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25 Watts y lo otro

por Leandro Prigioni

Antes que el barrio Larrañaga figurara en la crónica roja de los medios de comunicación, estuvo en las páginas culturales. Antes que para muchos uruguayos, e incluso montevideanos, fuera una zona asolada por la delincuencia, sus viejitas madrugadoras en camisón fueron celebradas por holandeses y cinéfilos de diferentes partes del mundo. Antes que protagonizaran hechos delictivos, en el barrio Larrañaga los jóvenes jugaban al rin-raje, comían alfajores y tomaban alguna cerveza en el muro de la esquina.

Antes que el asesinato de Juan Miguel Matulevisius otorgara triste celebridad a ese barrio montevideano, fue cinematográficamente célebre en el formato celuloide de la película uruguaya 25 Watts. No pasaron siglos, ni décadas, ni años, ni meses. Apenas, si se quiere, algunos días. Aunque más bien ambas realidades convivieron y conviven simultáneamente en diferentes planos de este complejo Uruguay.

Desde sus más tempranas épocas el cine uruguayo se ha inspirado en hechos trágicos y turbios, de carácter más o menos verdadero. Así lo testimonian películas como El héroe del Arroyo de Oro, Mataron a Venancio Flores, o las más recientes Vida rápida, Pepita la pistolera, Su música suena todavía, El viñedo, En la puta vida o Maldita Cocaína.

25 Watts no surgió de las crónicas policiales o judiciales. Se basa en cómo viven veinticuatro horas de su vida tres pibes del barrio Larrañaga. El Leche (Daniel Hendler), Javi (Jorge Temponi) y Seba (Alfonso Trort) apenas pasan los veinte años, además de tomar cerveza y caminar por las calles solucionando los grandes problemas de sus vidas (un examen de italiano pendiente, una novia que prefiere terminar la relación, un trabajo rutinario al volante de un autoparlante, etc.), se deben enfrentar a lo tedioso que puede llegar a ser un fin de semana de verano en Montevideo.

Una historia, donde no hay historia de acuerdo a los cánones hollywoodenses, sólo una mirada humorística, medio absurda y medio tierna, basada en la gran credibilidad de sus personajes, que intenta reflejar al menos una de las perspectivas del universo de barrio.

Pablo Stoll y Juan Pablo Rebella, directores y guionistas de 25 Watts, rescataron de un viejo archivo de computadora un guión realizado en la no tan lejana etapa universitaria. Y luego se sumó Fernando Epstein, otro compañero de aulas, que sería a la postre el productor ejecutivo y editor de 25 Watts. Acción.

En principio la ambición del proyecto se limitaba a la filmación, la edición en un cassette VHS o Betacam, la inclusión como experiencia previa en el currículum de todos los participantes, y como máximo la proyección en alguna sala de cine. El desafío era el de casi siempre, cómo financiar un proyecto de estas características.

En junio de 1998 el guión fue presentado en el FONA (Fondo para el fomento y desarrollo de la producción audiovisual nacional), obtuvo una mención pero ningún premio de carácter económico. Luego ganó el segundo lugar en el concurso organizado por el Instituto Nacional Audiovisual, U$S 750 de los U$S 150.000 necesarios. En diciembre del año '98, el guión de 25 Watts concursó en el Fondo Capital de la Intendencia Municipal de Montevideo que reparte doscientos mil dólares entre varios proyectos culturales y logró el primer premio general, U$S 15.000.

Conscientes de que tal vez nunca más iban a tener una oportunidad como ésa de filmar en cine, Stoll, Rebella y Epstein, tomaron la decisión: 25 Watts iba a ser filmada en 16 milímetros, y en blanco y negro.

Primero se trabajó con anticipación en la preproducción, encontrar locaciones donde filmar, castings, ensayos. Había que aprovechar el tiempo de la mejor forma para abaratar costos. En febrero del 2000 se llevó a cabo el rodaje.

Mientras comenzaba el proceso de edición de la película, Stoll, Rebella y Epstein salieron a buscar el apoyo necesario para poder realizar el pasaje a 35 milímetros (formato más común de exhibición de cine). "La Fundación Bank Boston nos apoyó con una cantidad de dinero que pagaba la primera parte. Al mismo tiempo presentamos la película al 30° Festival Internacional de Cine de Rotterdam, y por otro lado también a la Hubert Bals Fund, fundación holandesa de Rotterdam que financia proyectos del tercer mundo. 25 Watts fue aceptada en el festival, pero nosotros no teníamos ni copia ni dinero para hacerla", comentó Epstein.

La Hubert Bals Fund les otorgó una suma equivalente a la mitad de lo que necesitaban. Pero todavía les faltaban 20 mil dólares. "Resolvimos que valía la pena intentarlo porque por lo menos nos íbamos a sacar las ganas de terminar todo el proceso. La fecha de presentación de la película era el 29 de enero de 2001, la copia tenía que llegar por lo menos un día antes. Estábamos en competencia. Pablo (Stoll) y Juan (Rebella) estaban invitados al festival con pasajes y todo. Pero la copia no estaba pronta. Luego de ir a buscar la copia a Buenos Aires, con subtitulado y todo, llegué a Holanda el 27. La película se exhibía para la crítica el 28. La primera vez que la vimos juntos fue el día 29, cuando se proyectó dentro del festival en una sala enorme con una pantalla gigante -acá no hay ninguna de ese tamaño-".

Aunque sus propios creadores dudaban de la repercusión que la película podía llegar a tener en el extranjero por el 'localismo' de sus situaciones y personajes, el público holandés disfrutó el humor de 25 Watts. Tanto es así que primero recibió el Moviezone Award (galardón otrogrado por un jurado de jóvenes críticos), y luego el Tiger Award, máximo premio del festival de Rotterdam que también lograron una película japonesa y una alemana. Entre lo que les dejó Rotterdam, además de la alegría y el reconocimiento a su trabajo, se cuenta una suma de dinero que sirvió para empezar a saldar deudas.

La vuelta al Uruguay significaba también el regreso a la realidad. Había que preparar el estreno de la película en el Festival de Montevideo (se llevó a cabo ante un lleno total que obligó a sumar otra función), y paralelamente empezaron a surgir invitaciones para otros festivales: Buenos Aires, Mar del Plata, Valencia, República Checa, Australia, etc..

Poco después de Rotterdam, 25 Watts intervino en el Tercer Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires El premio de la crítica internacional (FIPRESCI) y el premio a mejor actuación masculina para Daniel Hendler, Alfonso Tort y Jorge Temponi, obtenidos, sentó las bases para un auspicioso próximo estreno en Buenos Aires.

Los tres compañeros de facultad que se habían aventurado a hacer cine con la sola ambición de filmar una película, se habían convertido poco a poco en empresarios de la pequeña industria cinematográfica uruguaya. Ellos mismos se encargaron de la distribución del filme en Uruguay; nuevas negociaciones, avants premiere, programación de giras, nuevo reparto de tareas, otros gajes del oficio. En tanto que un grupo de franceses se vinculó con ellos para representar comercialmente a 25 Watts en un mercado de películas paralelo al Festival de Cannes y en otras plazas internacionales.

A pesar del merecido éxito que disfrutan y de los nuevos roles asumidos, Stoll, Rebella y Epstein, continúan siendo tres pibes, un poco mayores que los protagonistas de 25 Watts. Todavía atienden el teléfono aunque vayan caminando por la calle y corran el peligro de pisar mierda. No importa del medio de comunicación que los consulte, incluso si no lo hay, comparten su experiencia como si estuvieran sentados en algún muro de barrio. Corten.

Tras la función, en la sala contigua se exhibía En la Puta Vida, de Beatriz Flores Silva, y grandes letreros anunciaban el próximo estreno de Maldita Cocaína, de Pablo Rodríguez.

Minutos después, el apacible barrio Larrañaga que llenaba de orgullo patrio a los espectadores al hacer posible la existencia de un cine uruguayo en los colores blanco y negro de 25 Watts, les mostraban la violenta realidad uruguaya en el resumen noticioso del día. Y no es que sea culpa de los informativos radiales, escritos o televisivos.

De acuerdo a los testigos y a los partes policiales, pasado el mediodía del jueves 14 de junio, un joven delincuente ingresó al autoservicio de Dulcinea y Pedro Vidal efectuando un disparo. Luego hubo forcejeos, más disparos, y como saldo la muerte de Matulevisius, un trabajador de 34 años. Después el dolor. El desesperado e impotente testimonio de los vecinos. Más adelante el accionar policial, que aunque rápido llegó tarde, la captura del asesino y su cómplice. El descubrimiento de una red de delincuencia y una violenta reconstrucción de los hechos que casi termina en linchamiento.

Las locaciones simplemente no parecían coincidir. Como en La rosa púrpura del Cairo, de Woody Allen, la sala de cine era un lugar más seguro y la ficción un espacio menos vulnerable. LA ONDA® DIGITAL

 

 

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