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Y con el
Estado, ¿qué hacemos?
por Víctor
Rossi
Representante Nacional
EP-FA
En los
últimos años se ha intentado por diversos caminos, presentar la
idea de que el costo país es sinónimo de un Estado gordo, pesado
e ineficiente.
Es
así que cada vez que se habla de las dificultades que tiene
nuestra producción para poder competir en precios con la de otros
países, llueven las quejas sobre el Estado y no solo de parte de
quienes se afilian a la tesis de dejar todo en manos del mercado.
También lo hacen los sectores productivos, ahogados por las
pesadas políticas impositivas que deben soportar.
El
tema, por cierto, vale la pena y es ineludible su tratamiento. En
estos comienzos del nuevo siglo, definir el papel del Estado en la
economía se ha vuelto un asunto de primer orden. No hay la menor
duda que el país requiere de un debate sereno, reflexivo y
patriótico para reestructurar el Estado, con la idea de hacerlo
más eficiente en beneficio del desarrollo de la economía y de
los sectores más desprotegidos de la sociedad.
La
base de cualquier debate debe ser justamente esa: trazar líneas
que permitan tener un Estado tonificado, motor del desarrollo
económico y del mercado, pero a la vez actuando al servicio del
conjunto de la sociedad, promoviendo la redistribución de la
riqueza.
En los
últimos días se ha hablado mucho (y se seguirá hablando) sobre
las empresas públicas, tema que encararemos más adelante, pero
se dice poco y nada sobre el Estado central, los ministerios.
Quizás no se hable de ellos porque no están a la venta, en la
medida que no son rentables.
Es ese
Estado central el que actúa como bolsas de piedras atadas a la
cintura de toda la economía y sobre el que hay que ponerse a
pensar. En este sentido la Confederación de Funcionarios del
Estado (COFE) ha hecho una propuesta, ignorada por los dos viejos
partidos políticos, para ir hacia una racionalización del
escalafón. Y lo hizo mucho antes de que los uruguayos salieran a
la caza de algunos porteros de ciertas dependencias que ganaban
mucho, histeria promovida injustamente desde el Poder Ejecutivo.
Hoy
tenemos un Estado central inflado, muchas veces por nuevas formas
de clientelismo, como son los contratos de obra y los becarios.
Dos fenómenos de los que se habla poco por parte de quienes se
levantan todos los días vendiendo una empresa pública y se
lamentan que el país en las primeras décadas de 1900 no haya
recorrido el camino de los países centroamericanos. Y haya
preferido, con Batlle y Ordóñez, un acción predominante del
Estado a favor de la justicia social, como lo dijera en un
reciente reportaje el historiador Enrique Mena Segarra
Este
Estado que sufre de una obesidad que tiene historia pero también
presente ( la Anep recurrió en el 2000 a los contratos de obra,
como práctica) , se ha vuelto intocable para los partidos
tradicionales, que miran para un costado cada vez que alguien se
refiere a él.
Otro
tema, siempre dentro del Estado, es el de las empresas públicas o
estatales que, en la mayoría de los casos, se han modernizado
haciendo caer el mito de que todo lo público es ineficiente.
A
pesar de que las empresas públicas siguen siendo el reducto a
donde van a dormir muchos de los políticos fracasados, la
incorporación de las tecnologías más avanzadas y la resolución
plebiscitaria de 1992 que resolvió que Antel siguiera en manos
del Estado, produjo en la sociedad y en el sistema político toda
una confirmación moral sobre la necesidad de su existencia. No
faltaron, por cierto, directores de entes autónomos que se
pusieron al hombro esas empresas, junto a los sindicatos de las
mismas, lo que contribuyó a que su desarrollo fuera destacable,
como ocurrió no solo en Antel, sino también en Ancap y Ute.
Hoy
esas empresas deben entrar en una nueva etapa, siempre sobre la
base de aquel pronunciamiento de la ciudadanía de 1992, para
favorecer a los consumidores con la baja del costo de los
servicios y, a la vez, continuar con su actualización y
desarrollo.
Para
ello el país tiene que encarar con seriedad el desafío de
transformarlas cada vez más en empresas que no deban soportar las
cargas que les genera el Estado central, que cada tanto le mete
las manos en sus bolsillos - que es el bolsillo de la gente- para
cubrir los costos generados por la ineficiencia y el clientelismo.
Si
este desafío se asume y se resuelve mirando los intereses del
país y de los uruguayos, se puede discutir todo, incluso en qué
casos conviene que no haya monopolios y en qué circunstancias es
posible buscar asociaciones con el sector privado, ya sea nacional
o extranjero. Asociación que en caso de concretarse deben tener
un estricto control del Estado, para que no ocurra con la que
pasó en Pluna. Y en esto de los controles el país aún están en
pañales.
Cualquier
otro paso apresurado o motivado por un fundamentalismo
privatizador, desregulador y desmonopolizador, va a llevarnos no
solo a una estupidez sino a una "canallada" con el
país, tal como lo alertara hace pocos días un diputado del Foro
Batllista.
Y ante esto no cabe
otro camino que enfrentarla con todas la de la ley. LA
ONDA®
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