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La escritura y la aventura de lo social

por Julia Galemire

"Yo soy escritor nada más que cuando escribo, el resdto del tiempo me pierdo entre la gente. Pero el mundo está tan lleno de vida, de cosas y sucesos que tarde o temprano vuelvo con un libro". (Haroldo Conti, 1970, reportaje en revista Confirmado, Buenos Aires).

Así manifestaba su decisión de seguir escribiendo y publicando el autor de "La balada del álamo Carolina", apuntando con exhuberancia sus proyectos del futuro, los que lamentablemente no se concretarían, porque transcurrido un poco más de un lustro, la dictadura argentina lo incluiría en la larga lista de los desaparecidos: el régimen creyó terminar de ese modo ominoso con la presencia de ese gran luchador, de ese hombre cuya vida fue símbolo y espiritu de una literatura puesta al servicio del ser humano. Igual destino seguirían Francisco Urondo y Rodolfo Walsh.

Nacido en un pueblo de la campaña bonaerense, Chacabuco, un 25 de mayo de 1925 y secuestrado en dolorosa coincidencia, otro 25 de mayo, pero de 1976, Haroldo Conti, fue seminarista en la orden de los Jesuitas, merced a una vocación sacerdotal que se fue diluyendo con el tiempo hasta abandonar el seminario. A partir de ese momento crucial e importante en su destino, fue licenciado en Filosofía, aviador civil, marinero, empresario de transporte, guionista cinematográfico, maestro rural, actor y director teatral aficionado, hasta recalar con jerarquia y tesón en la creación literaria en la que se consagraría sin exagerar en uno de los mejores.

La estela luminosa de su vida, se apagó en el barrio porteño de Villa Crespo, cuando las fuerzas de la represión lo secuestraron. Su obra, que mereció ser premiada en varias oportunidades, que no pùdieron borrar o hacer desaparecer los que lo secuestraron, testimonia con singular fuerza un aspecto de la vida argentina, en una tentativa de mostrar como era y es el pueblo de su país, sus virtudes, sus defectos, su idiosincracia, aquello que constituye lo esencial de una sociedad.

Tenía, al igual que Roberto Artl una indeclinable pasión, por los seres marginales, los que han escapado a la razón en algunas formas de la locura, por aquellos que han transitado por los caminos de la humillación y, como dijera Mirta Arlt, al referirse a la obra de su padre "por la miserabilidad gris del barrio porteño".

Es que la escritura de Conti lo emparenta con aquellos escritores que unen la letra con los sucesos del entorno en el que habitaron, siempre cambiante, siempre con un enfoque de agudo tono social, dotado por narturaleza de una visión propia y por demás orginal.

Es cierto, lo que han sostenido algunos críticos, que ese universo que él describe, está poblado por seres que viven al margen de lo convencional, de un sistema que él consideraba --y lo era, realmente injusto--, uniendo en su estructura creativa, lo mejor de la tradición literaria argentina, la del Roberto Payró de los "Cuentos de Pago Chico" y del Roberto Arlt de la angustia y de la soledad. Ricardo Piglia, decía de Conti, que este era "único en la descripción de la pequeña gente, como en el mundo de Salinger", aunque otros señalaron que su obra era demasiado individualista, percepción que él mismo tenía acerca de su propia producción.

Sin embargo, algo cambiaría sus horizontes a partir de su viaje y estadía en Cuba. En la isla recibiría el premio de Casa de las Américas, y consecuentemente se pondría en contacto con una nueva realidad. Esa nueva contingencia, lo llevó a adoptar un sentido más americanista en sus trabajos y en sus ideas, y como el propio Contí lo señaló, que Cuba fue para él, un primer contacto con el Continente. " Y eso me bastó --dijo-- para hacer una cosa distinta, una novela jubilosa, abierta, donde por primera vez, los personajes no mueren".

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