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Desde
dos continentes,
diez opiniones sobre la crisis mundial
Lo que sigue es una serie de fragmentos tomados de ocho
artículos de intelectuales y hombres de Estado de Europa y
América, recopilados por medios académicos uruguayos y que
circula en la Universidad de la República. Opinan en este
orden: José Saramago, Jeremy Nifkin, Adolfo Gilly, Felipe
González, Henry Kamen, Helmut Schmidt, Alain Touraine, Noam
Chomsky, Miguel Angel Granados Chapa, Mario Vargas Llosa
El “factor
Dios”
Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la
cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los
humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más
criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón,
es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las
civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que
las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido
para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario,
han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de
matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que
constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable
historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos
tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta
verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes
de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se
yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios
no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que,
por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar
nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos
y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros,
insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que
tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría
permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por
causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y
justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más
horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también,
como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a
interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el
respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio
pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de
conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a
decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra
cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.
Y,
con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que
no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un
universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los
mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son
celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se
van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos
los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la
voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten
en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los
dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o
se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero
el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si
efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino
el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se
muestra en los carteles que piden para América (la de Estados
Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor
Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó
contra las torres del World Trade Center los aviones de la
revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las
humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y
que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá
sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha
sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos
los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión
que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las
puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta
sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de
haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una
bestia.
Al
lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido
soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas
palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha
escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento,
si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios,
y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre
que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´.
No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más
pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y
desgraciadamente seguirá demostrándose.(
Parte de un artículo del portugués José Saramago, premio Nobel
de Literatura, publicado en Caras y Caretas de Uruguay, el 21 de
setiembre de 2001)
La
guerra que hay detrás de la guerra
Tenemos que hacernos la pregunta de por qué eligieron los
terroristas las Torres Gemelas. Aunque la mayoría de los
estadounidenses cree que el comercio mundial es la mayor esperanza
de mejorar la suerte de los pueblos de todo el mundo, hay muchos
otros que han sufrido el lado oscuro de la globalización y que
consideraban las Torres Gemelas como un símbolo del mal. De
hecho, la globalización tiene un lado siniestro, y negarse a
reconocerlo y a hacer algo al respecto sólo puede polarizar más
aún a la comunidad mundial y dar nuevos ímpetus a los
movimientos extremistas de todas partes.
Sí,
la globalización ha mejorado las perspectivas de muchos. Pero
también es cierto que muchos otros han sido las víctimas de la
globalización: mano de obra infantil, de la que se abusa y a la
que se explota en fábricas dickensianas en todo el Tercer Mundo;
millones de personas desarraigadas de sus tierras ancestrales para
dejar sitio al negocio agrario; concentraciones de población cada
vez mayores en las zonas urbanas, sin empleo y a menudo sin hogar;
espacios naturales que se han esquilmado hasta dejarlos desnudos e
incapaces de mantener ni siquiera la existencia humana más
rudimentaria.
Las
estadísticas a menudo son insensibles y difíciles de entender
para la mayoría de los que vivimos una vida privilegiada en los
mundos desarrollados del Norte. Consideremos, por ejemplo, el
hecho de que las 356 personas más ricas del mundo disfrutan de
una riqueza colectiva que excede a la renta anual del 40% de la
humanidad. Mientras hablamos con entusiasmo de la globalización,
del comercio electrónico y de la revolución de las
telecomunicaciones, el 60% de las personas del mundo no ha hecho
nunca una sola llamada telefónica y una tercera parte de la
humanidad no tiene electricidad. En esta nueva era, en la que hay
más y más conexiones económicas globales, cerca de 1.000
millones de personas permanecen sin empleo o subempleadas, 850
millones de personas están desnutridas y cientos de millones de
personas carecen de agua potable adecuada, o de combustible
suficiente para calentar sus hogares. La mitad de la población
del mundo está completamente excluida de la economía formal,
obligada a trabajar en la economía extraoficial del trueque y la
subsistencia. Otros consiguen llegar a fin de mes en el mercado
negro o con el crimen organizado.
Por
último, está el ataque implacable de la globalización a la
diversidad e identidad cultural. Segmentos enteros de la humanidad
sienten que sus historias irrepetibles y los valores que rigen sus
comunidades están siendo pisoteados por las empresas globales.
Ellos perciben una pérdida de coherencia y de significado en un
mundo cada día más dominado por la producción cultural, las
marcas, los logotipos y los tipos de vida corporativos.
Tienen
miedo, y con razón, de que se les imponga un tipo de vida
empresarial o una especie de homogeneidad de pensamiento y
actividad, y les preocupa que en este nuevo mundo se pierda la
esencia misma de quienes son en nombre del comercio y del
beneficio de empresa.
Ésta
es la triste realidad a la que nos enfrentamos en el mundo de hoy,
y aunque nosotros los estadounidenses no estamos en este momento
de humor para hablar de estas otras realidades de la vida, está
claro que, si no lo hacemos, los extremistas seguirán
proliferando. La marginación y la pobreza abyecta conducen a la
desesperación, y ésta es, en última instancia, el caldo de
cultivo de los movimientos extremistas, tanto si son de naturaleza
religiosa, étnica o política.
Estados
Unidos y el mundo están en un punto de no retorno de su historia.
Las naciones se unen para manifestar una respuesta militar
unificada a las amenazas muy reales y peligrosas que suponen los
movimientos terroristas. Sin embargo, tendremos que ser igualmente
atrevidos y unánimes en nuestra determinación para mantener el
espíritu democrático de apertura y tolerancia, y para abordar
las injusticias económicas que permiten que florezcan los
pensamientos extremistas y el terrorismo. Esta segunda iniciativa
es la única forma de garantizar realmente que el terrorismo sea
definitivamente derrotado a largo plazo. (Parte de un artículo
del estadounidense Jeremy Nifkin, autor del Fin del Trabajo,
tomado de El País de Madrid).
Los
enemigos sin rostro
La política mundial dictada por el poder financiero
internacional, cuyo símbolo es Wall Street, sostenida en el poderío
militar del Pentágono y aplicada por los hombres y mujeres de la
Casa Blanca, ha sembrado por el mundo desastres humanos y
materiales innumerables, ha pulverizado los derechos, ha destruido
o desmantelado las organizaciones de los pueblos, ha impuesto la
ley inhumana del capital bajo el nombre de "los
mercados". ¿Cuántas veces no oímos decirnos que esta
medida no es posible y aquella política tampoco, porque "los
mercados" no lo permitirían? Y cuando preguntamos quiénes
son, dónde están, cómo discutir con "los mercados", sólo
se nos presenta una mano invisible, un fantasma sin rostro, nada,
nadie: los gobiernos no saben, los empresarios no pueden, los políticos
no se atreven porque este es el estado de las cosas y nada puede
hacerse.
Muchos,
cada vez más en el mundo, han tratado de influir sobre ese estado
de cosas, de defender los derechos de los seres humanos, de
dialogar con esos gobernantes y esos técnicos por cuyas voces
habla la dictadura de "los mercados", esa que provoca
hambrunas, aniquila puestos de trabajo, pulveriza salarios y
destruye derechos sociales en todas partes. La última tentativa
multitudinaria fue en Génova. Más de 200 mil manifestantes se
reunieron en paz para hacer oír su voz a los grandes de este
mundo. Unos pocos cientos de desesperados, pronto aislados por los
manifestantes, el Black
Block, recurrieron a la violencia. La policía de Berlusconi
golpeó, pateó, encarceló, vejó a los manifestantes y los
disolvió, dejando así el campo libre a los violentos y
desesperados, convirtiéndolos ante la gente bienpensante en el símbolo
de la protesta. Los manifestantes tenían rostro y pertenecían a
organizaciones. Los Black
Block eran anónimos, violentos y sin rostro. No eran
provocadores (salvo unos pocos), eran desesperados.
Pero los grandes
del G-8 no quieren enfrentarse ni dialogar con fuerzas sociales
organizadas, que por naturaleza son opuestas al terrorismo. Igual
que los anónimos "mercados", la política de esos
grandes prefiere enfrentarse con los violentos enemigos sin rostro
que la brutalidad inhumana de su política engendra. Esos
enemigos, reales y verdaderos, le sirven para legitimar sus
propias atrocidades contra aquellas fuerzas y contra los seres
humanos de todo el mundo, iguales en sus alegrías, sus trabajos y
sus penas a los miles y miles que el terrorismo sin rostro asesinó
en las torres gemelas.
Llevó
buena parte del siglo XIX y todo el siglo XX conquistar los
derechos, las normas y las reglas que protegían en muchos países
el trabajo bajo todas sus formas. Llevó dos guerras mundiales y
muchas revoluciones y rebeliones llegar a los equilibrios que se
expresaron en la Organización de las Naciones Unidas y en la
Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esos equilibrios
son cosa del pasado, y en su destrucción mucho tuvo que ver el
Pentágono. Se derrumbaron casi de golpe, como las torres gemelas,
y en su lugar quedó este mundo en migajas y la dictadura sin
rostro de los mercados.
( Parte de un artículo Adolfo Gilly, analista político argentino
mexicano, publicado en La Jornada de México del 13 de setiembre
de 2001)
Globalización
del terror
Los ciudadanos pueden y deben saber que la lucha contra la
criminalidad organizada en forma de terrorismo se puede combatir
con eficacia si se identifica como la principal amenaza, mucho más
real que la supuesta de la que nos defendería un escudo espacial
antimisiles. Si se acepta así, la información es el 85% de la
lucha por la erradicación de esté fenómeno. El 15% restante serían
las operaciones derivadas para capturar y destruir las tramas.
Lo más dramático
es que la información a la que me refiero está disponible en su
casi totalidad, y llegaría al máximo de eficacia si se pusiera
en común por una docena de países que se consideran amigos y
aliados. Pero esto no ocurre. Es más fácil intercambiar
información de servicios en el terreno militar clásico que entre
los servicios de información de estos aliados referidos a la
lucha contra este tipo de amenaza.
La consecuencia de
actuar así, aquí y desde ahora, sería la de acertar con precisión
en la respuesta, garantizar un incremento de la eficacia en el
futuro, y evitar el error, aunque sea comprensible en momentos de
emoción, de acciones precipitadas que escalen la violencia en
lugar de contenerla.
El
esfuerzo inmediato para enfriar conflictos regionales como los que
se viven en Próximo Oriente, o en otros lugares del mundo, que
tenderán a exacerbarse con efectos de violencia suprarregionales,
es una necesidad para avanzar en una nueva arquitectura de
convivencia internacional. La Unión Europea puede y debe jugar su
papel, riguroso y exigente, no sólo pagar facturas de las
decisiones de otros.
Precipitados todos
los factores de desconfianza económica y financiera, los actores
políticos tienen que dar un paso adelante para regenerar esa
confianza que no podrán recuperar los protagonistas directos de
los mercados. Más liquidez, menos tipos de interés y recuperar
el razonamiento de Keynes, aplicándolo a la nueva realidad, no
reproduciéndolo miméticamente, ayudará, si la seguridad frente
al terror mejora, a remontar una crisis mundial a la que no se
quiere identificar como tal, a pesar de que Japón, EE UU y Europa
estén inmersos en ella.
Finalmente, el
desorden de la globalización, con sus lacerantes incrementos de
las diferencias, los incontenibles flujos migratorios huyendo de
la miseria o de la tiranía, la imprevisibilidad del casino
financiero internacional o los crecientes odios interculturales,
reclama un esfuerzo de construcción del nuevo orden internacional
del siglo XXI, añadiendo factores que hagan más gobernable este
escenario, en lugar de pretender construcciones excesivamente teóricas
sobre el supuesto Gobierno del Mundo tan querido a los
cartesianos puros. (¿A quién aceptaríamos presidiendo ese
Gobierno Mundial?).
Espacios regionales
supranacionales, como la Unión Europea o como el Mercosur, podrían
ir configurando una nueva gobernabilidad más equilibrada, más
cooperativa y solidaria. La revisión del funcionamiento de
instancias como el FMI, el Banco Mundial o las propias Naciones
Unidas deberían acompañar este proceso de mayor gobernabilidad.
Es posible, no sólo
deseable, poner en marcha las respuestas para mejorar la
seguridad, identificando y combatiendo la peor criminalidad que se
conoce: el terrorismo, como el enemigo de la convivencia en paz y
en libertad, más peligroso y evidente.
Es posible hacerlo
sin deslizarse hacia el odio entre religiones, culturas o
civilizaciones, porque no está ahí el problema, pero la confusión
puede contribuir a agravarlo en vez de resolverlo.
Es posible
disminuir las tensiones regionales con efectos expansivos de
violencia. El Mediterráneo, cuna y cruce de civilizaciones, debe
tender hacia la superación de los choques que se viven en él, de
uno a otro extremo. El Cáucaso, que no queremos ver aunque pesará
en los próximos años, y tantos otros.
Es posible combatir
la primera gran crisis de la nueva economía, que se nos anunciaba
sin ciclos, de bonanza sin fin, al tiempo que veíamos el
incremento de la pobreza, la pérdida de la cantidad y la calidad
de la cooperación internacional y de la cohesión interna en los
países ricos.
Es posible
construir una Europa Política, con sus valores fundacionales,
como democracia local reforzada y como poder global relevante para
mejorar la cohesión interna y contribuir decisivamente a la paz y
la solidaridad internacional.
Podemos
atacar las causas inmediatas de la inseguridad y enfrentar un
nuevo rumbo para acabar con los caldos de cultivo. (Parte de un
artículo de Felipe
González ex presidente del gobierno español y líder socialdemócrata
mundial, tomado de El País de Madrid del 15 de setiembre de
2001).
La
sinrazón de la barbarie
Los
estadounidenses tienen toda la razón al creer que el culpable
debe ser castigado. El mundo civilizado les respalda. Un destacado
miembro del Partido Republicano en el Congreso ha declarado: «Los
arquitectos de esta maldad no hallarán puerto seguro en este
mundo. Perseguiremos a nuestros enemigos hasta los rincones más
remotos de esta tierra». Sus sentimientos son compartidos por
todos los seres humanos. Los miembros del Congreso trabajaron el
miércoles hasta bien entrada la noche en la decisión de
autorizar el uso de la fuerza como respuesta a los ataques
terroristas del martes. Los dirigentes del Gobierno esperan una
resolución parecida a aquella que el Congreso redactó en 1991,
en la cual se autorizaba el uso de la fuerza contra Irak poco
antes del estallido de la Guerra del Golfo.
Sin embargo, la
identificación y eliminación del terrorismo es sólo un primer
paso. La Administración Bush incurrirá en una grave equivocación
si cree que la barbarie puede superarse con la fuerza. La barbarie
no conoce reglas y por lo tanto tampoco reconocerá las leyes de
la fuerza. No se obtendrá ningún provecho amenazando a países
pobres como Irak y Afganistán. No tienen nada, y por tanto nada
perderán excepto sus vidas, aunque fueran el blanco de un
holocausto atómico. «Bin Laden está en guerra con Estados
Unidos y es el momento de corresponderle», ha declarado un
senador americano. «Tenemos la capacidad, la competencia y la
fuerza militar para hacer lo que es necesario». Tiene bastante
razón, pero sólo a medias.
La barbarie tiene
que combatirse removiendo sus soportes. Y en este caso su soporte
es el problema de los árabes en Palestina. No es ningún secreto
que la causa fundamental del terrorismo árabe, del problema del
petróleo, de las dificultades con Gadafi y con Sadam Husein, es
una y sólo una: la incapacidad de Israel para llegar a un acuerdo
de paz con los árabes. En este punto, Clinton consiguió un
importante éxito tanto con los árabes como con los judíos; en
cambio, Bush no ha conseguido casi nada. Si lo que pretende es
solucionar el problema, la inmensa tragedia del World Trade Center
debería ser la señal que le indique el camino a Jerusalén. (Tomado
de un artículo del historiador Henry Kamen publicado en El Mundo
de España el 15 de setiembre de 2001).
Solidaridad
sin fisuras con la nación americana
Es
concebible que tengamos que habérnoslas con una fanática banda
terrorista privada. Es también concebible que un Estado haya
prestado ayuda indirecta, como nos ocurrió a nosotros con el
terrorismo de la RAF. Tampoco cabe excluir del todo que se trate
de una organización terrorista creada por un Estado. En
cualquiera de estos casos posibles será distinta la necesaria
reacción de Estados Unidos y de los Estados amenazados por los
terroristas. En cualquier caso, los Gobiernos de los Estados de
derecho tendrán que velar por sus propias Constituciones y por la
Carta de las Naciones Unidas.
Si
se demostrara la participación de un Estado o un Gobierno en
apoyo de los terroristas, podría desencadenarse una guerra. Por
ese motivo es tanto más necesaria la fría razón. En cualquier
caso, Estados Unidos se defenderá con gran energía y con toda su
vitalidad. Y nosotros, los alemanes, estaremos a su lado. (Tomado
de un artículo de Helmut Schmidt, ex canciller de la República
Federal de Alemania, publicado en El País de Madrid el 14 de
setiembre de 2001),
La
hegemonía de EEUU y la guerra islamista
El
ataque y la destrucción de los centros financieros y militares
del poder estadounidense no son sólo un estallido de violencia y
la expresión de un odio que se ha manifestado en algunas ciudades
árabes; son una declaración de guerra, lanzada por unas redes
islamistas en un momento en el que el islamismo político está en
retroceso. Los movimientos religiosos se habían ampliado primero
como campaña nacionalista, después como movimiento político
para el que la toma de poder era más importante que la afirmación
religiosa, pero el éxito económico de Estados Unidos había
debilitado esos movimientos, la 'burguesía árabe' había pasado
poco a poco al bando de la economía globalizada, dejando sin
clase en la que apoyarse y sin dirigentes a las masas
desarraigadas de las ciudades. Al renunciar a tomar el poder en la
mayor parte de los países musulmanes, el movimiento islamista no
tiene, pues, otra elección que entre su autodescomposición y la
violencia. Y la violencia ha ganado tanto contra la primera
tendencia como contra el poder estadounidense, pues unifica a los
que se dividen.
No
se trata de una guerrilla, ni siquiera de terrorismo, sino de
guerra. Nadie espera ver flotas áereas o marítimas enfrentarse
masivamente; nadie puede localizar y describir con detalle la
organización militar, los recursos económicos, el sistema de
información que permiten al bando antiamericano llevar a cabo
esta guerra. Pero existe una situación de guerra desde el momento
en que las luchas por la toma de poder en el mundo árabe se ven
sustituidas por la decisión de atacar directamente al adversario.
¿Es posible que se reproduzcan los ataques que acaban de sufrir
Nueva York y Washington? Nada permite descartar esta hipótesis.
Todo Estados Unidos está amenazado y siente los golpes con tanta
mayor dureza cuanto descubre la incapacidad de sus servicios de
seguridad cuyos mejores elementos deben haber estado destacados
desde hace mucho tiempo en Hollywood.
Ampliemos
ahora nuestro campo de visión: ¿puede alguien hoy negarse a ver
la extrema hegemonía ejercida por Estados Unidos sobre el
conjunto del mundo. Desde los enemigos invadidos hasta unos
aliados que marchan al paso que les marcan, el mundo entero es
consciente de vivir bajo una hegemonía cuyos aspectos positivos
no deben ser, ante todo, olvidados: concentración de los medios
de creación cultural, universidades que atraen a la élite del
mundo entero, éxito del movimiento por el reconocimiento de los
derechos culturales, etcétera.
Durante
más de un cuarto de siglo y sobre todo desde 1989, esta hegemonía
fue más absoluta que lo que Gran Bretaña y otras potencias
capitalistas lo fueron entre 1870 y 1914. Ahora bien, ese medio
siglo de triunfo 'imperialista' como entonces se decía, ha dado
lugar a un siglo de reacciones políticas e ideológicas muchas de
las cuales han llevado a regímenes totalitarios o autoritarios de
uno u otro signo. Y fue necesario casi todo un siglo para poner
fin a esos regímenes tan antidemocráticos como anticapitalistas,
¿Hemos entrado ya en un siglo XXI que va a reproducir la historia
del siglo XX pero con un dramatismo aún mayor? La diferencia
principal será que en lugar de enfrentamientos entre naciones
organizadas veremos, vemos ya, cómo en torno al imperio y a sus símbolos
de poder se forman unas redes de sombra que encuentran los
recursos necesarios en la industria petrolera y sobre todo en la
voluntad de unos jóvenes de sacrificar su vida por sus
convicciones religiosas y políticas. El mundo puede transformarse
en un gigantesco País Vasco. (Parte de un artículo de
Alain Touraine, sociólogo
francés, director del Instituto de Estudios Superiores de París
e integrante del Círculo de Montevideo, que fundara el doctor
Julio María Sanguinetti, .publicado en El País de Madrid el 13
de setiembre de 2001),
Sobre
los ataques
Los ataques terroristas (a Nueva York y Washington, D.C.)
constituyeron grandes atrocidades. A escala pueden no haber
alcanzado el nivel de muchos otros, por ejemplo, el bombardeo de
Sudán por Clinton, en ausencia de un pretexto creíble, que
destruyó la mitad de sus reservas farmacéuticas y mató a un número
desconocido de personas (nadie lo sabe, porque Estados Unidos
bloqueó una investigación en la ONU y a nadie le importa que se
haga o no). Para no hablar de casos mucho peores que vienen fácilmente
a la memoria. Pero que este fue un crimen horrendo nadie lo duda.
Las víctimas fundamentales, como siempre sucede, fueron
trabajadores: personal de servicio, secretarias, bomberos, etc.
Probablemente se convertirá en un golpe demoledor para los
palestinos y otros pueblos pobres y oprimidos. También conduzca,
probablemente, al establecimiento de duros controles de seguridad,
con muchas posibles ramificaciones para socavar las libertades
civiles y la libertad interior en el país.
Los hechos revelan,
dramáticamente, la estupidez del proyecto de "defensa
antimisiles". Como ha sido obvio desde el principio, y señalado
repetidamente pues los analistas estratégicos, si alguien desea
causar inmenso daño a los Estados Unidos, incluyendo con armas de
exterminio en masa, muy difícilmente lance un ataque con misiles,
con lo cual garantizaría su destrucción inmediata. Existen otras
innumerables y más fáciles maneras de hacerlo, prácticamente
indetenibles. La "defensa" es una cortina delgada para
encubrir los planes de militarización del espacio y, con buenas
relaciones públicas, incluso los más débiles argumentos tendrán
algún peso entre un público asustado.
En pocas palabras,
el crimen es un regalo a la derecha dura jingoísta, que espera
utilizar la fuerza para controlar sus dominios. Ello, sin contar
las probables acciones norteamericanas, y a lo que darán lugar
—posiblemente más ataques como este, o peores. Las perspectivas
son todavía más ominosas de lo que parecían antes de las más
recientes atrocidades.
Sobre cómo
reaccionar, tenemos opciones. Podemos expresar un horror
justificado; podemos tratar de entender qué condujo a los crímenes,
lo cual significa hacer un esfuerzo por comprender cómo piensan
sus probables perpetradores. Si optamos por esto último, nada
podría ser mejor, creo yo, que escuchar las palabras de Robert
Fisk, cuyo conocimiento directo y visión de los asuntos de la
región no tienen igual, habiendo escrito reportajes distinguidos
sobre estos durante muchos años. Describiendo "la maldad e
increíble crueldad de un pueblo aplastado y humillado",
escribe que "esta no es la guerra de democracia versus terror
que, en los días venideros, se pedirá al mundo aceptar. Se
trata, asimismo, de misiles norteamericanos haciendo impacto en
los hogares palestinos, de los helicópteros de Estados Unidos
disparando misiles a una ambulancia en 1996, de las bombas
norteamericanas cayendo sobre una aldea llamada Qana y de una
milicia libanesa —pagada y uniformada por el aliado israelí de
Norteamérica— golpeando, violando y asesinando a su paso por
los campamentos de refugiados". Y mucho más. De nuevo,
tenemos una opción: podemos tratar de comprender, o negarnos a
hacerlo, contribuyendo así a la probabilidad de que el futuro nos
reserve cosas aún peores. (parte de un artículo de Noam
Chomsky , filósofo y escritor estadounidense, publicado en Granma
de Cuba, el 16 de setiembre de 2001)
Esta
guerra no es nuestra
El tremendismo ideológico, que incluso sugiere que ningún
enemigo tramó el desastre del martes, sino que fue una monstruosa
maniobra para aceitar con sangre la debilitada actividad económica
norteamericana, sufrirá seguramente un mentís: las bolsas
mostrarán que se camina a la recesión, que en México ahondará
las dificultades de su economía ya en agudos problemas.
Porciones
relevantes de la industria manufacturera comenzaron a tener
problemas por la falta de los insumos traídos desde Estados
Unidos, al punto de planearse paros técnicos o disminuir la
producción y el empleo. Las exportaciones, averiadas paradójicamente
por la solidez del peso, enfrentan nuevos problemas, así sean tan
pasajeros como la mayor lentitud en las aduanas fronterizas, marítimas
y aeroportuarias, derivada de la exigencia de mayor seguridad. Si
el desenvolvimiento del conflicto afectara al mercado petrolero
mundial, y se requiriera aumentar las ventas de crudo mexicano, el
incremento de su importe vendría aparejado con el crecimiento del
riesgo que eso implicaría.
Apenas
en proceso de completarse y ser medidos, los efectos materiales en
México son menores que los humanos y políticos provocados por el
terrorismo en Estados Unidos. Hay mexicanos entre las víctimas,
porque muchos compatriotas nuestros trabajaban en los servicios de
las torres gemelas y en algunas de sus oficinas. Es probable que
nunca tengamos noticia exacta de su número porque algunos o
muchos vivieran en la ilegalidad, y sus amigos o deudos no tendrán
interés en hacerse notar, puestos quizá en la misma condición.
Se sabrá de ellos por el dolor que sus familiares en México
puedan expresar. Se concretó en sus personas uno de los muchos
pesares de la inmigración, la pena de morir lejos de donde se
nació.
Es probable que en general se recrudezcan los ánimos xenofóbicos
de algunos sectores norteamericanos. Inicialmente se han dirigido
hacia la población de origen árabe, practicantes de la fe del
Islam. Pero los fundamentalistas cristianos que han hostigado y
hasta atacado mezquitas no se detendrán, cuando transiten por las
calles garrote en mano en su cruzada terrorista contra el terror,
a solicitar pasaportes o credenciales. Su hostilidad hallará
ahora motivo aparente o real contra todo diferente, incluidos los
mexicanos. Si se construyó la Operación Guardián para arrojar a
los atrevidos mexicanos que ingresan sin papeles, hacia las zonas
de mayor peligro, la voluntad que así se mostró tiene ahora
razones objetivas para hacer más rígido el resguardo fronterizo.
El atentado puso en riesgo algunos de los logros de la visita del
presidente Fox a Estados Unidos en la primera semana de
septiembre, y por eso el propio Ejecutivo y su canciller se afanan
en remediar el daño, recordando y subrayando su adhesión a
Washington. El presidente Bush dijo antes que la relación más
importante de su país tenía a México como destinatario. A pesar
de los buenos deseos y de las palabras, esa posición está siendo
rápidamente modificada por los hechos. En la guerra que se
avecina, cuyas primeras brutales escaramuzas hemos padecido ya, la
prioridad mexicana dejará lugar a otras, vitales para Estados
Unidos, como su vínculo con la alianza atlántica, como la búsqueda
de acciones comunes que impliquen a otras potencias. Y en ese
esquema puede corresponder a nuestro país un lugar secundario,
con el riesgo de que incluya la subordinación a Washington.
No será suprimida la idea de "relación especial" entre
México y Estados Unidos. El propio Bush, que por fin recibió el
llamado telefónico de Fox, le dio seguridades de que aun en la
emergencia conservará sus compromisos en materia migratoria,
alrededor de los cuales hay confusión porque no coinciden todavía
las aspiraciones mexicanas y los intereses norteamericanos. Al
expresarse de ese modo, el presidente norteamericano seguramente
fue sensible a los esfuerzos del gobierno mexicano por mostrarse
alineado a sus propósitos en esta hora de emergencia. Y a su
propia necesidad: México ocupa un lugar central en la política
de Washington hacia América Latina. Seguramente es una exageración
nacida del despecho partidario, o un desliz humoroso de mal gusto
pero, según reporta Dolia Estévez, corresponsal de El Financiero
e Infored en Washington, Doris Meissner, la responsable del
control migratorio en la administración Clinton se explica que
"al presidente Bush no le preocupa llenar el puesto de
subsecretario para asuntos interamericanos debido a que Fox está
haciendo un excelente trabajo".
De un modo más serio y documentado podría obtenerse una conclusión
semejante del trabajo de Robert S. Leiken, de la Brooks
Institution titulado "Con un amigo como Fox...". Es un
repaso de las transformaciones en la política exterior mexicana
después del primero de diciembre. Es larga la cita que ahora hago
de este texto aparecido en el número de Foreign Affairs en español
que está en circulación, pero los lectores calibrarán su
importancia: "La conflictiva región de los Andes despierta
en los círculos mexicanos de hoy recuerdos de las guerras civiles
norteamericanas de la década del ochenta. Pero ahora el gobierno
revolucionario está en Venezuela (no en la Nicaragua sandinista)
y la guerra civil vecina se pelea en Colombia (en vez de en El
Salvador). Aun así, los problemas son alarmantes. Chávez desdeñó
la democracia representativa, arrinconó el poder político,
ofreció su amistad a Fidel Castro, rindió homenaje a Muammar al-Gadhafi
y a Saddam Hussein y llamó a China la gran hermana de la revolución
venezolana. El año pasado, sin molestarse en informar al gobierno
colombiano, envió un comisionado que habría de reunirse siete
veces con los rebeldes colombianos. Ecuador, Panamá y Brasil
temen ahora que la guerra colombiana pueda extenderse a sus
territorios. El paquete de ayuda militar y económica coordinado
por Estados Unidos, conocido como Plan Colombia, alivió esos
temores para algunos, aunque para otros los intensificó.
"Entonces sale a escena Fox, cuya diplomacia para la región
andina ilustra cuánto avanzó México desde que las guerras
devastaron América Central hace menos de dos décadas. En
aquellos días, ese país era el protector regional clave de los
sandinistas y ayudó a mantener su gobierno a flote con dotaciones
de petróleo de emergencia. Y fue dentro de ese marco cuando Castañeda,
cuando su padre era canciller, dio sus primeros pasos en la
diplomacia. En 1982, el joven Castañeda diseñó un acuerdo
referido a El Salvador, que firmarían México y Francia, por obra
del cual los dos países reconocían la guerrilla y presionaban
por negociaciones que condujeran al poder compartido. La guerrilla
tenía permiso para usar la ciudad de México como sede para la
diplomacia y los medios de comunicación, y sus líderes se reunían
a menudo con los dos Castañeda para urdir su estrategia diplomática.
El gobierno salvadoreño y Washington estaban enfurecidos.
"Hoy en día, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC) también mantienen una oficina en la ciudad de México.
Pero la analogía se detiene allí. Fox informó a la guerrilla
que su buena voluntad para acogerla se agotará si no se pliega al
plan de paz de Pastrana. También declaró su apoyo incondicional
al Plan Colombia, haciendo confluir el apoyo hemisférico y
europeo tras el esfuerzo. Aunque cuando Fox tomó posesión no se
dirigían la palabra, Chávez y Pastrana se reunieron ya en varias
ocasiones a instancias del Presidente mexicano. Chávez aceptó
incluso sumarse al grupo de naciones amigas (entre las que se
cuentan Canadá, Cuba, Francia, Italia, México, Noruega, España,
Suecia y Suiza) que respaldan las pláticas de paz.
"Fox persuadió también a Chávez y Pastrana de revivir el
grupo G-3, que nuclea a los tres principales exportadores
latinoamericanos de petróleo. Creado para abastecer petróleo a
América Central como parte del esfuerzo por resolver los
conflictos de la región, ahora el G-3 usará petróleo a precio
subvencionado para suavizar las fricciones en la región andina. México,
preocupado por la popularidad cada vez menor de Pastrana y el
crecimiento de los paramilitares derechistas en Colombia, espera
ver que el proceso de paz colombiano se institucionalice para
cuando lleguen las elecciones, el próximo año.
"Durante la década de los ochenta, el peligro de la intrusión
soviética en América Central preocupaba seriamente a los
dirigentes estadunidenses, pero no tanto a los mexicanos. En la
actualidad, no hay una amenaza extrahemisférica en los Andes. Sin
embargo, tanto México como Estados Unidos están preocupados por
la perversa alianza entre el narcotráfico y la guerrilla en la
zona. Dos tercios de la cocaína colombiana destinada a Estados
Unidos se abre camino por México, y Fox teme que el dinero de la
droga obstruya sus esfuerzos por controlar la corrupción y el
crimen.
"A raíz de esta preocupación compartida, los gobiernos de
Fox y Bush han elaborado para los Andes una rutina donde uno hace
de bueno y otro de malo. México guarda distancia de las facetas
militares del Plan Colombia, pero concentra el apoyo diplomático
para el proceso de paz. La íntima amistad entre Fox y Bush aumentó
la influencia de México entre los jefes de estado andinos. No
obstante, México tiene suficiente poder en América Latina por
derecho propio y puede influir en Chávez y en la guerrilla
colombiana de una manera que Estados Unidos no puede
hacerlo." Si los dos gobiernos comparten ya papeles en América
Latina, como se desprende de este análisis, no se ve la necesidad
de incrementar el compromiso político mexicano con Estados Unidos
en esta hora de extremo peligro. La sociedad mexicana debe rehusar
el razonamiento del canciller Castañeda de que la guerra contra
Estados Unidos es una guerra también contra México. Ante la
prensa dijo el miércoles que Washington tiene derecho a ejercer
represalias. Y al día siguiente completó su idea procurando
extender hasta México el feroz agravio del martes: "No
fueron actos solamente contra Estados Unidos, contra la
democracia, contra la civilización..., también fueron actos
contra decenas, centenares y quizá miles de mexicanos",
dijo. Y ante los murmullos de incredulidad de los senadores, ante
quienes lanzó esa argumentación, confirmó, enfático que
"sin duda" fueron centenares los mexicanos que
fallecieron en el atentado neoyorquino.
No sólo duele a México la muerte de los mexicanos. Las víctimas
son todas nuestras. Pero la guerra no. No hay que regatear a
Estados Unidos la solidaridad, la condolencia. Ni siquiera cabe
recordar, porque es perverso hacerlo en esta hora, los agravios
que ha inferido a otros, y en donde se esconde la raíz de la
conducta de sus agresores. Todos los seres humanos hemos sido
humillados y ofendidos por el crimen descomunal del martes, que no
modifica su carácter por la naturaleza de cualquier otro.
Pero al igual que los aliados europeos de Estados Unidos,
cautelosos porque en ello va la propia seguridad de sus naciones,
México requiere resguardar la suya y propiciar la moderación
norteamericana, no acuciar sus inclinaciones guerreras con las
nuestras propias. (Tomado de un artículo del analista político
Miguel Angel Granados Chapa en el periódico Reforma de México el
16 de setiembre de 2001),
La lucha final
Si los
gobiernos de las sociedades democráticas coordinan sus acciones y
su información, e internacionalizan la justicia, pueden asestar
certeros golpes a las organizaciones terroristas, desbaratando su
infraestructura bélica, sus fuentes de suministro, y llevando a
sus dirigentes ante los tribunales. Lo ocurrido en la ex
Yugoslavia es un indicio de lo que debería ser una práctica
permanente, para limpiar a la comunidad humana de futuros
Milosevic. Los Estados que fomentan el terror y se sirven de él
tienen tanta responsabilidad en los crímenes colectivos como los
comandos que los ejecutan y deberían ser objeto de represalias
por parte de la comunidad democrática. La represalia más eficaz
es, por supuesto, la de reemplazar a esas dictaduras despóticas y
sanguinarias -la de los talibán en Afganistán, la de un Sadam
Hussein en Irak, la de Gaddafi en Libia y tres o cuatro más
sorprendidas en flagrantes complicidades con acciones de terror-,
por gobiernos representativos, que respeten las leyes y las
libertades, y actúen de acuerdo a unos mínimos coeficientes de
responsabilidad y civilidad en la vida internacional. En este
aspecto, las sociedades occidentales han actuado tradicionalmente
con unos escrúpulos desmedidos, tolerando a dictadorzuelos
corruptos y feroces, exportar sus métodos criminales al
extranjero, en nombre de una soberanía que éstos violan sin el
menor empacho para agredir a otras naciones y luego esgrimen como
patente de impunidad.
No es verdad que
haya sociedades -se menciona siempre a las islámicas como
ejemplo-, constitutivamente ineptas para la democracia. Ése es un
prejuicio absurdo, alimentado por el racismo, la xenofobia y los
complejos de superioridad. Las culturas que no han conocido la
libertad todavía (la mayor parte de las existentes, no lo
olvidemos), es porque no han podido aún emanciparse de la
servidumbre a que tiene en ellas sometida a la mayoría de la
población una elite autoritaria, represora, de militares y clérigos
parásitos y rapaces, con la que, por desgracia muy a menudo, los
gobiernos occidentales han hecho pactos indignos por razones
estratégicas de corto alcance o por intereses económicos. En
todas esas satrapías tercermundistas que son el mejor caldo de
cultivo para el terrorismo existen partidos, movimientos y a veces
cuerpos de combatientes que, en condiciones casi siempre muy difíciles,
resisten el horror y representan una alternativa de cambio político
para el país. Esas fuerzas de la resistencia democrática deberían
recibir el respaldo militante de los países libres, en pertrechos
militares, acciones diplomáticas y asesoría estratégica, dentro
de una campaña concertada internacional para liquidar a esa hidra
de mil cabezas en que se ha convertido hoy el terrorismo. Porque
la única posibilidad de que, algún día, el mundo entero quede
libre de esa amenaza que ahora pende sobre todas nuestras cabezas,
es que hayan desaparecido en él todas las dictaduras y sido
reemplazadas por gobiernos democráticos. (Tomado de un artículo
de Mario Vargas Llosa, escritor peruano, publicado en El País de
Madrid el 16 de setiembre de 2001).LA
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