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Desde
dos continentes, ocho opiniones sobre la crisis mundial
Lo
que sigue es una serie de fragmentos tomados de ocho artículos
de intelectuales y hombres de Estado de Europa y América,
recopilados por medios académicos uruguayos y que circula en la
Universidad de la República. Opinan en este orden: Adolfo Gilly,
Felipe González, Henry Kamen, Helmut Schmidt, Alain Touraine,
Noam Chomsky, Miguel Angel Granados Chapa, Mario Vargas Llosa
Los enemigos
sin rostro
La política mundial dictada por el poder financiero
internacional, cuyo símbolo es Wall Street, sostenida en el
poderío militar del Pentágono y aplicada por los hombres y
mujeres de la Casa Blanca, ha sembrado por el mundo desastres
humanos y materiales innumerables, ha pulverizado los derechos,
ha destruido o desmantelado las organizaciones de los pueblos,
ha impuesto la ley inhumana del capital bajo el nombre de
"los mercados". ¿Cuántas veces no oímos decirnos
que esta medida no es posible y aquella política tampoco,
porque "los mercados" no lo permitirían? Y cuando
preguntamos quiénes son, dónde están, cómo discutir con
"los mercados", sólo se nos presenta una mano
invisible, un fantasma sin rostro, nada, nadie: los gobiernos no
saben, los empresarios no pueden, los políticos no se atreven
porque este es el estado de las cosas y nada puede hacerse.
Muchos,
cada vez más en el mundo, han tratado de influir sobre ese
estado de cosas, de defender los derechos de los seres humanos,
de dialogar con esos gobernantes y esos técnicos por cuyas
voces habla la dictadura de "los mercados", esa que
provoca hambrunas, aniquila puestos de trabajo, pulveriza
salarios y destruye derechos sociales en todas partes. La última
tentativa multitudinaria fue en Génova. Más de 200 mil
manifestantes se reunieron en paz para hacer oír su voz a los
grandes de este mundo. Unos pocos cientos de desesperados,
pronto aislados por los manifestantes, el Black
Block, recurrieron a la violencia. La policía de Berlusconi
golpeó, pateó, encarceló, vejó a los manifestantes y los
disolvió, dejando así el campo libre a los violentos y
desesperados, convirtiéndolos ante la gente bienpensante en el
símbolo de la protesta. Los manifestantes tenían rostro y
pertenecían a organizaciones. Los Black
Block eran anónimos, violentos y sin rostro. No eran
provocadores (salvo unos pocos), eran desesperados.
Pero los grandes
del G-8 no quieren enfrentarse ni dialogar con fuerzas sociales
organizadas, que por naturaleza son opuestas al terrorismo.
Igual que los anónimos "mercados", la política de
esos grandes prefiere enfrentarse con los violentos enemigos sin
rostro que la brutalidad inhumana de su política engendra. Esos
enemigos, reales y verdaderos, le sirven para legitimar sus
propias atrocidades contra aquellas fuerzas y contra los seres
humanos de todo el mundo, iguales en sus alegrías, sus trabajos
y sus penas a los miles y miles que el terrorismo sin rostro
asesinó en las torres gemelas.
Llevó
buena parte del siglo XIX y todo el siglo XX conquistar los
derechos, las normas y las reglas que protegían en muchos países
el trabajo bajo todas sus formas. Llevó dos guerras mundiales y
muchas revoluciones y rebeliones llegar a los equilibrios que se
expresaron en la Organización de las Naciones Unidas y en la
Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esos equilibrios
son cosa del pasado, y en su destrucción mucho tuvo que ver el
Pentágono. Se derrumbaron casi de golpe, como las torres
gemelas, y en su lugar quedó este mundo en migajas y la
dictadura sin rostro de los mercados.
(Parte de un artículo Adolfo Gilly, analista político
argentino mexicano, publicado en La Jornada de México del 13 de
setiembre de 2001)
Globalización
del terror
Los ciudadanos pueden y deben saber que la lucha contra la
criminalidad organizada en forma de terrorismo se puede combatir
con eficacia si se identifica como la principal amenaza, mucho más
real que la supuesta de la que nos defendería un escudo
espacial antimisiles. Si se acepta así, la información es el
85% de la lucha por la erradicación de esté fenómeno. El 15%
restante serían las operaciones derivadas para capturar y
destruir las tramas.
Lo
más dramático es que la información a la que me refiero está
disponible en su casi totalidad, y llegaría al máximo de
eficacia si se pusiera en común por una docena de países que
se consideran amigos y aliados. Pero esto no ocurre. Es más fácil
intercambiar información de servicios en el terreno militar clásico
que entre los servicios de información de estos aliados
referidos a la lucha contra este tipo de amenaza.
La
consecuencia de actuar así, aquí y desde ahora, sería la de
acertar con precisión en la respuesta, garantizar un incremento
de la eficacia en el futuro, y evitar el error, aunque sea
comprensible en momentos de emoción, de acciones precipitadas
que escalen la violencia en lugar de contenerla.
El
esfuerzo inmediato para enfriar conflictos regionales como los
que se viven en Próximo Oriente, o en otros lugares del mundo,
que tenderán a exacerbarse con efectos de violencia
suprarregionales, es una necesidad para avanzar en una nueva
arquitectura de convivencia internacional. La Unión Europea
puede y debe jugar su papel, riguroso y exigente, no sólo pagar
facturas de las decisiones de otros.
Precipitados
todos los factores de desconfianza económica y financiera, los
actores políticos tienen que dar un paso adelante para
regenerar esa confianza que no podrán recuperar los
protagonistas directos de los mercados. Más liquidez, menos
tipos de interés y recuperar el razonamiento de Keynes, aplicándolo
a la nueva realidad, no reproduciéndolo miméticamente, ayudará,
si la seguridad frente al terror mejora, a remontar una crisis
mundial a la que no se quiere identificar como tal, a pesar de
que Japón, EE UU y Europa estén inmersos en ella.
Finalmente,
el desorden de la globalización, con sus lacerantes incrementos
de las diferencias, los incontenibles flujos migratorios huyendo
de la miseria o de la tiranía, la imprevisibilidad del casino
financiero internacional o los crecientes odios interculturales,
reclama un esfuerzo de construcción del nuevo orden
internacional del siglo XXI, añadiendo factores que hagan más
gobernable este escenario, en lugar de pretender construcciones
excesivamente teóricas sobre el supuesto Gobierno del Mundo
tan querido a los cartesianos puros. (¿A quién aceptaríamos
presidiendo ese Gobierno Mundial?).
Espacios
regionales supranacionales, como la Unión Europea o como el
Mercosur, podrían ir configurando una nueva gobernabilidad más
equilibrada, más cooperativa y solidaria. La revisión del
funcionamiento de instancias como el FMI, el Banco Mundial o las
propias Naciones Unidas deberían acompañar este proceso de
mayor gobernabilidad.
Es
posible, no sólo deseable, poner en marcha las respuestas para
mejorar la seguridad, identificando y combatiendo la peor
criminalidad que se conoce: el terrorismo, como el enemigo de la
convivencia en paz y en libertad, más peligroso y evidente.
Es
posible hacerlo sin deslizarse hacia el odio entre religiones,
culturas o civilizaciones, porque no está ahí el problema,
pero la confusión puede contribuir a agravarlo en vez de
resolverlo.
Es
posible disminuir las tensiones regionales con efectos
expansivos de violencia. El Mediterráneo, cuna y cruce de
civilizaciones, debe tender hacia la superación de los choques
que se viven en él, de uno a otro extremo. El Cáucaso, que no
queremos ver aunque pesará en los próximos años, y tantos
otros.
Es
posible combatir la primera gran crisis de la nueva economía,
que se nos anunciaba sin ciclos, de bonanza sin fin, al tiempo
que veíamos el incremento de la pobreza, la pérdida de la
cantidad y la calidad de la cooperación internacional y de la
cohesión interna en los países ricos.
Es
posible construir una Europa Política, con sus valores
fundacionales, como democracia local reforzada y como poder
global relevante para mejorar la cohesión interna y contribuir
decisivamente a la paz y la solidaridad internacional.
Podemos
atacar las causas inmediatas de la inseguridad y enfrentar un
nuevo rumbo para acabar con los caldos de cultivo. (Parte de
un artículo de Felipe
González ex presidente del gobierno español y líder socialdemócrata
mundial, tomado de El País de Madrid del 15 de setiembre de
2001).
La
sinrazón de la barbarie
Los
estadounidenses tienen toda la razón al creer que el culpable
debe ser castigado. El mundo civilizado les respalda. Un
destacado miembro del Partido Republicano en el Congreso ha
declarado: «Los arquitectos de esta maldad no hallarán puerto
seguro en este mundo. Perseguiremos a nuestros enemigos hasta
los rincones más remotos de esta tierra». Sus sentimientos son
compartidos por todos los seres humanos. Los miembros del
Congreso trabajaron el miércoles hasta bien entrada la noche en
la decisión de autorizar el uso de la fuerza como respuesta a
los ataques terroristas del martes. Los dirigentes del Gobierno
esperan una resolución parecida a aquella que el Congreso
redactó en 1991, en la cual se autorizaba el uso de la fuerza
contra Irak poco antes del estallido de la Guerra del Golfo.
Sin embargo, la
identificación y eliminación del terrorismo es sólo un primer
paso. La Administración Bush incurrirá en una grave equivocación
si cree que la barbarie puede superarse con la fuerza. La
barbarie no conoce reglas y por lo tanto tampoco reconocerá las
leyes de la fuerza. No se obtendrá ningún provecho amenazando
a países pobres como Irak y Afganistán. No tienen nada, y por
tanto nada perderán excepto sus vidas, aunque fueran el blanco
de un holocausto atómico. «Bin Laden está en guerra con
Estados Unidos y es el momento de corresponderle», ha declarado
un senador americano. «Tenemos la capacidad, la competencia y
la fuerza militar para hacer lo que es necesario». Tiene
bastante razón, pero sólo a medias.
La barbarie tiene
que combatirse removiendo sus soportes. Y en este caso su
soporte es el problema de los árabes en Palestina. No es ningún
secreto que la causa fundamental del terrorismo árabe, del
problema del petróleo, de las dificultades con Gadafi y con
Sadam Husein, es una y sólo una: la incapacidad de Israel para
llegar a un acuerdo de paz con los árabes. En este punto,
Clinton consiguió un importante éxito tanto con los árabes
como con los judíos; en cambio, Bush no ha conseguido casi
nada. Si lo que pretende es solucionar el problema, la inmensa
tragedia del World Trade Center debería ser la señal que le
indique el camino a Jerusalén. (Tomado de un artículo del
historiador Henry Kamen publicado en El Mundo de España el 15
de setiembre de 2001).
Solidaridad
sin fisuras con la nación americana
Es
concebible que tengamos que habérnoslas con una fanática banda
terrorista privada. Es también concebible que un Estado haya
prestado ayuda indirecta, como nos ocurrió a nosotros con el
terrorismo de la RAF. Tampoco cabe excluir del todo que se trate
de una organización terrorista creada por un Estado. En
cualquiera de estos casos posibles será distinta la necesaria
reacción de Estados Unidos y de los Estados amenazados por los
terroristas. En cualquier caso, los Gobiernos de los Estados de
derecho tendrán que velar por sus propias Constituciones y por
la Carta de las Naciones Unidas.
Si
se demostrara la participación de un Estado o un Gobierno en
apoyo de los terroristas, podría desencadenarse una guerra. Por
ese motivo es tanto más necesaria la fría razón. En cualquier
caso, Estados Unidos se defenderá con gran energía y con toda
su vitalidad. Y nosotros, los alemanes, estaremos a su lado. (Tomado
de un artículo de Helmut Schmidt, ex canciller de la República
Federal de Alemania, publicado en El País de Madrid el 14 de
setiembre de 2001),
La
hegemonía de EEUU y la guerra islamista
El ataque y la destrucción de los centros financieros y
militares del poder estadounidense no son sólo un estallido de
violencia y la expresión de un odio que se ha manifestado en
algunas ciudades árabes; son una declaración de guerra,
lanzada por unas redes islamistas en un momento en el que el
islamismo político está en retroceso. Los movimientos
religiosos se habían ampliado primero como campaña
nacionalista, después como movimiento político para el que la
toma de poder era más importante que la afirmación religiosa,
pero el éxito económico de Estados Unidos había debilitado
esos movimientos, la 'burguesía árabe' había pasado poco a
poco al bando de la economía globalizada, dejando sin clase en
la que apoyarse y sin dirigentes a las masas desarraigadas de
las ciudades. Al renunciar a tomar el poder en la mayor parte de
los países musulmanes, el movimiento islamista no tiene, pues,
otra elección que entre su autodescomposición y la violencia.
Y la violencia ha ganado tanto contra la primera tendencia como
contra el poder estadounidense, pues unifica a los que se
dividen.
No
se trata de una guerrilla, ni siquiera de terrorismo, sino de
guerra. Nadie espera ver flotas áereas o marítimas enfrentarse
masivamente; nadie puede localizar y describir con detalle la
organización militar, los recursos económicos, el sistema de
información que permiten al bando antiamericano llevar a cabo
esta guerra. Pero existe una situación de guerra desde el
momento en que las luchas por la toma de poder en el mundo árabe
se ven sustituidas por la decisión de atacar directamente al
adversario. ¿Es posible que se reproduzcan los ataques que
acaban de sufrir Nueva York y Washington? Nada permite descartar
esta hipótesis. Todo Estados Unidos está amenazado y siente
los golpes con tanta mayor dureza cuanto descubre la incapacidad
de sus servicios de seguridad cuyos mejores elementos deben
haber estado destacados desde hace mucho tiempo en Hollywood.
Ampliemos
ahora nuestro campo de visión: ¿puede alguien hoy negarse a
ver la extrema hegemonía ejercida por Estados Unidos sobre el
conjunto del mundo. Desde los enemigos invadidos hasta unos
aliados que marchan al paso que les marcan, el mundo entero es
consciente de vivir bajo una hegemonía cuyos aspectos positivos
no deben ser, ante todo, olvidados: concentración de los medios
de creación cultural, universidades que atraen a la élite del
mundo entero, éxito del movimiento por el reconocimiento de los
derechos culturales, etcétera.
Durante
más de un cuarto de siglo y sobre todo desde 1989, esta hegemonía
fue más absoluta que lo que Gran Bretaña y otras potencias
capitalistas lo fueron entre 1870 y 1914. Ahora bien, ese medio
siglo de triunfo 'imperialista' como entonces se decía, ha dado
lugar a un siglo de reacciones políticas e ideológicas muchas
de las cuales han llevado a regímenes totalitarios o
autoritarios de uno u otro signo. Y fue necesario casi todo un
siglo para poner fin a esos regímenes tan antidemocráticos
como anticapitalistas, ¿Hemos entrado ya en un siglo XXI que va
a reproducir la historia del siglo XX pero con un dramatismo aún
mayor? La diferencia principal será que en lugar de
enfrentamientos entre naciones organizadas veremos, vemos ya, cómo
en torno al imperio y a sus símbolos de poder se forman unas
redes de sombra que encuentran los recursos necesarios en la
industria petrolera y sobre todo en la voluntad de unos jóvenes
de sacrificar su vida por sus convicciones religiosas y políticas.
El mundo puede transformarse en un gigantesco País Vasco. (Parte
de un artículo de
Alain Touraine, sociólogo
francés, director del Instituto de Estudios Superiores de París
e integrante del Círculo de Montevideo, que fundara el doctor
Julio María Sanguinetti, .publicado en El País de Madrid el 13
de setiembre de 2001),
Sobre
los ataques
Los
ataques terroristas (a Nueva York y Washington, D.C.)
constituyeron grandes atrocidades. A escala pueden no haber
alcanzado el nivel de muchos otros, por ejemplo, el bombardeo de
Sudán por Clinton, en ausencia de un pretexto creíble, que
destruyó la mitad de sus reservas farmacéuticas y mató a un número
desconocido de personas (nadie lo sabe, porque Estados Unidos
bloqueó una investigación en la ONU y a nadie le importa que
se haga o no). Para no hablar de casos mucho peores que vienen fácilmente
a la memoria. Pero que este fue un crimen horrendo nadie lo
duda. Las víctimas fundamentales, como siempre sucede, fueron
trabajadores: personal de servicio, secretarias, bomberos, etc.
Probablemente se convertirá en un golpe demoledor para los
palestinos y otros pueblos pobres y oprimidos. También
conduzca, probablemente, al establecimiento de duros controles
de seguridad, con muchas posibles ramificaciones para socavar
las libertades civiles y la libertad interior en el país.
Los
hechos revelan, dramáticamente, la estupidez del proyecto de
"defensa antimisiles". Como ha sido obvio desde el
principio, y señalado repetidamente pues los analistas estratégicos,
si alguien desea causar inmenso daño a los Estados Unidos,
incluyendo con armas de exterminio en masa, muy difícilmente
lance un ataque con misiles, con lo cual garantizaría su
destrucción inmediata. Existen otras innumerables y más fáciles
maneras de hacerlo, prácticamente indetenibles. La
"defensa" es una cortina delgada para encubrir los
planes de militarización del espacio y, con buenas relaciones públicas,
incluso los más débiles argumentos tendrán algún peso entre
un público asustado.
En pocas
palabras, el crimen es un regalo a la derecha dura jingoísta,
que espera utilizar la fuerza para controlar sus dominios. Ello,
sin contar las probables acciones norteamericanas, y a lo que
darán lugar —posiblemente más ataques como este, o peores.
Las perspectivas son todavía más ominosas de lo que parecían
antes de las más recientes atrocidades.
Sobre cómo
reaccionar, tenemos opciones. Podemos expresar un horror
justificado; podemos tratar de entender qué condujo a los crímenes,
lo cual significa hacer un esfuerzo por comprender cómo piensan
sus probables perpetradores. Si optamos por esto último, nada
podría ser mejor, creo yo, que escuchar las palabras de Robert
Fisk, cuyo conocimiento directo y visión de los asuntos de la
región no tienen igual, habiendo escrito reportajes
distinguidos sobre estos durante muchos años. Describiendo
"la maldad e increíble crueldad de un pueblo aplastado y
humillado", escribe que "esta no es la guerra de
democracia versus terror que, en los días venideros, se pedirá
al mundo aceptar. Se trata, asimismo, de misiles norteamericanos
haciendo impacto en los hogares palestinos, de los helicópteros
de Estados Unidos disparando misiles a una ambulancia en 1996,
de las bombas norteamericanas cayendo sobre una aldea llamada
Qana y de una milicia libanesa —pagada y uniformada por el
aliado israelí de Norteamérica— golpeando, violando y
asesinando a su paso por los campamentos de refugiados". Y
mucho más. De nuevo, tenemos una opción: podemos tratar de
comprender, o negarnos a hacerlo, contribuyendo así a la
probabilidad de que el futuro nos reserve cosas aún peores.
(parte de un artículo de Noam
Chomsky , filósofo y escritor estadounidense, publicado en
Granma de Cuba, el 16 de setiembre de 2001)
Esta
guerra no es nuestra
El
tremendismo ideológico, que incluso sugiere que ningún enemigo
tramó el desastre del martes, sino que fue una monstruosa
maniobra para aceitar con sangre la debilitada actividad económica
norteamericana, sufrirá seguramente un mentís: las bolsas
mostrarán que se camina a la recesión, que en México ahondará
las dificultades de su economía ya en agudos problemas.
Porciones relevantes de la industria manufacturera comenzaron a
tener problemas por la falta de los insumos traídos desde
Estados Unidos, al punto de planearse paros técnicos o
disminuir la producción y el empleo. Las exportaciones,
averiadas paradójicamente por la solidez del peso, enfrentan
nuevos problemas, así sean tan pasajeros como la mayor lentitud
en las aduanas fronterizas, marítimas y aeroportuarias,
derivada de la exigencia de mayor seguridad. Si el
desenvolvimiento del conflicto afectara al mercado petrolero
mundial, y se requiriera aumentar las ventas de crudo mexicano,
el incremento de su importe vendría aparejado con el
crecimiento del riesgo que eso implicaría.
Apenas en proceso de completarse y ser medidos, los efectos
materiales en México son menores que los humanos y políticos
provocados por el terrorismo en Estados Unidos. Hay mexicanos
entre las víctimas, porque muchos compatriotas nuestros
trabajaban en los servicios de las torres gemelas y en algunas
de sus oficinas. Es probable que nunca tengamos noticia exacta
de su número porque algunos o muchos vivieran en la ilegalidad,
y sus amigos o deudos no tendrán interés en hacerse notar,
puestos quizá en la misma condición. Se sabrá de ellos por el
dolor que sus familiares en México puedan expresar. Se concretó
en sus personas uno de los muchos pesares de la inmigración, la
pena de morir lejos de donde se nació.
Es probable que en general se recrudezcan los ánimos xenofóbicos
de algunos sectores norteamericanos. Inicialmente se han
dirigido hacia la población de origen árabe, practicantes de
la fe del Islam. Pero los fundamentalistas cristianos que han
hostigado y hasta atacado mezquitas no se detendrán, cuando
transiten por las calles garrote en mano en su cruzada
terrorista contra el terror, a solicitar pasaportes o
credenciales. Su hostilidad hallará ahora motivo aparente o
real contra todo diferente, incluidos los mexicanos. Si se
construyó la Operación Guardián para arrojar a los atrevidos
mexicanos que ingresan sin papeles, hacia las zonas de mayor
peligro, la voluntad que así se mostró tiene ahora razones
objetivas para hacer más rígido el resguardo fronterizo.
El atentado puso en riesgo algunos de los logros de la visita
del presidente Fox a Estados Unidos en la primera semana de
septiembre, y por eso el propio Ejecutivo y su canciller se
afanan en remediar el daño, recordando y subrayando su adhesión
a Washington. El presidente Bush dijo antes que la relación más
importante de su país tenía a México como destinatario. A
pesar de los buenos deseos y de las palabras, esa posición está
siendo rápidamente modificada por los hechos. En la guerra que
se avecina, cuyas primeras brutales escaramuzas hemos padecido
ya, la prioridad mexicana dejará lugar a otras, vitales para
Estados Unidos, como su vínculo con la alianza atlántica, como
la búsqueda de acciones comunes que impliquen a otras
potencias. Y en ese esquema puede corresponder a nuestro país
un lugar secundario, con el riesgo de que incluya la subordinación
a Washington.
No será suprimida la idea de "relación especial"
entre México y Estados Unidos. El propio Bush, que por fin
recibió el llamado telefónico de Fox, le dio seguridades de
que aun en la emergencia conservará sus compromisos en materia
migratoria, alrededor de los cuales hay confusión porque no
coinciden todavía las aspiraciones mexicanas y los intereses
norteamericanos. Al expresarse de ese modo, el presidente
norteamericano seguramente fue sensible a los esfuerzos del
gobierno mexicano por mostrarse alineado a sus propósitos en
esta hora de emergencia. Y a su propia necesidad: México ocupa
un lugar central en la política de Washington hacia América
Latina. Seguramente es una exageración nacida del despecho
partidario, o un desliz humoroso de mal gusto pero, según
reporta Dolia Estévez, corresponsal de El Financiero e Infored
en Washington, Doris Meissner, la responsable del control
migratorio en la administración Clinton se explica que "al
presidente Bush no le preocupa llenar el puesto de subsecretario
para asuntos interamericanos debido a que Fox está haciendo un
excelente trabajo".
De un modo más serio y documentado podría obtenerse una
conclusión semejante del trabajo de Robert S. Leiken, de la
Brooks Institution titulado "Con un amigo como Fox...".
Es un repaso de las transformaciones en la política exterior
mexicana después del primero de diciembre. Es larga la cita que
ahora hago de este texto aparecido en el número de Foreign
Affairs en español que está en circulación, pero los lectores
calibrarán su importancia: "La conflictiva región de los
Andes despierta en los círculos mexicanos de hoy recuerdos de
las guerras civiles norteamericanas de la década del ochenta.
Pero ahora el gobierno revolucionario está en Venezuela (no en
la Nicaragua sandinista) y la guerra civil vecina se pelea en
Colombia (en vez de en El Salvador). Aun así, los problemas son
alarmantes. Chávez desdeñó la democracia representativa,
arrinconó el poder político, ofreció su amistad a Fidel
Castro, rindió homenaje a Muammar al-Gadhafi y a Saddam Hussein
y llamó a China la gran hermana de la revolución venezolana.
El año pasado, sin molestarse en informar al gobierno
colombiano, envió un comisionado que habría de reunirse siete
veces con los rebeldes colombianos. Ecuador, Panamá y Brasil
temen ahora que la guerra colombiana pueda extenderse a sus
territorios. El paquete de ayuda militar y económica coordinado
por Estados Unidos, conocido como Plan Colombia, alivió esos
temores para algunos, aunque para otros los intensificó.
"Entonces sale a escena Fox, cuya diplomacia para la región
andina ilustra cuánto avanzó México desde que las guerras
devastaron América Central hace menos de dos décadas. En
aquellos días, ese país era el protector regional clave de los
sandinistas y ayudó a mantener su gobierno a flote con
dotaciones de petróleo de emergencia. Y fue dentro de ese marco
cuando Castañeda, cuando su padre era canciller, dio sus
primeros pasos en la diplomacia. En 1982, el joven Castañeda
diseñó un acuerdo referido a El Salvador, que firmarían México
y Francia, por obra del cual los dos países reconocían la
guerrilla y presionaban por negociaciones que condujeran al
poder compartido. La guerrilla tenía permiso para usar la
ciudad de México como sede para la diplomacia y los medios de
comunicación, y sus líderes se reunían a menudo con los dos
Castañeda para urdir su estrategia diplomática. El gobierno
salvadoreño y Washington estaban enfurecidos.
"Hoy en día, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC) también mantienen una oficina en la ciudad de México.
Pero la analogía se detiene allí. Fox informó a la guerrilla
que su buena voluntad para acogerla se agotará si no se pliega
al plan de paz de Pastrana. También declaró su apoyo
incondicional al Plan Colombia, haciendo confluir el apoyo
hemisférico y europeo tras el esfuerzo. Aunque cuando Fox tomó
posesión no se dirigían la palabra, Chávez y Pastrana se
reunieron ya en varias ocasiones a instancias del Presidente
mexicano. Chávez aceptó incluso sumarse al grupo de naciones
amigas (entre las que se cuentan Canadá, Cuba, Francia, Italia,
México, Noruega, España, Suecia y Suiza) que respaldan las pláticas
de paz.
"Fox persuadió también a Chávez y Pastrana de revivir el
grupo G-3, que nuclea a los tres principales exportadores
latinoamericanos de petróleo. Creado para abastecer petróleo a
América Central como parte del esfuerzo por resolver los
conflictos de la región, ahora el G-3 usará petróleo a precio
subvencionado para suavizar las fricciones en la región andina.
México, preocupado por la popularidad cada vez menor de
Pastrana y el crecimiento de los paramilitares derechistas en
Colombia, espera ver que el proceso de paz colombiano se
institucionalice para cuando lleguen las elecciones, el próximo
año.
"Durante la década de los ochenta, el peligro de la
intrusión soviética en América Central preocupaba seriamente
a los dirigentes estadunidenses, pero no tanto a los mexicanos.
En la actualidad, no hay una amenaza extrahemisférica en los
Andes. Sin embargo, tanto México como Estados Unidos están
preocupados por la perversa alianza entre el narcotráfico y la
guerrilla en la zona. Dos tercios de la cocaína colombiana
destinada a Estados Unidos se abre camino por México, y Fox
teme que el dinero de la droga obstruya sus esfuerzos por
controlar la corrupción y el crimen.
"A raíz de esta preocupación compartida, los gobiernos de
Fox y Bush han elaborado para los Andes una rutina donde uno
hace de bueno y otro de malo. México guarda distancia de las
facetas militares del Plan Colombia, pero concentra el apoyo
diplomático para el proceso de paz. La íntima amistad entre
Fox y Bush aumentó la influencia de México entre los jefes de
estado andinos. No obstante, México tiene suficiente poder en
América Latina por derecho propio y puede influir en Chávez y
en la guerrilla colombiana de una manera que Estados Unidos no
puede hacerlo." Si los dos gobiernos comparten ya papeles
en América Latina, como se desprende de este análisis, no se
ve la necesidad de incrementar el compromiso político mexicano
con Estados Unidos en esta hora de extremo peligro. La sociedad
mexicana debe rehusar el razonamiento del canciller Castañeda
de que la guerra contra Estados Unidos es una guerra también
contra México. Ante la prensa dijo el miércoles que Washington
tiene derecho a ejercer represalias. Y al día siguiente completó
su idea procurando extender hasta México el feroz agravio del
martes: "No fueron actos solamente contra Estados Unidos,
contra la democracia, contra la civilización..., también
fueron actos contra decenas, centenares y quizá miles de
mexicanos", dijo. Y ante los murmullos de incredulidad de
los senadores, ante quienes lanzó esa argumentación, confirmó,
enfático que "sin duda" fueron centenares los
mexicanos que fallecieron en el atentado neoyorquino.
No sólo duele a México la muerte de los mexicanos. Las víctimas
son todas nuestras. Pero la guerra no. No hay que regatear a
Estados Unidos la solidaridad, la condolencia. Ni siquiera cabe
recordar, porque es perverso hacerlo en esta hora, los agravios
que ha inferido a otros, y en donde se esconde la raíz de la
conducta de sus agresores. Todos los seres humanos hemos sido
humillados y ofendidos por el crimen descomunal del martes, que
no modifica su carácter por la naturaleza de cualquier otro.
Pero al igual que los aliados europeos de Estados Unidos,
cautelosos porque en ello va la propia seguridad de sus
naciones, México requiere resguardar la suya y propiciar la
moderación norteamericana, no acuciar sus inclinaciones
guerreras con las nuestras propias. (Tomado de un artículo
del analista político Miguel Angel Granados Chapa en el periódico
Reforma de México el 16 de setiembre de 2001),
La
lucha final
Si
los gobiernos de las sociedades democráticas coordinan sus
acciones y su información, e internacionalizan la justicia,
pueden asestar certeros golpes a las organizaciones terroristas,
desbaratando su infraestructura bélica, sus fuentes de
suministro, y llevando a sus dirigentes ante los tribunales. Lo
ocurrido en la ex Yugoslavia es un indicio de lo que debería
ser una práctica permanente, para limpiar a la comunidad humana
de futuros Milosevic. Los Estados que fomentan el terror y se
sirven de él tienen tanta responsabilidad en los crímenes
colectivos como los comandos que los ejecutan y deberían ser
objeto de represalias por parte de la comunidad democrática. La
represalia más eficaz es, por supuesto, la de reemplazar a esas
dictaduras despóticas y sanguinarias -la de los talibán en
Afganistán, la de un Sadam Hussein en Irak, la de Gaddafi en
Libia y tres o cuatro más sorprendidas en flagrantes
complicidades con acciones de terror-, por gobiernos
representativos, que respeten las leyes y las libertades, y actúen
de acuerdo a unos mínimos coeficientes de responsabilidad y
civilidad en la vida internacional. En este aspecto, las
sociedades occidentales han actuado tradicionalmente con unos
escrúpulos desmedidos, tolerando a dictadorzuelos corruptos y
feroces, exportar sus métodos criminales al extranjero, en
nombre de una soberanía que éstos violan sin el menor empacho
para agredir a otras naciones y luego esgrimen como patente de
impunidad.
No es verdad que
haya sociedades -se menciona siempre a las islámicas como
ejemplo-, constitutivamente ineptas para la democracia. Ése es
un prejuicio absurdo, alimentado por el racismo, la xenofobia y
los complejos de superioridad. Las culturas que no han conocido
la libertad todavía (la mayor parte de las existentes, no lo
olvidemos), es porque no han podido aún emanciparse de la
servidumbre a que tiene en ellas sometida a la mayoría de la
población una elite autoritaria, represora, de militares y clérigos
parásitos y rapaces, con la que, por desgracia muy a menudo,
los gobiernos occidentales han hecho pactos indignos por razones
estratégicas de corto alcance o por intereses económicos. En
todas esas satrapías tercermundistas que son el mejor caldo de
cultivo para el terrorismo existen partidos, movimientos y a
veces cuerpos de combatientes que, en condiciones casi siempre
muy difíciles, resisten el horror y representan una alternativa
de cambio político para el país. Esas fuerzas de la
resistencia democrática deberían recibir el respaldo militante
de los países libres, en pertrechos militares, acciones diplomáticas
y asesoría estratégica, dentro de una campaña concertada
internacional para liquidar a esa hidra de mil cabezas en que se
ha convertido hoy el terrorismo. Porque la única posibilidad de
que, algún día, el mundo entero quede libre de esa amenaza que
ahora pende sobre todas nuestras cabezas, es que hayan
desaparecido en él todas las dictaduras y sido reemplazadas por
gobiernos democráticos. (Tomado
de un artículo de Mario Vargas Llosa, escritor peruano,
publicado en El País de Madrid el 16 de setiembre de 2001),LA
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