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La poesía reciente de Saúl Ibargoyen: aullidos caninos, gritos humanos

por Wilfredo Penco

No siempre la efusión literaria resulta de una tendencia a la facilidad. A veces deriva también de sostenidas constancias, de perseverante quehacer. El ejercicio disciplinado, la labor cotidiana, el trabajo sin desmayo con el lenguaje, suelen contribuir de modo decisivo a incentivar o encauzar producciones abultadas o desbordantes.

Si en esas coordenadas se inscribe la obra de Saúl Ibargoyen, es porque el impulso torrencial de su literatura no ha conocido interrupciones, ceses o agotamientos virtuales pero, sobre todo, porque ha sabido reabastecerse, con un fervor sobrepuesto a circunstancias diversas, adversas y hasta contradictorias. Su historial poético, que ya va en camino al medio siglo desde su iniciación, en 1954, con El pájaro en el pantano, está vertebrado sobre una fuerza creadora que, en busca de su identidad, como las aguas de un río que sigue su curso, sin retorno posible, arrastra los materiales que encuentra en el camino, los moldea, les da forma, los incorpora, los termina integrando, como certidumbres, a la propia vida.

En los párrafos con los que el autor introduce los veinte poemas de su último libro, Grito de perro (*) -el que ahora presentamos-, se hace referencia al lector latente más que al real, en la medida en que la lectura no es siempre necesariamente la alfabetizada (aunque aludir a esa situación implica, además de verificarla, su tácita denuncia) y, en todo caso, condensa al escritor relacionado con las palabras ("nuevas y ya contaminadas palabras") en un ambiguo estatuto de ajenidades y pertenencias.

Las mismas ilustraciones que acompañan a cada poema -ilustraciones de culturas prehispánicas de los Andes y la costa sur del Pacífico-, se conjugan sin esfuerzo -en su desnudez, su expresividad y su contundencia- con el lenguaje contemporáneo que el autor propone y ofrece casi como un ritual -sin prejuicios, con deliberada vocación transgresora- en el marco de las "perplejidades de fin de siglo" -formulación de Mario Benedetti- que Ibargoyen prefiere denominar, en clave finisecular discepoleana, como "gran cambalache espiritual, estético e ideológico".

Viajero pertinaz, observador inquieto, comprometido y raigal, exiliado más de una vez en México, su segunda patria, el poeta regresa con frecuencia al Uruguay, ya no tras la "patria perdida" evocada en uno de sus libros, sino al encuentro de un espacio que forma parte de sus más íntimas fibras, las que le permiten reconocer, con perspicacia y sensibilidad, las "atmósferas estremecidas" del mundo.

Si desde el cráneo de un perro hallado en una playa uruguaya del Este, si desde los restos de ese "animal sin nombre" de un Pasolini epigráfico, la imaginación confesada "en blanco y negro" percibe un grito que al desgarrar confirma la dicción o el canto, es porque el punto de vista es sedimento de una madurez que se alcanzó entre desengaños, cansancio y desconsuelo pero a la vez sin renuncia a los "fundamentos de signos y letras".

La lluvia podrá desatarse en Coyoacán, el paisaje corresponderá a Buzios, los aires serán del Sur, pero la geografía apenas concluye en "calles sin memoria" para dar lugar a estertores, quejas, preguntas o silencios que habitan esta poesía; una poesía diestra en su entramado, firme en su estructura, dúctil en su composición; una poesía invadida por pequeños animales, de hormigas a escarabajos, de moscas a lombrices, de arañas a mariposas; pero también concentrada en el hombre, no como ser abstracto, pero sí figurado en su índole paradigmática, con sus miedos y esperas, "sus huesos imperfectos", "sus fibras sombrías", sus "oscuras campanas".

El afán de disección del poeta se revela sin ambages en poemas como "Respiración", al dar cuenta de las "arterias de cobre", las "venas de fierro", los "tubos obturados", las "espinas huecas", los "pelos de acero", los "filamentos rígidos" que ordenan la anatomía humana y disponen su fisiología. También, en el borde de la autopsia, los cadáveres de tres pollos convertidos tal vez en manjares, descubren las "Muertes" incriminantes del título del poema, desde una escrupulosa perspectiva.

El poeta se detiene, según declara, "donde cruje el mundo". Las lágrimas de una muchacha, no importa si es actriz, astronauta o campesina, se confunden con la lluvia, porque las humedades son las mismas. Sobre este perfil, rodeado de alas, incendios y azucenas, proyecta un vibrante esquicio de soledad.

En lo que se anuncia, con ironía, como una composición, "La primavera", aparece la contracara de su imagen bucólica: comienza a percibirse en "La tenue violencia / de aquel colibrí / alimentándose/ de la breve flor que lo sostiene" e irrumpe, definitiva, "debajo de una mosca destripada", cuando "otros pájaros se apartan / de la propia sombra".

Una instancia dramática golpea, desde la sucinta y estratégica descripción naturalista, en "Libélulas", uno de los textos de mayor potencia poética del libro, al informar: "De espaldas en la alberca / la libélula / no puede gritar / los colores de su muerte: / sus quietos dientes / aún se ocupan / de un hígado de mariposa / de una leve víscera de cínife / de los muslos de un gusano / macerados por el sol". No siempre, de modo tan rotundo, quedan encerrados, en tan pocas palabras, destinos inexorables a la luz de la naturaleza. En "Tercer mundo" desfilan ciegos, mendigos, hembras leprosas, niños abandonados, y se levanta un cuestionamiento implacable replegado sobre la eficacia de la misma poesía denunciante, sobre la posible vivencia liberadora de un lenguaje que pudiera, con márgenes de esperanza, al tiempo de nombrar, construir otro mundo sin lacras. Este poema concentra neologismos de estirpe por lo menos vallejeana e inflexiones escatológicas a las que no teme - más aún-, en las que confía el poeta, diseminadas con variantes en otros textos: "Aquella niña aquel niño / destetados descomidos / despiojados desbebidos / despalabrados descosidos / vomitadores de ácidos espesos / lloradores de lágrimas lodosas / cagadores de sangroso vacío".

Más que en la "Pax" de reminiscencias romanas, como paz impuesta, en los "Ladridos" de "ese otro perro / que ladra / en un dialecto que nadie conoce", parece concentrarse la apuesta de un futuro derivado de "otros perros perdidos / (que) se extinguen / en el silencio que gime/ debajo de (la) piel". Tras "el cansancio de todas las banderas", la poesía de Saúl Ibargoyen todavía despeja, con ecológico rumbo, fulguraciones que no declinan.

(*) Grito de perro. México, Editorial Praxis. Ediciones Caracol al Galope. 2001. LA ONDA® DIGITAL

 

 

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