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El
Defensor del Pueblo y los derechos humanos
por Tte. Cnel.
AV. R. Fernando Cardozo
Hablar del
Defensor del Pueblo es, sin lugar a dudas , referirse a Los
Derechos Humanos , al ejercicio pleno de la Democracia , y dsde
nuestro modesto punto de vista , es hablar de un instrumento
plenamente válido para establecer las condiciones de existencia
tangible de la justicia social. El auténtico progreso de una
nación se mide por la equidad en la distribución del
bienestar,por la igualdad de oportunidades y la calidad de vida
para todos, lo cual es fruto de una mentalidad y práctica
solidarias que llevan a preocuparse de todos, muy especialmente
por los más pobres y marginados.
En los países
latinoamericanos, la cultura predominante está marcada por el
progresivo individualismo, el consumismo, la hegemonía de los
principios del mercado, el débil compromiso con lo público,
una cierta mentalidad política que prescinde del horizonte ético
de los valores, el afán por el poder, la codicia por obtener
bienes materiales en forma indebida a cualquier costo, todo lo
cual es fuente de corrupción. Esta se encuentra asociada con la
obtención de beneficios, mediante la utilización de la
influencia otorgada por cargos públicos que a su vez genera con
el tráfico de influencias y la radicación de la ineficiencia
administrativa de la cosa pública, por la "amigocracia ,
dedocracia , familiocracia o nepotismo "{o como quiera
denominarse a ese mal con el que debemos convivir los
uruguayos}en la designación de funcionarios en todos los
niveles, o por la fortuna privada, que genera posibilidades de
nombramientos de personas no idóneas {acomodos} en cargos de
alto nivel , y todos sabemos que pesos no son neuronas.
La corrupción
tiene un costo sobre la vida de la gente porque ésta arroja una
fuerte sospecha sobre la eficiencia de la gestión pública,
produce un mayor déficit fiscal, y distorsiona el rol
distributivo del Estado . Su presencia en la esfera pública
causa una desconfianza sistemática frente a las instituciones
estatales que lleva a prescindir de ellas y conseguir sus
beneficios por otros medios. Y, aunque no exista una relación
directa entre el poder y la corrupción, es del todo evidente
que en una situación de poder se multiplican las posibilidades
de ejercerla debido al cargo que se ocupa o al poder que de
hecho da el dinero en la sociedad. Así se da la contradicción
de que la corrupción es más posible entre aquellos que son
menos sancionables.
La corrupción, a
nivel público, es un acto de injusticia porque denota el abuso
de una función social y el mal uso de los recursos,
constituyendo un verdadero robo. Es urgente reaccionar frente a
la corrupción pública y privada que está destruyendo la vida
, el bienestar de demasiada gente , oprimiendo aún más a los
pobres y contribuyendo al enriquecimiento de unos pocos.
La corrupción
que aquí nos interesa es pues la que se da en el punto de unión
de lo público y de lo privado y especialmente en los sectores
en los que el gestor público no está sometido a unas reglas
totalmente obligatorias a menos que exista una institución como
el OMBUDSMAN o DEFENSOR DEL PUEBLO o como quieran llamarla, que
permita al ciudadano común la posibilidad de ejercer su derecho
de control de la cosa pública. La corrupción en un estado de
derecho democrático tiene pocas posibilidades de producirse allí
donde el funcionario u hombre público lo único que puede hacer
es responder positivamente al ciudadano si reúne los requisitos
necesarios: la expedición de un pasaporte, el pago de las
prestaciones sociales, están sometidos a reglas estrictas que
no dejan márgenes de apreciación al funcionario. Por el
contrario, la pequeña y gran corrupción pueden abrirse camino
allí donde el decisor dispone de un cierto poder discrecional:
apreciar una invalidez física que da lugar al cobro de una
pensión, elegir el "mejor" contrato, decidir la
concesión de créditos de inversión, son decisiones que no
pueden estar encerradas en procedimientos casi automáticos y
dejan una capacidad de maniobra apreciable a los funcionarios o
a los políticos, sobre todo si las reglas de procedimiento que
se supone que garantizan el due process of law no se aplican de
acuerdo con la letra o con el espíritu de las mismas , lo cual
puede ser denunciado por el ciudadano común y llevado a
la investigación pertinente y garantizada por una
Institución Testigo como el OMBUDSMAN.
Como se ve,
independientemente del juicio moral que cada ciudadano pueda
tener sobre la cuestión en función de su ética personal, son
muchos los desacuerdos sobre la evaluación del fenómeno de la
corrupción y las observaciones que acabamos de hacer aquí
distan mucho de ser exhaustivas... Los desacuerdos son todavía
más enérgicos cuando se aborda la cuestión de los remedios o
soluciones. Llegado este punto es preferible abordar el tema del
aumento repentino de la corrupción que ha alcanzado a la mayor
parte de los países a lo largo de los dos últimos decenios.
Prácticamente en
todo el mundo, la corrupción no es sólo una costumbre
detestable: se ha convertido en un problema político. Es
tentador -sobre todo para los políticos -no ver en esta
reciente toma de conciencia más que una especie de complot
mediático-judicial, denunciando el encarnizamiento abusivo del
que serían víctimas las minorías político-administrativas.
Desde luego, la
prensa y los jueces han sido actores decisivos en el proceso de
información y de toma de conciencia del problema por parte de
la opinión pública. Además, ¿cómo podría ser de otra
manera? Los medios de comunicación son indispensables para la
formación de una opinión colectiva, especialmente sobre una
cuestión tan secreta y clandestina por definición. En cuanto a
los pseudo- "perseguidores" judiciales denunciados por
las personas incriminadas, es mejor sonreír: estas protestas
dan fe sobre todo de los hábitos de impunidad adquiridos por
las minorías en el poder en muchos países. Creemos que la
explicación a la importancia que se le ha dado al problema de
la corrupción en estos últimos años hay que buscarla en otra
parte.
El aumento de las
prácticas corruptas y de su carácter cada vez menos oculto
(por no decir casi oficial a veces) es lo primero que ha
contribuido a la toma de conciencia: lo que al principio sólo
sabían unos círculos de "iniciados" muy restringidos
(por ejemplo, los dirigentes de los partidos y algunos
responsables de grandes empresas), acaba siendo un secreto a
voces cuando la corrupción se extiende, se difunde e incide
cada vez más en los sectores económicos. Cuando la ética pública
es flexible, cuando la opinión pública tiene en general un
concepto negativo de la política, la corrupción se tolera
porque se considera una consecuencia inevitable del ejercicio
del poder. Este punto de vista pesimista ,Discepoliano
induce a pensar que " todos encuentran su interés personal
en traicionar los intereses públicos que les han sido
encomendados")visión que está extendida sobre todo en los
países del sur de Europa en los que la visión maquiavélica de
la política es muy corriente.
Además,
esta tolerancia está reforzada por la distribución
generalizada de prebendas, de pequeños beneficios y de políticas
clientelistas: aunque no todos se aprovechen de la corrupción,
se establece un silencio cómplice en torno a las desviaciones
de un régimen "positivo en resumen". Pero se produce
la ruptura de este círculo vicioso cuando estalla un gran escándalo
y/o cuando este sistema corrupto cae en la trampa de unas
demandas crecientes, recursos insuficientes y contradicciones
internas cada vez más acusadas. En este sentido, Italia
constituye un ejemplo llamativo de esta evolución: después de
decenios de tácita complicidad de las minorías y de una gran
parte de la opinión pública, el sistema corrupto se ha
hundido, víctima de su imprudencia y de su arrogancia por un
lado, y de su coste económico y financiero por otro.
Asimismo, la
denuncia de la corrupción se da con más vigor en momentos de
crisis políticas y económicas. La alternancia o la posibilidad
de ésta en época de elecciones reñidas constituye unas
condiciones particularmente favorables para el estallido de escándalos
en los que los partidos de oposición (o ligados al poder
recientemente) están dispuestos a explotar las debilidades del
adversario, excepto, claro está, si ellos mismos están metidos
plenamente en el sistema de corrupción. Las crisis económicas,
al romper las connivencias y las solidaridades, producen el
mismo efecto, deslegitimando a las minorías políticas o económicas
en el poder y permitiendo por último poner fin a las
protecciones abusivas de las que se beneficiaban (ej. los
recientes escándalos en Mexico, en el Japón, en Corea, en España,
en Italia).
Esta
desestabilización de las minorías en el poder suele beneficiar
a los partidos de la oposición. Pero habida cuenta de las redes
de connivencia que van mucho más allá de los titulares de los
cargos oficiales, es frecuente que el conjunto de los dirigentes
sean víctimas del oprobio popular. Entonces se denuncia a la
"clase política" dando a entender con esta expresión
que constituye un grupo privilegiado y aparte, una nomenklatura
ávida de sus privilegios, frente a las virtudes populares y
nacionales.
Este discurso
anti-minorías es cada vez más frecuente en los sistemas democráticos.
No solo a causa de la corrupción sino porque los escándalos lo
alimentan y refuerzan. El populismo caracterizado por su actitud
de protesta (anti-impuestos, anti-inmigrantes, anti-Welfare,
anti-minorías) va cobrando tanta más influencia por cuanto las
minorías han perdido la legitimidad que justificaba su poder y
a veces sus privilegios.
Esto refuerza la
certeza de que con la existencia de una institución como El
defensor del pueblo, ganaría la credibilidad que debe
tener el ciudadano en el poder político. LA
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