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Legisladores
analizaron con especialistas el polémico tema de la laicidad
Participaron:
Florit, Romeo Pérez, Da Silveira,
Cardoso, José Luis Vera y Fanny Aron
El
desayuno de trabajo "Laicidad y valores en la educación,
una aproximación al debate" se realizó el día miércoles
13 de junio de 2001, promovido por el presidente de la Cámara
de Diputados, Gustavo Penadés. Lo que sigue es al versión
taquigráfica del debate.
SEÑOR
PRESIDENTE.- La Cámara de Representantes quiere darle la
bienvenida al maestro Héctor Florit, a los doctores Romeo
Pérez y Pablo Da Silveira así como también a los invitados
que hoy nos acompañan; al señor Subsecretario del Ministerio
de Educación y Cultura maestro José Carlos Cardoso, amigo de
esta Casa, al señor Director General del Ministerio de
Educación y Cultura, doctor José Luis Vera y a la señora
Directora de la Universidad del Trabajo del Uruguay señora
Fanny Aron.
El estilo de
trabajo que hemos intentado imponer en la Cámara es que una vez
al mes procedemos a convocar a actores de la vida nacional a
conversar con algunos Legisladores sobre diferentes temas de
interés para la opinión pública y, por ende, para nosotros,
en un marco de distensión y de absoluta falta de protocolo. Nos
parece importantísimo poder intercambiar ideas y situarnos en
diferentes puntos del acontecer nacional, con la opinión de
expertos en la materia. Así fue que en la primera oportunidad
invitamos al señor Rector de la Universidad mayor de la
República ingeniero, Rafael Guarga, luego al señor Embajador
Roselli, Director de los asuntos del MERCOSUR y del ALCA de la
Cancillería y hoy tenemos el gusto de recibir a estos tres
invitados, quienes nos ilustrarán sobre el tema laicidad y
valores en la educación. La idea de realizar este desayuno de
trabajo surgió porque varios señores legisladores han
planteado su inquietud sobre la posibilidad de que en la Cámara
de Representantes se desarrolle un debate sobre el tema. Es así
entonces que creímos oportuno que antes de centrarnos
directamente en el debate llegáramos a él por aproximaciones
sucesivas tratando, con la presencia y opinión de varios
técnicos connotados de la vida educativa y del acontecer
cultural y político de nuestro país, de ir conociendo
opiniones que no quieren decir que reflejen el criterio de la
Cámara de Representantes ni mucho menos la de todos sus
legisladores sino, por el contrario y como bien lo dice el
título del desayuno de hoy: una aproximación al debate. La
modalidad de trabajo que hemos implementado siempre es otorgarle
a nuestros invitados un tiempo de aproximadamente veinte o
veinticinco minutos cada uno y posteriormente proceder a que los
señores legisladores e invitados que quieran formular alguna
pregunta lo hagan, para terminar con este evento a las 10 y 30
de la mañana y así retornar a nuestras actividades
correspondientes.
Repito: le damos
la bienvenida a los invitados así como también a los señores
legisladores que nos acompañan. A su vez, al resto de los
legisladores también se les hará llegar la versión
taquigráfica de este evento para que puedan incrementar el
acervo que sobre el tema ellos puedan tener.
SEÑOR FLORIT.-
Quiero agradecer a la Presidencia de la Cámara de
Representantes, a los señores legisladores y representantes de
instituciones públicas así como también al compañero de
FENAPES. Voy a tratar de acercar una visión en carácter de
Secretario General de la Federación Uruguaya de Magisterio,
como integrante de las asambleas técnico docentes pero,
fundamentalmente, como maestro de escuela pública desde hace
veinte años.
Quisiéramos ser
fieles a algunos pronunciamientos que han habido sobre el tema,
por parte de la Asamblea Nacional Técnico Docente que hace
apenas un mes atrás consideró este tema y elaboró un
pronunciamiento del cual vamos a extraer algunos fragmentos que
nos parecen significativos, fundamentalmente, porque esta
institución de carácter asesora ?los consejos de educación?
implica la representación del colectivo del cuerpo docente, a
partir del voto universal y obligatorio de todos los docentes
del subsistema que, anualmente, tienen un ámbito de discusión
y de pronunciamiento que luego es refrendado por las propias
escuelas y que constituyen el acervo desde el punto de vista
pedagógico, profesional, educativo, de lo que piensa, quiere y
siente el magisterio que trabaja en las escuelas públicas del
Uruguay.
Este documento
tuvo la particularidad de ser votado por unanimidad hace
aproximadamente veinticinco días atrás y expresa ese consenso
que se construye con la reflexión compartida pero,
fundamentalmente, con el trabajo día a día en las escuelas.
De este documento
me voy a permitir señalar algunos aspectos que me parecen los
más relevantes como aproximación al concepto de laicidad,
luego, sobre el tema de los valores, una conceptualización de
lo público y lo privado y, finalmente, la función de la
escuela y del sistema educativo público, como redistribución
progresiva del ingreso nacional.
Obviamente, las
discusiones sobre el papel del Estado en relación con la
educación tienen larga data, se remontan al momento mismo de la
consolidación de los estados nacionales. Monopolio-libertad de
enseñanza, fue la discusión y, en nuestro país, de
convicción democrática, la libertad de enseñanza fue
consagrada como correlato del derecho a la educación, que no se
limita al desarrollo personal sino que tiene proyección en lo
social. De tal manera que éste es un derecho que implica,
necesariamente, deberes sociales. Para concretar el derecho a la
educación y asegurar la forma democrática de gobierno, José
Pedro Varela sentó las bases de obligatoriedad, gratuidad y
laicidad.
En el último
cuarto del siglo XIX, la laicidad aparece, fundamentalmente,
asociada al concepto de laicismo como doctrina que defiende al
hombre y a la sociedad civil de influencias eclesiásticas,
porque considera a las religiones y a los cultos como fenómenos
ajenos al Estado. El proceso de separación de la Iglesia del
Estado posibilita la construcción de una sociedad pluralista
con una base común que coadyuva a la integración de sus
miembros, es decir, a la cohesión social.
En ese período,
el concepto de laicidad aparece muy tensado en relación a la
religión en la enseñanza. Sin embargo, es bueno señalar que
la postura de José Pedro Varela no es sinónimo de
antirreligiosidad o ateísmo, como bien queda sentado en sus
obras. La postura de Varela, más allá de la contradicción
religión-laicidad, aportó importantes elementos para
reflexionar sobre la contradicción, reclutamiento
político-laicidad como también los componentes científicos y
la conciencia de sus consecuencias sociales, como elementos
constitutivos de la laicidad.
La posesión del
conocimiento científico tiene una doble carga de
responsabilidad para el hombre: hacia sí mismo como ciudadano y
hacia las consecuencias sociales del saber. Varela decía que no
basta absolutamente con el conocimiento teórico, puesto que no
se trata de formar políticos y economistas para cualquier parte
del mundo, sino de habilitar a los futuros ciudadanos orientales
con los conocimientos necesarios para dar un voto, una opinión
y ejercer una influencia consciente respecto a todas las
cuestiones políticas, financieras, económicas y sociales ya
que todas han de afectarlo directa o indirectamente y ya que en
la solución de todo problema que a la vida nacional se refiere,
el ciudadano puede y debe formar parte activa. Esto está citado
en el libro "La educación del pueblo", Tomo II.
A partir de la
potencialidad del pensamiento vareliano y avanzando en la
evolución del concepto de laicidad, ésta no la definimos como
prescindencia o neutralidad. Frente a la realidad de la actitud
laica, ésta pasa por el compromiso con la comunidad, significa
la asunción de una postura responsable con respecto al contexto
social, sea local, nacional o mundial en que se vive, con el
objeto de mantener vivo los valores que humanizan al hombre y
transformar aquellos que lo enajenan. Para que ese compromiso
sea posible, el educando necesita poseer herramientas que le
permitan acceder al conocimiento desde diferentes miradas y le
ayuden a realizar su interpretación de la realidad. A partir de
este concepto, la laicidad está lejos de cualquier
prohibición, por el contrario, se vincula a la abierta
discusión de todos aquellos temas que hacen a la sociedad.
Supone un ideal de convivencia basado en el respeto recíproco
entre personas, cualquiera sea su posición, en los dominios de
la religión, la filosofía o la política.
Esta actitud debe
estar más vigente que nunca en la actual sociedad globalizada
que ha generado una fuerte segmentación social y la ruptura
comunicativa, lo que demanda a la educación hacer un esfuerzo
mayor por aportar a la integración, incorporando diferentes
visiones culturales, superando vallas religiosas, filosóficas y
étnicas.
Estamos de
acuerdo con Paulo Freire y expresamos que somos maestros en
favor de la decencia contra la falta de pudor, de la libertad
contra el autoritarismo, de la autoridad contra el libertinaje,
de la democracia contra la dictadura, de derecha o de izquierda,
de la lucha constante contra cualquier forma de discriminación,
contra la dominación económica de los individuos o clases
sociales. "Pedagogía de la autonomía".
Ello implica
?como decíamos anteriormente? que la escuela debe incorporar en
su quehacer la reflexión acerca de temas postergados como la
educación sexual, las discriminaciones sociales, raciales, de
género, capacidades diferentes, la violencia doméstica, las
desigualdades sociales, económicas y culturales. En este punto
es bueno señalar que, hace pocos meses atrás, el Acta 488 del
Consejo de Educación Primaria autoriza y mandata a los maestros
a programar a lo largo del año lectivo un programa a favor de
evitar la violencia familiar, el uso indebido de las drogas,
tabaco y alcohol, así como el trabajo y la explotación de los
menores. Esta fue una propuesta conjunta hecha al Consejo de
Educación Primaria por la Federación Uruguaya de Magisterio y
por el movimiento "Educadores por la paz". En el
numeral I de la resolución el Consejo de Educación Primaria
aprueba y considera de interés escolar la actividad presentada
por estas dos instituciones.
Quiero señalar
expresamente esta reciente resolución del Consejo para
ratificar una convicción acendrada en el magisterio uruguayo de
que los valores forman parte inseparable del quehacer cotidiano
en las escuelas públicas y fueron la parte constituyente,
fundante del sentido de la educación del pueblo, tal cual se
viene desarrollando en el Uruguay en los últimos 125 años.
Por otra parte,
citando a Reina Reich, la educación laica favorece la duda y
hace posible el pensamiento reflexivo y el juicio crítico. En
este mundo que algunos autores denominan sociedad de la
información, la actitud crítica es indispensable para procesar
el gran volumen de información que circula en forma permanente.
La persona del siglo XXI necesita poder seleccionar,
jerarquizar, discriminar e interpretar multiplicidad de
mensajes. La educación laica, desde este punto de vista,
conduce al cuestionamiento de la información recibida,
procurando que el alumno vaya más allá de las palabras y de
las imágenes, descubriendo las intenciones y propósitos
implícitos.
Así entendida,
la educación tiene la finalidad de formar seres críticos,
personas capaces de reflexionar sobre la realidad y actuar sobre
ella para transformarla. Se está sosteniendo que la Escuela
Pública podría no trasmitir valores. Por el contrario, creemos
que la existencia de un sistema publico estatal de enseñanza
supone la existencia de valores como la no exclusión, el
derecho de todos a una educación y a la apropiación del
conocimiento históricamente acumulado. Además, los valores
atraviesan toda la propuesta educativa pero, en particular en
nuestro sistema, los valores a trasmitir están explícitos en
los programas, tanto de educación común como inicial,
refiriéndonos, obviamente, a la Escuela Primaria.
Entendemos como
Paulo Freire** que la educación es una practica imposiblemente
neutra, y que la conducta ética radica en expresar mi respeto
por las diferentes ideas, inclusive por posiciones antagónicas
a las mías, "que combato con seriedad y pasión", tal
como él decía en "La pedagogía de la esperanza". En
este mismo sentido, Reina Reyes plantea que la educación evita
imposiciones dogmáticas, conduce al niño a la observación
objetiva de la realidad, cultiva la reflexión y da oportunidad
para la espontaneidad.
Decíamos que
identificamos una doble tarea de la escuela respecto de los
valores desde la perspectiva de la laicidad. Por un lado, la
escuela esta encargada de la trasmisión de valores que pueden
ser considerados como comunes. Por otro, la escuela deberá
contribuir a la transformación y creación de nuevos valores, a
través del desarrollo y de la autonomía moral construida a
través de la posibilidad de seleccionar y transformar lo
existente, exponiéndolo a la critica racional. Estas dos tareas
se resumen en las ideas de educar en valores y educar la
capacidad de valorar. Con esta ultima función podríamos estar
cumpliendo con otro de los aspectos de la laicidad,
conceptualizados por Reina Reyes. Una nueva significación del
término laico implica una actitud intelectual y moral por la
cual las personas realizan su autonomía en relaciones
recíprocas con otras conciencias.
Quisiéramos
hacer una breve referencia a lo público y lo privado,
recordando que en el articulo 13 del Decreto-Ley de Educación
Común ya se planteaba la instrucción primaria como pública o
privada. Y hace más de ciento veinte años el Decreto-Ley
señalaba que es pública la que se costea y establece en las
escuelas del Estado y que es privada, la que se da en los
colegios o escuelas particulares, no costeadas por el Estado.
El concepto de lo
público y lo privado ha tenido, sin lugar a dudas, algunas
modificaciones a lo largo de las décadas. Nosotros quisiéramos
agregar al concepto de lo público el control democrático de la
gestión. Es decir que cuando hablemos de lo publico, nos vamos
a referir al financiamiento de la gestión, pero también a la
capacidad que tiene la sociedad de controlar la gestión de ese
servicio.
En particular, no
compartimos el concepto de que lo público refiere meramente al
acceso universal a un servicio, con independencia de quien lo
gestiona. Creemos que esa conceptualización refiere mucho mas
"al público" y no a "lo público". Y vamos
a reiterar y a ratificar que para nosotros la educación
pública implica financiamiento estatal, gestión estatal y
control y debate abierto de esa gestión.
En relación al
sistema de educación público y privado, queremos señalar dos
aspectos. El primero refiere a la calidad de la prestación. A
partir de las pruebas de medición de resultados educativos del
año 1996, queda demostrado que la variable fundamental en lo
que hace al nivel de los aprendizajes no es la forma de
administración, sea pública o privada, sino el origen
socio-económico de la matrícula. Es decir que frente a
poblaciones escolares de similar origen socio-económico, los
resultados de aprendizaje son similares. En escuelas o
instituciones privadas donde predomina el alumnado de origen
socio-económico carenciado, los resultados son
considerablemente inferiores pero similares entre las dos formas
de administración, que los que se obtienen en contextos
socio-culturales medios o medio-altos. Pero aún frente a la
similitud entre los resultados educativos que se obtienen entre
lo publico y lo privado en algunos contextos, particularmente en
los desfavorables, es la administración pública la que obtiene
logros superiores a las instituciones privadas de educación. La
constatación de que ese contexto socio-económico es el
determinante principal de los aprendizajes y no la forma de
prestación de la educación, no es solamente un resultado
obtenido en el Uruguay. Esto tiene correlatos a nivel regional
que hacen que este sea un dato muy fuerte de la realidad, que el
Uruguay, simplemente a partir de estas pruebas, ha logrado
ratificar en nuestro contexto.
La ultima
aproximación refiere a la significación social como política
social de la educación en lo que hace a la redistribución del
ingreso. La Escuela Pública concentra el 99% de los niños que
provienen del quintil más pobre de los hogares. Es decir que el
20% de los niños del Uruguay en un 99% asiste a la Educación
Pública. El quintil siguiente asiste en un 95% a la Educación
Pública. El tercer quintil lo hace en un 87%, el cuarto en un
75%, y es recién en el quintil de más altos ingresos en el
único en el que la participación de la educación pública es
superior al de la educación privada, aunque en un alto grado de
paridad. Hay un 52% de la matrícula en instituciones privadas,
y un 48% en instituciones públicas. Con esto estamos señalando
que cualquier afectación de los recursos asignados al sistema
de educación pública no castiga en términos proporcionales u
homogéneos a la infancia uruguaya, sino que afecta directamente
a los sectores de más bajos ingresos. El 52% del gasto
educativo en la Escuela Primaria se concentra en el 20% más
pobre de los niños. Esto se da por un doble efecto: por la
concentración de los niños más pobres en la Escuela Pública
y porque en los sectores de pobreza hay políticas educativas
compensatorias --léase tiempo completo, sistema de comedores
escolares u otras políticas-- que hacen que ese 20% retenga la
mitad del presupuesto educativo, calculado en el gasto por
alumno. Un peso que se le quite al presupuesto de la Escuela
Pública implica que cincuenta centésimos estén afectando
directamente al 20% más pobre de los hogares.
El efecto
fuertemente distributivo que tiene la Escuela nos hace reiterar
enérgicamente que la Escuela Pública uruguaya es un
instrumento privilegiado en lo que hace a la construcción de la
democracia, y que cualquier tipo de subvención a los gastos de
la educación privada va en desmedro de la educación pública,
ya que implicaría delegar funciones inherentes a la gestión
educativa del Estado, provocaría la fragmentación del sistema
nacional de educación y, por los criterios de distribución del
gasto educativo, supondría la afectación de ese sistema
educativo con un fuerte componente distributivo.
Finalmente,
quisiéramos señalar que la posición sindical es estrictamente
coincidente con los aspectos sustantivos de la postura de las
asambleas técnico-docentes, y solamente desearíamos leer
alguna nota de prensa, que también vamos a dejar a disposición
de los señores legisladores. En el numeral 7, la Federación
Uruguaya de Magisterio señala que la apelación a la
subvención estatal -se refiere a una eventual demanda de
instituciones privadas de educación- derivada de eventuales
dificultades económicas de los colegios no puede ni debe
excusarse en la demanda de los padres de que sus hijos reciban
una educación religiosa gratuita. El derecho de los padres a
elegir una empresa privada de educación tiene como obvio
correlato asumir los costos de la misma. Todo subsidio supone un
aumento del gasto público o la reasignación de partidas. La
primera alternativa supone una fuente de financiamiento, la
segunda implica disminuir otros gastos, recortes presupuestales
en algún rubro o programa, en todo caso, inaceptable para el
magisterio y para al Federación Uruguaya de Magisterio. SEÑOR
PEREZ.- En primer lugar, quiero agradecer al señor Presidente
de la Cámara de Representantes por esta invitación y declarar
lo honrado y complacido que estoy por tener acceso a este
ámbito de naturaleza parlamentaria, de encuentro y reflexión
conjunta.
Creo que el tema
que se ha fijado para este desayuno de trabajo reviste
particular oportunidad e intrínseca validez en las
circunstancias que estamos viviendo y sobre las cuales erigimos
nuestros diálogos y a veces, por qué no, nuestras polémicas.
Me voy a ceñir
estrictamente al tema planteado que, por supuesto, resulta
conexo con otros relativos a lo público o a lo privado, al
financiamiento de la educación, etcétera. Pero creo que con
laicidad, valores y educación, tenemos un aérea de por sí
vasta, y que excede en mucho las posibilidades de abordaje, si
se quiere sumario, en el tiempo disponible.
Creo que es obvio
para cualquiera que viva en este país que, de un tiempo a esta
parte, existe una tendencia fuerte que, en mi opinión, tiene
orígenes múltiples, relativa al reinicio de un debate muy
antiguo en nuestra sociedad --como en todas las sociedades
modernas-- en torno a la laicidad del Estado democrático
contemporáneo. Contra lo que alguna vez se ha dicho, y en
presencia de la tendencia a que me refiero, yo estoy entre los
que creen que es oportuno y bienvenido el replanteo de este
debate. Creo que no debe asimilarse esta reapertura del debate a
ninguna suerte de anacronismo o a revanchismos u oportunismos de
cualquier naturaleza. Pienso que es natural que a principios del
siglo XXI un Estado democrático, una sociedad moderna y, más
aún, postmoderna ?como no podría ser de otra manera? vuelva
sobre definiciones y estructuras y también sobre normas
respecto del comportamiento del Estado democrático, gobernado
por la opinión y desde la diversidad de las opiniones de los
ciudadanos. Las condiciones en que se debatió y reguló con
mayor intensidad o proyección en el Uruguay la cuestión de la
educación, especialmente, en el Estado democrático laico, han
cambiado sustancialmente.
En primer lugar,
creo que debemos ?sin adentrarnos en ningún tipo de discusión
histórica excesivamente pormenorizada? prevenirnos respecto del
fechamiento del debate que hoy estamos reabriendo. Creo que no
deberíamos reducirlo a lo que fueron instancias, episodios o
etapas de ese debate y, por lo tanto, no debemos simplificarlo.
La aprobación del Decreto Ley de educación común es un
episodio; la cuestión del laicismo en la educación recae sobre
diversos episodios de ese debate y no se salda en un acto ni
mucho menos. Por lo menos hay treinta años ?o quizás algo
más? entre las primeras propuestas de laicización de la
educación y la normativa que adquiere cierta estabilidad y que
hoy es objeto ?como todas las demás dimensiones del debate a
que me refiero? de reconsideración. No hay que olvidar que los
puntos cruciales del comportamiento, en educación y en otros
planos del Estado democrático y la relación de este Estado con
la laicidad, no terminan de solventarse hasta la reforma
constitucional. En realidad la elaboración de una nueva carta
fundamental que entraría en vigencia en el proceso que va del
XVI al XIX; entraría en vigencia en 1919. Son los equilibrios
de esa gran carta de 1919, injustamente criticada muy a menudo,
los que dieron, en este y en otros ejes no menos problemáticos,
estabilidad al país. De tal manera que observen que el debate
que se reabre fue largo en las instancias a través de las
cuales se llegó a la estabilidad. Pero aún tomando en cuenta
que este debate se desenvuelve no menos que entre 1860 y 1920 no
hay duda que muchas circunstancias han cambiado y abonan que se
vuelva sobre las estructuras, los acuerdos, las normativas y
porque no sobre las polémicas que se ventilaron y se lograron
?me refiero a los acuerdos y a las normativas? en ese entonces.
Debemos observar cómo se justifica que volvamos a debatir
democráticamente, con respeto mutuo, en tolerancia, con
capacidad crítica y autocrítica, pero polemizar. Se justifica
la reapertura del debate si pensamos, para no ir más lejos, en
los valores. La sociedad uruguaya que en determinados términos
laicizó sus prácticas educativas estatales era una sociedad
mirada en el perfil de las adhesiones efectivas a valores
muchísimo menos diversos que la sociedad uruguaya de hoy. Es
decir, había mucho mayor homogeneidad, más allá de polémicas
en torno a fundamentos filosóficos de diversos sistemas de
valores, en la asimilación de pautas de conducta en la sociedad
uruguaya de la primera laicización de la enseñanza que en la
sociedad uruguaya actual.
En segundo
término, vistos en contextos más especializados y
profesionalizados o más cívicos, abiertos y populares, los
valores mismos, en su definición, en su carácter absoluto o
relativo, en su fundamento, en las conductas exigibles a quienes
no los profesan son hoy muy distintos a las últimas décadas
del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX. Por ese motivo,
hoy subrayaba intencionadamente el término Uruguay de la
Postmodernidad o Uruguay Postmoderno. Los valores del primer
debate en torno a estos puntos ?más allá de polémicas en
cuanto a algunos de ellos y en cuanto a la fundamentación de
todos o casi todos ellos? estaban relativamente homogeneizados y
ciertamente hay un contraste con la situación de hoy. Eran
valores firmes, para bien o para mal; este es otro tema.
Hoy en día, los
valores deben ser creados o recreados y recuperados. No estoy
refiriéndome a aquellos valores de hace cien o cientoveinte
años; no estoy preconizando algún retorno a posturas,
circunstancias y convicciones del pasado. Manifiesto que hay que
edificar valores, es decir, construir y producir valores.
Ningún valor está dado en el punto de partida de la vida
individual ni en ningún punto de partida de la vida social y
política. No olvidemos que hay un cambio de época entre la
referencia histórica ?cientoveinte años atrás? y la
actualidad y el porvenir inmediato que podemos avisorar desde
ya.
Creo que esto
solo justifica la reapertura del debate. Me parece que se
podrían aducir muchas otras razones en el mismo sentido, pero
quería hacer hincapié en esta que probablemente sea la de
mayor proyección y hondura. Entonces, haré un par de
comentarios al respecto de aquellas estructuras de prácticas
laicas en un Estado democrático en el terreno de la educación.
En primer lugar,
pensemos en el perfil de un Estado educador, pluralista, porque
es democrático y encuadra a una sociedad contemporánea. El
Estado educador debe tomar conciencia, cada vez más nítida, de
que no es autosuficiente ni singular. En ninguna sociedad el
Estado es el único que educa y, más aún, no sería posible ni
deseable que fuera el único educador. Las sociedades
totalitarias del siglo XX han intentado monopolizar la función
educativa y radicarla en el Estado, en general, controlado y
alimentado ideológicamente por algún partido o sujeto
dominante. En esto estoy incluyendo ?por eso además de partidos
totalitarios hablo de fuerzas? las experiencias de Estados de
seguridad nacional, de dictaduras militares de seguridad
nacional. Aparte del fracaso y la perversidad a que llevaron
esos intentos de monopolio estatal educativo inspirados en
filosofías totalitarias, que son las únicas que pueden
inspirar intentos de esa clase, creo que podemos ?con cierta
perspectiva puesto que estas experiencias han terminado, algunas
hace cinco o seis décadas, otras hace menos tiempo? comprobar
que inclusive en condiciones totalitarias el Estado fracasa como
monopolista de la educación. Nuestro propio país vivió la
tensión entre intentos estatales de monopolizar o
cuasimonopolizar la educación y resistencias sociales
canalizadas de diverso modo. Hubo en nuestro país y en tantos
otros, ante intentos totalitarios de derecha, izquierda,
etcétera, una verdadera disputa por las tradiciones
democráticas, es decir, por las nociones de la democracia. Ya
sabemos que las resistencias sociales prevalecieron sobre el
Estado. Creo que esto nos debe dar una clara idea de que no es
deseable pero tampoco es posible que el Estado constituya el
único educador. El Estado es, en el mejor de los casos, un
coeducador, un agente educacional más junto a la familia y a
múltiples actores, iniciativas, dispositivos y estructuras de
la sociedad civil.
La segunda
consideración que deseaba hacer es en el marco de un debate que
a mi juicio justificadamente se reabre en torno a Estado
democrática, laicidad y educación. Un Estado democrático que
encuadra una sociedad pluralista no puede sino ser laico, pero
laico implica, en un grado o en otro, ser neutral, ajeno a la
sustancia de ciertas controversias, amparando las condiciones
que canalizan esas controversias pero sin pronunciarse sobre el
fondo de las mismas ni privilegiar algunas de las posturas que
controvierten, que discuten, que debaten. Ese Estado que no
puede sino ser ?en algún grado que naturalmente es objeto de
una discusión aparte? neutral y ajeno a las controversias, es
en cuanto coeducador y uno de los agentes de la educación, un
Estado que se autolimita muy severamente. No olvidemos que la
democracia y el pluralismo de las sociedades democráticas exige
esa neutralidad pero en muchos aspectos se vive, no en la
neutralidad. Digo más: no es deseable vivir en la neutralidad.
En la construcción de estructuras de convivencia políticas sí
es deseable la neutralidad pero en muchos otros aspectos no, por
ejemplo, en la vida productiva, familiar, en las relaciones de
solidaridad social, en la autocomposición o autodefensa de los
propios derechos no somos neutrales; lo somos en cuanto tomamos
partido.
Si queremos
educar íntegramente no podemos limitarnos ?lo cual, reitero, es
un imposible? al aporte de un Estado que legítimamente no puede
ser otra cosa que laico. El Estado laico debe ser más
consciente que otros de que no es el único que educa. Frente a
esta comprobación ¿cuál es la norma de conducta más
aconsejable? A mi juicio, el Estado no debe buscar ningún tipo
de ajenidad y debe evita hostilidades respecto de los otros
agentes de la educación, precisamente, porque es neutral. El
Estado debe reconocer el límite que la neutralidad ?en el campo
de la creación de valores? y la educación le impone; puede y
debe ser neutral si va a ser democrático y a rehuir el
totalitarismo. Pero, precisamente, porque puede y debe ser
neutral, debe cooperar con los que no lo son, que van a ser los
agentes educadores en todos aquellos aspectos de la vida en que
la neutralidad no es un valor sino un disvalor; la neutralidad
en algunas perspectivas es valiosa y en otras es disvaliosa. Es
preciso, creo yo, que nos aclaremos esta posición
recíprocamente y cada uno a sí mismo, permanentemente, en
torno a este punto.
Para terminar, me
gustaría mirar hacia adelante en este eje del comportamiento y
de la normativa deseable para la educación democrática en un
Estado que lo es y que queremos que siga siéndolo. ¿Qué
podríamos ver hacia adelante? No voy a ser detallista porque
creo que hay que dejar que el debate progrese y que se debe
participar de él abiertos a nuevas fórmulas y registrando
novedades en las posturas, sobre todo en las que pueden resultar
antagónicas con aquellas que nosotros mismos asumamos o
antagónicas de los alineamientos que queramos tomar en esta
materia. Pero, aún así, abiertos al debate y sin anticipar,
por cierto, los resultados de un proceso que espero que sea muy
creativo, creo que algo se puede decir.
En primer lugar,
reabrir el debate en este punto ?ya lo he dicho y quiero ahora
subrayarlo? no tiene nada de nostálgico o retornista; reabrir
no implica volver al punto de partida. Debemos reabrir el
análisis, la consideración, la imaginación de fórmulas en
torno a una materia delicada como esta. Yo no visualizo en esta
nueva controversia la reproducción de fórmulas gastadas o que
tuvieron su justificación histórica y ya no la tienen, por el
contrario, visualizo la construcción de fórmulas novedosas.
Creo que es estimulante este aspecto de nuestra convivencia
cívica del día de hoy porque promete que hallaremos nuevas
estructuras de convivencia y no que modificaremos el resultado
de alguna pugna o confrontación del pasado. Entonces, se traba,
básicamente, de una marcha hacia algo nuevo, hacia la
experimentación y la aventura, naturalmente, haciendo caudal de
la experiencia en lo bueno y en lo malo, en los éxitos y en los
fracasos.
En segundo
término, creo que, por lo menos, con la misma fuerza con que
debemos reivindicar la imparcialidad y, por lo tanto ?reitero,
la neutralidad no es siempre valiosa a mi juicio?, algún grado
de neutralidad del Estado democrático, debemos permanentemente
subrayar que la democracia requiere de otras dos pautas de
conducta y de normativas que correspondan a dichas pautas. Me
refiero a la tolerancia y al respeto en la disidencia y por el
disidente. La tolerancia no es meramente soportar o dejar correr
aquello que no podemos evitar, que no es simplemente buscar
prevalecer de modo no abierto sino solapado, no directo sino
astuto y sesgado; no, la tolerancia es otra cosa. La tolerancia
es algo constructivo, abre diálogos, nos permite
intercomunicarnos y, porque no, abre polémicas y lleva a
algunas con ciertas características. El respeto, a mi juicio,
es algo más que la tolerancia, aunque sólo se concilia con
ella, no puede haber respeto sin tolerancia. El respeto está
proyectado sobre el campo de las prácticas y aún de las
conjuntas, más allá de las disidencias. Por ejemplo, el
respeto obliga a pensar qué podemos hacer y bajo qué
condiciones con aquellos que no tienen nuestros mismos valores,
o que tienen una mínima parte de ellos. Creo que es impensable
que dos seres humanos no compartan ningún valor y estén
absolutamente disjuntos o divorciados en el campo de los
valores. Pero es verdad, y parte de nuestra experiencia
cotidiana, que podemos compartir muy poco valores o elementos
vinculados a nosotros en términos familiares, sociales,
culturales y de diversas índoles con otros ciudadanos o
contemporáneos nuestros.
Por último,
quiero decir que hacia el futuro no veo una ausencia del Estado
o de las prácticas de enseñanza y de educación. Eso sí, como
en tantos otros planos, veo un Estado mucho menos autoreferido,
sobre el supuesto ?a mi juicio falso y hoy en día para la
mayoría de los analistas? de que el Estado y el ámbito de lo
público estatal es autosuficiente y puede mediar en todas las
relaciones sociales. Por el contrario, creo que el Estado, cada
vez más, debe concebirse, en términos democráticos, como un
coactor en el esfuerzo productivo, en la solidaridad y la
redistribución, en el apoyo a iniciativas culturales y también
en el campo de la educación. Estado y sociedad civil. La
sociedad civil es la segunda pierna de la experiencia de
convivencia; caminando sobre las dos es que se puede avanzar
hacia el futuro, caminando sobre una sola de ellas se cae
rápidamente en desequilibrios improductivos.
SEÑOR DA
SILVEIRA.- Quiero comenzar mi exposición agradeciendo la
invitación de la Presidencia de la Cámara y la oportunidad de
conversar con todos ustedes en este ámbito.
Voy a hacer un
esfuerzo para centrarme en el tema para el que fuimos
convocados, que es el de la laicidad y los valores en la
educación, no porque crea que no valga la pena discutir alguno
de los temas que presentó el señor Héctor Florit en su
intervención original, relativa a la definición de lo público
y lo privado, al problema de las subvenciones y de la equidad,
sino porque creo que son temas enormemente debatibles y si nos
ponemos a hacerlo ahora corremos el riesgo de permanecer aquí
hasta muy tarde. De todos modos, seguramente habrá otras
oportunidades para hacerlo. El señor Héctor Florit y quien
habla llevamos bastante tiempo discutiendo estas cosas y
tendremos otras ocasiones para ello.
Quisiera,
entonces, centrarme estrictamente en el tema de la laicidad y
para hacerlo brevemente voy a ordenar mi intervención en tres
núcleos, que me parece que son los que han estado presentes en
la discusión pública; inclusive, lo voy a hacer en el orden en
el que han aparecido en dicha discusión en los últimos meses.
Me voy a referir, en primer lugar, a la laicidad y los valores,
en segundo término, a la laicidad y la religión y, en tercer
lugar, a la laicidad y la política.
Si los señores
presentes observan los artículos de prensa que han aparecido en
los últimos dos meses van a advertir cómo el tema se ha ido
trasladando de uno a otro de estos núcleos y en este orden, lo
cual es natural y está bien porque, efectivamente, se trata de
tres dimensiones estrechamente vinculadas.
A continuación,
voy a referirme a la laicidad y los valores. Al principio de la
discusión se planteó si la enseñanza pública está
trasmitiendo valores o no. Francamente, creo que esa discusión
es ociosa; la actividad educativa siempre trasmite valores, lo
queramos o no, lo digamos de manera explícita o no, esté
escrito en los programas o no. Cuando a un niño se le enseña
al ingresar a la escuela que debe levantar la mano para hablar y
que debe espera a que termine su interlocución quien está
haciendo uso de la palabra, se están trasmitiendo valores y no
importa si eso está escrito o no en algún lugar. Entonces,
creo que la pregunta que debemos hacernos no es si la enseñanza
pública está trasmitiendo o no valores; por definición los
está trasmitiendo. Tampoco debemos preguntarnos si debe
trasmitirlos o no, porque la respuesta es sólo una: no puede no
trasmitirlos. Lo que debemos preguntarnos es cuáles son los
valores que vale la pena trasmitir y si se están trasmitiendo
de una manera adecuada. Creo que ese sí es un núcleo
importante y que no debemos perder de vista en ningún momento.
A veces las discusiones sobre valores se presenta como un poco
ociosas o como en las que se pueden decir simplemente cuatro o
cinco generalidades, sin avanzar mucho más. Creo que eso es un
error; una sociedad como la nuestra necesita fuertemente de
valores para poder funcionar, como así también la política
democrática. Si tenemos las reglas de juego democrático pero
todo el mundo se dedica a violar su espíritu y a tratar de
conseguir ventajas particulares mediante esa violación oculta
de las reglas, simplemente, el sistema colapsa. Una democracia
sana necesita valores fuertes. El hecho de que todos ustedes
estén aquí compartiendo una mesa de discusión proviniendo de
bancadas diferentes es una prueba del vigor de valores en la
política uruguaya.
Lo mismo pasa con
la economía. A veces tendemos a pensar que le hacen falta
valores a la política y que a la economía le alcanza con los
intereses y eso es falso. La economía de mercado ?que es el
tipo de economía que tenemos en el Uruguay? necesita muchos
valores para poder funcionar. Fíjense lo que le pasa a
cualquier persona que esté metida en la actividad económica,
que ha invertido y arriesgado y que su bienestar y el de sus
hijos depende de cómo le vaya. Puede existir un competidor que
le revienta los precios, le quita los clientes y los
proveedores; entonces, esta persona puede pensar porqué no
esperarlo una noche oscura y pasarle por arriba con el auto, lo
cual resolvería varios de los problemas que tiene. La economía
de mercado exige valores vigorosos y estar dispuestos a
competir, a arriesgar y, eventualmente, a perder. Pese a todo
esto debemos renunciar al "todo vale", porque cuando
caemos en eso se termina la economía de mercado y empieza la
guerra de mafias. Por lo tanto, efectivamente, el tema de los
valores es muy importante para una sociedad como la nuestra,
tanto en el terreno político como en el económico.
Sobre el segundo
núcleo de la discusión, la laicidad y la religión, se ha
escrito mucho y se ha hecho bastante ruido. Me interesa decir
algo que creo que es vital para este asunto. La discusión sobre
laicidad y religión que hoy está planteada en el mundo no es
la misma que se mantenía a fines del Siglo XIX; es un
discusión del Siglo XXI. La discusión del Siglo XIX se llevaba
a cabo entre clericalistas y anticlericalistas. Por
clericalistas no entiendo sólo a aquellos que tenían
convicciones religiosas y las defendían, sino también a
quienes pretendían que la religión tuviera una influencia
directa sobre el manejo de los asuntos públicos. Se intentaba
invadir la esfera de lo público a partir de lo religioso. El
anticlericalismo reunía varias versiones pero había una que...
...buena parte de los problemas de la sociedad se van a resolver
cuando liquidemos el fenómeno religioso o terminemos con esta
rémora del pasado, que es la religión. Era algo así como una
lucha de exterminio; si no terminó en un exterminio fue porque
la correlación de fuerzas obligó finalmente a soluciones más
negociadas y a que primaran las posiciones más moderadas y
dialogantes. La discusión de hoy en día no está para nada
planteada en esos términos. El clericalismo ya no existe, salvo
algún sujeto un poco desorientado que se encuentre por ahí; no
hay ninguna fuerza política ni movimiento mínimamente
organizado que esté proponiendo lo que impulsaba el
clericalismo del siglo XIX.
La contrapartida
a las formas más virulentas del clericalismo, en todo caso,
están en el seguro de paro, porque no hay con quién
enfrentarse en ese tipo de debate. Lo que quiero decir con esto
es que cuando hoy se habla de laicidad y religión no se está
hablando del problema de si hay que mantener o no la separación
entre el Estado y las confesiones religiosas. Todas las partes
están de acuerdo en esto; todas las partes están de acuerdo en
que es una condición esencial para el funcionamiento de las
instituciones democráticas. El problema que se plantea es cuál
es la mejor manera de hacerlo. Hay muchas formas de establecer
la separación entre el Estado y las confesiones religiosas, el
asunto es ?repito? cuál es la mejor forma de hacerlo.
El criterio de
evaluación que está primando hoy ?y por eso digo que es una
discusión del siglo XXI? es el del respeto a la diversidad.
Buscamos formas de establecer la separación entre el Estado y
las confesiones religiosas que no hagan pagar un alto costo en
términos de anulación de la diversidad; que no impliquen un
costo alto en términos de impedir que mucha gente pueda vivir
como cree que vale la pena hacerlo.
Lo que se puede
observar es una especie de cambio de sensibilidad de las
sociedades democráticas a nivel mundial, que tiene que ver con
el cambio que han tenido las sociedades democráticas en muchos
aspectos. Por poner algunos ejemplos, digo, que las sociedades
democráticas actuales son mucho menos tolerantes en lo que
refiere a la violencia de lo que eran hace un siglo, donde un
país se embarcaba en una guerra colonialista, morían
muchísimas personas y la ciudadanía más bien lo soportaba.
Actualmente, en parte debido al efecto de los medios de
comunicación y al propio funcionamiento de las instituciones
políticas, hay cinco muertos en alguna parte y el Gobierno
tiene problemas. Ese es un gran avance. Del mismo modo, las
sociedades democráticas han avanzado en el tema del respeto a
la diversidad. Les pongo un ejemplo, que no tiene que ver con el
Uruguay, pero en cierto sentido sí y luego les voy a explicar
porqué. Hace aproximadamente diez años, en Francia, se
planteó una determinada situación. Unas chicas que asistían a
una escuela pública de París y que eran hijas de inmigrantes
empezaron a ir con un foular islámico, el tipo de pañuelo que
les tapa el pelo a las chicas islámicas una vez que alcanzan la
pubertad, no hablo del velo, sino simplemente de un pañuelo que
les tapa el pelo. Las autoridades reaccionaron de acuerdo a lo
que era la normativa vigente diciendo que ése era un símbolo
religioso ostentatorio y que, por lo tanto, no podían asistir
así a la escuela. Los padres reaccionaron diciendo que si era
así, sus hijas no concurrirían más a la escuela pública.
Probablemente, en la Francia de los años 70 no hubiera ocurrido
nada de eso, se hubiera dicho que es una regla de la democracia
y que esas personas se tienen que ajustar a ello, sino mala
suerte. Sin embargo, este asunto que se llamó el "afaire
del foular islámico", terminó siendo discutido en el
Parlamento, generando declaraciones del Ministro de Educación,
provocando ríos de tinta en la prensa, en las revistas
académicas y en diversos ámbitos de discusión, porque la
propia sociedad francesa dijo: caramba, tenemos un problema.
¿Estamos seguros de que le podemos imponer algo así a esta
gente? ¿Estamos seguros de que implica un riesgo tan grande
para la continuidad de la República, que tenemos que impedirles
que hagan una cosa así? Cada uno puede tener sus opiniones al
respecto, el punto no es llegar aquí a un acuerdo sobre ello,
el hecho sobre el cual quiero llamar la atención es que se
armó un gran debate, cosa que, por ejemplo, no hubiera pasado a
principio de los años setenta. Hay un crecimiento, un
desarrollo de las sensibilidades de las sociedades democráticas
que va en la dirección del respeto de lo diverso.
En ese marco la
pregunta en torno a lo que gira el debate sobre religión y
laicidad en Uruguay es la laicidad tal como nosotros la
practicamos. ¿Es una buena manera de establecer el límite, la
separación entre el Estado y las confesiones religiosas o no?
Quisiera decir
dos cosas. Primero, la laicidad da una respuesta particular a
esa pregunta que consiste en decir: para que haya una
separación entre el Estado y la religión, el Estado debe
actuar como si la religión no existiera. Es decir, cada uno
tiene derecho a practicarla en su hogar, a asistir a los
diferentes templos, iglesias, sinagogas, etcétera, pero el
Estado, a la hora de distribuir recursos públicos, de tomar
decisiones colectivas, tiene que actuar como si eso no
existiera. La religión es un fenómeno estrictamente privado.
La Constitución francesa lo dice desde 1907 en una expresión
muy célebre: "El Estado no reconoce ninguna
religión". Como muchos juristas han destacado, ésta es
una expresión muy fuerte, porque no dice "el Estado no se
identifica con ninguna religión", "el Estado no apoya
particularmente ninguna religión". Es decir, actúa como
si las religiones no existieran.
Lo segundo que
quiero decir es que ésta es una solución extremadamente
excepcional en el mundo democrático. Se la ha aplicado en
Francia, en Uruguay pero prácticamente no se aplica en ninguna
parte del mundo democrático. No quiero entrar en detalles, pero
en Francia se aplica de manera menos rigurosa que en nuestro
país, hay muchas más excepciones en Francia, que son los
papás de la idea, que aquí. Si no fuera porque estamos
hablando de laicidad, diría que nos hemos vuelto más papistas
que el Papa en este tema específico.
A principios de
los años noventa, la Universidad de la Sorbona hizo un estudio
en lo que entonces era la Europa de los doce, es decir, la
Unión Europea antes de las últimas integraciones y llegaron a
los siguientes descubrimientos. En todos los países de la
Unión Europea, menos en Francia, se enseñaba religión en las
escuelas y liceos públicos. En todos los países, menos en
Francia, los cursos de religión eran financiados por el Estado.
En todos los países, menos Francia y otro más, los programas y
los docentes eran seleccionados por las autoridades de las
distintas iglesias. No estoy haciendo juicios de valor, sino
simplemente aportando hechos. Estadísticamente esta es la
norma; la solución a la francesa ?al igual que a la uruguaya?
es una excepción desde el punto de vista estrictamente
empírico porque en muchos países democráticos se considera
que si el Estado ignora el hecho de que muchas personas tienen
convicciones religiosas y que esto implica consecuencias muy
fuertes sobre el tipo de educación que quiere darle a sus
hijos, terminan, por la vía de los hechos, discriminando. Es
decir terminan en una situación que es la de nuestro país.
Tomemos, por ejemplo, a dos padres, igualmente responsables y
preocupados por darle a sus hijos la mejor educación, pero uno
creyente y el otro no. El no creyente encuentra gratis lo que
considera la mejor educación que puede brindarle a sus hijos.
El creyente tiene que pagar para poder hacer exactamente lo
mismo. Es decir, para darle a sus hijos la educación que
considera la mejor. Hay un dato que es la diversidad, hay padres
que son creyentes y otros que no los son. Dentro de los
creyentes, hay padres de una diversidad de religiones, dentro de
éstos todavía hay padres que creen que está bien darles una
educación sin ningún contenido religioso y que después, el
fin de semana, concurran a la parroquia, al templo, a la
sinagoga, etcétera. Pero están los otros que creen que no, que
la buena educación es la que está imbuida en valores
religiosos, de modo que cuando el chico recibe una clase de
biología y están hablando de anatomía humana, el profesor les
diga: ahora vamos a hablar de nuestro cuerpo, pero les recuerdo
que no somos sólo eso. Estas son todas posiciones que están
presentes en la sociedad. La pregunta es: ¿son igualmente
respetables o no? Es decir ¿los ciudadanos merecen un igual
respeto, independientemente de cuál sea la posición que tomen
respecto a estos temas, o no?. Si son igualmente respetables,
los críticos de la laicidad dicen: tenemos un problema porque
el Estado está repartiendo premios y castigos de manera
distinta. A los que hacen cierta opción les dan gratis la
educación que consideran mejor para sus hijos y a los que hacen
otras opciones deben pagarla, si pueden. Esto no significa ?me
importa hacer la aclaración? que, necesariamente, la solución
sea subvencionar a los colegios religiosas, esa es una de las
soluciones posibles, pero no la única. Les doy un ejemplo, en
Bélgica existe un curso que tiene un nombre genérico, algo
así como educación moral, que se da en todas las escuelas
públicas. Entonces los chicos, cuando llegan a ese curso,
pueden elegir entre siete opciones: un curso de religión
católica, de religión protestante, de religión anglicana, de
religión judía, de religión griego ortodoxa, de religión
musulmana o de moral laica. Cuando llega esa hora, los chicos se
reparten en diferentes salones, donde se encuentran con otros
que han elegido la misma opción y cuando termina esa hora
vuelven a estar todos juntos en las distintas clases de
matemáticas, de geografía, etcétera. Lo cual tiene un doble
efecto, debe ser una muy interesante experiencia de convivencia
en la diversidad, no se oculta el hecho de que tienen o no
ciertas convicciones religiosas, junto con una estricta igualdad
de oportunidades. Es decir, todos los padres, tengan o no
dinero, pueden darle a sus hijos la formación con la
orientación religiosa que prefieran, dentro de un marco general
de razonabilidad que hace que nadie vaya a educar a sus hijos
dentro de una religión que practique sacrificios humanos o
cosas por el estilo.
Este es un tema
en debate en el mundo, y deberíamos evitar querer que la
solución que nosotros le hemos dado al problema es la solución
natural. Es una de las soluciones posibles, pero que está
sometida a crítica. Este es un debate que existe no es una
rareza que se nos ocurra discutir o reflexionar.
Tercer núcleo:
laicidad y política. La política tiene un aspecto similar a
las religiones, es decir, así como hay individuos protestantes,
judíos, católicos, ateos, todos igualmente respetables, hay
ciudadanos colorados, blancos, frente amplistas nuevo espacistas,
todos también igualmente respetables. La pregunta es
¿deberíamos darle a la política el mismo tratamiento que a la
religión? La respuesta predominante es no, porque entre la
religión y la política hay una diferencia importante y es que
en política se vota cada cinco años y los resultados de las
elecciones tienen consecuencias muy importantes sobre la vida
institucional del país, mientras que en materia religiosa, no
se vota, no es algo que tenga consecuencias sobre el conjunto de
la sociedad. Si eso es así, si permitimos introducir el debate
político en los centros de estudio, lo que puede pasar es que
se ejerza entre los miembros de las nuevas generaciones una
terrible presión y que se conviertan en el campo de batalla de
grupos que tratan de fabricar por anticipado votantes para la
posición que cada uno cree la más adecuada. Ese es el
argumento por el cual la opinión predominante es que aunque hay
ese punto similar con el tema de las religiones, que es una
diversidad de opiniones todas igualmente respetables, hay una
buena razón para no dejar entrar la política en los centros de
enseñanza, por lo menos, cuando se trata de alumnos menores de
edad, para preservar su capacidad de poder hacer opciones libres
en el futuro en materia política, en lugar de estar sometidos a
terribles presiones por razones que tiene que ver con la propia
dinámica del funcionamiento de las instituciones.
Creo que vale la
pena que tengamos presente estos tres núcleos del debate,
pienso que los tres son importantes y son discusiones
razonables; en ningún caso se trata de discusiones donde hay un
grupito de excéntricos que plantea algún tipo de ideas
absolutamente insostenibles que nadie identifica en el mundo y
luego, la gran corriente principal que defiende lo que es la
solución natural de las cosas. En esto no hay una solución
natural, sino que existen muchas maneras de hacer las cosas en
el mundo democrático y nosotros tenemos todo el derecho de
reafirmar nuestra solución, después de haberla discutido, pero
por lo menos creo que vale la pena que hagamos el esfuerzo de
mirar en forma global, primero, para descubrir que estamos más
bien en un extremo del espectro y no en el medio y, segundo,
para conocer cuáles son los argumentos que en otras partes del
mundo se utilizan para discutir estos asuntos.
SEÑOR
PRESIDENTE.- Hemos finalizado con la intervención de
nuestros invitados y vamos a proceder a realizar preguntas a
cada uno de ellos, en particular o en general.
Quisiera resaltar
que éste no es un ámbito de debate entre los panelistas y los
invitados, sino que un desayuno de trabajo que pretende escuchar
opiniones absolutamente respetables de tres connotados
compatriotas que tienen mucho que ver con el tema en discusión.
SEÑOR ARREGUI.-
En primer lugar, quiero agradecer la participación de los
invitados. En realidad, sería mejor debatir que presentar, por
lo que voy a formular una pregunta al doctor Pablo Da Silveira
que, de alguna manera, provocará un debate. Mi pregunta
consiste en por qué propone otra variante ?para que los
uruguayos tomemos conciencia? para lo religioso que la que
históricamente se ha dado en Uruguay de remitir al ámbito de
lo privado, en el sentido de que cada uno tenga libertad de
poder ir ?como decía tan gráficamente? a la sinagoga,
parroquia o templo. ¿Qué diferencia ve entre lo religioso y lo
político en este aspecto concreto? Porque yo creo que si hay
distintos cursos de religión, para ser coherentes con ese
planteamiento, tendría que haber distintos cursos de
adoctrinamiento de las distintas posturas partidarias en la
Escuela Pública. El hecho de que haya elecciones cada cinco
años no quita ?y no lo hacen los religiosos? la similitud de
que cada congregación religiosa también quiera tener la mayor
cantidad posible de adeptos. Entonces, tendría que haber cursos
para permitir que todos puedan interiorizarse no sólo en lo
religioso sino también en lo político. Entonces, la pregunta
consiste en por qué en ese caso no hay coherencia entre lo
religioso y lo político.
SEÑOR DA
SILVEIRA.- El planeamiento es muy interesante.Creo que hay
una diferencia importante con lo político que es ese escenario
?sobre todo en ciertos momentos? donde puede ejercerse una
presión muy fuerte a corto plazo ?y a plazos vencibles? para
conseguir ciertos pronunciamientos que pueden tener
consecuencias muy severas sobre la vida de los chicos que están
formándose antes de llegar a la vida adulta.
Le concedo que en
las religiones también hay proselitismo. Por supuesto, que la
gran mayoría de las religiones intenta generar adeptos y que
eso puede tener riesgos. Efectivamente, creo que hay que buscar
mecanismos de contrapeso. El ejemplo de Bélgica no me parece el
ideal. Simplemente quería ilustrar el punto de que no
necesariamente hay que financiar a los colegios confesionales
para avanzar en este otro sentido.
¿Cómo se evitan
esos riesgos? Algunos dicen que está muy bien que cada uno dé
a sus hijos la formación religiosa que quiera, pero que
entonces se debería exigir como contrapartida que también
tengan contacto con representantes de otras religiones.
Entonces, en un instituto donde se brinda enseñanza católica
debería existir un espacio horario para que un rabino, un
pastor protestante y un ateo vayan a presentar su punto de vista
sobre los temas que consideran importantes. Hay gente que avanza
en esa dirección.
Por otro lado,
algunos dicen que el contrapeso lo tienen que jugar los cursos
de educación cívica. Y ese es un tema absolutamente
apasionante, que lamentablemente nos llevaría mucho tiempo
analizar. Pero los uruguayos tenemos un problema: la expresión
educación cívica está muy devaluada, porque en cierta época
fue utilizada para cosas muy desagradables. Pero en realidad los
cursos de educación cívica bien entendidos son un componente
esencial de funcionamiento de una sociedad democrática. Lo que
muchos piensan es que una parte central del mensaje que tienen
que trasmitir los cursos de educación cívica consiste en decir
que cada uno puede adherir a la religión que desee, que no
está obligado a elegir la religión de sus padres, que tiene
todo el derecho del mundo a abandonarla cuando quiera y que, si
la abandona, el Estado, lejos de perseguirlo, lo va a proteger
de eventuales intentos de presión por parte de los miembros de
su anterior religión. Consiste en decir que vivimos en una
sociedad plural donde, así como pueden recibir una religión
enmarcada en ciertos valores, no están para nada programados en
ese sentido, y tienen a las instituciones de su lado a la hora
de revisar sus puntos de vista y modificarlos. Esta es una
discusión muy prolongada. Inclusive, hay otras soluciones
posibles. No voy a aburrirlos con cuestiones más técnicas,
pero creo que el punto que está detrás de su pregunta es
importante, y así como personalmente creo que deberíamos
avanzar hacia formas más flexibles que le den igual libertad a
los padres de poder brindar a sus hijos la educación que
sinceramente creen que es la mejor que pueden darle, también
pienso que habría que desarrollar un sistema de contrapesos que
evite los riesgos del lavado de cerebros, del adoctrinamiento y
de ese tipo de fenómenos que ciertamente existen.
SEÑOR .-
La pregunta tiene otra respuesta más sencilla. En realidad, hay
muy buenas razones para que los diversos partidos políticos
tengan oportunidad de comunicarse ?naturalmente, a partir del
nivel secundario? con quienes están cursando la educación
pública y privada. De hecho, en muchos colegios se hace eso.
Naturalmente, van representantes de todo el espectro político
?al menos en circunstancias preelectorales? a comunicarse con
los estudiantes. Creo que mientras se salve la igualdad de
acceso de los diversos grupos políticos a los estudiantes, hay
muchas razones para facilitar esa comunicación. SEÑOR MAHIA.-
Agradezco a nuestros invitados su presencia.
Realmente lo
manifestado nos motiva mucho más a opinar ?como bien decía el
señor Diputado Arregui? que a preguntar. Pero voy a formular
una pregunta que hicimos hace dos semanas cuando convocamos al
CODICEN a la Comisión de Educación y Cultura de la Cámara y
que tiene que ver con los valores.
En general, se
habla de los valores. Mi pregunta es si se considera que la
Escuela Pública tiene que trasmitir nuevos valores y si es
así, cuáles son. Por ejemplo, el derecho a la diversidad o la
tolerancia, ¿no son parte de los valores que trasmite la
Educación Pública hoy en el Uruguay? Mi pregunta concreta es
si se considera que esos valores no son trasmitidos hoy por la
Escuela Pública en el Uruguay. Realmente, se trata de un tema
muy delicado.
Hicimos una
pregunta similar a las autoridades del CODICEN, en el sentido de
qué valores se pretendía revisar y cuáles eran los nuevos
valores, porque se escuchan respuestas muy genéricas; quisiera
que fueran concretas en esta materia para conocer qué valores
hoy le hacen falta a la educación pública.
SEÑOR FLORIT.-
Creemos que la escuela es permeable a los debates y a las
situaciones que se den en el entorno social. En ese sentido, los
valores históricos que trasmite la escuela se ven reafirmados y
confrontados en situaciones socialmente conflictivas. Entonces,
por supuesto que hay nuevos elementos de controversia, porque es
un problema provocado por la crisis social. Por ejemplo, ¿los
vínculos familiares no deben tener hoy un énfasis mucho mayor
en la agenda escolar, al haber una familia tan modificada en
poco tiempo? ¿Eso implica un valor nuevo, o asumir
colectivamente que la explicitación en los valores
programáticos y curriculares del tema vínculo familiar tiene
que estar en la tapa del libro? Lo interesante del libro que yo
leí del Consejo de Educación Primaria no es que Primaria
recuerde que es importante hablar de los vínculos familiares y
rechazar la violencia familiar, sino que una institución como
el Movimiento de Educadores por la Paz, el Sindicato de los
maestros y las autoridades de la Administración digan que es
bueno que los maestros dediquen un par de días en la
planificación anual para ver cómo implementan concretamente
este valor. Son valores universales democráticos, como dice
Fernando Sabater**, los que se llevan adelante en la escuela. La
manera en que se expresan está muy condicionado por la crisis
social, y la necesidad de tenerlo todos los días arriba de la
mesa, es hoy un imperativo pedagógico.
SEÑOR DA
SILVEIRA.- Creo que su pregunta tiene varios aspectos. Uno
es empírico. Tendríamos que averiguar exactamente qué es lo
que está pasando en los centros de enseñanza y, lo que me
importa decir es que, para eso no alcanza con analizar planes y
programas. Como saben todos quienes están vinculados a la
educación, los planes y programas tienen distintos tipos de
vida. Tienen una vida burocrática, que son los planes y
programas tal como aparecen en los papeles, y una vida real en
los centros de enseñanza, que es una combinación de lo que
está en los papeles, con el modo en que ha sido interpretado
por la comunidad docente, por un conjunto de prácticas que se
desarrollan. Esto no es una anomalía; las cosas siempre
funcionan así. Entonces, en parte la pregunta exigiría
examinar con método y rigurosidad, cuáles son los mensajes que
en materia de valores están recibiendo los alumnos, porque
quizás descubramos que no están recibiendo los que queremos, o
tal vez sí. Pero se trata de una pregunta de carácter
empírico, que no se resuelve discutiendo alrededor de una mesa.
La pregunta tiene una segunda parte que es, en todo caso,
cuáles se deberían trasmitir. Creo que se puede avanzar en esa
discusión, pero es allí donde inevitablemente nos topamos con
el problema de la diversidad. Por ejemplo, hubo un debate en
estos últimas semanas en torno a una carta de la señora
Consejera Carmen Tornaría en donde algunos entendieron ?yo no
me voy a pronunciar al respecto? que ella decía que había
aprendido en la Escuela Pública que no había que robar porque
es delito y uno termina preso. Algunos entienden que ella quiso
decir eso; otros que no. No me importa el punto; lo que quiero
decir es que probablemente haya gente que piense que ése es el
mensaje que hay que trasmitir a sus hijos. Yo pienso que no,
porque si la única razón para no robar es que voy a ser
sancionado, basta con tener la seguridad de que no voy a ser
sancionado para robar. El punto es cuáles son las alternativas
si no es así, en qué vamos a apoyar un principio como el de no
robar. Lo podemos apoyar en una moral de tipo humanista, laico o
en una moral de tipo religioso. Desde ese punto de vista, lo
podemos apoyar en un montón de cosas.
Creo que lo
único que se puede decir al respecto es que tenemos que aspirar
a ponernos todos de acuerdo sobre eso, porque no estamos de
acuerdo y es sano que sea así, porque vivimos en una sociedad
plural donde cada uno de nosotros conecta contradicciones
diferentes y está bien que así sea en la medida de que podamos
ponernos de acuerdo en algunos valores troncales. Sin duda es
una tarea importante identificar cuáles son aquellos valores
que son indispensables para la convivencia democrática tal como
la entendemos. Es importante verificar que sean efectivamente
esos valores. Ahora bien, cómo creo que hay un problema que no
admite respuestas unívocas y que se resuelve en el terreno de
la diversidad.
SEÑOR .-
Naturalmente no estoy en condiciones de hacer un pronunciamiento
sobre qué trasmite y que deja de trasmitir la educación
pública en nuestro país en materia de valores. Por lo tanto,
en términos más generales y sin intentar, para nada, un
diagnóstico quiero señalar lo siguiente. Es muy claro que una
educación estatal, en un Estado democrático, puede trasmitir
determinados valores. Me refiero, precisamente, a los que suelen
llamarse valores de la democracia, del propio régimen porque en
eso el Estado no es neutral sino que es tolerante. Como sabemos,
mientras no se llegue al atentado práctico se puede profesar
convicciones no democráticas en un Estado democrático, pero el
Estado no es neutral sino que tiene forma democrática y la
preconiza, procurando difundirla y reproducirla generación tras
generación. Esos valores son muy importantes y, obviamente,
debería dejarnos muy intranquilos el hecho de que hubiera
razones para pensar que no se están trasmitiendo en la
educación pública o privada. Pero no son todos los valores que
pueden dar lugar a una auténtica gestión educativa y a una
influencia educadora plena. Más allá de los valores
democráticos estamos en el mundo de la diversidad, dentro de
cuyas alternativas el Estado democrático no puede privilegiar a
ninguna. Entonces, es perfectamente posible que una educación
estatal que se considere como la única o la principal y que al
mismo tiempo sea laica ?porque democráticamente no puede ser
otra cosa? tenga problemas muy graves de transmisión de valores
en el campo familiar, de las relaciones económicas,
productivas, laborales, culturales, etcétera. Porque o trasmite
algunos valores, pero violando el ideal democrático debido a
que privilegia algunas posiciones, o no lo hace y entonces va a
trasmitir, incompletamente, un cuadro de valores. Me parece que
la solución está en que el Estado se abra, inclusive en su
práctica escolar formal a esa diversidad. Debe llamar a otros
agentes a que presenten diversas pautas y cuadros de valores,
dentro de los valores democráticos que el Estado imparte de por
sí y que no depende de otros. Pero para acceder a otros
terrenos es perfectamente posible que entre en cooperación
?como por ejemplo se hace en Bélgica en el plano religioso; se
puede hacer en muchos otros planos? con agentes de la sociedad
civil, donde reside legítimamente la diversidad.
SEÑOR NADRUZ.-
Quisiera que realmente no quede en actas una palabra o un verbo
que está siendo usado por todos los panelistas y que hace a un
canal diferente a lo que acontece realmente o, por lo menos, que
es el espíritu que los docentes tienen en Uruguay. Creo que
aquí se ha hablado persistentemente de trasmisión y quisiera
precisar que la educación pública uruguaya cultiva; hay dos
canales absolutamente distintos en la trasmisión que tienen un
sesgo dogmático y en el cultivo que hace dice que para el
alumno no son vasijas a llenar sino fuentes a hacer surgir. Me
parece que es ponderable que advirtamos esta situación porque,
de lo contrario, lo relativo a los valores se transforma en un
tema dogmático si es trasmisión.
SEÑORA CASTRO.-
Evidentemente, lo que quería plantear tenía que ver con la
preocupación que se plantea. En primer lugar, deseo hacer una
reflexión que me parece muy saludable para este tipo de debate,
pero no puedo dejar de expresar que quizás es mi fuerte
componente de docente el que en las exposiciones veo que hay un
sesgo importante, quizás porque proviene del mundo de la otra
academia ?los maestros también vivimos un mundo de la academia?
que amerita que se plantee como algo lógico y natural la
pregunta de cómo ubicarse en la práctica pedagógica acerca
del principio de no robar. Esto amerita determinado tipo de
reflexiones, dependiendo dónde uno esté ubicado. No estoy
diciendo que esté bien o mal pero son sesgos de la discusión.
En aras de la
exhortación que hace la señora Presidenta hice referencia a
una mención del doctor Perez en cuanto a las prácticas, con
frecuencia preelectorales, de la visita de candidatos o de
representantes de las organizaciones políticas en los colegios.
Supongo que el doctor se debía estar refiriendo a la enseñanza
privada. Pero lo que me interesaba era la reflexión de los
integrantes del CODICEN acerca de esta práctica, porque lo que
vengo a interponer como pregunta es en relación a dos de los
núcleos temáticos que planteo el señor Silveira. Me refiero a
laicidad y religión en su replanteo y laicidad y política y
las posibles otras soluciones, es decir, aquellas que se
acercarían más a la norma a nivel mundial, cómo se armonizan
o instrumentan ?estoy hablando de sujetos en etapa escolar y en
formación de sus personalidades; me refiero al mundo no adulto?
esas prácticas pedagógicas en el sentido de que deben ?creo
que ello está planteado en todos los sistemas educativos?
favorecer el pasaje de una moral heterónoma a una autónoma, ya
que tanto la enseñanza religiosa como la búsqueda de
prosélitos mediante el planteo de una organización política
de alguna manera está planteando una adhesión.
SEÑOR
SILVEIRA.- Pienso que puede ser una característica de la
academia pero creo que es bueno que nos demos el tiempo y el
espacio de preguntarnos todo porque sólo así las sociedades
mejoran. Si no nos preguntáramos todo tal vez en la sociedad
uruguaya siguiéramos teniendo esclavitud o las mujeres
siguieran sin votar porque hubo momentos en que ello fue
considerado lo normal, lo jurídicamente válido y lo correcto.
Salimos de esas situaciones precisamente porque nos permitimos
tomar distancia de ellas y preguntarnos al respecto. Entonces,
no hay que pasar la vida imaginando mundos posibles porque si no
uno se vuelve muy ineficaz, pero me parece que vale la pena que
nos demos esa posibilidad de dar un paso atrás y hacer las
preguntas con cierta capacidad de distancia y reflexión.
La segunda parte
de su pregunta lleva implícita toda una teoría acerca de cómo
funcionamos moralmente. Si entendí bien su punto de vista es el
siguiente: sólo somos moralmente autónomos cuando no estamos
identificados con una religión específica.
SEÑORA CASTRO.-
Hice la aclaración de que me estaba refiriendo al mundo no
adulto. Precisamente, me refiero al papel ?porque estamos
hablando dentro del ámbito educativo? que se da en el proceso
educativo, en una franja etaria de conformación de la moral, en
este período del ser humano en que pasa de una moral
heterónoma a una autónoma, en ese proceso de conformación la
incidencia de la educación que tuviese como pivot la formación
religiosa o político partidaria.
SEÑOR
SILVEIRA.- Ese es un tema sobre el que todos discrepamos.
Hay gente que dice que la mejor manera de generar un agente
moral autónomo es hacerlo crecer en un ámbito en donde no haya
ese tipo de compromisos. Hay gente que dice que sólo creciendo
en el marco de una comunidad comprometida con valores morales
fuertes uno puede desarrollar una identidad moral autónoma. Por
ejemplo, hay filósofos morales importantes que dicen: Las ideas
morales abstractas siempre llegan tarde. El disparador del
pensamiento y de la acción moral siempre es encontrarse con
modelos morales concretos. Es decir, antes de saber
abstractamente que es la integridad tuvimos la experiencia de
encontrarnos con hombres moralmente íntegros y eso es lo que
nos permite construir un sistema de modelos a partir del cual
vamos a ir deduciendo nuestras ideas abstractas. Los que
defienden ese punto de vista dicen que lo mejor que le puede
pasar a alguien es vivir en una comunidad muy rica en valores,
en tradiciones, etcétera.
En todo caso, sin
meternos en esa discusión, diría que la evidencia empírica
sugiere que no hay mayores problemas. La propia distinción que
usted maneja entre moral autónoma y heterónoma es una
distinción formulada en términos clásicos por Kant, que fue
un señor muy religioso formado dentro de la comunidad pietista
que era una de las comunidades más religiosas del mundo
protestante alemán y de éste surgió un señor que llevó la
idea de la moral autónoma a la cumbre filosófica.
SEÑORA .-
No olvidemos que no sólo se acota la distinción del categorial
en el mundo kantiano; fue retomada por la psicogenética
piagetiana y redefinida en otros términos.
SEÑOR
SILVEIRA.- Sí, fue redefinida en muchísimos otros
términos. Lo único que quiero mostrar es que la evidencia no
sugiere que niños que crecen en marcos imbuídos de una moral
religiosa terminan siendo incapaces de ser moralmente
autónomos. La evidencia empírica sugiere más bien lo
contrario hasta tal punto que el autor que inicialmente formuló
esa distinción hizo exactamente ese recorrido. No trato de
convencerla de que esto es así, lo que quiero decir es que es
un punto donde perfectamente existe la posibilidad de
discrepancias razonables.
SEÑOR BELLOMO.-
El maestro Florit hablaba del acceso de los quintiles más
carenciados a la educación que era exclusivamente pública.
Hablaba de un 99% en uno de los quintiles y de un 95%. Supongo
que el 5% y el 1% que no están comprendidos es porque no
asisten. Si existe esa tendencia de deserción escolar y otros
problemas que tenemos porque se ha planteado como uno de los
valores inherentes todo esto de la laicidad, damos por supuesto
que es el elemento del valor democrático que creo todos
reinvindicamos. En que medida este debate es democrático en
cuanto que el acceso que hoy tiene la sociedad a las posibles
opciones de la educación lo haría en menos de la mitad de la
población. La primer pregunta que formulé va dirigida al
maestro Florit y la restante a todo el panel.
SEÑOR FLORIT.-
El 1% del quintil de más bajos ingresos asiste a instituciones
privadas y el 5% del segundo quintil también. Nos estamos
refiriendo a la participación de la educación pública en el
total de la matrícula escolar, es decir, los residuales son los
porcentajes de niños de esos quintiles que asisten a
instituciones privadas. Sobre la segunda pregunta manifiesto que
en la agenda de las urgencias para los maestros hoy hay otros
temas más apremiantes. Por ejemplo, hoy de madrugada se asaltó
por cuarta vez consecutiva la Escuela Nº 148 del barrio Cadorna.
Hoy todos los maestros y padres están discutiendo esta
situación. Considero que algunos temas son importantes y otros
son urgentes. Creo que el de la exclusión social y la
marginalidad es urgente e importante y, a mi modesto entender,
tiene prioridad frente a este otro que, sin lugar a dudas,
también es importante pero no tiene la urgencia y la
perentoriedad que tienen algunos temas sociales en el Uruguay de
hoy.
SEÑOR DA
SILVEIRA.- Yo veo una combinación entre la segunda pregunta
y lo que acaba de decir Héctor Florit.
Estoy de acuerdo
con que los temas de la exclusión social y la búsqueda de la
equidad tienen absoluta prioridad. Sin embargo, no deja de
sorprender ?creo que todos tendríamos que reflexionar? el
inmenso impacto que tuvo una frase dicha al pasar por el señor
Presidente de la República hace dos meses, a propósito de la
laicidad. Esta frase tuvo un gran impacto a nivel político,
académico, de la prensa, y en reuniones como esta. Creo que eso
sugiere que se trata de un tema que nos moviliza porque, de
algún modo, tenemos pendiente su revisión, discusión y
profundización. Insisto ?porque aquí hay opiniones diferentes?
en que no me pronuncio acerca de cuál debería ser el final de
ese proceso, ya que perfectamente algo se puede revisar para ser
confirmado. Lo que quiero decir es que me llama mucho la
atención ?y es algo sobre lo que todos deberíamos reflexionar?
el modo en que todos reaccionamos ante la aparición breve de
una frase del señor Presidente de la República sobre el tema
de la laicidad.
SEÑORA TOURNE.-
En primer lugar, quiero felicitar al señor Presidente de la
Cámara de Representantes por esta iniciativa y confirmar la
necesidad de realizar el debate de la laicidad en Cámara, lo
cual está pendiente desde hace mucho tiempo.
En segundo lugar,
creo que no podría callar y dejar de hacer alguna reflexión
acerca de las manifestaciones que han realizado los miembros de
este panel.
Coincido en
varios aspectos con los tres panelistas, lo que confirma mi
vocación democrática. Considero que el tema de la diversidad
es importantísimo y central. Además, creo que se sustenta en
cómo lo transitemos y en cómo resignificamos, en este momento,
lo que consideramos laicidad. Esa es mi primera conclusión
importante.
Por otro lado, me
quedan resonando dos o tres preguntas, pero no pretendo que se
me respondan, sólo me las llevo como interrogantes profundas
que hace tiempo me vengo formulando.
En lo personal,
no me sorprende que una afirmación del señor Presidente de la
República haya generado conmoción, porque tiene que ver con el
proceso de formación de la identidad nacional, pero no se lo
voy a explicar a tan distinguido panel.
Cuando se da el
proceso de secularización, precisamente, tal como decía el
doctor Pérez, la homogeneización fue central para la
generación de nación. En esto tiene mucho que ver la reforma
educativa y, por lo tanto, está relacionado con nuestra
identidad. No digo que esté bien o mal, o que no haya que
revisarlo o debatirlo, lo que digo es que conforma parte de
nuestra identidad nacional y, por lo tanto, una afirmación de
ese tipo genera reacciones; y, por suerte, es así.
Por otro lado, me
pregunto si tenemos problemas con los valores. Yo creo que sí,
que una sociedad ?no sólo la nacional, sino ya a nivel mundial?
con los patrones y matrices culturales que se imprimen a través
de la postmodernidad tiene problemas, aunque no dilemas. Y en
esto coincido con el doctor Da Silveira, en el sentido de que es
imprescindible pensar y poner en juego en espacios como este la
más auténtica discrepancia y diversidad, a fin de mover las
neuronas y analizar el problema y no el dilema.
Una de las
preguntas que me llevo resonando es si el problema de los
valores se asimila o se soluciona exclusivamente a través de la
religión. Además, cuando lo que nos preocupa es el problema
axiológico, también me pregunto si podemos pensar que la
educación es la única responsable de la situación de los
valores o si, por el contrario, habrá que mover algunos otros
resortes en estos modelos postmodernos.
No pretendo que
estas preguntas sean respondidas en este instante, ya que sé
que no contamos con mucho tiempo, pero quería dejar constancia
de que me las formulo y de que pienso que son ejes importantes
para llegar a alguna conclusión que creo que se va a tomar su
tiempo; en lo personal, me avengo a la discusión y o la evito.
SEÑOR
PRESIDENTE.- Agradecemos al maestro Héctor Florit, al
doctor Romeo Pérez, al doctor Pablo Da Silveira, a todos los
legisladores, a las autoridades nacionales y a los invitados
especiales su presencia. Además, queremos que se lleven de
recuerdo un libro sobre al Palacio Legislativo y que sepan que
aquí, en la Casa del debate, las puertas siempre estarán
abiertas para seguir analizando estos temas. Muchas gracias.
LA
ONDA®
DIGITAL
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