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El silencio
de Morosoli
por
Carlos Julio Pereyra
Con motivo de
votarse en el Senado de la República el nombre de Juan José
Morosoli para la escuela No 72 de la ciudad de Fray Bentos, el
profesor y senador del Movimiento nacional de Rocha,
Carlos Julio Pereyra, realizó una semblanza del escritor
uruguayo. Lo que sigue son sus palabras completas.
Senador Carlos Julio
Pereyra.
Señor Presidente: la Comisión de Educación y Cultura, en su
sesión realizada en el día de ayer, resolvió aconsejar al
Senado la aprobación de este proyecto de ley que nace en el
Poder Ejecutivo a raíz de una propuesta efectuada por la Comisión
de Fomento, docentes y personal de la escuela pública para la
que se solicita autorización para designar con el nombre de
Juan José Morosoli, que es la Nº 72 de la ciudad de Fray
Bentos.
De
esta manera se trata de rendir homenaje a un genial escritor
compatriota, singular por su estilo, por el contenido de sus
obras, por su narrativa, no de paisajes ni de hechos, sino de
almas, de personajes, fundamentalmente, los habitantes de
nuestras chacras de los alrededores de las ciudades del interior
y de nuestro medio netamente campesino.
Morosoli
nace el 19 de enero de 1899 en la ciudad de Minas. Su padre, de
origen suizo, se había radicado en esta ciudad. Por razones de
oficio o de necesidad se dedicó a las tareas de albañilería,
recorriendo la campaña, reformando edificios y construyendo
casas. Luego de que naciera su hijo, éste lo acompañó en esas
giras y, seguramente, fue ahí donde su alma comenzó a
impresionarse con la inmensidad del paisaje y con el carácter
de su gente. Se identificó con el sentido de nuestra tierra y
con el alma de sus pobladores.
En
la ciudad inicia su actividad como cualquier muchacho de los
pueblos del interior, trabajando como mensajero o siendo
empleado de comercio, o sea, en distintas actividades de las que
sacaba tiempo para la lectura. Fue un lector apasionado y así
se va formando su personalidad. Fue un auténtico autodidacta.
Luego de la escuela se forma en la lectura y en el estudio
profundo de los personajes que frecuentan los comercios que él
mismo instaló en la ciudad de Minas; me refiero a una barraca y
al muy singular Café Suizo, que era un lugar de reunión de
intelectuales, de escritores, de políticos, de poetas, que
llenaban sus horas en las largas conversaciones en estas peñas.
Por allí estuvo Guillermo Cuadri, entre otros poetas muy
conocidos en el departamento de Lavalleja y en el Uruguay.
Morosoli
inicia su actividad literaria con obras de teatro, que se
estrenan en la propia ciudad de Minas por conjuntos locales o en
las célebres giras que hacía el legendario Carlos Brussa por
todo el país. El Uruguay de principios de siglo, como es
conocido, tenía precarios medios de comunicación entre
Montevideo y las ciudades del interior.
Por
estos motivos es que nacieron estos teatros del interior, que
todos conocemos y que hoy han dejado de cumplir la tarea para la
que fueron creados; han pasado a ser propiedad municipal y
algunos desempeñan el rol de Casas de la Cultura, mientras que
en otros se realizan distintas actividades. El suceso cultural más
importante de aquella época que más atraía a la gente, era la
presencia circunstancial y esporádica de estas compañías,
como la de Carlos Brussa. Por esto, tal vez en sus orígenes
Morosoli se entusiasma escribiendo algunas obras de teatro que
Brussa representa en el interior. Sin embargo, el corazón de su
obra literaria está en sus narraciones y en los cuentos que
publica en "El Terruño", periódico de la ciudad de
Minas. Luego vienen sus libros: "Hombres", en 1932,
premiado por el Ministerio de Instrucción Pública y Previsión
Social; en 1936, "Los albañiles de Los Tapes"; en
1944, "Hombres y Mujeres"; en 1953,
"Vivientes", expresión que es, quizá, una forma de
reunir en una palabra el sentido de la vida de la gente que
describe en sus obras. Se trata de vivientes o sobrevivientes en
un mundo que los ha dejado desposeídos de bienes materiales y
también culturales.
En
1959, entrega a una imprenta una obra muy difundida, que no verá
editada porque fallece poco tiempo después; me refiero a
"Tierra y Tiempo". En 1962, se edita un conjunto de
cuentos seleccionados por la editorial Banda Oriental, con el título
"El viaje hacia el mar", nombre que lleva uno de sus
cuentos. Sin duda, se puede decir que existe una narrativa de
Morosoli, pero se trata de una narrativa de las complejidades
del alma humana. Tal vez por esto, nada menos que Mario
Benedetti lo definió como un cronista de las almas. Sus
personajes son singulares y sin embargo, al mismo tiempo que
leemos sus obras, podemos casi encontrarlos recorriendo nuestra
memoria: el siete oficios del campo uruguayo, el alambrador, el
peón rural, el domador, el viejo ya retirado al modesto rancho
donde apenas puede comer algunos días, con la pensión a la
vejez que recibe. Se trata de hombres inmersos en el silencio de
una soledad que les es hostil, pero que aceptan con resignación.
El criollo que nos muestra Morosoli no es el gaucho conocido de
nuestras rebeldías de la época de la emancipación y de
nuestras revoluciones; no se trata del gaucho levantisco,
altanero y peleador, sino que es lo que queda de aquel hombre:
un humilde trabajador, un hombre inmerso en la soledad del
tiempo, del abandono a que lo somete la sociedad, a lo que
debemos sumar la pérdida de su familia o, simplemente, la
soledad que buscó para vivir, como decía Serafín J. García,
tratando de "vivir para adentro".
En
esta narrativa tan especial de Morosoli, hay presencias
permanentes, no sólo del hombre y de su alma, sino de la tierra
que lo rodea, de la soledad, tan bien descripta en algunos de
sus cuentos, y de la muerte, que también está casi siempre
presente en ellos.
Hay
algunas cartas que Morosoli escribe, que han tenido publicidad y
que refieren a su manera de encarar la tarea literaria. Entre
otras cosas, dice que "con amor y amistad, se puede
comprender a los hombres y que allí, en los bordes de su
pueblo, estaba la veta, así como en las chacras que no tienen
su cronista y en las canteras de las que está roto todo el
paisaje de Minas". Asimismo, expresa que tal vez él sea un
poco parecido a sus hombres y por eso los saca como son.
En
cuanto a sus ambiciones -y esto quizás sea algo que, al
colocarse el nombre de Morosoli a la escuela de Fray Bentos,
debe grabarse en el alma de los niños- Morosoli dice que aspira
a merecer "el calificativo de Hombre, palabra que escribe
con mayúscula, para luego ser sincero y bueno".
Esta soledad de
que hablábamos, en la que aparece el hombre que describe
Morosoli, que tal vez viva con alguna compañera o algún amigo
que de vez en cuando llega a su pobre rancho, está magníficamente
pintada en un cuento que él denomina justo con ese nombre:
"Soledad". Trata de un viejo paisano a quien no le
queda más que su pobre rancho y un caballo flaco que apenas
puede caminar. Tiene como tarea principal ir todos los días a
una laguna para traer pasto tierno para su caballo, único
capital que le queda. Es pensionista, pero lo que percibe no le
alcanza para comer todos los días.
Llega el hambre,
y aparece en ese momento lo que era frecuente en nuestra campaña:
el circo que compra animales para dar de comer a las fieras. El
hombre, de inmediato piensa que "criar bichos para dárselos
de comer a otros es horrible"; sin embargo, tiene presente
que el hambre lo está aguijoneando y su pensamiento se detiene
en su último capital, que es su caballo. Es horroroso el
conflicto que se produce en el alma del paisano: para comer, va
a tener que entregar su caballo a las fieras. Envuelto en la
duda, la necesidad y la pena, va al circo, lo recorre, pregunta
cuánto pagarían por un caballo y quiere saber cómo lo van a
matar. Vuelve a su casa y, en la tardecita, despaciosamente, él
y su caballo flaco y endeble, caminan hacia el circo, de donde
se retira con los ocho pesos que recibe como pago.
Toma
unas cañas en un boliche -dice Morosoli- compra la yerba para
el mate y va a comer, con el dinero que recibió luego de
entregar al compañero. Y cuando se queda envuelto en la soledad
de la noche, viendo a lo lejos las luces del circo, el cuento
termina con esta expresión: "Entonces se puso a
llorar". Lloraba su soledad, su pobreza, el drama que
acababa de vivir sacrificando a su compañero para poder comer.
Sobre
el silencio del que tanto habla Morosoli, describe a otro
escritor: "Usted y yo sabemos bien lo que significa el
silencio como disolvente y fundidor de amistades y sabemos que
podemos estar callados o hablando bien colmados de esa
indefinible y bella cosa que es una forma de confraternidad añorando
el amor".
Respecto
al contenido de sus obras, en una conferencia dice:
"Ustedes deben saber que narrar los grandes sucesos es más
fácil que entrar en esas vidas para verlas en su grandeza
elemental, que es decir su grandeza virginal, donde no entra
nada que ya no esté dentro del hombre, y entonces sigo mirando,
deteniéndome, contando cosas que los tiempos cambian, vidas que
a mí me quedan para ayudarme a sentir mi propia vida como una
compañía dulce, como la compañía de un árbol, de un caballo
o de una nube."
Los
personajes de Morosoli no se quejan de su destino, de su
pobreza, del drama de sus vidas; lo soportan con resignación,
con estoicismo. No protestan, son pintados por el escritor en su
propio drama, sobre una tierra que generalmente no es suya y
también como un mensaje hacia el porvenir, quizás para que el
sufrimiento de esa gente sea un acicate en las generaciones
hacia el futuro para lograr la redención del hombre y el
imperio de la justicia.
Por
estas y muchas razones que sería largo enumerar sobre la valía
intelectual de Juan José Morosoli, creemos que es razonable, lógico
y justo que se le rinda homenaje en un centro de enseñanza
donde se van a formar las generaciones del Uruguay.LA
ONDA®
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