Portada del último número de La ONDA




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Desde dos continentes, doce opiniones sobre la crisis mundial

Lo que sigue es una serie de fragmentos tomados de doce artículos de intelectuales y hombres de Estado de Europa y América, recopilados por medios académicos uruguayos y que circulan en la Universidad de la República. Opinan en este orden: Mijaíl Gorbachov, Eduardo Galeano, José Saramago, Jeremy Nifkin, Adolfo Gilly, Felipe González, Henry Kamen, Helmut Schmidt, Alain Touraine, Noam Chomsky, Miguel Angel Granados Chapa, Mario Vargas Llosa 

Bush es otro hombre; Rusia y China, con él
¿QUÉ debemos hacer y evitar absolutamente en la inédita y trágica situación después del 11 de septiembre?  

A un hecho terrorista no puede responderse con otro, aunque probablemente es ésa la reacción que pretendía provocar. Actuar en este modo significaría desestabilizar todo el sistema de relaciones internacionales.

La administración americana busca identificar a los hombres y a las organizaciones que intervinieron y apela para ello al recurso de la extradición. De frente a un eventual rechazo se impone el problema de atacarlos con operaciones especiales. 

Resultó importante que el presidente de Estados Unidos diferenciara con claridad la bandera del Islam y la de los terroristas que la ondean como instrumento, porque no es del Islam de donde provienen la violencia y el odio.

Es por ello que no debemos hablar de choques, sino de solidaridad.

Y tenemos que pensar no en un siglo "americano", "chino", "islámico", sino en una sociedad fundada en la variedad y la interacción de culturas y civilizaciones donde blancos, negros, amarillos puedan cooperar en paz y en el respeto recíproco aun siendo distintos por historia y tradición e iguales en derechos como criaturas de Dios. 

Es ésta, la del reconocimiento de la diversidad como valor, la única vía real para unificar al mundo.

Por ello es inadmisible que cada paso hacia un mundo nuevo sea pagado con sangre. Nada justifica las masacres.

La tercera componente de la reacción, después de la solidaridad con las víctimas y el castigo de los culpables, es la de establecer una estrategia de paz nacida de una reflexión común sobre los destinos del mundo.

De otra forma no entenderemos por qué todos los sistemas de espionaje fallaron y fueron tomados por sorpresa. No concentrar nuestros esfuerzos sobre la construcción de un mundo basado sobre los derechos hará inútil crear un organismo antiterrorístico internacional del tipo de la Interpol, que operaría bajo el control del Consejo de Seguridad de la ONU.

Un organismo, por cierto, que desde hace tiempo tendría que haber sido constituido pero que quedó en el papel. Esta vez se demostró, en el ejemplo del país más poderoso, que no basta ser la mayor potencia militar para defenderse del enemigo. 

¿Cómo garantizar entonces la seguridad? Ahora parece claro el enorme error estratégico que cometimos al dejarnos condicionar por aquellos que pensaban sólo en las compras militares. No hay, visto está, súper armas que nos puedan defender.

Debimos escuchar también las señales que venían de movimientos antiglobalifóbicos. Estábamos convencidos que se trataba de minorías ruidosas y violentas que no pasaban de romper uno que otro aparador. Sin embargo, en Génova salieron a las calles 300 mil personas, jóvenes y no tan jóvenes, generalmente gente seria, y culta, para pedir que la globalización no fuera un camino de un solo sentido: aquél que favorece a los ricos y olvida a los pobres. Grupos de vándalos aprovecharon la ocasión como frecuentemente ocurre. Pero nosotros metimos la cabeza debajo de la tierra, como hacen las avestruces, pretendiendo gobernar el mundo del siglo XXI con los mecanismos del XX, del XIX y también del XVII. Incluso la disputa sobre la "guerra de las estrellas" ha perdido sentido, como muchas otras cosas.

¿Acaso lo ocurrido no es todavía suficiente para entender que equivocamos el camino y la estrategia? 

Esperábamos la llegada de un misil y ahora descubrimos que ningún misil nos protegerá de un avión comandado por suicidas. Hoy usaron aviones, mañana la amenaza llegará del agua potable, de la energía nuclear, de una nueva enfermedad, de una arma bactereológica. 

Pobreza, hambre, enfermedades, desórdenes y violencia son factores que permiten a los terroristas reclutar apoyos, sobre todo entre los jóvenes. Nuestra intolerancia en contra del terrorismo debe presuponer la eliminación de aquello que la alimenta. 

Nos explicaron que el remedio de todos los males era el libre flujo de capitales y el libre comercio. Pero esta receta hizo más fuertes a los fuertes y, a diez años de la guerra fría, el abismo entre ricos y pobres ha aumentado.

Repetiré, por ello, las palabras del Papa Juan Pablo II: "Necesitamos un nuevo orden mundial, más estable, más justo, más humano". 

Ahora todos se preguntan cuándo y de dónde partirán los primeros ataques, pero no mencionan a la ONU y al derecho internacional. Sin embargo, es el Consejo de Seguridad la única sede que puede emitir un veredicto de culpabilidad y dar un mandato aceptable para la colectividad internacional.

Si los Estados Unidos, en vez de actuar solos, escogieran a las Naciones Unidas como ámbito para actuar reforzarían su posición y su liderazgo. Algunos objetan que la ONU es ineficaz. Yo replico: ¿qué le ha impedido ser más eficaz? Al contrario, se ha hecho de todo para dejarla fuera, como en el caso de la así llamada "guerra humanitaria". En este sentido reclama atención la posición de Rusia, las propuestas razonables y prudentes de Vladimir Putin. 

George Bush ha dicho que será una larga lucha y tiene razón. Sería mejor entonces afrontarla con la más amplia unidad, sin dejar escapar de la boca declaraciones como aquellas que señalan al uso de las armas nucleares. El terrorismo no se combate con la atómica. Mucho más eficaz será controlar de manera enérgica los flujos financieros de los terroristas.

En las últimas semanas el presidente Bush ha superado pruebas durísimas. Y ha salido bien librado. Se ha convertido en otro hombre. 

Anhelo que sepa y quiera ser el creador de una gran alianza en la que China y Rusia estén al lado de Estados Unidos como lo están ya Europa y Japón.  Eso que ayer parecía incompatible puede ser hoy compatible a condición de que se trabaje en la dirección correcta y no prevalezca sobre la prudencia el espíritu de venganza. ( Parte de un artículo del ex presidente de la ex URSS Mijaíl Gorbachov, premio Nobel de la Paz, publicado en La Stampa de Italia en setiembre de 2001). 

 

El teatro del Bien y el Mal

En la lucha del Bien contra el Mal, siempre es el pueblo quien pone los muertos.

Los terroristas han matado a trabajadores de cincuenta países, en Nueva York y en Washington, en nombre del Bien contra el Mal. Y en nombre del Bien contra el Mal el presidente Bush jura venganza: "Vamos a eliminar el Mal de este mundo", anuncia.

¿Eliminar el Mal? ¿Qué sería del Bien sin el Mal? No sólo los fanáticos religiosos necesitan enemigos para justificar su locura. También necesitan enemigos, para justificar su existencia, la industria de armamentos y el gigantesco aparato militar de Estados Unidos. Buenos y malos, malos y buenos: los actores cambian de máscaras, los héroes pasan a ser monstruos y los monstruos héroes, según exigen los que escriben el drama (...)

La espiral de la violencia engendra violencia y también confusión: dolor, miedo, intolerancia, odio, locura. En Porto Alegre, a comienzos de este año, el argelino Ahmed Ben Bella advirtió: "Este sistema, que ya enloqueció a las vacas, está enloqueciendo a la gente." Y los locos, locos de odio, actúan igual que el poder que los genera.

Un niño de tres años, llamado Luca, comentó en estos días: "El mundo no sabe dónde está su casa." El estaba mirando un mapa. Podía haber estado mirando un noticiero.

( Parte de un artículo del escritor uruguayo Eduardo Galeano, publicado en el semanario Brecha de Uruguay el 21 de setiembre de 2001). 

El “factor Dios”
Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía significa.

Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.

Al lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.( Parte de un artículo del portugués José Saramago, premio Nobel de Literatura, publicado en Caras y Caretas de Uruguay, el 21 de setiembre de 2001)

La guerra que hay detrás de la guerra
Tenemos que hacernos la pregunta de por qué eligieron los terroristas las Torres Gemelas. Aunque la mayoría de los estadounidenses cree que el comercio mundial es la mayor esperanza de mejorar la suerte de los pueblos de todo el mundo, hay muchos otros que han sufrido el lado oscuro de la globalización y que consideraban las Torres Gemelas como un símbolo del mal. De hecho, la globalización tiene un lado siniestro, y negarse a reconocerlo y a hacer algo al respecto sólo puede polarizar más aún a la comunidad mundial y dar nuevos ímpetus a los movimientos extremistas de todas partes.

Sí, la globalización ha mejorado las perspectivas de muchos. Pero también es cierto que muchos otros han sido las víctimas de la globalización: mano de obra infantil, de la que se abusa y a la que se explota en fábricas dickensianas en todo el Tercer Mundo; millones de personas desarraigadas de sus tierras ancestrales para dejar sitio al negocio agrario; concentraciones de población cada vez mayores en las zonas urbanas, sin empleo y a menudo sin hogar; espacios naturales que se han esquilmado hasta dejarlos desnudos e incapaces de mantener ni siquiera la existencia humana más rudimentaria.

Las estadísticas a menudo son insensibles y difíciles de entender para la mayoría de los que vivimos una vida privilegiada en los mundos desarrollados del Norte. Consideremos, por ejemplo, el hecho de que las 356 personas más ricas del mundo disfrutan de una riqueza colectiva que excede a la renta anual del 40% de la humanidad. Mientras hablamos con entusiasmo de la globalización, del comercio electrónico y de la revolución de las telecomunicaciones, el 60% de las personas del mundo no ha hecho nunca una sola llamada telefónica y una tercera parte de la humanidad no tiene electricidad. En esta nueva era, en la que hay más y más conexiones económicas globales, cerca de 1.000 millones de personas permanecen sin empleo o subempleadas, 850 millones de personas están desnutridas y cientos de millones de personas carecen de agua potable adecuada, o de combustible suficiente para calentar sus hogares. La mitad de la población del mundo está completamente excluida de la economía formal, obligada a trabajar en la economía extraoficial del trueque y la subsistencia. Otros consiguen llegar a fin de mes en el mercado negro o con el crimen organizado.

Por último, está el ataque implacable de la globalización a la diversidad e identidad cultural. Segmentos enteros de la humanidad sienten que sus historias irrepetibles y los valores que rigen sus comunidades están siendo pisoteados por las empresas globales. Ellos perciben una pérdida de coherencia y de significado en un mundo cada día más dominado por la producción cultural, las marcas, los logotipos y los tipos de vida corporativos.

Tienen miedo, y con razón, de que se les imponga un tipo de vida empresarial o una especie de homogeneidad de pensamiento y actividad, y les preocupa que en este nuevo mundo se pierda la esencia misma de quienes son en nombre del comercio y del beneficio de empresa.

Ésta es la triste realidad a la que nos enfrentamos en el mundo de hoy, y aunque nosotros los estadounidenses no estamos en este momento de humor para hablar de estas otras realidades de la vida, está claro que, si no lo hacemos, los extremistas seguirán proliferando. La marginación y la pobreza abyecta conducen a la desesperación, y ésta es, en última instancia, el caldo de cultivo de los movimientos extremistas, tanto si son de naturaleza religiosa, étnica o política.

Estados Unidos y el mundo están en un punto de no retorno de su historia. Las naciones se unen para manifestar una respuesta militar unificada a las amenazas muy reales y peligrosas que suponen los movimientos terroristas. Sin embargo, tendremos que ser igualmente atrevidos y unánimes en nuestra determinación para mantener el espíritu democrático de apertura y tolerancia, y para abordar las injusticias económicas que permiten que florezcan los pensamientos extremistas y el terrorismo. Esta segunda iniciativa es la única forma de garantizar realmente que el terrorismo sea definitivamente derrotado a largo plazo. (Parte de un artículo del estadounidense Jeremy Nifkin, autor del Fin del Trabajo, tomado de El País de Madrid).

Los enemigos sin rostro
La política mundial dictada por el poder financiero internacional, cuyo símbolo es Wall Street, sostenida en el poderío militar del Pentágono y aplicada por los hombres y mujeres de la Casa Blanca, ha sembrado por el mundo desastres humanos y materiales innumerables, ha pulverizado los derechos, ha destruido o desmantelado las organizaciones de los pueblos, ha impuesto la ley inhumana del capital bajo el nombre de "los mercados". ¿Cuántas veces no oímos decirnos que esta medida no es posible y aquella política tampoco, porque "los mercados" no lo permitirían? Y cuando preguntamos quiénes son, dónde están, cómo discutir con "los mercados", sólo se nos presenta una mano invisible, un fantasma sin rostro, nada, nadie: los gobiernos no saben, los empresarios no pueden, los políticos no se atreven porque este es el estado de las cosas y nada puede hacerse.

Muchos, cada vez más en el mundo, han tratado de influir sobre ese estado de cosas, de defender los derechos de los seres humanos, de dialogar con esos gobernantes y esos técnicos por cuyas voces habla la dictadura de "los mercados", esa que provoca hambrunas, aniquila puestos de trabajo, pulveriza salarios y destruye derechos sociales en todas partes. La última tentativa multitudinaria fue en Génova. Más de 200 mil manifestantes se reunieron en paz para hacer oír su voz a los grandes de este mundo. Unos pocos cientos de desesperados, pronto aislados por los manifestantes, el Black Block, recurrieron a la violencia. La policía de Berlusconi golpeó, pateó, encarceló, vejó a los manifestantes y los disolvió, dejando así el campo libre a los violentos y desesperados, convirtiéndolos ante la gente bienpensante en el símbolo de la protesta. Los manifestantes tenían rostro y pertenecían a organizaciones. Los Black Block eran anónimos, violentos y sin rostro. No eran provocadores (salvo unos pocos), eran desesperados. 

Pero los grandes del G-8 no quieren enfrentarse ni dialogar con fuerzas sociales organizadas, que por naturaleza son opuestas al terrorismo. Igual que los anónimos "mercados", la política de esos grandes prefiere enfrentarse con los violentos enemigos sin rostro que la brutalidad inhumana de su política engendra. Esos enemigos, reales y verdaderos, le sirven para legitimar sus propias atrocidades contra aquellas fuerzas y contra los seres humanos de todo el mundo, iguales en sus alegrías, sus trabajos y sus penas a los miles y miles que el terrorismo sin rostro asesinó en las torres gemelas. 

Llevó buena parte del siglo XIX y todo el siglo XX conquistar los derechos, las normas y las reglas que protegían en muchos países el trabajo bajo todas sus formas. Llevó dos guerras mundiales y muchas revoluciones y rebeliones llegar a los equilibrios que se expresaron en la Organización de las Naciones Unidas y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esos equilibrios son cosa del pasado, y en su destrucción mucho tuvo que ver el Pentágono. Se derrumbaron casi de golpe, como las torres gemelas, y en su lugar quedó este mundo en migajas y la dictadura sin rostro de los mercados. ( Parte de un artículo Adolfo Gilly, analista político argentino mexicano, publicado en La Jornada de México del 13 de setiembre de 2001)

Globalización del terror
Los ciudadanos pueden y deben saber que la lucha contra la criminalidad organizada en forma de terrorismo se puede combatir con eficacia si se identifica como la principal amenaza, mucho más real que la supuesta de la que nos defendería un escudo espacial antimisiles. Si se acepta así, la información es el 85% de la lucha por la erradicación de esté fenómeno. El 15% restante serían las operaciones derivadas para capturar y destruir las tramas.

Lo más dramático es que la información a la que me refiero está disponible en su casi totalidad, y llegaría al máximo de eficacia si se pusiera en común por una docena de países que se consideran amigos y aliados. Pero esto no ocurre. Es más fácil intercambiar información de servicios en el terreno militar clásico que entre los servicios de información de estos aliados referidos a la lucha contra este tipo de amenaza.

La consecuencia de actuar así, aquí y desde ahora, sería la de acertar con precisión en la respuesta, garantizar un incremento de la eficacia en el futuro, y evitar el error, aunque sea comprensible en momentos de emoción, de acciones precipitadas que escalen la violencia en lugar de contenerla.

El esfuerzo inmediato para enfriar conflictos regionales como los que se viven en Próximo Oriente, o en otros lugares del mundo, que tenderán a exacerbarse con efectos de violencia suprarregionales, es una necesidad para avanzar en una nueva arquitectura de convivencia internacional. La Unión Europea puede y debe jugar su papel, riguroso y exigente, no sólo pagar facturas de las decisiones de otros.

Precipitados todos los factores de desconfianza económica y financiera, los actores políticos tienen que dar un paso adelante para regenerar esa confianza que no podrán recuperar los protagonistas directos de los mercados. Más liquidez, menos tipos de interés y recuperar el razonamiento de Keynes, aplicándolo a la nueva realidad, no reproduciéndolo miméticamente, ayudará, si la seguridad frente al terror mejora, a remontar una crisis mundial a la que no se quiere identificar como tal, a pesar de que Japón, EE UU y Europa estén inmersos en ella.

Finalmente, el desorden de la globalización, con sus lacerantes incrementos de las diferencias, los incontenibles flujos migratorios huyendo de la miseria o de la tiranía, la imprevisibilidad del casino financiero internacional o los crecientes odios interculturales, reclama un esfuerzo de construcción del nuevo orden internacional del siglo XXI, añadiendo factores que hagan más gobernable este escenario, en lugar de pretender construcciones excesivamente teóricas sobre el supuesto Gobierno del Mundo tan querido a los cartesianos puros. (¿A quién aceptaríamos presidiendo ese Gobierno Mundial?).

Espacios regionales supranacionales, como la Unión Europea o como el Mercosur, podrían ir configurando una nueva gobernabilidad más equilibrada, más cooperativa y solidaria. La revisión del funcionamiento de instancias como el FMI, el Banco Mundial o las propias Naciones Unidas deberían acompañar este proceso de mayor gobernabilidad.

Es posible, no sólo deseable, poner en marcha las respuestas para mejorar la seguridad, identificando y combatiendo la peor criminalidad que se conoce: el terrorismo, como el enemigo de la convivencia en paz y en libertad, más peligroso y evidente.

Es posible hacerlo sin deslizarse hacia el odio entre religiones, culturas o civilizaciones, porque no está ahí el problema, pero la confusión puede contribuir a agravarlo en vez de resolverlo.

Es posible disminuir las tensiones regionales con efectos expansivos de violencia. El Mediterráneo, cuna y cruce de civilizaciones, debe tender hacia la superación de los choques que se viven en él, de uno a otro extremo. El Cáucaso, que no queremos ver aunque pesará en los próximos años, y tantos otros.

Es posible combatir la primera gran crisis de la nueva economía, que se nos anunciaba sin ciclos, de bonanza sin fin, al tiempo que veíamos el incremento de la pobreza, la pérdida de la cantidad y la calidad de la cooperación internacional y de la cohesión interna en los países ricos.

Es posible construir una Europa Política, con sus valores fundacionales, como democracia local reforzada y como poder global relevante para mejorar la cohesión interna y contribuir decisivamente a la paz y la solidaridad internacional.

Podemos atacar las causas inmediatas de la inseguridad y enfrentar un nuevo rumbo para acabar con los caldos de cultivo. (Parte de un artículo de Felipe González ex presidente del gobierno español y líder socialdemócrata mundial, tomado de El País de Madrid del 15 de setiembre de 2001).  

La sinrazón de la barbarie

Los estadounidenses tienen toda la razón al creer que el culpable debe ser castigado. El mundo civilizado les respalda. Un destacado miembro del Partido Republicano en el Congreso ha declarado: «Los arquitectos de esta maldad no hallarán puerto seguro en este mundo. Perseguiremos a nuestros enemigos hasta los rincones más remotos de esta tierra». Sus sentimientos son compartidos por todos los seres humanos. Los miembros del Congreso trabajaron el miércoles hasta bien entrada la noche en la decisión de autorizar el uso de la fuerza como respuesta a los ataques terroristas del martes. Los dirigentes del Gobierno esperan una resolución parecida a aquella que el Congreso redactó en 1991, en la cual se autorizaba el uso de la fuerza contra Irak poco antes del estallido de la Guerra del Golfo.

Sin embargo, la identificación y eliminación del terrorismo es sólo un primer paso. La Administración Bush incurrirá en una grave equivocación si cree que la barbarie puede superarse con la fuerza. La barbarie no conoce reglas y por lo tanto tampoco reconocerá las leyes de la fuerza. No se obtendrá ningún provecho amenazando a países pobres como Irak y Afganistán. No tienen nada, y por tanto nada perderán excepto sus vidas, aunque fueran el blanco de un holocausto atómico. «Bin Laden está en guerra con Estados Unidos y es el momento de corresponderle», ha declarado un senador americano. «Tenemos la capacidad, la competencia y la fuerza militar para hacer lo que es necesario». Tiene bastante razón, pero sólo a medias.

La barbarie tiene que combatirse removiendo sus soportes. Y en este caso su soporte es el problema de los árabes en Palestina. No es ningún secreto que la causa fundamental del terrorismo árabe, del problema del petróleo, de las dificultades con Gadafi y con Sadam Husein, es una y sólo una: la incapacidad de Israel para llegar a un acuerdo de paz con los árabes. En este punto, Clinton consiguió un importante éxito tanto con los árabes como con los judíos; en cambio, Bush no ha conseguido casi nada. Si lo que pretende es solucionar el problema, la inmensa tragedia del World Trade Center debería ser la señal que le indique el camino a Jerusalén. (Tomado de un artículo del historiador Henry Kamen publicado en El Mundo de España el 15 de setiembre de 2001).

Solidaridad sin fisuras con la nación americana
 Es concebible que tengamos que habérnoslas con una fanática banda terrorista privada. Es también concebible que un Estado haya prestado ayuda indirecta, como nos ocurrió a nosotros con el terrorismo de la RAF. Tampoco cabe excluir del todo que se trate de una organización terrorista creada por un Estado. En cualquiera de estos casos posibles será distinta la necesaria reacción de Estados Unidos y de los Estados amenazados por los terroristas. En cualquier caso, los Gobiernos de los Estados de derecho tendrán que velar por sus propias Constituciones y por la Carta de las Naciones Unidas.

Si se demostrara la participación de un Estado o un Gobierno en apoyo de los terroristas, podría desencadenarse una guerra. Por ese motivo es tanto más necesaria la fría razón. En cualquier caso, Estados Unidos se defenderá con gran energía y con toda su vitalidad. Y nosotros, los alemanes, estaremos a su lado. (Tomado de un artículo de Helmut Schmidt, ex canciller de la República Federal de Alemania, publicado en El País de Madrid el 14 de setiembre de 2001), 

La hegemonía de EEUU y la guerra islamista
El ataque y la destrucción de los centros financieros y militares del poder estadounidense no son sólo un estallido de violencia y la expresión de un odio que se ha manifestado en algunas ciudades árabes; son una declaración de guerra, lanzada por unas redes islamistas en un momento en el que el islamismo político está en retroceso. Los movimientos religiosos se habían ampliado primero como campaña nacionalista, después como movimiento político para el que la toma de poder era más importante que la afirmación religiosa, pero el éxito económico de Estados Unidos había debilitado esos movimientos, la 'burguesía árabe' había pasado poco a poco al bando de la economía globalizada, dejando sin clase en la que apoyarse y sin dirigentes a las masas desarraigadas de las ciudades. Al renunciar a tomar el poder en la mayor parte de los países musulmanes, el movimiento islamista no tiene, pues, otra elección que entre su autodescomposición y la violencia. Y la violencia ha ganado tanto contra la primera tendencia como contra el poder estadounidense, pues unifica a los que se dividen.

No se trata de una guerrilla, ni siquiera de terrorismo, sino de guerra. Nadie espera ver flotas áereas o marítimas enfrentarse masivamente; nadie puede localizar y describir con detalle la organización militar, los recursos económicos, el sistema de información que permiten al bando antiamericano llevar a cabo esta guerra. Pero existe una situación de guerra desde el momento en que las luchas por la toma de poder en el mundo árabe se ven sustituidas por la decisión de atacar directamente al adversario. ¿Es posible que se reproduzcan los ataques que acaban de sufrir Nueva York y Washington? Nada permite descartar esta hipótesis. Todo Estados Unidos está amenazado y siente los golpes con tanta mayor dureza cuanto descubre la incapacidad de sus servicios de seguridad cuyos mejores elementos deben haber estado destacados desde hace mucho tiempo en Hollywood.

Ampliemos ahora nuestro campo de visión: ¿puede alguien hoy negarse a ver la extrema hegemonía ejercida por Estados Unidos sobre el conjunto del mundo. Desde los enemigos invadidos hasta unos aliados que marchan al paso que les marcan, el mundo entero es consciente de vivir bajo una hegemonía cuyos aspectos positivos no deben ser, ante todo, olvidados: concentración de los medios de creación cultural, universidades que atraen a la élite del mundo entero, éxito del movimiento por el reconocimiento de los derechos culturales, etcétera.

Durante más de un cuarto de siglo y sobre todo desde 1989, esta hegemonía fue más absoluta que lo que Gran Bretaña y otras potencias capitalistas lo fueron entre 1870 y 1914. Ahora bien, ese medio siglo de triunfo 'imperialista' como entonces se decía, ha dado lugar a un siglo de reacciones políticas e ideológicas muchas de las cuales han llevado a regímenes totalitarios o autoritarios de uno u otro signo. Y fue necesario casi todo un siglo para poner fin a esos regímenes tan antidemocráticos como anticapitalistas, ¿Hemos entrado ya en un siglo XXI que va a reproducir la historia del siglo XX pero con un dramatismo aún mayor? La diferencia principal será que en lugar de enfrentamientos entre naciones organizadas veremos, vemos ya, cómo en torno al imperio y a sus símbolos de poder se forman unas redes de sombra que encuentran los recursos necesarios en la industria petrolera y sobre todo en la voluntad de unos jóvenes de sacrificar su vida por sus convicciones religiosas y políticas. El mundo puede transformarse en un gigantesco País Vasco. (Parte de un artículo de Alain Touraine, sociólogo francés, director del Instituto de Estudios Superiores de París e integrante del Círculo de Montevideo, que fundara el doctor Julio María Sanguinetti, .publicado en El País de Madrid el 13 de setiembre de 2001),

Sobre los ataques
Los ataques terroristas (a Nueva York y Washington, D.C.) constituyeron grandes atrocidades. A escala pueden no haber alcanzado el nivel de muchos otros, por ejemplo, el bombardeo de Sudán por Clinton, en ausencia de un pretexto creíble, que destruyó la mitad de sus reservas farmacéuticas y mató a un número desconocido de personas (nadie lo sabe, porque Estados Unidos bloqueó una investigación en la ONU y a nadie le importa que se haga o no). Para no hablar de casos mucho peores que vienen fácilmente a la memoria. Pero que este fue un crimen horrendo nadie lo duda. Las víctimas fundamentales, como siempre sucede, fueron trabajadores: personal de servicio, secretarias, bomberos, etc. Probablemente se convertirá en un golpe demoledor para los palestinos y otros pueblos pobres y oprimidos. También conduzca, probablemente, al establecimiento de duros controles de seguridad, con muchas posibles ramificaciones para socavar las libertades civiles y la libertad interior en el país.

Los hechos revelan, dramáticamente, la estupidez del proyecto de "defensa antimisiles". Como ha sido obvio desde el principio, y señalado repetidamente pues los analistas estratégicos, si alguien desea causar inmenso daño a los Estados Unidos, incluyendo con armas de exterminio en masa, muy difícilmente lance un ataque con misiles, con lo cual garantizaría su destrucción inmediata. Existen otras innumerables y más fáciles maneras de hacerlo, prácticamente indetenibles. La "defensa" es una cortina delgada para encubrir los planes de militarización del espacio y, con buenas relaciones públicas, incluso los más débiles argumentos tendrán algún peso entre un público asustado. 

En pocas palabras, el crimen es un regalo a la derecha dura jingoísta, que espera utilizar la fuerza para controlar sus dominios. Ello, sin contar las probables acciones norteamericanas, y a lo que darán lugar —posiblemente más ataques como este, o peores. Las perspectivas son todavía más ominosas de lo que parecían antes de las más recientes atrocidades.

Sobre cómo reaccionar, tenemos opciones. Podemos expresar un horror justificado; podemos tratar de entender qué condujo a los crímenes, lo cual significa hacer un esfuerzo por comprender cómo piensan sus probables perpetradores. Si optamos por esto último, nada podría ser mejor, creo yo, que escuchar las palabras de Robert Fisk, cuyo conocimiento directo y visión de los asuntos de la región no tienen igual, habiendo escrito reportajes distinguidos sobre estos durante muchos años. Describiendo "la maldad e increíble crueldad de un pueblo aplastado y humillado", escribe que "esta no es la guerra de democracia versus terror que, en los días venideros, se pedirá al mundo aceptar. Se trata, asimismo, de misiles norteamericanos haciendo impacto en los hogares palestinos, de los helicópteros de Estados Unidos disparando misiles a una ambulancia en 1996, de las bombas norteamericanas cayendo sobre una aldea llamada Qana y de una milicia libanesa —pagada y uniformada por el aliado israelí de Norteamérica— golpeando, violando y asesinando a su paso por los campamentos de refugiados". Y mucho más. De nuevo, tenemos una opción: podemos tratar de comprender, o negarnos a hacerlo, contribuyendo así a la probabilidad de que el futuro nos reserve cosas aún peores. (parte de un artículo de Noam Chomsky , filósofo y escritor estadounidense, publicado en Granma de Cuba, el 16 de setiembre de 2001)

Esta guerra no es nuestra
El tremendismo ideológico, que incluso sugiere que ningún enemigo tramó el desastre del martes, sino que fue una monstruosa maniobra para aceitar con sangre la debilitada actividad económica norteamericana, sufrirá seguramente un mentís: las bolsas mostrarán que se camina a la recesión, que en México ahondará las dificultades de su economía ya en agudos problemas.

Porciones relevantes de la industria manufacturera comenzaron a tener problemas por la falta de los insumos traídos desde Estados Unidos, al punto de planearse paros técnicos o disminuir la producción y el empleo. Las exportaciones, averiadas paradójicamente por la solidez del peso, enfrentan nuevos problemas, así sean tan pasajeros como la mayor lentitud en las aduanas fronterizas, marítimas y aeroportuarias, derivada de la exigencia de mayor seguridad. Si el desenvolvimiento del conflicto afectara al mercado petrolero mundial, y se requiriera aumentar las ventas de crudo mexicano, el incremento de su importe vendría aparejado con el crecimiento del riesgo que eso implicaría.

Apenas en proceso de completarse y ser medidos, los efectos materiales en México son menores que los humanos y políticos provocados por el terrorismo en Estados Unidos. Hay mexicanos entre las víctimas, porque muchos compatriotas nuestros trabajaban en los servicios de las torres gemelas y en algunas de sus oficinas. Es probable que nunca tengamos noticia exacta de su número porque algunos o muchos vivieran en la ilegalidad, y sus amigos o deudos no tendrán interés en hacerse notar, puestos quizá en la misma condición. Se sabrá de ellos por el dolor que sus familiares en México puedan expresar. Se concretó en sus personas uno de los muchos pesares de la inmigración, la pena de morir lejos de donde se nació.

Es probable que en general se recrudezcan los ánimos xenofóbicos de algunos sectores norteamericanos. Inicialmente se han dirigido hacia la población de origen árabe, practicantes de la fe del Islam. Pero los fundamentalistas cristianos que han hostigado y hasta atacado mezquitas no se detendrán, cuando transiten por las calles garrote en mano en su cruzada terrorista contra el terror, a solicitar pasaportes o credenciales. Su hostilidad hallará ahora motivo aparente o real contra todo diferente, incluidos los mexicanos. Si se construyó la Operación Guardián para arrojar a los atrevidos mexicanos que ingresan sin papeles, hacia las zonas de mayor peligro, la voluntad que así se mostró tiene ahora razones objetivas para hacer más rígido el resguardo fronterizo.

El atentado puso en riesgo algunos de los logros de la visita del presidente Fox a Estados Unidos en la primera semana de septiembre, y por eso el propio Ejecutivo y su canciller se afanan en remediar el daño, recordando y subrayando su adhesión a Washington. El presidente Bush dijo antes que la relación más importante de su país tenía a México como destinatario. A pesar de los buenos deseos y de las palabras, esa posición está siendo rápidamente modificada por los hechos. En la guerra que se avecina, cuyas primeras brutales escaramuzas hemos padecido ya, la prioridad mexicana dejará lugar a otras, vitales para Estados Unidos, como su vínculo con la alianza atlántica, como la búsqueda de acciones comunes que impliquen a otras potencias. Y en ese esquema puede corresponder a nuestro país un lugar secundario, con el riesgo de que incluya la subordinación a Washington.

No será suprimida la idea de "relación especial" entre México y Estados Unidos. El propio Bush, que por fin recibió el llamado telefónico de Fox, le dio seguridades de que aun en la emergencia conservará sus compromisos en materia migratoria, alrededor de los cuales hay confusión porque no coinciden todavía las aspiraciones mexicanas y los intereses norteamericanos. Al expresarse de ese modo, el presidente norteamericano seguramente fue sensible a los esfuerzos del gobierno mexicano por mostrarse alineado a sus propósitos en esta hora de emergencia. Y a su propia necesidad: México ocupa un lugar central en la política de Washington hacia América Latina. Seguramente es una exageración nacida del despecho partidario, o un desliz humoroso de mal gusto pero, según reporta Dolia Estévez, corresponsal de El Financiero e Infored en Washington, Doris Meissner, la responsable del control migratorio en la administración Clinton se explica que "al presidente Bush no le preocupa llenar el puesto de subsecretario para asuntos interamericanos debido a que Fox está haciendo un excelente trabajo".

De un modo más serio y documentado podría obtenerse una conclusión semejante del trabajo de Robert S. Leiken, de la Brooks Institution titulado "Con un amigo como Fox...". Es un repaso de las transformaciones en la política exterior mexicana después del primero de diciembre. Es larga la cita que ahora hago de este texto aparecido en el número de Foreign Affairs en español que está en circulación, pero los lectores calibrarán su importancia: "La conflictiva región de los Andes despierta en los círculos mexicanos de hoy recuerdos de las guerras civiles norteamericanas de la década del ochenta. Pero ahora el gobierno revolucionario está en Venezuela (no en la Nicaragua sandinista) y la guerra civil vecina se pelea en Colombia (en vez de en El Salvador). Aun así, los problemas son alarmantes. Chávez desdeñó la democracia representativa, arrinconó el poder político, ofreció su amistad a Fidel Castro, rindió homenaje a Muammar al-Gadhafi y a Saddam Hussein y llamó a China la gran hermana de la revolución venezolana. El año pasado, sin molestarse en informar al gobierno colombiano, envió un comisionado que habría de reunirse siete veces con los rebeldes colombianos. Ecuador, Panamá y Brasil temen ahora que la guerra colombiana pueda extenderse a sus territorios. El paquete de ayuda militar y económica coordinado por Estados Unidos, conocido como Plan Colombia, alivió esos temores para algunos, aunque para otros los intensificó.

"Entonces sale a escena Fox, cuya diplomacia para la región andina ilustra cuánto avanzó México desde que las guerras devastaron América Central hace menos de dos décadas. En aquellos días, ese país era el protector regional clave de los sandinistas y ayudó a mantener su gobierno a flote con dotaciones de petróleo de emergencia. Y fue dentro de ese marco cuando Castañeda, cuando su padre era canciller, dio sus primeros pasos en la diplomacia. En 1982, el joven Castañeda diseñó un acuerdo referido a El Salvador, que firmarían México y Francia, por obra del cual los dos países reconocían la guerrilla y presionaban por negociaciones que condujeran al poder compartido. La guerrilla tenía permiso para usar la ciudad de México como sede para la diplomacia y los medios de comunicación, y sus líderes se reunían a menudo con los dos Castañeda para urdir su estrategia diplomática. El gobierno salvadoreño y Washington estaban enfurecidos.

"Hoy en día, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) también mantienen una oficina en la ciudad de México. Pero la analogía se detiene allí. Fox informó a la guerrilla que su buena voluntad para acogerla se agotará si no se pliega al plan de paz de Pastrana. También declaró su apoyo incondicional al Plan Colombia, haciendo confluir el apoyo hemisférico y europeo tras el esfuerzo. Aunque cuando Fox tomó posesión no se dirigían la palabra, Chávez y Pastrana se reunieron ya en varias ocasiones a instancias del Presidente mexicano. Chávez aceptó incluso sumarse al grupo de naciones amigas (entre las que se cuentan Canadá, Cuba, Francia, Italia, México, Noruega, España, Suecia y Suiza) que respaldan las pláticas de paz.

"Fox persuadió también a Chávez y Pastrana de revivir el grupo G-3, que nuclea a los tres principales exportadores latinoamericanos de petróleo. Creado para abastecer petróleo a América Central como parte del esfuerzo por resolver los conflictos de la región, ahora el G-3 usará petróleo a precio subvencionado para suavizar las fricciones en la región andina. México, preocupado por la popularidad cada vez menor de Pastrana y el crecimiento de los paramilitares derechistas en Colombia, espera ver que el proceso de paz colombiano se institucionalice para cuando lleguen las elecciones, el próximo año.

"Durante la década de los ochenta, el peligro de la intrusión soviética en América Central preocupaba seriamente a los dirigentes estadunidenses, pero no tanto a los mexicanos. En la actualidad, no hay una amenaza extrahemisférica en los Andes. Sin embargo, tanto México como Estados Unidos están preocupados por la perversa alianza entre el narcotráfico y la guerrilla en la zona. Dos tercios de la cocaína colombiana destinada a Estados Unidos se abre camino por México, y Fox teme que el dinero de la droga obstruya sus esfuerzos por controlar la corrupción y el crimen.

"A raíz de esta preocupación compartida, los gobiernos de Fox y Bush han elaborado para los Andes una rutina donde uno hace de bueno y otro de malo. México guarda distancia de las facetas militares del Plan Colombia, pero concentra el apoyo diplomático para el proceso de paz. La íntima amistad entre Fox y Bush aumentó la influencia de México entre los jefes de estado andinos. No obstante, México tiene suficiente poder en América Latina por derecho propio y puede influir en Chávez y en la guerrilla colombiana de una manera que Estados Unidos no puede hacerlo." Si los dos gobiernos comparten ya papeles en América Latina, como se desprende de este análisis, no se ve la necesidad de incrementar el compromiso político mexicano con Estados Unidos en esta hora de extremo peligro. La sociedad mexicana debe rehusar el razonamiento del canciller Castañeda de que la guerra contra Estados Unidos es una guerra también contra México. Ante la prensa dijo el miércoles que Washington tiene derecho a ejercer represalias. Y al día siguiente completó su idea procurando extender hasta México el feroz agravio del martes: "No fueron actos solamente contra Estados Unidos, contra la democracia, contra la civilización..., también fueron actos contra decenas, centenares y quizá miles de mexicanos", dijo. Y ante los murmullos de incredulidad de los senadores, ante quienes lanzó esa argumentación, confirmó, enfático que "sin duda" fueron centenares los mexicanos que fallecieron en el atentado neoyorquino.

No sólo duele a México la muerte de los mexicanos. Las víctimas son todas nuestras. Pero la guerra no. No hay que regatear a Estados Unidos la solidaridad, la condolencia. Ni siquiera cabe recordar, porque es perverso hacerlo en esta hora, los agravios que ha inferido a otros, y en donde se esconde la raíz de la conducta de sus agresores. Todos los seres humanos hemos sido humillados y ofendidos por el crimen descomunal del martes, que no modifica su carácter por la naturaleza de cualquier otro.

Pero al igual que los aliados europeos de Estados Unidos, cautelosos porque en ello va la propia seguridad de sus naciones, México requiere resguardar la suya y propiciar la moderación norteamericana, no acuciar sus inclinaciones guerreras con las nuestras propias. (Tomado de un artículo del analista político Miguel Angel Granados Chapa en el periódico Reforma de México el 16 de setiembre de 2001),

La lucha final
Si los gobiernos de las sociedades democráticas coordinan sus acciones y su información, e internacionalizan la justicia, pueden asestar certeros golpes a las organizaciones terroristas, desbaratando su infraestructura bélica, sus fuentes de suministro, y llevando a sus dirigentes ante los tribunales. Lo ocurrido en la ex Yugoslavia es un indicio de lo que debería ser una práctica permanente, para limpiar a la comunidad humana de futuros Milosevic. Los Estados que fomentan el terror y se sirven de él tienen tanta responsabilidad en los crímenes colectivos como los comandos que los ejecutan y deberían ser objeto de represalias por parte de la comunidad democrática. La represalia más eficaz es, por supuesto, la de reemplazar a esas dictaduras despóticas y sanguinarias -la de los talibán en Afganistán, la de un Sadam Hussein en Irak, la de Gaddafi en Libia y tres o cuatro más sorprendidas en flagrantes complicidades con acciones de terror-, por gobiernos representativos, que respeten las leyes y las libertades, y actúen de acuerdo a unos mínimos coeficientes de responsabilidad y civilidad en la vida internacional. En este aspecto, las sociedades occidentales han actuado tradicionalmente con unos escrúpulos desmedidos, tolerando a dictadorzuelos corruptos y feroces, exportar sus métodos criminales al extranjero, en nombre de una soberanía que éstos violan sin el menor empacho para agredir a otras naciones y luego esgrimen como patente de impunidad.

No es verdad que haya sociedades -se menciona siempre a las islámicas como ejemplo-, constitutivamente ineptas para la democracia. Ése es un prejuicio absurdo, alimentado por el racismo, la xenofobia y los complejos de superioridad. Las culturas que no han conocido la libertad todavía (la mayor parte de las existentes, no lo olvidemos), es porque no han podido aún emanciparse de la servidumbre a que tiene en ellas sometida a la mayoría de la población una elite autoritaria, represora, de militares y clérigos parásitos y rapaces, con la que, por desgracia muy a menudo, los gobiernos occidentales han hecho pactos indignos por razones estratégicas de corto alcance o por intereses económicos. En todas esas satrapías tercermundistas que son el mejor caldo de cultivo para el terrorismo existen partidos, movimientos y a veces cuerpos de combatientes que, en condiciones casi siempre muy difíciles, resisten el horror y representan una alternativa de cambio político para el país. Esas fuerzas de la resistencia democrática deberían recibir el respaldo militante de los países libres, en pertrechos militares, acciones diplomáticas y asesoría estratégica, dentro de una campaña concertada internacional para liquidar a esa hidra de mil cabezas en que se ha convertido hoy el terrorismo. Porque la única posibilidad de que, algún día, el mundo entero quede libre de esa amenaza que ahora pende sobre todas nuestras cabezas, es que hayan desaparecido en él todas las dictaduras y sido reemplazadas por gobiernos democráticos. (Tomado de un artículo de Mario Vargas Llosa, escritor peruano, publicado en El País de Madrid el 16 de setiembre de 2001).LA ONDA® DIGITAL

 

 

 

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