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El
Resistencia
Un cuento
de Homero Muñoz
Pisé el
escalón y tomé el pestillo con movimientos decididos que sin
embargo se mostraron falsos en el instante siguiente. No iba
desde que el Tata se murió. No me había animado. No es que
yo frecuentara el Resistencia con la asiduidad de un
parroquiano. Pero siendo yerno del Tata, tenía pase libre
vitalicio. Y entrar al Resistencia no era una acción, era un
acto. El asunto es que el pestillo se me pegó en la mano y
quedé como en cámara lenta, asordinado, como en esos sueños
en que huyendo del monstruo los pies se aploman y la
interminable agonía se hace densa y cada paso es la mitad del
anterior y cada resuello es mas corto que el previo. La
minipesadilla se resolvió cuando inopinadamente alguien tiró
de la puerta hacia adentro y a mí con ella, de modo que la
estentórea mirada de José, me dejó sin asunto y tuve que
entrar lo más dignamente que pude. ¿Como decir a que iba?
Nadie allí iba a entender. Es más, yo, allí, tampoco me
hubiera entendido. El Tata se había muerto y yo no iba a
mamarme en su memoria tal y como la cultura bolichera exigía
que hubiera hecho al otro dia del entierro.
Habían pasado
meses y yo no había aparecido. Pero habiendo venido por fin,
hubiera debido, todo el boliche esperaba que. Y yo que sabía
qué se esperaba, no tenía sin embargo la intención.
José inició
el tiroteo en su habitual postura callada, sirviéndome la
primera grapa sin preguntar. Los como andás, los aqui me ves,
todos los rodeos necesarios y también de los otros para
sacarle el culo al tema. Se necesitaba mucho mas alcohol para
entrarle. Mandé la vuelta a los conocidos y apunté para una
mesa a la cual sabía que llegarían las consabidas
correspondencias, por lo que tendría grapa toda la tarde.
El primero que
me encaró fue el Sordo que mirando alternativa y fijamente
mis labios y mis ojos me preguntó si quería alguna pizita
mientras sus ojos me decían que me acompañaba en el dolor y
que si necesitaba algo solo precisaba pedirlo. Así que
mirándolo bien de frente le di las gracias por lo que no me
dijo con los labios y un abrazo con los ojos que sé que le
llegó bien distinto y clarito porque por un instante casi
afloja.
Describir el
paisaje del Resistencia es ocioso. Todos los boliches de
barrio son iguales.
El estañofoto
de los manyacaña con arazagar del cuadro del barrio julio
sosa la chica es demasiado estandar como para que merezca la
pena. Lo notable del Resistencia es la fauna.
Desde la mesa
(que raramente ocupaba), me dediqué a observar como de afuera,
el trasiego del boliche anotando sus detalles. ¿Cómo podría
explicarle a José, al Sordo, al Heber, a los compinches
históricos del Tata que no venía a llorarlo sino a cantarlo?
¿Cómo? que venía a su antro, a su lugar, en su ausencia
definitiva, a recordarlo de otra manera que con tristeza
tanguera, con melancolía de milonga campera? Dificil, sino
imposible. La sicología de boliche, elaboraría sobre estos
muchachos de ahora, tan embalados, tan rápido al pedo, que a
las primeras de cambio dejaban de lado las cosas que una vez
habían dicho, tal y como podían probar innumerables
testimonios de los presentes.
Desde mi costado
al lado de la ventana entreabierta, vi pasar uno tras otro en su
rito de abrevar a la orilla del mostrador su dosis alcóholica,
al carnicero de enfrente, el zapatero de la otra cuadra, al
negro Angelito y quiso la grapa que también pudiera imaginar al
Hombre Quieto, a Dominguez y a tantos otros muertos que vivían
en las historias rezadas a diario en el altar de estaño. Y
todos y cada uno, mandaron la vuelta y se acercaron
circunspectos como si la muerte hubiera sido ayer, a darme sus
pésames de las más diversas maneras.
Todos apreciaban
que yo me estuviera mamando prolijamente en memoria del Tata. Y
yo no había ido a eso. Hubo truco, futbol, política,
costumbres sexuales permitidas en el matrimonio, asesinatos del
barrio.
Cuando se fue
haciendo tarde, busque a José con la mirada y en su ausencia me
acerqué al Heber para pedirle algo insólito:¿ me dejaría
quedarme despues de cerrar? ¿podria pernoctar en el boliche?.
José no me hubiera dejado, pero el Heber ya estaba muy mamadito
a esa hora y mamadito se pone permisivo.
Cuando se cerró
la cortina de metal de la puerta principal, me levanté y
encendedor en mano, disfrutando lo prohibido, me metí por
detrás del mostrador rumbo al horno de pizza, que guardaba en
su oscuridad de tumba un rescoldo de brasas imantando mi mirada
y reconfortándome del subito frío que se instaló en la
soledad temporera del gran salón. ¿Quedaría bien que me
sirviera otra grapita? La penumbra de las brasas cesaba en el
dintel de la puerta del horno, de modo que fui tanteando hasta
la latita de la Caja Chica que se situaba a la vera de la
botella. Cuando al sacarla de su lugar tiré un vaso que rebotó
en la rejilla de madera del piso sin romperse y más tarde a la
luz tenue del braserio pude leer la inscripción que adivinaba
con los dedos, me puse a llorar. Era el vaso del Tata. Me serví
admirando esa cofradía bolichera que levantaba símbolos, tal
vez vanos, como un vaso con propietario y los enhebraba con
historias casi increíbles.
Me paré en la
puerta del horno y metí la mano, primero hasta la muñeca,
después hasta el codo, a modo de exploración. El calor era
soportable. Metí entonces la cabeza mirando hacia arriba, en
una maniobra que me exigió arquear la espalda y agarrarme del
borde para poder introducir parte del cuerpo. Y ahi estaba.
Amurada a la pared del horno estaba la caja de seguridad, larga,
envuelta en amianto, a prueba de fuegos, sostenida por fuertes
ménsulas, dispuesta para cargar mucho peso. ¿Estaría llena
todavía? El Tata no estaba el dia que amuraron la caja, pero
habia hecho toda la estructura y la caja misma en la fábrica de
aluminio. - Tiene que ser liviana y resistente - me dijo.
- ¿Y donde la
van a poner?- pregunté. - - ¿Que te importa? rezongó. Y se
rió. Al rato: - adentro del horno del boliche. Yo no le creí
en el momento, pero no pregunté más. No era para andar
preguntando.
Pero ahi estaba.
Formaba parte fundamental del universo de pruebas que necesitaba
para terminar de redondear la imagen del boliche. Esto daba
realidad a las historias del Tata. Las reuniones clandestinas,
cuando todas las casas estaban vigiladas; los perseguidos
escondidos dias y dias en el horno con la consiguiente bronca de
los fanáticos de las pizzas del Resistencia que no entendían
porque no se hacían todos los dias; las campañas financieras
mas exitosas que recuerde la lucha contra la dictadura, llevadas
a cabo desde atras de un vaso, en una mesa de truco, en un
aparte de presuntos mamados; las huellas de pintura que El Sordo
fregaba y fregaba todo el dia puteando contra los nenes del
Heber que venian a jugar y dejaban todo hecho un desastre, el
porrazo que se pego la mujer del carnicero el dia que bien de
mañanita entro corriendo y no vió la mancha de bleque que
algun descuidado habia dejado la noche anterior.
Miré la hora, no
pasaba de la una. José venía a abrir a las cinco, así que me
arrimé una silla y acodado en la boca del horno me dispuse a
echar un sueñito. De pronto escuché ruidos. Me levanté en
silencio y espié por detras de la máquina de café. Alguien
intentaba levantar la cortina. Como disparos me pasaron por la
imaginación las distintas opciones que tenía. Con cuidado
corri la silla y me metí dentro del horno otra vez. Pero ahora
empuje y empuje hacia atras hasta que estuve metido hasta la
cintura. Más atrás aún y logré introducir las piernas. Las
brasas estaban casi apagadas y prácticamente no se veia nada.
Me levanté y descubrí que más arriba el calor aún era
fuerte.
Tanteé sin
quemarme la tela de amianto de la caja y la recorrí hasta
encontrar las cinchas de metal. Estaban más calientes, mucho
más calientes que el amianto, pero en la desesperación por
abrir la caja casi no me di cuenta de que me quemaba. Aflojadas
las cinchas, abrí la tapa y a oscuras tanteé el contenido.
Había otra tela de amianto que abrí trémulo y zambullí la
mano con decisión en la certeza de quemarme otra vez. Pero mi
mano se cerró sobre algo cálido pero no quemante, algo que
hizo que mi corazón latiera más aceleradamente, en una mezcla
de susto y desconcierto.
Un haz de
linterna alumbró mis pantorrillas y la voz de José, en muy mal
tono me conminó a salir. Entre incredulo y aliviado, agarré el
libro y me senté en el piso del horno a reir. - ¡Coño! dijo
José.
LA
ONDA®
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