|
Reflexiones
insomnes de cine: del barrio al universo
por
Oribe Irigoyen
Pinta bien tu
aldea para comunicarte con todo el mundo. Anciana sensatez
estética tiene este dicho. Que viene a cuento con frondosa
barba de actualidad.
Ocurrió en el
reciente festival anual de cine internacional de Cinemateca
Uruguaya. As¡ como el largometraje de ficción uruguayo En la
puta vida de Beatriz Flores Silva inauguro con gran éxito la
muestra, otro largo de ficción nacional, 25 Watts de Juan Pablo
Rebella y Pablo Stoll la cerro con éxito similar, inusitada
afluencia de público a esos pre-estrenos por invitación y
ovaciones al termino de la exhibición.
Además de los
plácemes y aplausos que esos hechos provocan, existen elementos
que llaman a la reflexión. En particular, para el caso de 25
Watts.
Rodado en blanco
y negro, describe con humor, frescura y autenticidad la jornada
dominguera de tedio y vagabundeo de tres jóvenes de un barrio
montevideano - sagaz elección del barrio Larrañaga cercano a
canal 5, como escenario-síntesis de toda una ciudad -. Un filme
menor, si se quiere, sin ambiciones, salvo la de hacer cine en
país difícil para eso, donde no pasa nada y ocurre mucho. Esa
es la reflexión que motiva.
Porque sus
realizadores juran y perjuran que no pretendieron describir a la
juventud uruguaya o montevideana, sino a tres individuos
jóvenes, ellos mismos. Sin embargo, las expectativas, afluencia
y ovaciones del público juvenil, antes y después de ver un
film todavía no estrenado, dicen lo contrario. Claro, el boca a
boca funciona, pero hay algo m s. De modo evidente, la juventud
montevideana ya ha convertido a 25 Watts en un filme "de
culto", se siente representada por ‚l. Hay m s. La
película fue premiada en el Festival de Rotterdam, allá lejos
en Holanda y también cerca en el Festival de Cine Independiente
de Buenos Aires, con elogios generalizados de la crítica.
¿Entonces ?...
Entonces, s¡, el
talento y la autenticidad de sus autores. Pero también otras
cosas que el propio cine en sí mismo aporta a ese talento y
autenticidad.
Aunque el cine
"no reproduce" la vida, sin embargo, los elementos a
partir de los cuales el film fabrica los signos sobre los cuales
establece su discurso son tomados de lo real. Para filmar una
silla de paja o un div n estilo Napoleón debe dirigir la
cámara hacia una silla de paja o diván reales y concretos.
Esos objetos por el material en que están hechos, forma o
diseñoo, uso que se les da, costo, etc, constituyen una
realidad socializada ( la incidencia del hombre en ellos ) y de
un modo si se quiere sutil, como tal realidad socializada,
están investidos de un contenido ideológico socializado que el
film integra de una manera u otra, asumiéndolo o
contradiciéndolo.
Existe otro
elemento adicional, de carácter cultural y referido al
público, una suerte de horizonte ideológico sobre el cual
opera el filme. De tal modo, que el sentido y contenido de una
película no son dados de una vez para siempre, una vez
terminada su fabricación y exhibida. Ese sentido y ese
contenido dependen también de la capacidad del público para
recibirlos y para "leer" su discurso, de igual modo
que dependen de la manera concreta en que los recibe y
"lee": el gran tema de la configuración ideológica,
cultural, de los espectadores que son confrontados con el filme,
ellos también determinados por la historia y la ideolog¡a. De
modo tal, que no existe el público "en s¡", sino los
públicos, diversos y en evolución.
El cine
transforma en signos específicos de su lenguaje las
significaciones que "extrae" de aquella realidad
socializada, hace de todo objeto un signo y de todo elemento de
lo real un elemento de lenguaje. De ese modo, reduce la opacidad
de lo real y hace de esa realidad un instrumento de
comunicación entre los hombres. En una palabra, y de cierta
manera, el cine enseña al hombre a "hablar" con la
realidad misma, es decir, a comprenderla mejor.
Al fabricar sus
signos a partir de representaciones de la misma realidad
socializada ya mencionada, el mayor poder de expresión y
comunicación proviene, precisamente, de la socialización de
esas representaciones operadas a través de la imagen y, en
consecuencia, del fondo cultural a partir del cual toma sus
signos y hacia el cual los dirige.
La universalidad
de un filme, por consiguiente del propio cine, no surge de la
fuerza de la imagen, de su "magia" sustitutiva de la
realidad, sino de su capacidad de apelar a signos y mitos
culturales universales.
Eso ocurre, es
posible, con 25 Watts y la temática de la juventud de hoy,
incluso más allá de fronteras. Partiendo del barrio Larrañaga
hacia el universo. Quizás.LA
ONDA®
DIGITAL
|