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Historia
de la música uruguaya
(Primera parte)
Un
precursor: Bartolomé Hidalgo
por
Washington Benavides
Las postrimerías
del Siglo XVIII revelaron que los sistemas coloniales eran
contraminados por alzamientos y rebeliones, que eran indicios de
una anarquía auténtica, y, sobre todo, de las no lejanas
revoluciones independentistas. Signos de éstas fueron la de
Tupac Amarú, un descendiente de los Incas en el Perú (1780) y
el levantamiento de los comuneros en Nueva Granada (1781). Por
otra parte, se había proclamado la independencia de los Estados
Unidos, y las nuevas doctrinas se filtraban y difundían en las
colonias hispánicas, con una fuente principal en los pensadores
franceses de la Ilustración. A esto debe sumársele, como golpe
definitivo, la Revolución Francesa.
Como una prueba
de la relevancia intelectual de estos hechos, en 1794, Antonio
Nariño de la Nueva Granada, hace imprimir secretamente la
Declaración de los Derechos del Hombre, que se distribuye por
toda Sudamérica.
Entre estos
precursores de la liberación, debe situarse a Francisco de
Miranda (1750-1816); aunque las verdaderas guerras
independentistas comienzan, en las colonias españolas, en 1810,
año fundamental.
Poetas y/o
liberadores surgen, como Miranda, como Bolívar (la “Profecía”
de Jamaica, el “sueño del Chimborazo”), como Andrés Bello
(1781-1865), como Joaquín Olmedo (1780-1847); poetas de sonoros
versos épicos, dentro de las corrientes en boga en la colonia.
Pero, solamente el uruguayo Bartolomé Hidalgo (1788-1822),
pondrá su capacidad poética singular al servicio absoluto de
una causa (la independencia), agregándole la originalidad de su
forma, distinta (como el día a la noche) de la épica de Olmedo
o Heredia, herederos poéticos de la metrópoli. Con Bartolomé
Hidalgo se cumple como una profecía, lo que luego metodizará
Vladimir Maiakovsky: “sin forma revolucionaria no hay arte
revolucionario”. Pedro Henríquez Ureña, entronca este arte
popular con el material tradicional (de difusión oral) que
trajeron españoles y portugueses a América: “canciones y
romances tradicionales”.
Efectivamente,
estas formas se adoptan y adaptan al Nuevo Mundo; piénsese,
principalmente, en la canción infantil latinoamericana y en los
“corridos” mejicanos. Pero nosotros creemos que, Bartolomé
Hidalgo está un paso más acá o más allá, de esta rama
nacida como de injerto de su origen metropolitano. Acaso el paso
previo rioplatense esté dado por el payador, el cantor rural e
improvisador, con sus tenidas en contrapunto; pero Hidalgo (como
lo descubrió con su natural ingenio Jorge Luis Borges) es
escritor culto, como todos los continuadores de su estilo lo serán
(Ascasubi, Del Campo, Hernández). Por lo tanto, en él existe
una opción de estilo para su obra revolucionaria; y para ésta
no utilizará las estructuras aprendidas de la metrópoli, y
que, como poeta de salón, cultivó a ratos. Nada de Sonetos u
odas. Recurre a los “cielitos” y ocasionalmente a los “diálogos”
romanceados, para cifrar su lucha y su esperanza (la lucha y la
esperanza de los orientales y los argentinos). Segunda parte
La ONDA Nº 31. LA
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