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En cine,
América Latina se autoignora a sí misma
por
Oribe Irigoyen
Dicen que
América Latina es un continente que tiene mucho en común. Un
habla hispana casi unánime, una impronta cultural colonialista
española de similar historia, con adelantados, conquistadores,
despoja de oro y riqueza, cruz y espada de sangre, sudor y
lagrimas compartidos, lo demostrarían. La excepción, claro, de
Brasil, un continente por su cuenta, aportuguesado, la
existencia de densas mayorías y culturas indígenas que del
español ni la E, y de ciertas diferencias de significación
verbal - asir, agarrar, coger - no impiden un real consenso
continental de usos, costumbres, verbos e idiosincrasia de
prosapia española. Como para tutearse - o tratarse de Ud., si
no hay otro remedio - desde el Río Grande hasta Tierra de
Fuego.
No ocurre así,
más allá de Mercosures, Naftas y otros peñascos salvables. Es
que los países de América Latina, aunque intercambian
sonrisas, afectos, reyertas deportivas, disputas territoriales,
en una palabra, se tutean, solo lo hacen con los vecinos
inmediatos. Para el resto ni él Ud., por lo general de espaldas
unos con otros, distraídos en la divina Europa y el que te dije
de Estados Unidos.
Razones para tal
frialdad hay muchas, algunas naturales: una geografía de largas
distancias, proclive a los obstáculos insalvables de selvas,
montañas, desiertos de diverso pelaje y amante de la
incomunicación. Otras razones son históricas: El fervor
tacaño, administrativo y político del imperio español,
propenso al compartimento estanco de cada virreinato, cultivador
de la pirámide organizativa y macrocefálica de cada colonia,
con pobladas capitales y mucho hueco humano en el resto. Y
también, el propio desarrollo histórico de cada nación a
partir de ese modelo imperial.
Puede parecer
desmedido semejante introito especulativo para hablar del cine
de América Latina. Pero tiene su que ver. Porque el tema se ha
ganado la necesidad de varias notas sobre ‚l, pero, en
particular, porque el cine resulta un ejemplo ilustrativo de
cómo todo un continente con ciertas raíces comunes sé auto
ignora a sí mismo.
Ocurre que un
europeo inquieto y culto - el historiador y crítico francés
fallecido Georges Sadoul, por ejemplo - puede saber y ver m s
cine latinoamericano, en general y en particular, que el más
apasionado espectador o especialista de América Latina. Están,
es cierto, los libros de ensayo, las revistas especializadas,
los breviarios históricos o críticas de prensa atrapadas al
vuelo y con suerte, pero sobre el Quijote cinematográfico
latinoamericano es muy difícil conocer el texto de Cervantes en
forma directa.
Así se puede
saber que Límite ( 1930) de Mario Peixoto es una película
clave en la historia del cine brasileño y conquista la
admiración intelectual europea. Pero no verla o haberlo hecho.
Leer, y nada más, sobre las maravillas temáticas y
estilísticas de Los de abajo ( 1940) del mexicano Chano Urueta
o que no hay registro sobre el cine ecuatoriano, ¿ser verdad ?
Enterarse que en 1939 México produjo 37 películas y Argentina
50, que una década después, en 1950 las cifras fueron de 125
contra 56, respectivamente, porque México, después de la 2º
Guerra Mundial, fue elegido por Hollywood en su política de
alianza para el mercado hispano-parlante, una suerte de caballo
de Troya como mostrar la historia posterior. ¿Con cuáles
temas, géneros o películas? Difícil saberlo.
Como se ve, datos
hay, muchos. Pero imágenes vistas, pocas. Algo similar ocurre
con la tesonera y valiosa labor de los cine clubes, cinematecas
y festivales de cine que abren camino al conocimiento directo,
aunque sea por una vez y única exhibición, con la obra de
cineastas latinoamericanos de valía - el chileno Littin, el
boliviano Sanjinés o el brasileño Rocha, etc - y hasta
enterarse que Actas de Marusia, Yaguar Malkú o Antonio Das
Mortes son películas admiradas en festivales, aplaudidas en
Europa, pero ignoradas por sus propios públicos y el resto del
continente. Muy sugestivo.
Sin embargo, el
cine como primera tecnología y arte audiovisual masivos del
siglo XX, tuvo una r pida irrupción en América Latina y
constituye una historia subyugante y contradictoria de
apropiación por cada país que merece ser contada. Como se
pueda, den las fuerzas y a grandes rasgos, por supuesto. LA
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