola, bajo el peso de
dos emociones contradictorias y simultáneas, la muerte de su
madre y el nacimiento del segundo hijo nueve meses después. Al
principio, confesó el autor, debía ser apenas un video sobre
el desierto que había aceptado realizar para la TV alemana. No
se sentía muy inspirado pero igualmente quiso cumplir el
contrato. Grabó algunas imágenes del desierto pero no quedó
satisfecho. No sabía qué hacer con ellas. Luego recibió la
noticia de que su madre estaba hospitalizada en estado de coma.
Entonces grabó a la madre enferma y el nacimiento del hijo, en
el mismo año. De la edición de todas estas imágenes, a las
que agregó algunas de Arc in Ascent (instalación
presentada en la IX Documenta de Kassel), resultó El
tránsito, un video de 54 minutos, el uso exclusivo del
blanco y negro que acentúa el ascetismo del desarrollo
dramático, sin ninguna palabra que desvíe del poder casi
hipnótico de la imagen. Hay escenas nocturnas y subacuáticas
filmadas con tres cámaras especiales diferentes, una de las
cuales (de infrarrojos) permite el registro de noche sin ninguna
luz y que traducen los diferentes estados de consciencia y
situaciones temporales.
El tránsito
está íntimamente ligado a los trabajos anteriores por su
temática, eminentemente autobiográfica. El protagonista es el
propio artista que aparece durmiendo, despertándose a ratos,
para luego sumergirse en estados hipnagógicos y el sueño.
Aparecen escenas de viajes y del ambiente familiar: la vida y la
muerte como metáfora (el nacimiento del hijo, la agonía de la
madre), van acompañados de elementos simbólicos esparcidos en
el discurso narrativo. Hay travesías por túneles, ruinas
oscuras y desiertos rocosos como símbolos del miedo y la muerte
que se oponen al sol brillante, las velas, las luces de
ferrocarriles y automóviles, un niño encaramado en un árbol
(el Arbol de la Vida), un pájaro blanco en el tejado (la
Resurrección). Y el permanente ruido del agua como una alusión
a una mente perturbada por la muerte (Viola estuvo a punto de
ahogarse a los diez años) y el nacimiento y las percepciones
ampliadas de experiencias pasadas. Los paisajes inundados aluden
al Diluvio Universal, la vela al vigilante ojo de Dios
(semejante al candelabro en El Matrimonio Arnolfini de
Van Eyck) y al origen de la vida. Los referentes al arte de
todos los tiempos (símbolos y temas retomados con espléndida y
sutilísima libertad citatoria de los clásicos medievales y
renacentistas y hasta el formato tradicional como el tríptico o
el género naturaleza muerta y su clásica iconografía) son
constantes en Bill Viola, como si se propusiera establecer los
secretos vínculos entre estéticas muy alejadas entre sí y
entre los extremos de la existencia a través del revolucionario
lenguaje tecnológico que utiliza. Viola esculpe los sonidos.
Los exagera, los amplifica, los deja prolongándose en el aire,
o los reduce hasta el susurro, a la respiración que une al hijo
que duerme con la madre agónica para, finalmente, poner en
evidencia que el tránsito entre la vida y la muerte es una
manera de autoconocimiento, una ordalía a la que es sometido el
ser para ir de la oscuridad a la luz. Al observar lo cotidiano,
Bill Viola pone de relieve lo extraordinario, explora los
sueños, el inconsciente, se sitúa en los límites de la
percepción similar al monólogo interior de Stephen Dedalus (Ulises
de James Joyce), en el que todo lo que había que ver era mirado
por la pérdida de la madre. Una obra maestra del video de
creación y del arte contemporáneo que recibió el Primer
Premio del IV Festival Internacional de Video "Cidade de
Vigo", Vigo, España (1993).
El estanque
que refleja (The Reflecting Pool, 1977-79, color, 7 minutos)
Tiene una afinidad con el impresionismo donde todo lo sólido se
disuelve en el aire, en una captación temporal del instante que
pasa. El hombre y la naturaleza, íntimamente confundidos, sus
secretas relaciones, movedizas e inquietantes, en un clima de
panteísmo luminoso, calmo y sensorial, súbitamente alterado
(en un efecto tan genial como perturbador), como una
revelación, para emerger, incontaminado, en una suerte de
bautismo, al mundo y a la vida. Para Marie Luise Syring es
"una experiencia mística en forma de parábola". Una
pequeña joya del videoarte de siete minutos de duración,
producida en la temprana etapa del artista, cuando tenía 25
años, como Orson Welles al realizar El ciudadano.
Yo no sé a
qué me parezco (Y Do Not Know What Is It That I Am Like,
1986, color, 89 minutos) Es el resultado de una investigación
en las Islas Fidji donde graba una ceremonia de los habitantes
indios en un ritual del fuego y durante su residencia en el Wind
Cave National Park, Dakota del Sur, donde convivió durante tres
semanas con una manada de bisontes. Dividida en cinco partes es
un cruzamiento de preocupaciones científicas e indagaciones del
inconsciente, de lo objetivo y lo subjetivo, la naturaleza y la
habitación del estudio, lo lejano e inabarcable y lo cercano y
doméstico. Una larga, demorada travesía hacia el más allá,
iniciática, que empieza por encuadres de la tierra invertida y
el agua que corre para seguir por oscuras cavernas (la entrada
al infierno dantesco), deambular por paisajes primitivos,
registrar primeros o grandes planos de los animales (bisontes,
pájaros, peces), concentrándose en sus ojos, su mirada, en
pasajes y cortes súbitos. Por momentos, una pupila refleja al
artista y la cámara.
El ritmo lento,
ralentizado, puede ser, al principio, un obstáculo para el
espectador habituado a las frenéticas imágenes del cine y la
televisión actuales. Pero hay que tener en cuenta que la
estética de Bill Viola se basa en la filosofía oriental, que
tiene sus propios códigos. Lo admirable, una vez superada esa
dificultad inicial, es descubrir el retomar del género
naturaleza muerta, su vida silenciosa, que se transforma,
mágicamente, en almuerzo que se consume y desaparece, y dando
pautas de otras obras (la gota que cae, una canilla que refleja
su imagen) hasta lograr expresiones oníricas y surreales de
enorme sugestión (el árbol y el vaso, el elefante en la
habitación). Y un desenlace, luego de la crueldad del ritual,
donde se fusionan y disuelven todas las contradicciones. Yo
no sé a qué me parezco recibió el primer Premio de
Videoarte en el VIII Festival Internacional de Videoarte y
Nuevas Imágenes Electrónicas de Locarno, Suiza, 1987 y Premio
Supervideo "L'Immagine Elettronica (I E)", Video
Festival Europei, Bolonia, Italia, 1987.
Hatsu Yume,
Primer Sueño (Hatsu Yume, First Dream, 1981, color, 56
minutos) Está dedicada a Daien Tanaka, amigo, maestro zen y
pintor japonés. "Pensaba en la luz y en su relación con
el agua y con la vida - anotó Viola -, y también con lo
contrario - en la oscuridad o en la noche y la muerte. Pensaba
en como hemos construido ciudades enteras de luz artificial como
un refugio contra la oscuridad. El video trata la luz como si
fuera agua - se vuelve fluida en el tubo de video. El agua
sostiene un pez como la luz sostiene al hombre. La tierra
significa la muerte del pez; la oscuridad, la muerte del
hombre". Una meditación sobre el campo y la ciudad, las
oposiciones que van de la quietud a la turbulencia, los cambios
de escala (una montaña resulta ser una roca pequeña, unas
gotas dejan paso a la tormenta), de lo minúsculo a lo grande o
la ampliación, y el agua, las olas, los montes, las nubes,
elementos que BillViola retoma una y otra vez. Recibió el Gran
Premio en U.S. Film and Video Festival, Park City, Utah, EE. UU.,1983,
y Premio del Jurado en Video Culture / Canadá, Toronto, 1983.
Antífona
(Anthem, 1983, color, 11.30 minutos) Para el videasta, "Anthem
tiene su origen en un grito singular y penetrante emitido por
una niña de once años situada en el retumbante vestíbulo de
la estación de ferrocarril unión, en Los Angeles. El grito
original, de pocos segundos de duración, se ha prolongado y se
ha modificado su velocidad para producir una "escala"
primitiva de siete notas armónicas que constituye la banda
sonora de la pieza. R Relacionada en su forma y función con el
canto religioso, Anthem describe una evocación ritual
contemporánea, centrada en ele amplio tema del materialismo, la
arquitectura de la industria pesada, los mecanismos del cuerpo,
la cultura del ocio del sur de California, la tecnología
quirúrgica y su relación con nuestros miedos, con la oscuridad
y la separación de cuerpo y espíritu". Recibió el Gran
Premio de Videoarte en Video / Culture Canadá, Toronto, 1984, y
Primer Premio de Videoarte Athens Film / Video Festival, Ohio,
EE. UU., 1984. LA
ONDA®
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