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Viraje del
Banco Mundial: evitar que los desprotegidos de los países
pobres paguen los platos rotos del ajuste
por Francesc
Granell
("La
crisis asiática y los modelos de subdesarrollo" es un
trabajo de Francesc Granell, Catedrático en la Universitat de
Barcelona y Director en la UE, de donde se toma este artículo).
Hace ya bastantes
años J. K. Galbraith clasificaba los países subdesarrollados
en tres grupos: los africanos, cuyo gran condicionamiento en
relación al subdesarrollo era el nivel educativo; los
asiáticos, cuyo mayor problema era la presión demográfica; y
los latinoamericanos, con fuertes desequilibrios sociales y
fuertes burocracias (1). Eran épocas en que se salía de la
"Nueva Frontera" de Kennedy y en que solamente algunos
como René Dumont en su l'Afrique est mal partie empezaban a
mostrar un claro pesimismo respecto a la suerte que aguardaba a
los países que justo estaban finalizando su proceso de
descolonización.
Los autores
marxistas y radicales se esforzaban en demostrar que el sistema
internacional jugaba en contra de los nuevos miembros de la
Sociedad Internacional y que los países-centro siempre serían
centro, mientras que los países-periferia siempre seguirían
siendo periferia. Entonces nadie pensaba en que en muchos
países-centro hay grupos sociales periféricos que viven
bastante peor que ciertos grupos sociales centro en los países
periferia. Este es un tema del que me ocupé ya, a principios de
los setenta (2), pero que no recibió atención en un mundo de
actores internacionales estatales y de lucha por el Nuevo Orden
Económico Internacional.
Tal tipología
estatalista y tal enfoque estuvo en la base de los
enfrentamientos que caracterizaron los años sesenta y que
dieron pie, por su parte, a que a su vertebración, tras la I
Conferencia de Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo
(UNCTAD) en 1964, consolidara un sistema de grupos que ha durado
hasta que la caída del Muro de Berlín lo ha hecho inoperante:
Grupo A (países afroasiáticos), Grupo B (Países de la
Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico
[OCDE]), Grupo C (Latinoamérica) y Grupo D (Países
socialistas).
La Sociedad
Internacional de hoy rehuye el enfrentamiento entre los grupos
de países prefiriendo articular un diálogo positivo entre
ricos y pobres (3). De todas maneras, el tema de la lucha contra
la pobreza de las poblaciones ha empezado a ganar terreno, hace
relativamente poco tiempo, entre el pensamiento desarrollista
más ortodoxo. Volviendo al enfoque estatalista no voy ahora,
aquí, a repasar las teorías del Imperialismo de Sweezy o
Magdoff -ni las aportaciones realizadas por los autores más
representativos de la escuela del Comercio Desigual: A. Emmanuel
y S. Amin-, ni siquiera las teorías de autores más ortodoxos
como Singer o Prebisch preocupados por la desigual distribución
de beneficios entre países inversores y de inversión y por el
deterioro de la relación real de intercambio en contra de los
países pobres exportadores de materias primas cuya validez -a
la luz de la cuestión del precio del petróleo y de muchas
variaciones en los mercados mundiales- sigue siendo discutida
(4).
Sin profundizar
sobre estas cuestiones sigue siendo innegable que la Sociedad
Internacional presenta unas desigualdades incongruentes con la
evolución que la tecnología ha experimentado y que debería
permitir la corrección de muchas de tales flagrantes
desigualdades. Hoy, por ejemplo, sigue habiendo hambre en el
mundo pero el hambre no se debe a que globalmente falten
alimentos, pues la Revolución Verde ha hecho que esto no sea
así, sino a que en el mundo hay muchos pobres que no pueden
acceder a los alimentos disponibles para quienes disponen de los
necesarios niveles de renta.
Además, y por
primera vez, el propio pensamiento de los países del Sur deja
entrever que siendo cierto que las antiguas potencias coloniales
tienen su parte de culpa en todo esto, no es tampoco menos
cierto que las nuevas generaciones de gobernantes de los países
en desarrollo -como dice un líder tan carismático del Sur como
Julius Nyerere (5)- no están en muchos casos a la altura de las
circunstancias para conseguir el cambio cualitativo hacia el
desarrollo que sus pueblos esperan. Los problemas de corrupción
-recientemente abordados por la OCDE- también existen,
desgraciadamente, en el Sur.
La respuesta de
la Sociedad Internacional a toda esta desigualdad ha pasado por
etapas bien diferenciadas: la de la indiferencia, la de la ayuda
puntual financiera y técnica y luego comercial y, más
recientemente, la ayuda global estructural para que los países
pobres se integren eficazmente en la división internacional de
trabajo característica de nuestro actual mundo globalizado.
Sólo muy recientemente la lucha contra la pobreza, centrada en
el hombre, ha empezado a jugar cara a la respuesta de la
Sociedad Internacional a los problemas del subdesarrollo.
La ayuda
tradicional Una vez existió el suficiente número de
países independientes como para que la Sociedad Internacional
tuviera que abandonar la indiferencia con la que se había visto
al mundo en desarrollo, se entró en la fase que podríamos
llamar de ayuda tradicional, con medidas de carácter financiero
y técnico y después, a principios de los años setenta, con
medidas de carácter comercial para facilitar el acceso de las
exportaciones de los países pobres a los mercados de los
países ricos. En esta etapa de los años setenta se recoge el
parco legado que suponía la existencia del Banco Mundial
-creado, con el Fondo Monetario Internacional (FMI), en Bretton
Woods, más para ayudar a la Reconstrucción de algunos países
ricos que para impulsar el desarrollo de los pobres- y algunos
mecanismos embrionarios de ayuda establecidos por las Naciones
Unidas.
En esta primera
etapa los países ricos, ya fuera a través del Sistema de
Naciones Unidas y sus "Decenios para el Desarrollo",
ya fuera a través de otros organismos internacionales o a
través de su ayuda bilateral, fueron iniciando sus programas de
asistencia ténica y realizando proyectos de desarrollo en los
países pobres: entrega de suministros, realización de ciertas
obras públicas, etc. Ahora, 40 años después, hay ya una larga
tradición de análisis de la ayuda y de evaluación de su
efectividad.
A finales de los
años sesenta (6) empezaron a realizarse ya algunos análisis
sobre la eficacia de la ayuda y el propio conjunto de países
donantes ha sistematizado tal evaluación a través del Comité
de Ayuda al Desarrollo (CAD) de la OCDE con su valoración
oficial anual (7). No contentas con tal valoración oficial un
conjunto de Organizaciones No Gubernamentales (ONG) prestigiosas
de varios países desarrollados ha empezado a hacer un ejercicio
paralelo de valoración de la ayuda internacional al desarrollo
(8). La propia Comisión Europea ha hecho, recientemente, la
evaluación de sus líneas de ayuda a través del Fondo Europeo
de Desarrollo (FED), el Presupuesto Comunitario y el Banco
Europeo de Inversiones (BEI) (9). Otros organismos
internacionales de ayuda hacen también sus valoraciones
periódicas.
El propio Sistema
de las Naciones Unidas se ve obligado a cavilar sobre lo que
hace y lo que debe hacer, a la luz de las obligaciones que las
Conferencias Mundiales que ha organizado últimamente -desde la
Cumbre de la Infancia de 1980 hasta la Cumbre Mundial de la
Alimentación de 1996 (10)- le han creado, y teniendo en cuenta
que no ha llegado todavía a conseguir la vertebración ideal
solicitada por la Comisión creada al respecto (11), a pesar de
los esfuerzos desplegados desde la Secretaría General (12).
Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional han hecho,
también, su propio examen de conciencia al respecto (13).
El concepto de
cooperación al desarrollo cubre, obviamente, no solamente la
ayuda financiera y técnica, sino las preferencias comerciales
y, en la concepción amplia propugnada por el CAD de la OCDE
para disfrazar el estancamiento -véase disminución- de la
corriente de Ayuda Pública al Desarrollo, los flujos de
inversiones privadas, así como los arreglos tendentes a
disminuir el problema de la deuda externa de los países en
desarrollo más fuertemente endeudados.
Todo ello está
aportando ideas a la OCDE y a otros organismos sobre cómo debe
ser la ayuda al desarrollo del futuro (14). La Comisión Europea
se ha planteado el debate en unos términos muy amplios en
relación a todas las líneas de asistencia e interrelación que
determinan su asociación a los 71 países de África, Caribe y
Pacífico (ACP) a través del Convenio de Lomé, publicando
incluso un libro que sirviera de base al debate preciso para
orientar las negociaciones cara a una futura asociación en
línea con las exigencias de la creada en 1995,Organización
Mundial de Comercio (OMC), y de acuerdo con las realidades de
relación actual (15).
En el plano
estrictamente comercial hay ya 25 años de experiencia del
Sistema de Preferencias Generalizadas (SPG) desde que este se
pusiera en marcha en 1971 (16). La cuestión se plantea ahora de
forma diversa tras la creación de la Organización Mundial de
Comercio y la decisión de su Sesión Ministerial de Singapur de
convocar una Conferencia ad hoc para impulsar las exportaciones
de los países pobres realizando, al mismo tiempo, inventario de
lo que los organismos internacionales están haciendo a este
respecto basándose en el Plan de Acción aprobado (17) y en los
resultados de la Reunión de Alto Nivel celebrada en Ginebra en
octubre de 1997.
Los análisis de
impacto basados en conceptos de desarrollo humano tienen,
empero, mucha menos tradición. El Informe sobre el Desarrollo
Humano que publica anualmente el Programa de las Naciones Unidas
para el Desarrollo (PNUD) y en donde se recogen indicadores
referidos a la pobreza, analfabetismo y salud, y hasta
instrumentos jurídicos internacionales sobre Derechos Humanos,
tiene, para entendernos, muchos menos años de vida que el Atlas
que publica anualmente el Banco Mundial y en el que el indicador
de desarrollo es la renta per cápita que puede encubrir, como
se sabe y como ya Gini demostrara en su día, importantes
asimetrías entre personas y grupos sociales.
Ajuste del
sistema económico global Dado que el enfoque tradicional de
la ayuda solamente ha dado resultados limitados, la mayoría de
los donantes internacionales se ha ido pasando a un enfoque
dirigido a ayudar a los países pobres a que se ajusten al
sistema global y, así, conseguir su equilibrio macroeconómico.
En los primeros
decenios de independencia de los países pobres tal enfoque era
difícil o imposible de aplicar. Los países que accedían a la
independencia estaban imbuidos por la idea, que Schumpeter
formulara durante la Segunda Guerra Mundial (18), de que el
capitalismo se desmoronaría. La realidad es que el Capitalismo
no se ha desmoronado, sino que ha sido el Socialismo el que lo
ha hecho marcando lo que Fukuyama ha llamado el final de la
historia (19). Es cierto que el capitalismo actual poco tiene
que ver con el capitalismo previo a la convergencia de sistemas
tan bien analizada por Shonfield, pero lo que sí es cierto, es
que salvo Cuba y China ya ningún país del mundo funciona con
un sistema socialista.
En este contexto
de capitalismo triunfante los grandes donantes han cambiado su
recetario respecto a los países pobres. Ahora ya no se les
ayuda para que permanezcan fieles al sistema del donante, sino
que los países capitalistas pueden incidir claramente para
condicionar la ayuda a través de fórmulas que alineen al país
ayudado con sistemas liberales de mercado. Si el Informe del
Banco Mundial de 1996 podía incluso dedicar su parte especial a
la transformación de economías planificadas en otras de
mercado (20), el de 1997 entraba decididamente en la
"reducción del Estado", el apoyo a las empresas
privadas y las ONG como agentes de desarrollo, y a ensalzar de
manera decidida todos los mecanismos adoptados por los países
en cuanto a transparencia, desmantelamiento de la burocracia,
lucha contra la corrupción administrativa y política, avances
respecto a la desregulación, etc. (21).
Las ideas sobre
el ajuste estructural de los países en desarrollo han avanzado
mucho y se han entablado diálogos y dictado condicionalidades
para evitar que la mala gestión macroeconómica hiciera
imposible que estos países avanzaran. Es evidente que el
equilibrio macroeconómico es una precondición para el
posterior desarrollo (22). Por mucho que los resultados de la
inversión internacional sobre los países huésped dependan de
muchísimas cosas (23), con lo que se hace difícil preconizar
contra viento y marea que la poca Ayuda Pública al Desarrollo
puede compensarse con las inversiones extranjeras, es obvio que
solamente con un equilibrio macroeconómico adecuado pueden
tener lugar procesos de atracción de la inversión
internacional y de inversión doméstica capaces de activar el
proceso económico y social.
Pero no es menos
cierto que estos procesos de ajuste estructural o adecuación
sistémica han tenido y tienen sus costes sociales. Los
organismos internacionales han podido empezar a hacer balance de
los costes sociales que la presión para la disminución de los
gastos públicos aplicada en los planes de ajuste ha generado
(sobre todo por ahorros presupuestarios en sectores tales como
la sanidad y la enseñanza), y de las injusticias que en algunos
casos esto ha conllevado, llegando a la convicción de que hay
que evitar la pérdida de equidad que un ajuste a ultranza puede
suponer (24). El propio Banco Mundial parece haberse dado cuenta
de que hay que evitar que los desprotegidos de los países
pobres paguen los platos rotos del ajuste y se ha percatado de
que hay que ayudar a los Gobiernos a aliviar la pobreza (25).
La idea de alivio
de la pobreza, que de la mano del laborista Tony Blair se ha
convertido en la de eliminar la pobreza (26), es hoy una de las
ideas motor de la cooperación y la lucha por el desarrollo,
totalmente diferente de lo que ocurría hace unos años cuando
el desarrollo de los países se conceptuaba con carácter global
estatal, sin distinguir entre el impacto que las acciones de
desarrollo pudieran tener sobre los distintos sectores de la
sociedad del país ayudado.
El modelo
asiático de desarrollo Es en este contexto de lucha por el
ajuste estructural e inserción de los países subdesarrollados
en la división internacional de trabajo que la mayoría de los
estudiosos del desarrollo y los organismos internacionales
habían ensalzado las bondades del modelo asiático de
desarrollo. Es indudable que los ritmos de desarrollo de algunos
de tales países asiáticos fueron emblemáticos, pero no es
menos cierto que en la mayoría de los casos se olvidó que tal
desarrollo económico escondía muchas injusticias sociales.
Muchos de los países asiáticos exportaban desde luego mucho y
crecían también mucho, pero no brillaban por el número de
ratificaciones a los convenios internacionales sobre Derechos
Humanos, cuyo estado de ratificación recoge cada año el PNUD
en su Informe sobre el Desarrollo Humano.
Aunque no se
explicitara, sí ha habido denuncias sutiles sobre el hecho de
que el desarrollo rápido de alguno de los tigres asiáticos
estaba basado en un amplio dumping social derivado de unas
condiciones laborales penosas y unas condiciones de democracia y
respeto a los Derechos Humanos que, por otro lado, sí se exigen
a otros países en desarrollo y, por tanto, no se han exigido
con la misma contundencia a algunos de estos tigres asiáticos.
Es evidente que
todos los indicadores nos muestran que los países asiáticos
han crecido por encima de las medias mundiales en términos de
renta y exportaciones gracias, sobre todo, a su exportación a
Japón y al mercado norteamericano (27), pero el proceso de
desarrollo social ha ido muy por detrás.
El caso de Corea
del Sur resulta emblemático. Cuando Corea se convirtió en
miembro de la OCDE en reconocimiento a sus éxitos de
crecimiento de los últimos años, ya se ponía claramente de
manifiesto que el cambio de las reglas laborales y de las
condiciones de vida a que la población coreana aspiraba y que
se hacían necesarios con el acceso de Corea al organismo del
parisino Chateau de la Muette, pondría en dificultad al modelo
de crecimiento tal como había estado concebido (28).
Pese a ello, el
Banco Mundial aún seguía enfatizando, en su informe de
mediados de 1997, que los países de Asia del Este que de 1987 a
1996 habían estado creciendo casi un 10% anual, y que de 1997
al 2006 iban a crecer un 8%, y los países de Asia del Sur, que
en los respectivos períodos daban crecimientos de algo menos y
algo más del 6% (29), iban a seguir liderando el crecimiento
mundial con tasas marcadamente superiores a las europeas, las de
América Latina y el Caribe, las de África Subsahariana así
como las de Oriente Medio y África del Norte.
La crisis
monetaria y financiera de los últimos meses de 1997, y
principios de 1998, en que la especulación se ha cebado contra
la Rupia de Indonesia, el Won Coreano, el Bath thailandés, el
Ringitt malayo, el Peso filipino, el dólar de Singapur, y en
menor medida en el Yen japonés y la Rupia India, pone ahora en
tela de juicio si el modelo asiático de desarrollo era tan
sólido como muchos diagnósticos se obstinaban en enunciar.
Esta cuestión no
es solamente un divertimento ex post a la última situación de
crisis asiática, sino una meditación asociada a la frivolidad
con que a veces se ponen de moda determinados modelos. El
profesor Pigrau decía hace algún tiempo que, dada la
importancia que las decisiones del FMI y del Banco Mundial
tienen sobre el mundo y sobre la economía de todos y cada uno
de los países y sus respectivas poblaciones, bueno sería que
éstas se sometieran más y mejor al derecho internacional (30).
Las modas y el rigor respecto a las decisiones de política
económica a adoptar o a orientar son absolutamente necesarias
y, con independencia de que en el caso asiático jueguen
elementos de interdependencia de los que los países más
afectados por la crisis no son directamente responsables, sí es
cierto que se había creado una burbuja excesivamente optimista
respecto al estado de estos mercados emergentes.
Aquí no se pone
en duda que sea necesario aumentar la ventaja competitiva de los
países en desarrollo, para que estos puedan insertarse más y
mejor en el mercado mundial de acuerdo con los mecanismos que
regulan actualmente la división internacional del trabajo y que
en poco coinciden con lo que concebían los economistas
clásicos (31). De lo que es necesario hablar, tras la crisis
asiática, es de hasta qué punto los paradigmas fundados en
indicadores de desarrollo de carácter exclusivamente
macroeconómico pueden convertirse en guía de actuación de la
Sociedad Internacional.
Está claro que
las recetas restrictivísimas del FMI para dar apoyo a los
países asiáticos tratando de hacer recuperar la confianza en
los países afectados por la especulación no ha tenido al
principio, siquiera, la virtud de analizar las diferencias
estructurales que hay entre los tigres asiáticos afectados
(32). Por otra parte nadie ha hablado de obligar a los países
ayudados a suscribir ciertas convenciones internacionales de
Derechos Humanos que hasta ahora no han suscrito.
Con todo ello, el
problema que ahora se plantea no es el de si se ha perdido el
modelo asiático como paradigma de desarrollo creíble para
otros países en desarrollo sino el de saber hasta qué punto el
modelo de tales países era paradigmático a todos los efectos y
si, sobre todo, resulta posible encontrar algún otro paradigma
mejor en el que basar razonamientos y políticas.
Por otra parte, y
esto es aún mas grave, tendrá que analizarse en profundidad,
en relación a la crisis asiática, si las circunstancias
históricas de inestabilidad mundial a que han tenido
tradicionalmente que hacer frente los países en desarrollo en
relación, sobre todo, a la volatilidad de los precios de sus
principales materias primas de exportación, no se ven ahora
incrementadas por el Casino Global en el que la globalización
incontrolada (33) ha sumido a las balanzas de pagos, la
economía y las sociedad de la totalidad de los países del
mundo.
Si ya las crisis
del petróleo, las crisis de la deuda y la desaparición del
Segundo Mundo han cambiado muchas cosas en la economía mundial,
y si la moneda única europea va a cambiar en breve muchas
otras, la crisis asiática debe hacernos reflexionar sobre la
relatividad de muchos paradigmas.
En nuestra Aldea
Global los viejos modelos globales en que incluso cada organismo
internacional tenía un papel perfectamente asignado dentro del
funcionalismo mundial (34) deben revisarse continuamente, y lo
mismo debe decirse respecto a las apuestas de futuro que la
lucha contra el subdesarrollo debe plantear al creciente número
de actores con capacidad de influencia sobre las relaciones
internacionales y sobre los lobbies nacionales con capacidad de
proyección transnacional.
Un enfoque
humano En 1998 la Sociedad Internacional celebró el 50
aniversario de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los
Derechos Humanos y ahora más que nunca la lucha contra el
subdesarrollo debe asentarse en conseguir que todas las
poblaciones accedan a los elementos que aseguren su
supervivencia y seguridad física (derecho a la vida,
alimentación, vivienda, prohibición de torturas, formas de
esclavitud, etc.), su dignidad humana y espiritual (democracia,
educación, libertades, igualdad de sexos, religiones,
condiciones de trabajo dignas, etc.).
Los últimos
años de Cumbres y Conferencias convocadas por Naciones Unidas
han hecho aumentar la sensibilización sobre muchas de las
interdependencias negativas que la cooperación al desarrollo
debe ayudar a hacer vencer, aunque no hayan motivado,
desgraciadamente, que los Parlamentos nacionales de los países
ricos -acuciados por los problemas sociales internos- hagan las
concesiones necesarias para que el mundo en que vivimos se
convierta en más solidario.
A partir de aquí
no se trata tanto, pues, de confiarse a modelos mágicos que
puedan transportar a un país subdesarrollado a los deseados
niveles de desarrollo, sino de saber muy bien cuál es, en cada
caso, el modelo de desarrollo que puede hacer que las
poblaciones de un país se acerquen más y mejor a los Derechos
Humanos y sociales hoy comunmente aceptados.
Como la
experiencia de los marginados y los desempleados de larga
duración en los países desarrollados pone muy bien de
manifiesto, la empresa que ya es de por sí difícil en el Norte
no puede ser, ni mucho menos, fácil en el Sur. LA
ONDA®
DIGITAL
Notas
| 1. Galbraith,
J.K. (1968) "Three models of Developing Countries",
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F. (1973) Las empresas multinacionales y el desarrollo,
Barcelona: Editorial Ariel. |
| 3. Granell,
F. (1996) "La Novena Sesión de la UNCTAD",
Boletín Información Comercial Española, 2505.
Junio. |
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C. (1993) "El Comercio Internacional: beneficioso o
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Entrevista concedida al diario EL PAIS, 10 marzo
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Barcelona. |
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