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América
Latina en los años noventa
por Alberto
Couriel
El
18 de abril pasado el senador encuentrista Alberto Couriel (VA)
realizó una intervención especial en el Senado de la República
sobre América Latina en la década de los años noventa.
Lo que sigue es el texto completo de sus palabras.
Senador
Alberto Couriel (EP-FA)-
Señor Presidente: al iniciarse el siglo XXI, quisiera hacer una
evaluación de lo que ha ocurrido en América Latina en la década
del noventa.
Por
supuesto que cuando uno habla de América Latina, hay
heterogeneidades; no todos los países son iguales. Lo que
podemos decir de Haití o de Bolivia es difícil que lo podamos
decir de Brasil, Argentina o México.
Por
lo tanto, sin ninguna duda, hay cosas a las cuales voy a hacer
referencia y que son algo así como las tendencias más
generales que se están dando en América Latina, que en algunos
casos pueden ser aplicables al Uruguay y en otros no. De manera
que, desde ese punto de vista, quiero dejar esta expresa
constancia para que se entienda el sentido de esta exposición
sobre estas grandes tendencias.
Si
en este momento uno sacara una fotografía de América Latina,
seguramente se encontraría con que ha habido, en la década del
noventa, elementos de carácter positivo y también de carácter
negativo. Tal vez en el plano económico hay dos elementos
positivos muy significativos.
En
primer lugar, en América Latina, en general, han bajado los
niveles de inflación que se conocían en períodos pasados. Sin
duda, llevar adelante procesos de estabilización, siempre son
hechos positivos.
En
segundo término, se cambió la tendencia de los movimientos de
capitales: mientras en los ochenta América Latina fue
exportadora de capital haciendo efectivo el servicio de la deuda
externa, en los noventa la entrada de capitales fue muy
importante para esta región, lo cual también es un hecho
positivo. Desde el punto de visto político, tal vez lo más
significativo, es que pese a que hubo problemas económicos en
la región, se mantuvieron los regímenes democráticos. A
muchos autores les llama la atención cómo esto pudo haber
ocurrido en muchos países de la región. Esto no es aplicable
al caso del Uruguay, pero sí para otros países donde, pese a
esta situación, los regímenes democráticos, la democracia
electoral y la democracia política pudieron mantenerse. A ellos
me voy a referir posteriormente.
Por
otro lado, aparecen elementos que consideramos negativos.
En
primer lugar, pese a la fuerte entrada de capitales, el
crecimiento fue muy moderado -fue mediocre, según la CEPAL, en
este período-; apenas alrededor de un 3%, con un bajo
coeficiente de inversión, cinco puntos por debajo del que tenía
América Latina cuando entre 1950 y 1980 creció al 5,5%, con un
coeficiente de inversión que llegó al 25% del Producto Bruto
Interno. De manera que el crecimiento es moderado y hay bajos
niveles de inversión.
El
segundo elemento es el aumento del desempleo abierto, que pasó
de un 6% en 1990 a un 9% en la región latinoamericana. A esto
debemos agregar los problemas de subempleo que son históricos,
los de precariedad y un fenómeno que no es menor, como el de la
informalidad. En América Latina el 70% de los nuevos empleos se
generaron en sectores informales durante la década de los
noventa. Este, sin lugar a dudas, también es un factor negativo
porque normalmente los sectores informales son de muy bajo nivel
de productividad y de ingresos.
El
tercer aspecto es el mantenimiento de los altos niveles de
pobreza, por encima de un 40% para América Latina, lo que lleva
a que no sólo sea un problema económico y social, sino también
ético porque en esta región hay una población muy elevada en
situación de pobreza. En general también se acentúan las
desigualdades sociales, y en nuestro país en la década de los
noventa no hubo modificaciones en la distribución del ingreso.
Estos son los datos que manejo, pero en general en la región
latinoamericana se siguieron acentuando las desigualdades
sociales.
Creo
que un fenómeno relevante desde el punto de vista social son
las nuevas formas
de
fragmentación. El hecho de que se hayan perdido empleos en la
industria y en el Estado, el hecho de que haya precariedad y de
que se hayan pasado a la informalidad son extraordinariamente
importantes, puesto que va a tener repercusiones no sólo económicas,
sino también de carácter cultural y político, porque va a
afectar la propia representatividad que tienen los partidos políticos,
no sólo por problemas internos, sino también por la
fragmentación social, ya que es difícil generalizar intereses,
encontrar agentes sociales y elementos de solidaridad, como
vamos a ver posteriormente.
Por
último, sobre la base de los estudios que aparecen en la región,
creo que la representatividad de las instituciones políticas
democráticas ha decaecido, ha bajado, se ha debilitado, y en
esto me parece que tienen responsabilidad los sistemas políticos
y las situaciones sociales específicas que se viven en alguno
de estos países.
Con
estos indicadores uno puede concluir que hay problemas en América
Latina, que no está bien. Entonces, uno se pregunta por qué no
está bien América Latina y cuál es la causa. Alguien podría
decir que son los factores externos y la globalización, otros
que son las causales internas, y otros que es una combinación
de causales externas e internas. Por otra parte, quienes creen
en el pensamiento único tipo Fukuyama también podrían decir
que la modernización que se llevó adelante en los años
noventa era inevitable; otros, que hay diversidad de procesos de
modernización en el mundo y que en la región latinoamericana
no tienen por qué darse exactamente los mismos en cada país.
Algunos otros podrían decir que el modelo económico es
perfecto y que la culpa la tienen los políticos porque no
llevaron adelante las reformas estructurales que se estaban
esperando, aunque ahora también se habla de reformas de segunda
generación. Por lo tanto, los políticos serían los
responsables.
Intentando
dar una visión global, siento que hay una combinación de
causales externas e internas. De estas resultan aquellas que
tienen que ver con el modelo económico, con factores políticos
importantes y probablemente esto es lo que me lleva a hacer esta
presentación en el Senado. Estimo que hay factores sociales
importantes y un funcionamiento limitado del Estado o no
adecuado a las circunstancias que se están viviendo.
Para
resumir los factores externos, diría que básicamente son dos:
uno que tiene que ver con el funcionamiento del sistema
financiero internacional y otro con las restricciones de carácter
comercial que vive la región. Estamos inmersos en un proceso de
trasnacionalización, de globalización comunicacional y tecnológica,
pero especialmente financiera, y cuando hablo de globalización
me estoy refiriendo a elementos reales que tienen repercusiones
y consecuencias inevitables en casi todo el mundo. O sea que uno
no se puede independizar de esos fenómenos. A eso yo lo llamo
globalización real, que se diferencia, sin duda, de la ideología
de la globalización que se usa como justificación de
determinadas políticas económicas. En términos de globalización
financiera hoy se mueven diariamente un billón y medio de dólares,
es decir, un millón y medio de millones de dólares, sin
regulaciones y con riesgos sistémicos en los mercados
financieros para determinadas monedas y ciertos países.
El
90% de estos movimientos son a menos de una semana y, por lo
tanto, marcan su carácter especulativo y la volatilidad de los
movimientos de capitales, lo que genera vulnerabilidades en los
países, con recurrentes crisis financieras como, por ejemplo,
la de México en 1994, la del sudeste asiático en 1997, la de
Rusia en 1998, la de Brasil en 1999 y ahora estamos asistiendo a
un proceso difícil en la Argentina. Entiendo que esta
volatilidad y esta vulnerabilidad requieren algún mecanismo de
regulación del movimiento de capitales, pero para que haya
regulaciones debe haber una relación de fuerzas y una negociación
que así lo permita. La que tiene la sartén por el mango es la
economía norteamericana, que es la gran beneficiaria de esta
liberalización financiera porque recibe capitales y financia,
por lo tanto, sus déficit, sobre todo de carácter comercial, y
su inversión dado el bajo ahorro interno, gracias a estas
entradas de capitales. Nunca me olvido que el Presidente Cardoso
de Brasil me dijo en alguna oportunidad que cada vez que había
una reunión del Grupo de los 7 le mandaba una nota diciendo que
había que regular los movimientos de capital. Ahora en la
prensa leí que lo va a volver a plantear en Quebec, porque si
no se regulan, se siguen afectando los países de la región. De
alguna manera, Argentina que tiene problemas internos, está muy
afectada por esta volatilidad de los movimientos de capital que
la llevan a presiones muy difíciles. El peso lo tiene Estados
Unidos y habría que encontrar algún mecanismo de negociación
con ese país para hallar una salida a estos movimientos, que
limite la vulnerabilidad de los costos que algunos países están
sufriendo.
En
materia de restricciones comerciales, nuestro país sabe
perfectamente que se han hecho críticas, sobre todo por parte
del Presidente de la República, a la Unión Europea. Esto es
real, pero en Estados Unidos también se da esta situación. A
este respecto, voy a poner un ejemplo. En la reunión de
Viceministros de comercio llevada a cabo hace dos semanas en la
Argentina, el representante de los Estados Unidos dijo que para
su país el ALCA era una zona de libre comercio donde quieren
eliminar los aranceles, pero los subsidios al trigo y a los lácteos,
la protección a la vestimenta, al calzado, a los textiles y al
azúcar no es materia del ALCA, sino de la Organización Mundial
del Comercio. Entonces, creo que queremos ALCA de lo que nos
conviene y no de lo que no nos conviene. Desde este punto de
vista, a mi entender también es muy importante que en la
negociación, América Latina tenga una capacidad de fuerza como
para poder incluir, sin ninguna duda, los subsidios, la protección,
las cuotas y las prohibiciones que la economía norteamericana
tiene sobre determinados productos.
Por
otra parte, se vuelve indispensable que quede claro a escala
internacional, que hay un fenómeno de modernización basado en
el Consenso de Washington, que se apoya fundamentalmente en la
liberalización, en la apertura y en las privatizaciones y que
como ideología tiene mucha fuerza en el plano internacional.
En
primer lugar, porque coincide con el poder financiero
internacional y nacional que están buscando estas
liberalizaciones y que tantos efectos negativos tienen en
algunos países latinoamericanos, y sobre todo en el sudeste asiático,
al que le han generado grandes problemas.
En
segundo término, esta ideología se trasmite directa o
indirectamente, explícita o implícitamente, por las agencias
noticiosas y los informativos de televisión, y eso tiene un
gran poder.
En
tercer lugar, esta ideología se implementa a través de las
condicionalidades, sea del Banco Mundial, del BID o del Fondo
Monetario Internacional, y en cuarto lugar, es apoyada por las
tecnocracias de los Gobiernos latinoamericanos que de alguna
manera se han formado en estos organismos financieros
internacionales o tienen algún vínculo con el sistema
financiero. Entonces, destaco la fuerza que tiene esta ideología,
porque no es un tema menor, así como la penetración que ha
tenido en la década de los noventa.
Cierro
esta parte de carácter internacional diciendo que esta ideología
no ha triunfado -al menos, que yo conozca- en ningún lado del
mundo. En América Latina hay tendencias de exclusión muy
grandes después de las reformas de la década de los noventa. Y
si uno mira todo el Siglo XX en el mundo desarrollado, tampoco
esta ideología se aplicó en Estados Unidos, en Alemania, en
toda Europa y mucho menos en el sudeste asiático. De manera que
no hay elementos empíricos demostrativos de que es la que
resuelve los problemas económicos esenciales.
Pongo
un alerta: si para esta ideología, en su máxima expresión, el
mercado resuelve todo, no hace falta el Estado. Pero si no hace
falta el Estado, tampoco hace falta la política; y si ésta no
es necesaria, tampoco lo son los políticos ni los partidos y,
por lo tanto, está en tela de juicio la democracia. Por eso
muchas veces uno se pregunta: en este modelo, ¿cuál es el
papel de la política? ¿Dónde está la política que resuelva
este tipo de problemas que se están generando en la región?
Causas
Internas.- Por otro lado, considero que hay causas internas que
tienen que ver tanto con las características de la evolución
económica, como con factores políticos y sociales y con
problemas del Estado. Diría que, en términos económicos, la
región tuvo un fuerte crecimiento entre los años cincuenta y
los ochenta. Muchas veces ha sido muy criticado el proceso de
industrialización, pero fue allí donde hubo el máximo
crecimiento en la región con el menor desempleo abierto. Claro,
había subempleo y pobreza que tenían un origen rural, y el
sector industrial generó un problema de balanza de pagos que
trajo, también, el endeudamiento a fines de los setenta.
Los
ochenta constituyeron una década perdida en términos económicos,
porque el problema era el servicio de la deuda, ubicándose la
transferencia neta de recursos en cuatro puntos del Producto
Bruto Interno, lo cual significó una caída sustantiva desde el
punto de vista del crecimiento, la inversión, el empleo y, por
supuesto, problemas sociales.
En
los noventa se da una modernización -así se la denomina- que
se traduce en estos procesos de liberalización, con una marca:
América Latina se abrió mucho más que el mundo desarrollado.
Este mantuvo cierto grado de protección mientras aquélla
eliminaba todo tipo de elementos paraarancelarios que se siguen
utilizando en el mundo desarrollado y bajaba sustantivamente los
aranceles.
También
se dieron procesos de privatización sin que se produjeran
mejoras en el coeficiente de inversión, lo que no es un hecho
menor. Si bien se dieron procesos bastante similares en la región,
uno tiene la sensación de que puede haber distintos modelos de
modernización. Si miramos el mundo desarrollado, advertiremos
que la modernización de Estados Unidos no es la de Alemania, ni
la de Japón; son distintas. Creo que las recetas universales en
este campo no son apropiadas, sobre todo cuando hay
especificidades concretas en el mundo subdesarrollado
latinoamericano. Inclusive, entre país y país de esta región,
las diferencias son tan notables que resulta muy difícil poder
aplicar recetas universales.
Con
respecto al modelo económico prevaleciente, quiero señalar lo
siguiente. Cuando un Ministro de Economía se incorpora a un
Gobierno de Argentina, de Brasil o de México, lo primero que
hace es ponerse a pensar sobre los problemas que tiene: por un
lado, en materia financiera; por otro, de crecimiento y de
inversión; por otro lado en los sectores productivos, y por último
los temas sociales. Ahora bien, siempre la prioridad aparece por
lo financiero. La inflación, el déficit fiscal y la entrada de
capitales son temas clave, y muchas veces los instrumentos de
política económica están dirigidos a atender los equilibrios
financieros. El problema es que estas medidas afectan el
crecimiento económico, la inversión, las posibilidades de los
sectores productivos y a los sectores sociales. Esto no es
generalizable; depende de cada país y del punto de partida;
pero hay un fenómeno general de esta naturaleza.
Es
cierto que los equilibrios económicos son muy importantes, pero
resulta que se han dado algunos pensados en función de
problemas financieros, suponiendo que si se baja el déficit
fiscal también bajan los intereses, ingresan capitales, se
invierte, hay crecimiento y empleo, y con ello se resuelven los
problemas sociales. Esto, en los hechos, en la práctica, no
ocurre en ningún lado. Sin embargo, es la tesis básica que se
sigue manejando para tratar de entender las características
centrales de estos modelos.
Diría,
poniendo un punto arriba de la mesa que me es muy caro, que
muchos de estos equilibrios macroeconómicos y algunos procesos
de estabilidad se consiguieron con políticas cambiarias que
perseguían el objetivo de atender la inflación, y que
resolvieron los problemas derivados de ésta. Sin embargo, cada
vez que se plantearon las apreciaciones de las monedas
nacionales, siempre se terminó en crisis financieras difíciles.
Esto ocurrió en Chile, Argentina y en el Uruguay a principio de
los ochenta; en México, en 1994; en Brasil, en enero de 1999, y
hoy Argentina está pasando un momento difícil. De ninguna
manera mi intención es entrar a polemizar sobre los problemas
de algunos de estos países; pero simplemente quiero destacar
algo que no he visto en los medios de comunicación uruguayos.
En el caso de Argentina, la ley de convertibilidad generó el déficit
de la balanza comercial que fue muy fuerte en la década de los
noventa. Esto generó endeudamiento; éste, a su vez, mayores
pagos de intereses y, por lo tanto, problemas en la balanza de
pagos.
Debo
decir, para que se tenga una idea, que los servicios de deuda de
la Argentina del 2001 son U$S 55.000 millones cuando exporta U$S
26.000 millones. Lo que normalmente aparecen como intereses son
U$S 11.000:000.000 y el resto son obligaciones que vencen
durante el año 2001 y que se tienen que renovar. Entonces, la
preocupación de todos los meses del gobierno argentino es cómo
renueva estos títulos emitidos. En este momento, luego de la
incorporación de Cavallo, la tasa riesgo país es de nueve
puntos básicos por encima de los Bonos norteamericanos. Quiere
decir que, si sale al mercado internacional, colocaría al 14% o
15%. Por lo tanto, está tratando de negociar dentro del país
para ver cuánto menos puede conseguir, pero continúa teniendo
la necesidad de la renovación.
Entonces,
este es un punto clave, uno de los elementos centrales de esta
problemática, en un contexto de crisis económica, política y
social difícil, sobre la que no quiero entrar. Simplemente,
pretendía mostrar las repercusiones que, muchas veces, un ancla
cambiaria o una ley de convertibilidad pueden tener, porque ya
le ocurrió a México, a Brasil y le puede seguir sucediendo a
Argentina. Honestamente digo que ojalá no le suceda, por el
bien de ese país pero, también, por el de su pueblo.
En
esencia, hay un modelo económico que minimiza al Estado, que
cree que el mercado es mejor que cualquier tipo de regulación,
que prioriza lo financiero frente a lo productivo y lo social,
que prioriza los ajustes frente al crecimiento y la equidad y,
de alguna manera, prioriza lo individual frente a lo colectivo,
a lo social, a lo solidario.
Si
uno mira el mundo desarrollado va a encontrar heterodoxias en
cantidad. En este momento Japón, buscando aumentar los niveles
de consumo, ha puesto a cero la tasa de interés. Sin embargo,
los japoneses siguen ahorrando en lugar de consumir. Ese país
va a hacer ahora una expansión monetaria fuera de toda
ortodoxia para ver si genera mayor demanda de bienes de consumo
a fin de poder reactivar su economía. Pero capaz que los
japoneses siguen ahorrando.
En
el mundo desarrollado, todos los días encontramos heterodoxias.
También empieza a ocurrir lo mismo en el mundo subdesarrollado,
porque de pronto el modelo tiene dificultades. En la Argentina,
los aranceles máximos a los bienes de consumo y los aranceles
cero a los bienes de capital son también, sin duda, una
demostración de esta heterodoxia que hay que aceptar, porque el
modelo tiene dificultades, o como el caso de Malasia, que llegó
a un proceso de control de cambio.
De
manera que con la globalización hay un problema internacional,
hay un problema de carácter nacional en el modelo económico;
pero también problemas en el sistema político. Para nosotros y
para la sociedad uruguaya es muy caro el tema de la democracia:
sentimos que en la década de los noventa se ha afectado su
calidad. ¿A qué me estoy refiriendo? Se habla de democracia
electoral y de sufragio universal; pero aparecen países en
donde se producen fraudes en esta materia. Tal vez el mejor
ejemplo sea la última elección que ganó Fujimori en el Perú.
No hay ninguna duda de que un fraude de esta naturaleza afecta
la democracia.
La
necesidad de que haya alternancia de los partidos es otro
elemento de la democracia electoral. No es menor que se diga que
cuando pierde el PRI en México, esa es la demostración de que
allí hay democracia, porque también siempre se ha hablado de
fraudes en el caso mexicano.
Otro
elemento a tener en cuenta es la igualdad de oportunidades para
la democracia electoral. Esto quiere decir que tenemos un
problema, que también sufrimos, que es el financiamiento de los
partidos, lo que no es un tema menor. Asimismo, la igualdad de
oportunidades con respecto a los medios de comunicación es un
tema que también está sobre la mesa.
Sin
embargo, hay problemas que tienen que ver con la calidad de la
democracia, en cuanto a algunos de los elementos centrales de la
democracia política. Hay países con restricciones a la
libertad, donde no hay garantías para los derechos humanos,
donde existe violación de los estados de derecho y donde se da
una brutal debilidad por parte del Poder Judicial que afecta,
sin ninguna duda, al propio Estado de Derecho. Entonces, hay
necesidad de extender y completar la democracia en determinadas
regiones y sectores sociales. Hay países con ciudadanos de
primera y también de segunda categoría y donde el Poder
Judicial y el Ministerio del Interior atienden solamente a
determinados sectores de la población, o lo hacen en forma
discriminatoria. A veces se trata de problemas raciales que
tienen que ver con aspectos étnicos o también con asuntos de
tipo económico y social. Pero, repito, hay ciudadanos de
segunda categoría en muchas regiones de América Latina.
Incluso, hay lugares donde el Estado no ha llegado, donde
existen poderes fácticos tomando decisiones, que a veces son
paramilitares, guerrilleros o narcotraficantes. El caso de
Colombia es el más evidente en este sentido. A veces, también
hay poderes del Estado sin control, donde se cometen enormes
abusos, tal como el caso de los policías que matan niños en Río
de Janeiro o en San Pablo. De esta manera, la calidad de la
democracia se ve afectada.
Por
otro lado, también existen culturas autoritarias, donde en la
cotidianidad no se vivió nunca la democracia, donde se
acostumbraron a vivir bajo regímenes autoritarios, muy poco
democráticos, que no conocieron la democracia y el valor que
significa el respeto por el otro, la tolerancia y la convivencia
pacífica entre culturas distintas, entre seres humanos
diferentes. En estos momentos Medio Oriente es un caso característico.
En la noche de ayer vi una película iraní, donde aparece la
figura de la mujer absolutamente subordinada, ya que no puede
viajar sola en ómnibus, no tiene derecho a andar por la calle y
la llevan presa por cualquier motivo. Esto es una expresión de
lo que es Irán y partes importantes de Medio Oriente, que
presenta estos problemas que a veces tienen carácter cultural o
religioso, pero marcan con nitidez la dificultad de una cultura
democrática para llegar a arreglos o consensos con el fin de
resolver estas situaciones.
Asimismo,
creo que hay problemas en el propio sistema político.
Personalmente, siento que en América Latina hay un predominio
absorbente por parte del Poder Ejecutivo con respecto a los
Poderes Legislativo y Judicial. En general, los distintos
autores, cuando hablan de los partidos políticos, diferencian a
los de Uruguay y Chile de los del resto de América Latina,
porque son más estables y más consolidados. Pienso que los
partidos ganan elecciones, pero no gobiernan, que no es el
partido el que gobierna ni al que se le llama permanentemente a
tomar las decisiones fundamentales que adopta el Poder
Ejecutivo. También creo que los Presidentes gobiernan, con su
tecnocracia, mucho más que los partidos, y que dichas
tecnocracias tienen más poder que los mismos partidos.
Seguramente, si recorremos América Latina, vamos a encontrar
esta situación en casi todos los países. Esto se debe, a
veces, a que existe debilidad de los partidos políticos, como
es el caso de Brasil. Sin embargo, lo que uno siente es un Poder
Ejecutivo con un Presidente y una tecnocracia que gobierna,
decidiendo por fuera del partido que ganó la elección.
Asimismo, el Poder Ejecutivo tiene más poder y está más
ligado a los poderes internacionales. Digo esto porque por el
Parlamento nunca pasan el BID, el Fondo Monetario Internacional,
el Banco Mundial, la OMC o la Conferencia del Gatt, sino que
siempre lo hacen por el Poder Ejecutivo. Entonces, los
Parlamentos están ligados a los problemas internos de los países,
aspecto que da más fuerza aún al Poder Ejecutivo.
Cuando
uno mira los Parlamentos, a veces siente que no cuentan con
información propia y que cualquier ley requiere de la información
del Poder Ejecutivo. Esto es general en América Latina y, por
lo tanto, las leyes son, muchas veces, más iniciativa del Poder
Ejecutivo, que del Legislativo. Además, se han perdido aquellos
debates que caracterizaban a los viejos Parlamentos;
actualmente, las discusiones se dan más a nivel de los medios
de comunicación que en las instituciones parlamentarias.
Vemos
que aquí también aparece un fenómeno en el sentido de que,
tal vez, el proceso de modernidad requiere ejecutividad,
eficiencia y rapidez. Sin embargo, la deliberación, los
consensos o los acuerdos mayoritarios son vitales para dar
permanencia a las políticas y gobernabilidad a los gobiernos.
Por este motivo, comparto la necesidad de llegar a los acuerdos
o a las coaliciones a fin de llevar adelante los procesos específicos
de carácter político que se tengan que efectivizar.
El
otro elemento -en este aspecto también se excluye a nuestro país
y a Chile del resto de América Latina- es la debilidad de los
partidos políticos, que muchas veces no cumplen con los
programas de gobierno, además de no gobernar. En este sentido,
hay tres ejemplos muy significativos de personas que han ganado
una campaña electoral diciendo una cosa y luego hacen otra
diferente. Ellos son: Menem, cuando ganó por primera vez las
elecciones en Argentina; Fujimori, cuando triunfó por primera
vez en Perú y Carlos Andrés Pérez cuando ganó por segunda
vez en Venezuela. Estas son tres formas de demostrar nítidamente
el no cumplimiento de un programa.
Además,
existen partidos políticos que se fragmentan, que tienen
problemas de unidad y de disciplina. Asimismo, hay otros que
desaparecen. Probablemente, los casos más notorios en este
sentido sean los de Perú y Venezuela. Por otra parte, en Brasil
se da una enorme debilidad en los partidos políticos, donde una
gran cantidad de Legisladores ingresan a la vida legislativa en
un partido y terminan su mandato en otro, existiendo una rotación
y un movimiento permanentes en este sentido.
Personalmente,
diría que actualmente las agrupaciones políticas tienen una
debilidad programática mucho mayor que la que tenían en el
pasado, cosa que vale tanto para la derecha como para la
izquierda. En los países de América Latina, a la derecha la
veo más ligada al modelo y la modernización predominantes, y a
las instancias provenientes de los organismos internacionales
como pueden ser el Banco Mundial y el Fondo Monetario
Internacional. Por su parte, a la izquierda la veo carente de
aquellos intelectuales, de la formación y presencia con que
contaba hace treinta años. Las propuestas de la izquierda de
hoy son más débiles.
Asimismo,
creo que existe otro fenómeno que tiene que ver con la
dificultad de la representatividad. A veces, a los partidos les
cuesta enraizarse en la sociedad y no resuelven las demandas y
los conflictos sociales, lo que apareja otra consecuencia que
todos conocemos. Me refiero al brutal descreimiento de la
sociedad respecto del sistema político, de los políticos y de
los partidos políticos. Esto ocurre en toda América Latina y
también en el Uruguay. Lo sabemos porque en una encuesta, el
Parlamento tuvo menos aprobación que las Fuerzas Armadas y los
empresarios. Entonces, uno tiene que preguntarse ¿qué está
pasando con el sistema político? Probablemente se esté dando
un fenómeno que tiene que ver con la ideología. En los medios
de comunicación vemos que todo lo que hace el Estado es vicioso
y todo lo que lleva a cabo el mercado o el sector privado es,
por el contrario, virtuoso. Entonces, ¿para qué sirve el
Estado, si todo lo hace mal? ¿Para qué sirven los políticos,
que se dedican a ganar elecciones, tomar el aparato del Estado y
desde allí, aplicar medidas para resolver los problemas de la
sociedad? Desde este punto de vista, uno siente que esta manera
de pensar le está diciendo a los jóvenes que la política y
los partidos políticos no tienen importancia, porque todo lo
que vaya a hacer el Estado no sirve, ya que es el mercado el que
tiene que resolver las distintas problemáticas. Esto contribuye
al descreimiento en el sistema político. Indudablemente, hay
elementos de corrupción en nuestro continente que, sin duda,
están afectando la credibilidad en los políticos, en los
partidos y en el sistema.
Lo
otro que la gente siente es que no se solucionan sus problemas.
Ahora bien; ¿quién tiene que atender estos problemas ? Los
partidos políticos, porque para eso se les elige, es decir,
para resolver los problemas de la sociedad. Entonces, desde este
punto de vista, uno siente -este es un tema de reflexión
general- que este descreimiento existente en la actualidad no es
bueno para la democracia.
También
existen problemas de carácter social. El desempleo que está
viviendo América Latina le genera nuevas formas de fragmentación
social. Esto se da, por ejemplo, cuando una mujer que trabajaba
en la industria textil, comienza a trabajar en el servicio doméstico
o cuando un hombre pasa al sector informal, cuando en realidad
estaba acostumbrado a trabajar en una fábrica. Estas personas
dejan de vincularse con otros sectores y actúan más
individualmente. Antes, este fenómeno se originaba en los
procesos de migración rural-urbana, pero hoy no, hoy es del
sector urbano al urbano, por ejemplo, de la Ciudad Vieja al
Barrio Borro. De pronto, los que perdieron el empleo en el
sector industrial o en el Estado, terminan en la periferia de la
ciudad, con otra cultura y, en consecuencia, surge la dificultad
de generalizar intereses. En ese punto, los intereses de cada
uno se vuelven volátiles; la gente trabaja 14 o 15 horas por día
y luego se retira a lo privado; lo colectivo se pierde; hay
formas de desactivación política.
Entonces,
cuando no se generalizan intereses; cuando hay dificultad para
encontrar intereses comunes y definir sujetos sociales; cuando
hay inconvenientes en utilizar elementos de solidaridad, es la
sociedad la que me está dificultando representarla.
Seguramente,
si en América Latina tenemos más de un 40% de personas que
viven bajo la línea de pobreza, a lo que hay que agregar
sectores informales, algunos de los cuales están debajo de esa
línea y otros no, y llegamos a un porcentaje que supera el 50%,
la representatividad se vuelve nuevamente muy difícil. Siento
que muchas veces más que representatividad comienza a haber
comunicatividad, porque las personas se transforman en sujetos
pasivos de opinión pública y definen sus conocimientos, no por
lo que estaban acostumbrados en el pasado, sino por el
informativo de la televisión que le da una versión determinada
de los acontecimientos que ocurren en la realidad. En
consecuencia, se transforman mucho más en opinión pública que
en ciudadanos, y si no lo son, si no pueden participar como
tales y efectivamente, con el mejor nivel de información, también
en última instancia se está afectando, nada más ni nada menos
que la democracia.
Aparece
un fenómeno, el descontento de la sociedad, que vivenciábamos
intuitivamente. Podemos citar en relación a este punto un
estudio de desarrollo humano realizado en Chile, donde se hace
el análisis de la subjetividad de la gente, mediante una
encuesta. Dicho informe señala que en ese país el crecimiento
es de un 7%, que el desempleo y la pobreza bajaron, pero la
desigualdad no. A su vez, cuando se le pregunta a las personas cómo
están, manifiestan descontento, malestar, temor hacia el otro,
problemas de seguridad, miedo a la exclusión y temor a lo que
no es posible. De alguna manera, el estudio muestra que bloquean
sus sueños, sus aspiraciones y que éstas son básicamente de
carácter individual, tal vez vinculadas al consumo y no de carácter
colectivo, que en todo caso sueñan para sus hijos. Lo que se
refleja es que esta sociedad, en este momento, no está pensando
en salidas concretas, específicas y reales para los problemas
que tiene. Por aquí también comienzan a aparecer elementos de
descreimiento a que hacíamos referencia con anterioridad.
Pienso
que en el aspecto social, de alguna manera comienzan a surgir
nuevas relaciones de poder en las que hay mucha influencia de lo
externo. La presencia muy fuerte, por ejemplo, de Estados Unidos
en la región, ya no es en el plano militar porque de pronto lo
que antes hacían en ese plano hoy lo hacen en el
comunicacional. No debemos olvidar que el 80% de las imágenes
que se ven en el mundo, provienen de ese país, lo que le da una
fuerza impresionante. Tal vez, más que a través de las
intervenciones políticas -a veces se notan, en el caso de
Colombia y en el de los certificados unilaterales que da el
gobierno de Estados Unidos y que son, a mi entender,
impresentables- influyen mediante la ideología. Y, sin duda, lo
hacen más aún en los aspectos financieros y tecnológicos que
en los productivos, a diferencia del pasado.
Entonces,
cuando uno observa el cuadro de poder -y esto es extremadamente
esquemático- siente que quienes están en el poder financiero
tienen mucho más poder que antes; quienes dominan los medios de
comunicación, en especial la televisión -aunque a veces también
la radio y los diarios- tienen muchísimo poder. Es más, tal
vez podríamos decir que aquel poder que nosotros suponíamos
que tenían las Fuerzas Armadas en los países latinoamericanos,
quizás hoy haya sido superado por el que tienen los sectores
financieros y de comunicación.
Por
otro lado, también tienen mucho poder estas tecnocracias
ligadas a los gobiernos y a los organismos financieros
internacionales. Asimismo, las empresas productivas que avanzan
en poder, en esencia, son las que están ligadas a las
transnacionales. En cambio, descienden los empresarios
productivos, sean agrícolas o industriales o los ligados al
mercado interno. Del mismo modo, caen las capas medias, sobre
todo las vinculadas al Estado y al sector industrial y aparecen
otras en los nuevos servicios que se van generando. También los
sindicatos obreros pierden fuerza porque disminuyen en cantidad.
Si el 70% de los nuevos empleos se genera en el sector informal
y éste en sí mismo representa un 40%, ya sabemos que uno de
cada dos no tiene ninguna chance de ingresar a ningún
sindicato.
Por
otro lado, pierden su fortaleza las Fuerzas Armadas en América
Latina, si lo comparamos con lo que sucedía en el pasado.
Tampoco
le veo fuerza a las universidades latinoamericanas y a los
intelectuales en cuanto a la capacidad de expresar ideas nuevas
y de enfrentar la problemática que está viviendo la región.
En
esencia, lo que estoy haciendo es algo extremadamente esquemático,
es verdad. Lo que estoy trazando es un panorama, una especie de
visión global donde trato de mostrar cómo la globalización
financiera y las restricciones comerciales afectan; cómo el
modelo económico no resuelve los problemas económicos y
sociales; cómo hay factores políticos vinculados a la calidad
de la democracia, a las instituciones políticas y a los propios
partidos; cómo hay factores sociales que son
extraordinariamente relevantes y que están afectando la problemática
que vive América Latina.
Por
lo tanto, no hay salida que no tenga en cuenta estos elementos.
Para comenzar, habría que ver cómo enfrentar el tema de las
restricciones comerciales o el de la globalización financiera.
A mi entender, es fundamental, desde este punto de vista la
necesidad de la mayor unidad posible de los países
latinoamericanos para ir a negociar. No se trata de ir a
negociar en el ALCA la baja de aranceles, cuando ya Estados
Unidos está diciendo que en el ALCA no va a incluir subsidios
ni protecciones.
De
lo que se trata es de ir a negociar, nada más ni nada menos que
las regulaciones de capitales de corto plazo; las condiciones de
los organismos financieros internacionales y la presencia de América
Latina en el G7 o G8, o en el Consejo de Seguridad de las
Naciones Unidas. También de lo que se trata es de negociar las
asimetrías comerciales y compatibilizar los objetivos de las
empresas transnacionales con los objetivos nacionales. Hay países
que son tan pequeños que no están en condiciones de negociar
por sí mismos con empresas transnacionales muy poderosas, pero
de pronto los podría ayudar algún tipo de negociación
colectiva. Las negociaciones dependen de la relación de fuerzas
y, en consecuencia, si cada país latinoamericano va solo, va a
ser muy limitada la chance de lo que América Latina pueda
lograr.
En
este tema me acerco mucho a lo que es la posición brasileña,
que siempre ha buscado avanzar por el lado de América Latina o
de América del Sur, en el mayor grado de unidad posible, para
poder negociar conjuntamente. Por este motivo, también existe
una resolución de que el MERCOSUR, como tal, negocie. Digo esto
con independencia de los conflictos que podamos tener con
Brasil, e incluso comparto que a veces hay poca deferencia a
nivel de los negociadores brasileños. Esto es verdad, pero en
materia de política internacional me siento mucho más cerca de
ese país que de otros, porque está buscando, justamente,
negociar cada uno de estos elementos en las mejores condiciones
posibles, dentro de la limitación de fuerzas que América
Latina tiene en el conjunto mundial.
Pienso
que debe haber cambios en el modelo económico. No voy a
presentar una propuesta, ni mucho menos, pero sí algunos
criterios. La prioridad de lo económico y lo social tiene que
ser simultánea. Todos estamos de acuerdo en que la educación
es vital; todos estamos de acuerdo en que sin ella no hay
competitividad, avance tecnológico ni formación de mano de
obra. Sin embargo, cuando llega la hora de la verdad, uno siente
que es la atención del déficit fiscal y la reducción de los
gastos públicos los temas que siempre aparecen como los más
importante.
Esto
también depende del punto de partida. Hay momentos críticos
que son inevitables. Pero cuando no hay crisis se sigue actuando
como si fuera inevitable, como si se tratara de un momento crítico.
Entonces, pongo como ejemplo esa prioridad a nivel económico y
social. Si quiero resolver el problema de la competitividad,
tengo que dar educación lo cual, junto con la investigación
científica y técnica, son fundamentales. A su vez, si quiero
resolver el problema de la educación, de la salud y de la
vivienda, es vital el tema del empleo productivo. Bien hace la
CEPAL, en su último informe, al preguntarse de qué valen las
reformas educativas y todos los avances que hagamos en la
educación si luego no se generan los empleos requeridos y
necesarios para poder atender la problemática de esta sociedad.
Sin duda, esto depende de cada país, del punto de partida. Una
cosa es el 1º de octubre en Argentina, y otra el 1º de marzo
en dicho país. Seguramente, cada uno de estos elementos son
fundamentales, y es muy difícil generalizar. A mi entender, no
hay recetas. Por eso hablo de las especificidades de cada uno de
los países de la región.
Creo
que los equilibrios macroeconómicos son muy importantes, pero
deben ser compatibles con que haya inversión, crecimiento,
competitividad, empleo y equidad. Hoy surgen contradicciones
entre los equilibrios macroeconómicos financieros y la chance
de mejorar la inversión, la competitividad, el empleo y la
equidad. Pienso que se vuelve indispensable la instrumentación
de políticas productivas activas. La CEPAL dice -y la acompaño-
que la política cambiaria tiene que ser para la competitividad,
y depende del punto de partida. Las tasas de interés son
fundamentales para un mercado de capitales de mediano y largo
plazo. Las políticas fiscales deben ser anticíclicas. Por
supuesto que esto significa que cuando estamos en el ciclo al
alza, hay que restringir. Pero es necesario aprovechar lo anticíclico
cuando estamos en una situación de restricción. Esto se llama
políticas activas.
En
cambio, siento que el modelo imperante en este momento dice:
"Yo soluciono el tema de la inflación; no tengo déficit
fiscal y el mercado resuelve todo". Pero cuando el mercado
no resuelve y no hay inversión ni crecimiento, no se sabe muy
bien qué hacer. Entonces, se le dice al país que si no tiene déficit
fiscal, va a tener que traer superávit. El tema pasa por allí.
La verdad es que América Latina está sufriendo esta problemática.
Desde
este punto de vista, siento que hay que combinar la lógica del
Estado con la del mercado. Actualmente, el mercado -lo digo
claramente- después de la desaparición de la planificación en
la Unión Soviética, es indispensable como indicador de
resultados; la cantidad y la calidad de bienes las fija el
mercado. Entonces, ahí hay una lógica. Pero cuando miramos el
mundo desarrollado, quién invierte, cuándo lo hace, dónde y
para quién, observamos una serie de elementos de promoción del
Estado, por ejemplo, en tecnología y estímulos de toda
naturaleza. Allí no se trata del mercado, sino del Estado. ¡Miren
el sudeste asiático, la historia de Alemania y de los Estados
Unidos!
Entonces,
desde este punto de vista, la lógica del mercado está arriba
de la mesa, pero hay que combinarla con la lógica del Estado.
¿Por qué? En primer lugar, porque la globalización y los
mercados han generado efectos negativos. Eso no lo resuelve el
mercado, sino que queda a cargo del Estado. En segundo término,
porque hay necesidad de hacer negociaciones internacionales. El
mercado no va a negociar internacionalmente; es el Estado el que
debe hacerlo. En tercer lugar, porque hay un fenómeno de
desigualdad y pobreza, y el mercado no resuelve este problema.
Como diría don Raúl Prebisch, el mercado no tiene horizonte
social ni temporal, y hoy agregaría que tampoco tiene horizonte
ambiental. Por lo tanto, el Estado se vuelve indispensable en
esta situación.
Creo
que es necesario conducir las modernizaciones. Tiene que haber
una especie de conducción estratégica de estas modernizaciones
que se dieron en la década de los noventa. La CEPAL habla de
reformar las reformas, porque algunas de estas han afectado a
las sociedades latinoamericanas. Entonces, desde este punto de
vista, también el Estado es indispensable. Reitero que el tema
del empleo no lo resuelve el mercado. Si no tenemos programas de
empleo y estímulos a determinadas actividades más generadoras
de empleo, no se podrá resolver el problema. No es un tema
menor, sino central que está viviendo el mundo y, en
particular, la región latinoamericana; este fenómeno afecta
menos al sudeste asiático.
Siento
que si no hay Estado, no hay política y, en el fondo, aquél es
un elemento clave, no con un carácter autoritario. El Estado es
una herramienta indispensable para que haya democracia y para
que los políticos puedan actuar dentro de él. Claro que este
Estado que tenemos en América Latina también hay que
transformarlo. Algunos países lo han desmantelado de tal manera
que, prácticamente, es imposible rearmarlo. Hay países, como
Argentina, donde en las empresas públicas tenían un acuerdo,
los proveedores, con los gerentes, con los usuarios y con los
financistas. ¡Era imposible que las empresas públicas pudieran
funcionar! De alguna manera, ya habían sido privatizadas antes
de la venta concreta de las acciones. Entonces, hay Estados que
se encuentran desmantelados, en tanto otros funcionan. Pero me
parece importante la transformación de este Estado para cumplir
sus funciones básicas de integración social y de redistribución
del ingreso y la riqueza.
Desde
el punto de vista político, siento que, dadas las características
del diagnóstico es indispensable asegurar la democracia política
-que pasa por el sufragio universal, por el pluripartidismo, por
la alternancia de los partidos, por las libertades básicas, la
garantía de los derechos humanos, por la no violación del
Estado de Derecho y por un Poder Judicial fuerte- y se requiere
completarla a fin de avanzar hacia una democracia económica y
social, manteniendo los principios básicos de aquella. Tal vez
esto lo hayamos aprendido, en buena medida, después de haber
pasado por procesos dictatoriales. Por eso no queremos más
ciudadanos con letras A, B o C, ni que haya exilios, muertes,
violencia ni tortura. Seguramente, habrá algunas sociedades que
tengan una cultura mucho mayor sobre la democracia. En el caso
del Uruguay, es evidente que la sociedad tiene un altísimo
nivel cultural en materia de principios democráticos.
Tal
vez, dadas las características -acepto que muchas de las cosas
que estoy diciendo son polémicas- existentes, cabría
preguntarse si no sería indispensable un mayor equilibrio entre
el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo; lo siento al
Parlamento extremadamente subordinado y es el que representa
mucho más las características de la sociedad. También se
necesita fortalecer los partidos políticos. Hoy día, los
medios de comunicación están sustituyendo a los propios
partidos, generando opinión pública. No es casualidad que
algunos locutores de televisión pasen a ser importantes
candidatos políticos. No es sólo Berlusconi en Italia; también
los hay en América Latina. Entonces, tenemos que saber que los
medios de comunicación están allí. Creo, pues, que también
debemos encontrar elementos de democratización y de igualdad de
oportunidades en los medios de comunicación. Estos medios
vinieron para quedarse; no se van a ir. Los partidos políticos
tienen que saber que si quieren crear opinión pública, los
medios de comunicación van a estar presentes. Tal vez, los
partidos requerirían, en algunos casos -no hablo de ninguno en
especial- un grado mayor de democracia, de participación, de
capacidad programática, muy debilitada, a mi juicio, en América
Latina en general.
Sin
duda, también se requiere un vínculo con la sociedad para
cumplir las funciones de representación, que hoy se están
limitando. La gente comienza a sentir que la función mediadora
de los partidos políticos entre sociedad y Estado está cada
vez más debilitada. Si los partidos y el Parlamento no lo
hacen, empiezan a aparecer organizaciones de la sociedad civil,
entre ellas, los medios de comunicación que, de alguna manera,
cumplen esa función de mediación que le corresponde a los
partidos.
A
mi juicio, sin partidos es muy difícil que se pueda efectivizar
la democracia política a que hacía referencia anteriormente.
Además, sabemos que hay determinadas situaciones sociales que
dificultan la representatividad. Entre ellas puedo mencionar la
volatibilidad de intereses y la dificultad de conformar sujetos
sociales, como en el pasado.
También
se requieren cambios en los actores sociales, seguramente,
nuevas relaciones de poder. Pero nadie está hablando de que el
Estado tenga que hacer todo. Hay que combinar lógica del Estado
con lógica del mercado. Es muy importante que la sociedad civil
participe. He encontrado muchos trabajos en América Latina en
los que se busca y pretende que la sociedad civil sustituya a
los partidos o al Estado. Y esto va contra la democracia.
Entonces,
cuidado; quiero el máximo de participación de la sociedad
civil, de las organizaciones sociales y de los sindicatos, pero
como complemento de la acción de los partidos y del Estado, y
no para sustituirlos. Desde ese punto de vista lo siento como
indispensable; y esa es la visión que quería plantear en el
Parlamento.
Hay
problemas internacionales, pero éstos se tienen que negociar,
porque solos no podemos; y, tal vez, América Latina sola
tampoco. Sin embargo, América Latina unida podrá encontrar
mecanismos para aprovechar a negociar junto con el sudeste asiático,
o en otras ocasiones junto a Europa o Estados Unidos. Este último
país quiere la liberalización agrícola, pero quiere que
Europa lo haga. Entonces, de pronto puedo tener un acuerdo de
liberalización agrícola con Estados Unidos para enfrentar a
Europa, pero siento que Estados Unidos no hace la liberalización
agrícola, si Europa no la realiza. Ahí tengo un problema de
estrategia de política internacional de América Latina y habrá
que ver de qué manera se puede avanzar.
Además,
hay problemas internos relevantes. Cuando uno está planteando
nuevos modelos económicos, no hay grandes transformaciones de
la propiedad como planteábamos en el pasado. A su vez, hay un
proceso de transnacionalización presente. Tampoco hay un
enfrentamiento de clases por el cual una derrotaba a la otra y
la hacía desaparecer. Hoy permanentemente hablamos de acuerdos,
de concertación, de diálogo, que son elementos básicos de la
propia democracia. En última instancia, lo que nos ha pasado es
que luego de las dictaduras todos queremos reivindicar y
mantener los principios democráticos, pero para que haya
democracia el diálogo, la negociación, los acuerdos y la
concertación son elementos indispensables. Para eso los
partidos se tienen que revitalizar. Ojalá podamos avanzar en
este plano para decir que mañana en América Latina -estoy
dando una visión global, que no es más que una reflexión para
poner sobre la mesa- esas diferencias raciales y étnicas que
hay en nuestro continente, así como de género, se puedan
resolver. Tal vez, estas diferencias de clase se podrán
resolver por la vía de mejoras en la distribución del ingreso
y la riqueza y de pronto ahí el papel del Estado vuelva a ser
importante. Quiero reiterar que en última instancia la
democracia, además de los principios que mencioné, es
fundamentalmente el respeto y la tolerancia al otro, así como
la convivencia pacífica de culturas e intereses distintos.
Ojalá
los uruguayos, que tenemos la suerte de contar con una
impresionante cultura democrática, podamos pasar, en los planos
más rápidos, de la democracia política que hoy tenemos a la
democracia económica y social.
Muchas
gracias.
LA
ONDA®
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