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América Latina en los años noventa

por Alberto Couriel

El 18 de abril pasado el senador encuentrista Alberto Couriel (VA) realizó una intervención especial en el Senado de la República  sobre América Latina en la década de los años noventa. Lo que sigue es el texto completo de sus palabras. 

Senador Alberto Couriel (EP-FA)- Señor Presidente: al iniciarse el siglo XXI, quisiera hacer una evaluación de lo que ha ocurrido en América Latina en la década del noventa.  

Por supuesto que cuando uno habla de América Latina, hay heterogeneidades; no todos los países son iguales. Lo que podemos decir de Haití o de Bolivia es difícil que lo podamos decir de Brasil, Argentina o México.  

Por lo tanto, sin ninguna duda, hay cosas a las cuales voy a hacer referencia y que son algo así como las tendencias más generales que se están dando en América Latina, que en algunos casos pueden ser aplicables al Uruguay y en otros no. De manera que, desde ese punto de vista, quiero dejar esta expresa constancia para que se entienda el sentido de esta exposición sobre estas grandes tendencias.

Si en este momento uno sacara una fotografía de América Latina, seguramente se encontraría con que ha habido, en la década del noventa, elementos de carácter positivo y también de carácter negativo. Tal vez en el plano económico hay dos elementos positivos muy significativos.  

En primer lugar, en América Latina, en general, han bajado los niveles de inflación que se conocían en períodos pasados. Sin duda, llevar adelante procesos de estabilización, siempre son hechos positivos.  

En segundo término, se cambió la tendencia de los movimientos de capitales: mientras en los ochenta América Latina fue exportadora de capital haciendo efectivo el servicio de la deuda externa, en los noventa la entrada de capitales fue muy importante para esta región, lo cual también es un hecho positivo. Desde el punto de visto político, tal vez lo más significativo, es que pese a que hubo problemas económicos en la región, se mantuvieron los regímenes democráticos. A muchos autores les llama la atención cómo esto pudo haber ocurrido en muchos países de la región. Esto no es aplicable al caso del Uruguay, pero sí para otros países donde, pese a esta situación, los regímenes democráticos, la democracia electoral y la democracia política pudieron mantenerse. A ellos me voy a referir posteriormente.  

Por otro lado, aparecen elementos que consideramos negativos.

En primer lugar, pese a la fuerte entrada de capitales, el crecimiento fue muy moderado -fue mediocre, según la CEPAL, en este período-; apenas alrededor de un 3%, con un bajo coeficiente de inversión, cinco puntos por debajo del que tenía América Latina cuando entre 1950 y 1980 creció al 5,5%, con un coeficiente de inversión que llegó al 25% del Producto Bruto Interno. De manera que el crecimiento es moderado y hay bajos niveles de inversión.  

El segundo elemento es el aumento del desempleo abierto, que pasó de un 6% en 1990 a un 9% en la región latinoamericana. A esto debemos agregar los problemas de subempleo que son históricos, los de precariedad y un fenómeno que no es menor, como el de la informalidad. En América Latina el 70% de los nuevos empleos se generaron en sectores informales durante la década de los noventa. Este, sin lugar a dudas, también es un factor negativo porque normalmente los sectores informales son de muy bajo nivel de productividad y de ingresos.  

El tercer aspecto es el mantenimiento de los altos niveles de pobreza, por encima de un 40% para América Latina, lo que lleva a que no sólo sea un problema económico y social, sino también ético porque en esta región hay una población muy elevada en situación de pobreza. En general también se acentúan las desigualdades sociales, y en nuestro país en la década de los noventa no hubo modificaciones en la distribución del ingreso. Estos son los datos que manejo, pero en general en la región latinoamericana se siguieron acentuando las desigualdades sociales.  

Creo que un fenómeno relevante desde el punto de vista social son las nuevas formas

de fragmentación. El hecho de que se hayan perdido empleos en la industria y en el Estado, el hecho de que haya precariedad y de que se hayan pasado a la informalidad son extraordinariamente importantes, puesto que va a tener repercusiones no sólo económicas, sino también de carácter cultural y político, porque va a afectar la propia representatividad que tienen los partidos políticos, no sólo por problemas internos, sino también por la fragmentación social, ya que es difícil generalizar intereses, encontrar agentes sociales y elementos de solidaridad, como vamos a ver posteriormente.  

Por último, sobre la base de los estudios que aparecen en la región, creo que la representatividad de las instituciones políticas democráticas ha decaecido, ha bajado, se ha debilitado, y en esto me parece que tienen responsabilidad los sistemas políticos y las situaciones sociales específicas que se viven en alguno de estos países.

Con estos indicadores uno puede concluir que hay problemas en América Latina, que no está bien. Entonces, uno se pregunta por qué no está bien América Latina y cuál es la causa. Alguien podría decir que son los factores externos y la globalización, otros que son las causales internas, y otros que es una combinación de causales externas e internas. Por otra parte, quienes creen en el pensamiento único tipo Fukuyama también podrían decir que la modernización que se llevó adelante en los años noventa era inevitable; otros, que hay diversidad de procesos de modernización en el mundo y que en la región latinoamericana no tienen por qué darse exactamente los mismos en cada país. Algunos otros podrían decir que el modelo económico es perfecto y que la culpa la tienen los políticos porque no llevaron adelante las reformas estructurales que se estaban esperando, aunque ahora también se habla de reformas de segunda generación. Por lo tanto, los políticos serían los responsables.  

Intentando dar una visión global, siento que hay una combinación de causales externas e internas. De estas resultan aquellas que tienen que ver con el modelo económico, con factores políticos importantes y probablemente esto es lo que me lleva a hacer esta presentación en el Senado. Estimo que hay factores sociales importantes y un funcionamiento limitado del Estado o no adecuado a las circunstancias que se están viviendo.  

Para resumir los factores externos, diría que básicamente son dos: uno que tiene que ver con el funcionamiento del sistema financiero internacional y otro con las restricciones de carácter comercial que vive la región. Estamos inmersos en un proceso de trasnacionalización, de globalización comunicacional y tecnológica, pero especialmente financiera, y cuando hablo de globalización me estoy refiriendo a elementos reales que tienen repercusiones y consecuencias inevitables en casi todo el mundo. O sea que uno no se puede independizar de esos fenómenos. A eso yo lo llamo globalización real, que se diferencia, sin duda, de la ideología de la globalización que se usa como justificación de determinadas políticas económicas. En términos de globalización financiera hoy se mueven diariamente un billón y medio de dólares, es decir, un millón y medio de millones de dólares, sin regulaciones y con riesgos sistémicos en los mercados financieros para determinadas monedas y ciertos países.  

El 90% de estos movimientos son a menos de una semana y, por lo tanto, marcan su carácter especulativo y la volatilidad de los movimientos de capitales, lo que genera vulnerabilidades en los países, con recurrentes crisis financieras como, por ejemplo, la de México en 1994, la del sudeste asiático en 1997, la de Rusia en 1998, la de Brasil en 1999 y ahora estamos asistiendo a un proceso difícil en la Argentina. Entiendo que esta volatilidad y esta vulnerabilidad requieren algún mecanismo de regulación del movimiento de capitales, pero para que haya regulaciones debe haber una relación de fuerzas y una negociación que así lo permita. La que tiene la sartén por el mango es la economía norteamericana, que es la gran beneficiaria de esta liberalización financiera porque recibe capitales y financia, por lo tanto, sus déficit, sobre todo de carácter comercial, y su inversión dado el bajo ahorro interno, gracias a estas entradas de capitales. Nunca me olvido que el Presidente Cardoso de Brasil me dijo en alguna oportunidad que cada vez que había una reunión del Grupo de los 7 le mandaba una nota diciendo que había que regular los movimientos de capital. Ahora en la prensa leí que lo va a volver a plantear en Quebec, porque si no se regulan, se siguen afectando los países de la región. De alguna manera, Argentina que tiene problemas internos, está muy afectada por esta volatilidad de los movimientos de capital que la llevan a presiones muy difíciles. El peso lo tiene Estados Unidos y habría que encontrar algún mecanismo de negociación con ese país para hallar una salida a estos movimientos, que limite la vulnerabilidad de los costos que algunos países están sufriendo.  

En materia de restricciones comerciales, nuestro país sabe perfectamente que se han hecho críticas, sobre todo por parte del Presidente de la República, a la Unión Europea. Esto es real, pero en Estados Unidos también se da esta situación. A este respecto, voy a poner un ejemplo. En la reunión de Viceministros de comercio llevada a cabo hace dos semanas en la Argentina, el representante de los Estados Unidos dijo que para su país el ALCA era una zona de libre comercio donde quieren eliminar los aranceles, pero los subsidios al trigo y a los lácteos, la protección a la vestimenta, al calzado, a los textiles y al azúcar no es materia del ALCA, sino de la Organización Mundial del Comercio. Entonces, creo que queremos ALCA de lo que nos conviene y no de lo que no nos conviene. Desde este punto de vista, a mi entender también es muy importante que en la negociación, América Latina tenga una capacidad de fuerza como para poder incluir, sin ninguna duda, los subsidios, la protección, las cuotas y las prohibiciones que la economía norteamericana tiene sobre determinados productos.

Por otra parte, se vuelve indispensable que quede claro a escala internacional, que hay un fenómeno de modernización basado en el Consenso de Washington, que se apoya fundamentalmente en la liberalización, en la apertura y en las privatizaciones y que como ideología tiene mucha fuerza en el plano internacional.  

En primer lugar, porque coincide con el poder financiero internacional y nacional que están buscando estas liberalizaciones y que tantos efectos negativos tienen en algunos países latinoamericanos, y sobre todo en el sudeste asiático, al que le han generado grandes problemas.  

En segundo término, esta ideología se trasmite directa o indirectamente, explícita o implícitamente, por las agencias noticiosas y los informativos de televisión, y eso tiene un gran poder.  

En tercer lugar, esta ideología se implementa a través de las condicionalidades, sea del Banco Mundial, del BID o del Fondo Monetario Internacional, y en cuarto lugar, es apoyada por las tecnocracias de los Gobiernos latinoamericanos que de alguna manera se han formado en estos organismos financieros internacionales o tienen algún vínculo con el sistema financiero. Entonces, destaco la fuerza que tiene esta ideología, porque no es un tema menor, así como la penetración que ha tenido en la década de los noventa.  

Cierro esta parte de carácter internacional diciendo que esta ideología no ha triunfado -al menos, que yo conozca- en ningún lado del mundo. En América Latina hay tendencias de exclusión muy grandes después de las reformas de la década de los noventa. Y si uno mira todo el Siglo XX en el mundo desarrollado, tampoco esta ideología se aplicó en Estados Unidos, en Alemania, en toda Europa y mucho menos en el sudeste asiático. De manera que no hay elementos empíricos demostrativos de que es la que resuelve los problemas económicos esenciales.  

Pongo un alerta: si para esta ideología, en su máxima expresión, el mercado resuelve todo, no hace falta el Estado. Pero si no hace falta el Estado, tampoco hace falta la política; y si ésta no es necesaria, tampoco lo son los políticos ni los partidos y, por lo tanto, está en tela de juicio la democracia. Por eso muchas veces uno se pregunta: en este modelo, ¿cuál es el papel de la política? ¿Dónde está la política que resuelva este tipo de problemas que se están generando en la región?  

Causas Internas.- Por otro lado, considero que hay causas internas que tienen que ver tanto con las características de la evolución económica, como con factores políticos y sociales y con problemas del Estado. Diría que, en términos económicos, la región tuvo un fuerte crecimiento entre los años cincuenta y los ochenta. Muchas veces ha sido muy criticado el proceso de industrialización, pero fue allí donde hubo el máximo crecimiento en la región con el menor desempleo abierto. Claro, había subempleo y pobreza que tenían un origen rural, y el sector industrial generó un problema de balanza de pagos que trajo, también, el endeudamiento a fines de los setenta.  

Los ochenta constituyeron una década perdida en términos económicos, porque el problema era el servicio de la deuda, ubicándose la transferencia neta de recursos en cuatro puntos del Producto Bruto Interno, lo cual significó una caída sustantiva desde el punto de vista del crecimiento, la inversión, el empleo y, por supuesto, problemas sociales.  

En los noventa se da una modernización -así se la denomina- que se traduce en estos procesos de liberalización, con una marca: América Latina se abrió mucho más que el mundo desarrollado. Este mantuvo cierto grado de protección mientras aquélla eliminaba todo tipo de elementos paraarancelarios que se siguen utilizando en el mundo desarrollado y bajaba sustantivamente los aranceles.

También se dieron procesos de privatización sin que se produjeran mejoras en el coeficiente de inversión, lo que no es un hecho menor. Si bien se dieron procesos bastante similares en la región, uno tiene la sensación de que puede haber distintos modelos de modernización. Si miramos el mundo desarrollado, advertiremos que la modernización de Estados Unidos no es la de Alemania, ni la de Japón; son distintas. Creo que las recetas universales en este campo no son apropiadas, sobre todo cuando hay especificidades concretas en el mundo subdesarrollado latinoamericano. Inclusive, entre país y país de esta región, las diferencias son tan notables que resulta muy difícil poder aplicar recetas universales.  

Con respecto al modelo económico prevaleciente, quiero señalar lo siguiente. Cuando un Ministro de Economía se incorpora a un Gobierno de Argentina, de Brasil o de México, lo primero que hace es ponerse a pensar sobre los problemas que tiene: por un lado, en materia financiera; por otro, de crecimiento y de inversión; por otro lado en los sectores productivos, y por último los temas sociales. Ahora bien, siempre la prioridad aparece por lo financiero. La inflación, el déficit fiscal y la entrada de capitales son temas clave, y muchas veces los instrumentos de política económica están dirigidos a atender los equilibrios financieros. El problema es que estas medidas afectan el crecimiento económico, la inversión, las posibilidades de los sectores productivos y a los sectores sociales. Esto no es generalizable; depende de cada país y del punto de partida; pero hay un fenómeno general de esta naturaleza.  

Es cierto que los equilibrios económicos son muy importantes, pero resulta que se han dado algunos pensados en función de problemas financieros, suponiendo que si se baja el déficit fiscal también bajan los intereses, ingresan capitales, se invierte, hay crecimiento y empleo, y con ello se resuelven los problemas sociales. Esto, en los hechos, en la práctica, no ocurre en ningún lado. Sin embargo, es la tesis básica que se sigue manejando para tratar de entender las características centrales de estos modelos.  

Diría, poniendo un punto arriba de la mesa que me es muy caro, que muchos de estos equilibrios macroeconómicos y algunos procesos de estabilidad se consiguieron con políticas cambiarias que perseguían el objetivo de atender la inflación, y que resolvieron los problemas derivados de ésta. Sin embargo, cada vez que se plantearon las apreciaciones de las monedas nacionales, siempre se terminó en crisis financieras difíciles. Esto ocurrió en Chile, Argentina y en el Uruguay a principio de los ochenta; en México, en 1994; en Brasil, en enero de 1999, y hoy Argentina está pasando un momento difícil. De ninguna manera mi intención es entrar a polemizar sobre los problemas de algunos de estos países; pero simplemente quiero destacar algo que no he visto en los medios de comunicación uruguayos. En el caso de Argentina, la ley de convertibilidad generó el déficit de la balanza comercial que fue muy fuerte en la década de los noventa. Esto generó endeudamiento; éste, a su vez, mayores pagos de intereses y, por lo tanto, problemas en la balanza de pagos.  

Debo decir, para que se tenga una idea, que los servicios de deuda de la Argentina del 2001 son U$S 55.000 millones cuando exporta U$S 26.000 millones. Lo que normalmente aparecen como intereses son U$S 11.000:000.000 y el resto son obligaciones que vencen durante el año 2001 y que se tienen que renovar. Entonces, la preocupación de todos los meses del gobierno argentino es cómo renueva estos títulos emitidos. En este momento, luego de la incorporación de Cavallo, la tasa riesgo país es de nueve puntos básicos por encima de los Bonos norteamericanos. Quiere decir que, si sale al mercado internacional, colocaría al 14% o 15%. Por lo tanto, está tratando de negociar dentro del país para ver cuánto menos puede conseguir, pero continúa teniendo la necesidad de la renovación.  

Entonces, este es un punto clave, uno de los elementos centrales de esta problemática, en un contexto de crisis económica, política y social difícil, sobre la que no quiero entrar. Simplemente, pretendía mostrar las repercusiones que, muchas veces, un ancla cambiaria o una ley de convertibilidad pueden tener, porque ya le ocurrió a México, a Brasil y le puede seguir sucediendo a Argentina. Honestamente digo que ojalá no le suceda, por el bien de ese país pero, también, por el de su pueblo.  

En esencia, hay un modelo económico que minimiza al Estado, que cree que el mercado es mejor que cualquier tipo de regulación, que prioriza lo financiero frente a lo productivo y lo social, que prioriza los ajustes frente al crecimiento y la equidad y, de alguna manera, prioriza lo individual frente a lo colectivo, a lo social, a lo solidario.

Si uno mira el mundo desarrollado va a encontrar heterodoxias en cantidad. En este momento Japón, buscando aumentar los niveles de consumo, ha puesto a cero la tasa de interés. Sin embargo, los japoneses siguen ahorrando en lugar de consumir. Ese país va a hacer ahora una expansión monetaria fuera de toda ortodoxia para ver si genera mayor demanda de bienes de consumo a fin de poder reactivar su economía. Pero capaz que los japoneses siguen ahorrando.  

En el mundo desarrollado, todos los días encontramos heterodoxias. También empieza a ocurrir lo mismo en el mundo subdesarrollado, porque de pronto el modelo tiene dificultades. En la Argentina, los aranceles máximos a los bienes de consumo y los aranceles cero a los bienes de capital son también, sin duda, una demostración de esta heterodoxia que hay que aceptar, porque el modelo tiene dificultades, o como el caso de Malasia, que llegó a un proceso de control de cambio.  

De manera que con la globalización hay un problema internacional, hay un problema de carácter nacional en el modelo económico; pero también problemas en el sistema político. Para nosotros y para la sociedad uruguaya es muy caro el tema de la democracia: sentimos que en la década de los noventa se ha afectado su calidad. ¿A qué me estoy refiriendo? Se habla de democracia electoral y de sufragio universal; pero aparecen países en donde se producen fraudes en esta materia. Tal vez el mejor ejemplo sea la última elección que ganó Fujimori en el Perú. No hay ninguna duda de que un fraude de esta naturaleza afecta la democracia.  

La necesidad de que haya alternancia de los partidos es otro elemento de la democracia electoral. No es menor que se diga que cuando pierde el PRI en México, esa es la demostración de que allí hay democracia, porque también siempre se ha hablado de fraudes en el caso mexicano.  

Otro elemento a tener en cuenta es la igualdad de oportunidades para la democracia electoral. Esto quiere decir que tenemos un problema, que también sufrimos, que es el financiamiento de los partidos, lo que no es un tema menor. Asimismo, la igualdad de oportunidades con respecto a los medios de comunicación es un tema que también está sobre la mesa.  

Sin embargo, hay problemas que tienen que ver con la calidad de la democracia, en cuanto a algunos de los elementos centrales de la democracia política. Hay países con restricciones a la libertad, donde no hay garantías para los derechos humanos, donde existe violación de los estados de derecho y donde se da una brutal debilidad por parte del Poder Judicial que afecta, sin ninguna duda, al propio Estado de Derecho. Entonces, hay necesidad de extender y completar la democracia en determinadas regiones y sectores sociales. Hay países con ciudadanos de primera y también de segunda categoría y donde el Poder Judicial y el Ministerio del Interior atienden solamente a determinados sectores de la población, o lo hacen en forma discriminatoria. A veces se trata de problemas raciales que tienen que ver con aspectos étnicos o también con asuntos de tipo económico y social. Pero, repito, hay ciudadanos de segunda categoría en muchas regiones de América Latina. Incluso, hay lugares donde el Estado no ha llegado, donde existen poderes fácticos tomando decisiones, que a veces son paramilitares, guerrilleros o narcotraficantes. El caso de Colombia es el más evidente en este sentido. A veces, también hay poderes del Estado sin control, donde se cometen enormes abusos, tal como el caso de los policías que matan niños en Río de Janeiro o en San Pablo. De esta manera, la calidad de la democracia se ve afectada.  

Por otro lado, también existen culturas autoritarias, donde en la cotidianidad no se vivió nunca la democracia, donde se acostumbraron a vivir bajo regímenes autoritarios, muy poco democráticos, que no conocieron la democracia y el valor que significa el respeto por el otro, la tolerancia y la convivencia pacífica entre culturas distintas, entre seres humanos diferentes. En estos momentos Medio Oriente es un caso característico. En la noche de ayer vi una película iraní, donde aparece la figura de la mujer absolutamente subordinada, ya que no puede viajar sola en ómnibus, no tiene derecho a andar por la calle y la llevan presa por cualquier motivo. Esto es una expresión de lo que es Irán y partes importantes de Medio Oriente, que presenta estos problemas que a veces tienen carácter cultural o religioso, pero marcan con nitidez la dificultad de una cultura democrática para llegar a arreglos o consensos con el fin de resolver estas situaciones.  

Asimismo, creo que hay problemas en el propio sistema político. Personalmente, siento que en América Latina hay un predominio absorbente por parte del Poder Ejecutivo con respecto a los Poderes Legislativo y Judicial. En general, los distintos autores, cuando hablan de los partidos políticos, diferencian a los de Uruguay y Chile de los del resto de América Latina, porque son más estables y más consolidados. Pienso que los partidos ganan elecciones, pero no gobiernan, que no es el partido el que gobierna ni al que se le llama permanentemente a tomar las decisiones fundamentales que adopta el Poder Ejecutivo. También creo que los Presidentes gobiernan, con su tecnocracia, mucho más que los partidos, y que dichas tecnocracias tienen más poder que los mismos partidos. Seguramente, si recorremos América Latina, vamos a encontrar esta situación en casi todos los países. Esto se debe, a veces, a que existe debilidad de los partidos políticos, como es el caso de Brasil. Sin embargo, lo que uno siente es un Poder Ejecutivo con un Presidente y una tecnocracia que gobierna, decidiendo por fuera del partido que ganó la elección. Asimismo, el Poder Ejecutivo tiene más poder y está más ligado a los poderes internacionales. Digo esto porque por el Parlamento nunca pasan el BID, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la OMC o la Conferencia del Gatt, sino que siempre lo hacen por el Poder Ejecutivo. Entonces, los Parlamentos están ligados a los problemas internos de los países, aspecto que da más fuerza aún al Poder Ejecutivo.  

Cuando uno mira los Parlamentos, a veces siente que no cuentan con información propia y que cualquier ley requiere de la información del Poder Ejecutivo. Esto es general en América Latina y, por lo tanto, las leyes son, muchas veces, más iniciativa del Poder Ejecutivo, que del Legislativo. Además, se han perdido aquellos debates que caracterizaban a los viejos Parlamentos; actualmente, las discusiones se dan más a nivel de los medios de comunicación que en las instituciones parlamentarias.  

Vemos que aquí también aparece un fenómeno en el sentido de que, tal vez, el proceso de modernidad requiere ejecutividad, eficiencia y rapidez. Sin embargo, la deliberación, los consensos o los acuerdos mayoritarios son vitales para dar permanencia a las políticas y gobernabilidad a los gobiernos. Por este motivo, comparto la necesidad de llegar a los acuerdos o a las coaliciones a fin de llevar adelante los procesos específicos de carácter político que se tengan que efectivizar.  

El otro elemento -en este aspecto también se excluye a nuestro país y a Chile del resto de América Latina- es la debilidad de los partidos políticos, que muchas veces no cumplen con los programas de gobierno, además de no gobernar. En este sentido, hay tres ejemplos muy significativos de personas que han ganado una campaña electoral diciendo una cosa y luego hacen otra diferente. Ellos son: Menem, cuando ganó por primera vez las elecciones en Argentina; Fujimori, cuando triunfó por primera vez en Perú y Carlos Andrés Pérez cuando ganó por segunda vez en Venezuela. Estas son tres formas de demostrar nítidamente el no cumplimiento de un programa.  

Además, existen partidos políticos que se fragmentan, que tienen problemas de unidad y de disciplina. Asimismo, hay otros que desaparecen. Probablemente, los casos más notorios en este sentido sean los de Perú y Venezuela. Por otra parte, en Brasil se da una enorme debilidad en los partidos políticos, donde una gran cantidad de Legisladores ingresan a la vida legislativa en un partido y terminan su mandato en otro, existiendo una rotación y un movimiento permanentes en este sentido.  

Personalmente, diría que actualmente las agrupaciones políticas tienen una debilidad programática mucho mayor que la que tenían en el pasado, cosa que vale tanto para la derecha como para la izquierda. En los países de América Latina, a la derecha la veo más ligada al modelo y la modernización predominantes, y a las instancias provenientes de los organismos internacionales como pueden ser el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Por su parte, a la izquierda la veo carente de aquellos intelectuales, de la formación y presencia con que contaba hace treinta años. Las propuestas de la izquierda de hoy son más débiles.  

Asimismo, creo que existe otro fenómeno que tiene que ver con la dificultad de la representatividad. A veces, a los partidos les cuesta enraizarse en la sociedad y no resuelven las demandas y los conflictos sociales, lo que apareja otra consecuencia que todos conocemos. Me refiero al brutal descreimiento de la sociedad respecto del sistema político, de los políticos y de los partidos políticos. Esto ocurre en toda América Latina y también en el Uruguay. Lo sabemos porque en una encuesta, el Parlamento tuvo menos aprobación que las Fuerzas Armadas y los empresarios. Entonces, uno tiene que preguntarse ¿qué está pasando con el sistema político? Probablemente se esté dando un fenómeno que tiene que ver con la ideología. En los medios de comunicación vemos que todo lo que hace el Estado es vicioso y todo lo que lleva a cabo el mercado o el sector privado es, por el contrario, virtuoso. Entonces, ¿para qué sirve el Estado, si todo lo hace mal? ¿Para qué sirven los políticos, que se dedican a ganar elecciones, tomar el aparato del Estado y desde allí, aplicar medidas para resolver los problemas de la sociedad? Desde este punto de vista, uno siente que esta manera de pensar le está diciendo a los jóvenes que la política y los partidos políticos no tienen importancia, porque todo lo que vaya a hacer el Estado no sirve, ya que es el mercado el que tiene que resolver las distintas problemáticas. Esto contribuye al descreimiento en el sistema político. Indudablemente, hay elementos de corrupción en nuestro continente que, sin duda, están afectando la credibilidad en los políticos, en los partidos y en el sistema.  

Lo otro que la gente siente es que no se solucionan sus problemas. Ahora bien; ¿quién tiene que atender estos problemas ? Los partidos políticos, porque para eso se les elige, es decir, para resolver los problemas de la sociedad. Entonces, desde este punto de vista, uno siente -este es un tema de reflexión general- que este descreimiento existente en la actualidad no es bueno para la democracia.  

También existen problemas de carácter social. El desempleo que está viviendo América Latina le genera nuevas formas de fragmentación social. Esto se da, por ejemplo, cuando una mujer que trabajaba en la industria textil, comienza a trabajar en el servicio doméstico o cuando un hombre pasa al sector informal, cuando en realidad estaba acostumbrado a trabajar en una fábrica. Estas personas dejan de vincularse con otros sectores y actúan más individualmente. Antes, este fenómeno se originaba en los procesos de migración rural-urbana, pero hoy no, hoy es del sector urbano al urbano, por ejemplo, de la Ciudad Vieja al Barrio Borro. De pronto, los que perdieron el empleo en el sector industrial o en el Estado, terminan en la periferia de la ciudad, con otra cultura y, en consecuencia, surge la dificultad de generalizar intereses. En ese punto, los intereses de cada uno se vuelven volátiles; la gente trabaja 14 o 15 horas por día y luego se retira a lo privado; lo colectivo se pierde; hay formas de desactivación política.  

Entonces, cuando no se generalizan intereses; cuando hay dificultad para encontrar intereses comunes y definir sujetos sociales; cuando hay inconvenientes en utilizar elementos de solidaridad, es la sociedad la que me está dificultando representarla.

Seguramente, si en América Latina tenemos más de un 40% de personas que viven bajo la línea de pobreza, a lo que hay que agregar sectores informales, algunos de los cuales están debajo de esa línea y otros no, y llegamos a un porcentaje que supera el 50%, la representatividad se vuelve nuevamente muy difícil. Siento que muchas veces más que representatividad comienza a haber comunicatividad, porque las personas se transforman en sujetos pasivos de opinión pública y definen sus conocimientos, no por lo que estaban acostumbrados en el pasado, sino por el informativo de la televisión que le da una versión determinada de los acontecimientos que ocurren en la realidad. En consecuencia, se transforman mucho más en opinión pública que en ciudadanos, y si no lo son, si no pueden participar como tales y efectivamente, con el mejor nivel de información, también en última instancia se está afectando, nada más ni nada menos que la democracia.  

Aparece un fenómeno, el descontento de la sociedad, que vivenciábamos intuitivamente. Podemos citar en relación a este punto un estudio de desarrollo humano realizado en Chile, donde se hace el análisis de la subjetividad de la gente, mediante una encuesta. Dicho informe señala que en ese país el crecimiento es de un 7%, que el desempleo y la pobreza bajaron, pero la desigualdad no. A su vez, cuando se le pregunta a las personas cómo están, manifiestan descontento, malestar, temor hacia el otro, problemas de seguridad, miedo a la exclusión y temor a lo que no es posible. De alguna manera, el estudio muestra que bloquean sus sueños, sus aspiraciones y que éstas son básicamente de carácter individual, tal vez vinculadas al consumo y no de carácter colectivo, que en todo caso sueñan para sus hijos. Lo que se refleja es que esta sociedad, en este momento, no está pensando en salidas concretas, específicas y reales para los problemas que tiene. Por aquí también comienzan a aparecer elementos de descreimiento a que hacíamos referencia con anterioridad.  

Pienso que en el aspecto social, de alguna manera comienzan a surgir nuevas relaciones de poder en las que hay mucha influencia de lo externo. La presencia muy fuerte, por ejemplo, de Estados Unidos en la región, ya no es en el plano militar porque de pronto lo que antes hacían en ese plano hoy lo hacen en el comunicacional. No debemos olvidar que el 80% de las imágenes que se ven en el mundo, provienen de ese país, lo que le da una fuerza impresionante. Tal vez, más que a través de las intervenciones políticas -a veces se notan, en el caso de Colombia y en el de los certificados unilaterales que da el gobierno de Estados Unidos y que son, a mi entender, impresentables- influyen mediante la ideología. Y, sin duda, lo hacen más aún en los aspectos financieros y tecnológicos que en los productivos, a diferencia del pasado.  

Entonces, cuando uno observa el cuadro de poder -y esto es extremadamente esquemático- siente que quienes están en el poder financiero tienen mucho más poder que antes; quienes dominan los medios de comunicación, en especial la televisión -aunque a veces también la radio y los diarios- tienen muchísimo poder. Es más, tal vez podríamos decir que aquel poder que nosotros suponíamos que tenían las Fuerzas Armadas en los países latinoamericanos, quizás hoy haya sido superado por el que tienen los sectores financieros y de comunicación.  

Por otro lado, también tienen mucho poder estas tecnocracias ligadas a los gobiernos y a los organismos financieros internacionales. Asimismo, las empresas productivas que avanzan en poder, en esencia, son las que están ligadas a las transnacionales. En cambio, descienden los empresarios productivos, sean agrícolas o industriales o los ligados al mercado interno. Del mismo modo, caen las capas medias, sobre todo las vinculadas al Estado y al sector industrial y aparecen otras en los nuevos servicios que se van generando. También los sindicatos obreros pierden fuerza porque disminuyen en cantidad. Si el 70% de los nuevos empleos se genera en el sector informal y éste en sí mismo representa un 40%, ya sabemos que uno de cada dos no tiene ninguna chance de ingresar a ningún sindicato.

Por otro lado, pierden su fortaleza las Fuerzas Armadas en América Latina, si lo comparamos con lo que sucedía en el pasado.

Tampoco le veo fuerza a las universidades latinoamericanas y a los intelectuales en cuanto a la capacidad de expresar ideas nuevas y de enfrentar la problemática que está viviendo la región.  

En esencia, lo que estoy haciendo es algo extremadamente esquemático, es verdad. Lo que estoy trazando es un panorama, una especie de visión global donde trato de mostrar cómo la globalización financiera y las restricciones comerciales afectan; cómo el modelo económico no resuelve los problemas económicos y sociales; cómo hay factores políticos vinculados a la calidad de la democracia, a las instituciones políticas y a los propios partidos; cómo hay factores sociales que son extraordinariamente relevantes y que están afectando la problemática que vive América Latina.

Por lo tanto, no hay salida que no tenga en cuenta estos elementos. Para comenzar, habría que ver cómo enfrentar el tema de las restricciones comerciales o el de la globalización financiera. A mi entender, es fundamental, desde este punto de vista la necesidad de la mayor unidad posible de los países latinoamericanos para ir a negociar. No se trata de ir a negociar en el ALCA la baja de aranceles, cuando ya Estados Unidos está diciendo que en el ALCA no va a incluir subsidios ni protecciones.  

De lo que se trata es de ir a negociar, nada más ni nada menos que las regulaciones de capitales de corto plazo; las condiciones de los organismos financieros internacionales y la presencia de América Latina en el G7 o G8, o en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. También de lo que se trata es de negociar las asimetrías comerciales y compatibilizar los objetivos de las empresas transnacionales con los objetivos nacionales. Hay países que son tan pequeños que no están en condiciones de negociar por sí mismos con empresas transnacionales muy poderosas, pero de pronto los podría ayudar algún tipo de negociación colectiva. Las negociaciones dependen de la relación de fuerzas y, en consecuencia, si cada país latinoamericano va solo, va a ser muy limitada la chance de lo que América Latina pueda lograr.  

En este tema me acerco mucho a lo que es la posición brasileña, que siempre ha buscado avanzar por el lado de América Latina o de América del Sur, en el mayor grado de unidad posible, para poder negociar conjuntamente. Por este motivo, también existe una resolución de que el MERCOSUR, como tal, negocie. Digo esto con independencia de los conflictos que podamos tener con Brasil, e incluso comparto que a veces hay poca deferencia a nivel de los negociadores brasileños. Esto es verdad, pero en materia de política internacional me siento mucho más cerca de ese país que de otros, porque está buscando, justamente, negociar cada uno de estos elementos en las mejores condiciones posibles, dentro de la limitación de fuerzas que América Latina tiene en el conjunto mundial.  

Pienso que debe haber cambios en el modelo económico. No voy a presentar una propuesta, ni mucho menos, pero sí algunos criterios. La prioridad de lo económico y lo social tiene que ser simultánea. Todos estamos de acuerdo en que la educación es vital; todos estamos de acuerdo en que sin ella no hay competitividad, avance tecnológico ni formación de mano de obra. Sin embargo, cuando llega la hora de la verdad, uno siente que es la atención del déficit fiscal y la reducción de los gastos públicos los temas que siempre aparecen como los más importante.  

Esto también depende del punto de partida. Hay momentos críticos que son inevitables. Pero cuando no hay crisis se sigue actuando como si fuera inevitable, como si se tratara de un momento crítico. Entonces, pongo como ejemplo esa prioridad a nivel económico y social. Si quiero resolver el problema de la competitividad, tengo que dar educación lo cual, junto con la investigación científica y técnica, son fundamentales. A su vez, si quiero resolver el problema de la educación, de la salud y de la vivienda, es vital el tema del empleo productivo. Bien hace la CEPAL, en su último informe, al preguntarse de qué valen las reformas educativas y todos los avances que hagamos en la educación si luego no se generan los empleos requeridos y necesarios para poder atender la problemática de esta sociedad. Sin duda, esto depende de cada país, del punto de partida. Una cosa es el 1º de octubre en Argentina, y otra el 1º de marzo en dicho país. Seguramente, cada uno de estos elementos son fundamentales, y es muy difícil generalizar. A mi entender, no hay recetas. Por eso hablo de las especificidades de cada uno de los países de la región.  

Creo que los equilibrios macroeconómicos son muy importantes, pero deben ser compatibles con que haya inversión, crecimiento, competitividad, empleo y equidad. Hoy surgen contradicciones entre los equilibrios macroeconómicos financieros y la chance de mejorar la inversión, la competitividad, el empleo y la equidad. Pienso que se vuelve indispensable la instrumentación de políticas productivas activas. La CEPAL dice -y la acompaño- que la política cambiaria tiene que ser para la competitividad, y depende del punto de partida. Las tasas de interés son fundamentales para un mercado de capitales de mediano y largo plazo. Las políticas fiscales deben ser anticíclicas. Por supuesto que esto significa que cuando estamos en el ciclo al alza, hay que restringir. Pero es necesario aprovechar lo anticíclico cuando estamos en una situación de restricción. Esto se llama políticas activas.  

En cambio, siento que el modelo imperante en este momento dice: "Yo soluciono el tema de la inflación; no tengo déficit fiscal y el mercado resuelve todo". Pero cuando el mercado no resuelve y no hay inversión ni crecimiento, no se sabe muy bien qué hacer. Entonces, se le dice al país que si no tiene déficit fiscal, va a tener que traer superávit. El tema pasa por allí. La verdad es que América Latina está sufriendo esta problemática.  

Desde este punto de vista, siento que hay que combinar la lógica del Estado con la del mercado. Actualmente, el mercado -lo digo claramente- después de la desaparición de la planificación en la Unión Soviética, es indispensable como indicador de resultados; la cantidad y la calidad de bienes las fija el mercado. Entonces, ahí hay una lógica. Pero cuando miramos el mundo desarrollado, quién invierte, cuándo lo hace, dónde y para quién, observamos una serie de elementos de promoción del Estado, por ejemplo, en tecnología y estímulos de toda naturaleza. Allí no se trata del mercado, sino del Estado. ¡Miren el sudeste asiático, la historia de Alemania y de los Estados Unidos!  

Entonces, desde este punto de vista, la lógica del mercado está arriba de la mesa, pero hay que combinarla con la lógica del Estado. ¿Por qué? En primer lugar, porque la globalización y los mercados han generado efectos negativos. Eso no lo resuelve el mercado, sino que queda a cargo del Estado. En segundo término, porque hay necesidad de hacer negociaciones internacionales. El mercado no va a negociar internacionalmente; es el Estado el que debe hacerlo. En tercer lugar, porque hay un fenómeno de desigualdad y pobreza, y el mercado no resuelve este problema. Como diría don Raúl Prebisch, el mercado no tiene horizonte social ni temporal, y hoy agregaría que tampoco tiene horizonte ambiental. Por lo tanto, el Estado se vuelve indispensable en esta situación.  

Creo que es necesario conducir las modernizaciones. Tiene que haber una especie de conducción estratégica de estas modernizaciones que se dieron en la década de los noventa. La CEPAL habla de reformar las reformas, porque algunas de estas han afectado a las sociedades latinoamericanas. Entonces, desde este punto de vista, también el Estado es indispensable. Reitero que el tema del empleo no lo resuelve el mercado. Si no tenemos programas de empleo y estímulos a determinadas actividades más generadoras de empleo, no se podrá resolver el problema. No es un tema menor, sino central que está viviendo el mundo y, en particular, la región latinoamericana; este fenómeno afecta menos al sudeste asiático.  

Siento que si no hay Estado, no hay política y, en el fondo, aquél es un elemento clave, no con un carácter autoritario. El Estado es una herramienta indispensable para que haya democracia y para que los políticos puedan actuar dentro de él. Claro que este Estado que tenemos en América Latina también hay que transformarlo. Algunos países lo han desmantelado de tal manera que, prácticamente, es imposible rearmarlo. Hay países, como Argentina, donde en las empresas públicas tenían un acuerdo, los proveedores, con los gerentes, con los usuarios y con los financistas. ¡Era imposible que las empresas públicas pudieran funcionar! De alguna manera, ya habían sido privatizadas antes de la venta concreta de las acciones. Entonces, hay Estados que se encuentran desmantelados, en tanto otros funcionan. Pero me parece importante la transformación de este Estado para cumplir sus funciones básicas de integración social y de redistribución del ingreso y la riqueza.  

Desde el punto de vista político, siento que, dadas las características del diagnóstico es indispensable asegurar la democracia política -que pasa por el sufragio universal, por el pluripartidismo, por la alternancia de los partidos, por las libertades básicas, la garantía de los derechos humanos, por la no violación del Estado de Derecho y por un Poder Judicial fuerte- y se requiere completarla a fin de avanzar hacia una democracia económica y social, manteniendo los principios básicos de aquella. Tal vez esto lo hayamos aprendido, en buena medida, después de haber pasado por procesos dictatoriales. Por eso no queremos más ciudadanos con letras A, B o C, ni que haya exilios, muertes, violencia ni tortura. Seguramente, habrá algunas sociedades que tengan una cultura mucho mayor sobre la democracia. En el caso del Uruguay, es evidente que la sociedad tiene un altísimo nivel cultural en materia de principios democráticos.  

Tal vez, dadas las características -acepto que muchas de las cosas que estoy diciendo son polémicas- existentes, cabría preguntarse si no sería indispensable un mayor equilibrio entre el Poder Legislativo y el Poder Ejecutivo; lo siento al Parlamento extremadamente subordinado y es el que representa mucho más las características de la sociedad. También se necesita fortalecer los partidos políticos. Hoy día, los medios de comunicación están sustituyendo a los propios partidos, generando opinión pública. No es casualidad que algunos locutores de televisión pasen a ser importantes candidatos políticos. No es sólo Berlusconi en Italia; también los hay en América Latina. Entonces, tenemos que saber que los medios de comunicación están allí. Creo, pues, que también debemos encontrar elementos de democratización y de igualdad de oportunidades en los medios de comunicación. Estos medios vinieron para quedarse; no se van a ir. Los partidos políticos tienen que saber que si quieren crear opinión pública, los medios de comunicación van a estar presentes. Tal vez, los partidos requerirían, en algunos casos -no hablo de ninguno en especial- un grado mayor de democracia, de participación, de capacidad programática, muy debilitada, a mi juicio, en América Latina en general.  

Sin duda, también se requiere un vínculo con la sociedad para cumplir las funciones de representación, que hoy se están limitando. La gente comienza a sentir que la función mediadora de los partidos políticos entre sociedad y Estado está cada vez más debilitada. Si los partidos y el Parlamento no lo hacen, empiezan a aparecer organizaciones de la sociedad civil, entre ellas, los medios de comunicación que, de alguna manera, cumplen esa función de mediación que le corresponde a los partidos.

A mi juicio, sin partidos es muy difícil que se pueda efectivizar la democracia política a que hacía referencia anteriormente. Además, sabemos que hay determinadas situaciones sociales que dificultan la representatividad. Entre ellas puedo mencionar la volatibilidad de intereses y la dificultad de conformar sujetos sociales, como en el pasado.

También se requieren cambios en los actores sociales, seguramente, nuevas relaciones de poder. Pero nadie está hablando de que el Estado tenga que hacer todo. Hay que combinar lógica del Estado con lógica del mercado. Es muy importante que la sociedad civil participe. He encontrado muchos trabajos en América Latina en los que se busca y pretende que la sociedad civil sustituya a los partidos o al Estado. Y esto va contra la democracia.  

Entonces, cuidado; quiero el máximo de participación de la sociedad civil, de las organizaciones sociales y de los sindicatos, pero como complemento de la acción de los partidos y del Estado, y no para sustituirlos. Desde ese punto de vista lo siento como indispensable; y esa es la visión que quería plantear en el Parlamento.

Hay problemas internacionales, pero éstos se tienen que negociar, porque solos no podemos; y, tal vez, América Latina sola tampoco. Sin embargo, América Latina unida podrá encontrar mecanismos para aprovechar a negociar junto con el sudeste asiático, o en otras ocasiones junto a Europa o Estados Unidos. Este último país quiere la liberalización agrícola, pero quiere que Europa lo haga. Entonces, de pronto puedo tener un acuerdo de liberalización agrícola con Estados Unidos para enfrentar a Europa, pero siento que Estados Unidos no hace la liberalización agrícola, si Europa no la realiza. Ahí tengo un problema de estrategia de política internacional de América Latina y habrá que ver de qué manera se puede avanzar.  

Además, hay problemas internos relevantes. Cuando uno está planteando nuevos modelos económicos, no hay grandes transformaciones de la propiedad como planteábamos en el pasado. A su vez, hay un proceso de transnacionalización presente. Tampoco hay un enfrentamiento de clases por el cual una derrotaba a la otra y la hacía desaparecer. Hoy permanentemente hablamos de acuerdos, de concertación, de diálogo, que son elementos básicos de la propia democracia. En última instancia, lo que nos ha pasado es que luego de las dictaduras todos queremos reivindicar y mantener los principios democráticos, pero para que haya democracia el diálogo, la negociación, los acuerdos y la concertación son elementos indispensables. Para eso los partidos se tienen que revitalizar. Ojalá podamos avanzar en este plano para decir que mañana en América Latina -estoy dando una visión global, que no es más que una reflexión para poner sobre la mesa- esas diferencias raciales y étnicas que hay en nuestro continente, así como de género, se puedan resolver. Tal vez, estas diferencias de clase se podrán resolver por la vía de mejoras en la distribución del ingreso y la riqueza y de pronto ahí el papel del Estado vuelva a ser importante. Quiero reiterar que en última instancia la democracia, además de los principios que mencioné, es fundamentalmente el respeto y la tolerancia al otro, así como la convivencia pacífica de culturas e intereses distintos.  

Ojalá los uruguayos, que tenemos la suerte de contar con una impresionante cultura democrática, podamos pasar, en los planos más rápidos, de la democracia política que hoy tenemos a la democracia económica y social.

Muchas gracias.  

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