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Ahora que nos
jugamos lo que queda de posibilidades de ir al Mundial, y para
los valientes que harán la travesía, no en setiembre, como en
esta historia se cuenta sino en abril.
por Carlos
Zapiola
ATRAVESANDO
AMERICA
Aunque al cruzar
la cordillera con dirección a Chile, la más moderna
tecnología lleve a pensar en un corto viaje aéreo de unas dos
horas y media, por razones varias a veces uno elige la vía
terrestre.
Que eso
signifique que los 1850 kilómetros los devore un cómodo
ómnibus de línea desde Montevideo, en algo más de 29 horas,
para muchos suena como hazaña imposible de realizar, y en
verdad no es ni hazaña ni imposible o viceversa, baste pensar
en choferes y auxiliar de abordo que lo hacen de ida y vuelta
semanalmente.
Es un viaje largo
para lo que son las distancias en nuestro país - ir, volver y
volver a ir a Bella Unión - pero eso no es más que una forma
de mirar la realidad desde nuestro pequeño Uruguay.
Si uno elige la
vía terrestre acepta que habrá que vestirse cómodo, comer esa
comida envasada en bandejas, esto pasa también con los aviones,
que sirve para eliminar el hambre pero es difícil definir sobre
su contenido. Esto no es un juicio de valor, ni proteínico o
energético, sino una mera constatación por la que pasa
cualquier viajero.
Las paradas hay
que saber aprovecharlas para estirar las piernas, aunque solo
viajemos 21 personas y haya posibilidades ciertas de movilidad
dentro del ómnibus. Por supuesto una parada permite el uso de
un baño no químico, que cuanto menos se use en mejores
condiciones llegará a destino. Y esto lo dice la voz de la
experiencia, cuando se usa mal se nota. O se sufre.
Para un bolsillo
uruguayo tratar de comprar algo, así sea o especialmente lo
sea, una cena en algún parador argentino es una quimera. Todo
es caro, muy caro, además de no ser cinco estrellas aunque el
precio así lo ameritara.
Y luego de pasar
fronteras y aduanas en Fray Bentos y Puerto Unzué, parar en
Gualeguaychú, ver el camino que lleva a Zárate, ésta ciudad
y...y el sueño me vence y despierto cuando estamos por llegar a
la Terminal de Omnibus de Mendoza. Ya es martes de mañana, muy
temprano aún y desde aquí y por ser setiembre uno puede
ver-admirar un pico nevado, muy lejano, el primer contacto con
esa nieve que hace años no tocamos y que aún faltan varias
horas antes que eso vuelva a suceder.
Otra vez en
camino, pasar por Uspallata en mi memoria un área boscosa
verde, hermosamente verde y descubrir que las hojas no son
perennes y que aún no es primavera claro. Uno está rumbo a la
cordillera. Los colores cambian constantemente, el río Mendoza
muestra un caudal bastante pequeño, los manchones blancos ya no
están solamente en los picos lejanos, mientras nuestro bus se
va lentamente metros y metros sobre el nivel del mar. Nos
acercamos a lo más alto, a la nieve allí, aquí, junto al
camino.
Luego será el
Aconcagua a la derecha, el Tupungato y sus 5600 metros sobre el
nivel del mar a la izquierda - para recordar altura del
Aconcagua tomar una Geografía cualquiera -, el Puente del Inca
y no importa si el orden de aparición de los personajes
geográficos es ese, y por fin la aduana argentina, antes de
entrar al túnel del Paso de los Libertadores, ese que nos mete
varios minutos en las entrañas de la montaña, que nos hace
entrar a Chile en la semioscuridad del mismo y a más de 3200
metros sobre el nivel del mar. Y la aduana chilena,
extrañamente lenta para el rápido trámite de entrada, en un
frío galpón tan frío como el argentino a pesar de un sol
radiante. Y ahora sí, ya en Chile vamos en busca de Santiago,
su capital. Pero antes está el Paso de los Caracoles, esa suma
de curvas que van llevando rápidamente montaña abajo.
Paso de los
Caracoles donde uno pierde en 36 curvas mil metros de altura y
si no se asusta logra una vista espectacular, fotografiada antes
y después miles de veces, en especial en las curvas 17 y 13,
que son las más fotogénicas, aunque la habilidad del
fotógrafo se limite a instantáneas de cumpleaños.
El paisaje posa
para uno, inmutable, sin sonrisas, con su cuota de vehículos
despeñados por no circular con el debido cuidado o por fallas
mecánicas, vaya uno a adivinarlo.
Y ahora sí, el
campo chileno. Con la constante de la montaña siempre cerca,
siempre a la vista, siempre espectacular. Siempre.
Esta vez
descubrimos que existe una cortada que no nos hará tocar el
pueblo de Los Andes, ahorrando kilómetros y minutos.
Finalmente se
llega a la capital de Chile. Esa Santiago de 5 millones de
habitantes, que ha crecido e incorporado como contínuo urbano
lo que hasta hace pocos años atrás eran comunas apartadas,
parte de la Región Metropolitana.
Es entonces que
reaparecen a nuestra vista los ómnibus amarillos, el tránsito
enloquecido y enloquecedor y por fin, la Terminal, con gran
movimiento pero que no es ni parece moderna y mucho menos
lujosa. Junto a ella un mall de precios variados, más
fácilmente discernible que están entre 30 y 50 % más baratos
que Montevideo, si hablamos de artículos chilenos.
Y el encuentro
emocionante con esa ciudad, que nos recibe con cariño cada vez
que la visitamos y aquí termina o comienza, otra historia de
viaje, otra anécdota de fútbol.LA
ONDA®
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