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El reinado
del look: soy imagen, luego existo
por
Oribe Irigoyen
El hombre siempre
ama su cuerpo. En el largo pasado lo exaltó en antiguos
espectáculos, lo consagró en la intimidad, lo simbolizó en
ceremoniales religiosos y estéticos - oh!, ya los griegos... -.
En el siglo XX,
el cine echó las bases rudimentarias y primigenias de una
transformación radical del concepto cuerpo, esa que hoy se
conoce como look. Creó el star-system: imágenes de cuerpos
ejemplares, que no olían, carecían de textura, desconocían el
estrago del tiempo, eran inmaculados y asépticos. Eran solo
imágenes, sin arrugas ni granitos, para exaltar a las estrellas
de la pantalla grande, dotarlas de un valor de cambio - vender
películas -, cotizarlas en el creciente mercado visual.
Integraban una minoría, pero todo cambia.
El tiempo ha
pasado, la Tierra sigue más o menos redonda y gira, gira...,
entonces, aquel star-system se ha universalizado, dice la
ironía que también democratizado.
Hoy, sin duda, el
cuerpo reina en el mundo electrónico. Lo hace negándose a sí
mismo. En la fotografía, la televisión, el video, la
publicidad, con la ayuda de ingredientes inéditos - el
departamento de diseño, la silicona y la anorexia -, el cuerpo
es solo imagen como hipertrofia de la representación visual. Ha
perdido sus rasgos naturales. Agil e ingrávido, carente de peso
y humedad, siempre terso y homogéneo, cumple a nivel
electrónico universal con las premisas básicas de la
publicidad, modelo rector de ese universo electrónico: ser
signo y gesto seductor, y no materia real. Así, ser es ser
imagen seductora, ser deseado por la mirada ajena, y de paso,
poseer valor de cambio, cotizarse en el mercado visual.
Esa
transformación del concepto de cuerpo - perversión, si se
prefiere -, acompañada de la inversión de las relaciones
históricas entre la materia y el color, tiene su correlato en
el contexto objetual que rodea al hombre. Antes, las cosas, sus
colores y texturas, constituían paisajes humanos en que los
objetos, en lo esencial, dependían de la propia materia y de
las propiedades cromáticas de las que estaban hechos. Hoy, y de
modo particular en la representación visual electrónica, esos
vínculos se han roto progresivamente. En especial, con la
irrupción del plástico invade-lo-todo. No se trata de poner en
penitencia al plástico, aunque frió, más artificial de todos
y antiecologista no deja de ser el pobre, sino de su uso como
elemento sustancial del panorama humano. En especial, por el
desusado prestigio que posee en el departamento de diseño.
Ahora, en el
diseño, no solo los materiales son cada día más artificiales,
sino que sus colores son arbitrarios en relación con ellos. Los
colores de los objetos ya no dependen de las materias que los
constituyen. Las cosas imponen su superficie totalmente
homogénea - casi intercambiables unas por otras, se diría - en
colores arbitrarios, puros y densos artificialmente, alejados
cada vez m s de la naturaleza. Nuevo cuerpo, nuevos objetos.
Se completa, en
cuerpo y objetos, la pura imagen seductora que trasciende el
insoportable espesor de la materia. Pueden agregarse algunos
condimentos más, no esenciales, y se arriba a la cultura light,
uña y carne del look, que asedia al hombre actual.
El problema no es
solo que este proceso implique, después de todo, que el
espectador conceda mayor realidad a las imágenes televisivas
que a las reales, sino que les da un estatuto propio y
excluyente: lo que se ve en television no es real; es. LA
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