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Desde
dos continentes, doce opiniones sobre la crisis mundial
Lo
que sigue es una serie de fragmentos tomados de doce artículos
de intelectuales y hombres de Estado de Europa y América,
recopilados por medios académicos uruguayos y que circulan en
la Universidad de la República. Opinan en este orden: Mijaíl
Gorbachov, Eduardo Galeano, José Saramago, Jeremy Nifkin,
Adolfo Gilly, Felipe González, Henry Kamen, Helmut Schmidt,
Alain Touraine, Noam Chomsky, Miguel Angel Granados Chapa, Mario
Vargas Llosa
Bush
es otro hombre; Rusia y China, con él
¿QUÉ
debemos hacer y evitar absolutamente en la inédita y trágica
situación después del 11 de septiembre?
A
un hecho terrorista no puede responderse con otro, aunque
probablemente es ésa la reacción que pretendía provocar.
Actuar en este modo significaría desestabilizar todo el sistema
de relaciones internacionales.
La
administración americana busca identificar a los hombres y a
las organizaciones que intervinieron y apela para ello al
recurso de la extradición. De frente a un eventual rechazo se
impone el problema de atacarlos con operaciones especiales.
Resultó
importante que el presidente de Estados Unidos diferenciara con
claridad la bandera del Islam y la de los terroristas que la
ondean como instrumento, porque no es del Islam de donde
provienen la violencia y el odio.
Es
por ello que no debemos hablar de choques, sino de solidaridad.
Y
tenemos que pensar no en un siglo "americano",
"chino", "islámico", sino en una sociedad
fundada en la variedad y la interacción de culturas y
civilizaciones donde blancos, negros, amarillos puedan cooperar
en paz y en el respeto recíproco aun siendo distintos por
historia y tradición e iguales en derechos como criaturas de
Dios.
Es
ésta, la del reconocimiento de la diversidad como valor, la única
vía real para unificar al mundo.
Por
ello es inadmisible que cada paso hacia un mundo nuevo sea
pagado con sangre. Nada justifica las masacres.
La
tercera componente de la reacción, después de la solidaridad
con las víctimas y el castigo de los culpables, es la de
establecer una estrategia de paz nacida de una reflexión común
sobre los destinos del mundo.
De
otra forma no entenderemos por qué todos los sistemas de
espionaje fallaron y fueron tomados por sorpresa. No concentrar
nuestros esfuerzos sobre la construcción de un mundo basado
sobre los derechos hará inútil crear un organismo antiterrorístico
internacional del tipo de la Interpol, que operaría bajo el
control del Consejo de Seguridad de la ONU.
Un
organismo, por cierto, que desde hace tiempo tendría que haber
sido constituido pero que quedó en el papel. Esta vez se
demostró, en el ejemplo del país más poderoso, que no basta
ser la mayor potencia militar para defenderse del enemigo.
¿Cómo
garantizar entonces la seguridad? Ahora parece claro el enorme
error estratégico que cometimos al dejarnos condicionar por
aquellos que pensaban sólo en las compras militares. No hay,
visto está, súper armas que nos puedan defender.
Debimos
escuchar también las señales que venían de movimientos
antiglobalifóbicos. Estábamos convencidos que se trataba de
minorías ruidosas y violentas que no pasaban de romper uno que
otro aparador. Sin embargo, en Génova salieron a las calles 300
mil personas, jóvenes y no tan jóvenes, generalmente gente
seria, y culta, para pedir que la globalización no fuera un
camino de un solo sentido: aquél que favorece a los ricos y
olvida a los pobres. Grupos de vándalos aprovecharon la ocasión
como frecuentemente ocurre. Pero nosotros metimos la cabeza
debajo de la tierra, como hacen las avestruces, pretendiendo
gobernar el mundo del siglo XXI con los mecanismos del XX, del
XIX y también del XVII. Incluso la disputa sobre la
"guerra de las estrellas" ha perdido sentido, como
muchas otras cosas.
¿Acaso
lo ocurrido no es todavía suficiente para entender que
equivocamos el camino y la estrategia?
Esperábamos
la llegada de un misil y ahora descubrimos que ningún misil nos
protegerá de un avión comandado por suicidas. Hoy usaron
aviones, mañana la amenaza llegará del agua potable, de la
energía nuclear, de una nueva enfermedad, de una arma bactereológica.
Pobreza,
hambre, enfermedades, desórdenes y violencia son factores que
permiten a los terroristas reclutar apoyos, sobre todo entre los
jóvenes. Nuestra intolerancia en contra del terrorismo debe
presuponer la eliminación de aquello que la alimenta.
Nos
explicaron que el remedio de todos los males era el libre flujo
de capitales y el libre comercio. Pero esta receta hizo más
fuertes a los fuertes y, a diez años de la guerra fría, el
abismo entre ricos y pobres ha aumentado.
Repetiré,
por ello, las palabras del Papa Juan Pablo II: "Necesitamos
un nuevo orden mundial, más estable, más justo, más
humano".
Ahora
todos se preguntan cuándo y de dónde partirán los primeros
ataques, pero no mencionan a la ONU y al derecho internacional.
Sin embargo, es el Consejo de Seguridad la única sede que puede
emitir un veredicto de culpabilidad y dar un mandato aceptable
para la colectividad internacional.
Si
los Estados Unidos, en vez de actuar solos, escogieran a las
Naciones Unidas como ámbito para actuar reforzarían su posición
y su liderazgo. Algunos objetan que la ONU es ineficaz. Yo
replico: ¿qué le ha impedido ser más eficaz? Al contrario, se
ha hecho de todo para dejarla fuera, como en el caso de la así
llamada "guerra humanitaria". En este sentido reclama
atención la posición de Rusia, las propuestas razonables y
prudentes de Vladimir Putin.
George
Bush ha dicho que será una larga lucha y tiene razón. Sería
mejor entonces afrontarla con la más amplia unidad, sin dejar
escapar de la boca declaraciones como aquellas que señalan al
uso de las armas nucleares. El terrorismo no se combate con la
atómica. Mucho más eficaz será controlar de manera enérgica
los flujos financieros de los terroristas.
En
las últimas semanas el presidente Bush ha superado pruebas durísimas.
Y ha salido bien librado. Se ha convertido en otro hombre.
Anhelo
que sepa y quiera ser el creador de una gran alianza en la que
China y Rusia estén al lado de Estados Unidos como lo están ya
Europa y Japón. Eso
que ayer parecía incompatible puede ser hoy compatible a
condición de que se trabaje en la dirección correcta y no
prevalezca sobre la prudencia el espíritu de venganza. (
Parte de un artículo del ex presidente de la ex URSS Mijaíl
Gorbachov, premio Nobel de la Paz, publicado en La Stampa de
Italia en setiembre de 2001).
El
teatro del Bien y el Mal
En
la lucha del Bien contra el Mal, siempre es el pueblo quien pone
los muertos.
Los terroristas
han matado a trabajadores de cincuenta países, en Nueva York y
en Washington, en nombre del Bien contra el Mal. Y en nombre del
Bien contra el Mal el presidente Bush jura venganza: "Vamos
a eliminar el Mal de este mundo", anuncia.
¿Eliminar el
Mal? ¿Qué sería del Bien sin el Mal? No sólo los fanáticos
religiosos necesitan enemigos para justificar su locura. También
necesitan enemigos, para justificar su existencia, la industria
de armamentos y el gigantesco aparato militar de Estados Unidos.
Buenos y malos, malos y buenos: los actores cambian de máscaras,
los héroes pasan a ser monstruos y los monstruos héroes, según
exigen los que escriben el drama (...)
La espiral de la
violencia engendra violencia y también confusión: dolor,
miedo, intolerancia, odio, locura. En Porto Alegre, a comienzos
de este año, el argelino Ahmed Ben Bella advirtió: "Este
sistema, que ya enloqueció a las vacas, está enloqueciendo a
la gente." Y los locos, locos de odio, actúan igual que el
poder que los genera.
Un
niño de tres años, llamado Luca, comentó en estos días:
"El mundo no sabe dónde está su casa." El estaba
mirando un mapa. Podía haber estado mirando un noticiero.
(
Parte de un artículo del escritor uruguayo Eduardo Galeano,
publicado en el semanario Brecha de Uruguay el 21 de setiembre
de 2001).
El
“factor Dios”
Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la
cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que
los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más
criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón,
es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las
civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho
que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han
servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el
contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos
inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y
espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos
de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto
por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas
las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la
mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen
ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra
aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más
que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día
y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización
real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con
infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos
descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto
trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría
permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente
por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y
justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más
horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también,
como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a
interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer
el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso
connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la
libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos:
el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a
escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra herejía
significa.
Y,
con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe,
que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado
un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer
los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son
celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos
se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y
todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino
por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e
insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la
Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro
humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que
los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en
la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No
es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los
billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para
América (la de Estados Unidos, no la otra...) la bendición
divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el
dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade
Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la
venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó
a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con
tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido
ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese
que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde
quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese
que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las
intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en
lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho
de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia.
Al
lector creyente (de cualquier creencia...) que haya conseguido
soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas
palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha
escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento,
si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo
Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el
nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del
`factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas
ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado
demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.( Parte
de un artículo del portugués José Saramago, premio Nobel de
Literatura, publicado en Caras y Caretas de Uruguay, el 21 de
setiembre de 2001)
La
guerra que hay detrás de la guerra
Tenemos que hacernos la pregunta de por qué eligieron los
terroristas las Torres Gemelas. Aunque la mayoría de los
estadounidenses cree que el comercio mundial es la mayor
esperanza de mejorar la suerte de los pueblos de todo el mundo,
hay muchos otros que han sufrido el lado oscuro de la
globalización y que consideraban las Torres Gemelas como un símbolo
del mal. De hecho, la globalización tiene un lado siniestro, y
negarse a reconocerlo y a hacer algo al respecto sólo puede
polarizar más aún a la comunidad mundial y dar nuevos ímpetus
a los movimientos extremistas de todas partes.
Sí,
la globalización ha mejorado las perspectivas de muchos. Pero
también es cierto que muchos otros han sido las víctimas de la
globalización: mano de obra infantil, de la que se abusa y a la
que se explota en fábricas dickensianas en todo el Tercer
Mundo; millones de personas desarraigadas de sus tierras
ancestrales para dejar sitio al negocio agrario; concentraciones
de población cada vez mayores en las zonas urbanas, sin empleo
y a menudo sin hogar; espacios naturales que se han esquilmado
hasta dejarlos desnudos e incapaces de mantener ni siquiera la
existencia humana más rudimentaria.
Las
estadísticas a menudo son insensibles y difíciles de entender
para la mayoría de los que vivimos una vida privilegiada en los
mundos desarrollados del Norte. Consideremos, por ejemplo, el
hecho de que las 356 personas más ricas del mundo disfrutan de
una riqueza colectiva que excede a la renta anual del 40% de la
humanidad. Mientras hablamos con entusiasmo de la globalización,
del comercio electrónico y de la revolución de las
telecomunicaciones, el 60% de las personas del mundo no ha hecho
nunca una sola llamada telefónica y una tercera parte de la
humanidad no tiene electricidad. En esta nueva era, en la que
hay más y más conexiones económicas globales, cerca de 1.000
millones de personas permanecen sin empleo o subempleadas, 850
millones de personas están desnutridas y cientos de millones de
personas carecen de agua potable adecuada, o de combustible
suficiente para calentar sus hogares. La mitad de la población
del mundo está completamente excluida de la economía formal,
obligada a trabajar en la economía extraoficial del trueque y
la subsistencia. Otros consiguen llegar a fin de mes en el
mercado negro o con el crimen organizado.
Por
último, está el ataque implacable de la globalización a la
diversidad e identidad cultural. Segmentos enteros de la
humanidad sienten que sus historias irrepetibles y los valores
que rigen sus comunidades están siendo pisoteados por las
empresas globales. Ellos perciben una pérdida de coherencia y
de significado en un mundo cada día más dominado por la
producción cultural, las marcas, los logotipos y los tipos de
vida corporativos.
Tienen
miedo, y con razón, de que se les imponga un tipo de vida
empresarial o una especie de homogeneidad de pensamiento y
actividad, y les preocupa que en este nuevo mundo se pierda la
esencia misma de quienes son en nombre del comercio y del
beneficio de empresa.
Ésta
es la triste realidad a la que nos enfrentamos en el mundo de
hoy, y aunque nosotros los estadounidenses no estamos en este
momento de humor para hablar de estas otras realidades de la
vida, está claro que, si no lo hacemos, los extremistas seguirán
proliferando. La marginación y la pobreza abyecta conducen a la
desesperación, y ésta es, en última instancia, el caldo de
cultivo de los movimientos extremistas, tanto si son de
naturaleza religiosa, étnica o política.
Estados
Unidos y el mundo están en un punto de no retorno de su
historia. Las naciones se unen para manifestar una respuesta
militar unificada a las amenazas muy reales y peligrosas que
suponen los movimientos terroristas. Sin embargo, tendremos que
ser igualmente atrevidos y unánimes en nuestra determinación
para mantener el espíritu democrático de apertura y
tolerancia, y para abordar las injusticias económicas que
permiten que florezcan los pensamientos extremistas y el
terrorismo. Esta segunda iniciativa es la única forma de
garantizar realmente que el terrorismo sea definitivamente
derrotado a largo plazo. (Parte de un artículo del
estadounidense Jeremy Nifkin, autor del Fin del Trabajo, tomado
de El País de Madrid).
Los
enemigos sin rostro
La política mundial dictada por el poder financiero
internacional, cuyo símbolo es Wall Street, sostenida en el
poderío militar del Pentágono y aplicada por los hombres y
mujeres de la Casa Blanca, ha sembrado por el mundo desastres
humanos y materiales innumerables, ha pulverizado los derechos,
ha destruido o desmantelado las organizaciones de los pueblos,
ha impuesto la ley inhumana del capital bajo el nombre de
"los mercados". ¿Cuántas veces no oímos decirnos
que esta medida no es posible y aquella política tampoco,
porque "los mercados" no lo permitirían? Y cuando
preguntamos quiénes son, dónde están, cómo discutir con
"los mercados", sólo se nos presenta una mano
invisible, un fantasma sin rostro, nada, nadie: los gobiernos no
saben, los empresarios no pueden, los políticos no se atreven
porque este es el estado de las cosas y nada puede hacerse.
Muchos,
cada vez más en el mundo, han tratado de influir sobre ese
estado de cosas, de defender los derechos de los seres humanos,
de dialogar con esos gobernantes y esos técnicos por cuyas
voces habla la dictadura de "los mercados", esa que
provoca hambrunas, aniquila puestos de trabajo, pulveriza
salarios y destruye derechos sociales en todas partes. La última
tentativa multitudinaria fue en Génova. Más de 200 mil
manifestantes se reunieron en paz para hacer oír su voz a los
grandes de este mundo. Unos pocos cientos de desesperados,
pronto aislados por los manifestantes, el Black
Block, recurrieron a la violencia. La policía de Berlusconi
golpeó, pateó, encarceló, vejó a los manifestantes y los
disolvió, dejando así el campo libre a los violentos y
desesperados, convirtiéndolos ante la gente bienpensante en el
símbolo de la protesta. Los manifestantes tenían rostro y
pertenecían a organizaciones. Los Black
Block eran anónimos, violentos y sin rostro. No eran
provocadores (salvo unos pocos), eran desesperados.
Pero
los grandes del G-8 no quieren enfrentarse ni dialogar con
fuerzas sociales organizadas, que por naturaleza son opuestas al
terrorismo. Igual que los anónimos "mercados", la política
de esos grandes prefiere enfrentarse con los violentos enemigos
sin rostro que la brutalidad inhumana de su política engendra.
Esos enemigos, reales y verdaderos, le sirven para legitimar sus
propias atrocidades contra aquellas fuerzas y contra los seres
humanos de todo el mundo, iguales en sus alegrías, sus trabajos
y sus penas a los miles y miles que el terrorismo sin rostro
asesinó en las torres gemelas.
Llevó
buena parte del siglo XIX y todo el siglo XX conquistar los
derechos, las normas y las reglas que protegían en muchos países
el trabajo bajo todas sus formas. Llevó dos guerras mundiales y
muchas revoluciones y rebeliones llegar a los equilibrios que se
expresaron en la Organización de las Naciones Unidas y en la
Declaración Universal de los Derechos Humanos. Esos equilibrios
son cosa del pasado, y en su destrucción mucho tuvo que ver el
Pentágono. Se derrumbaron casi de golpe, como las torres
gemelas, y en su lugar quedó este mundo en migajas y la
dictadura sin rostro de los mercados. ( Parte de un artículo
Adolfo Gilly, analista político argentino mexicano, publicado
en La Jornada de México del 13 de setiembre de 2001)
Globalización
del terror
Los
ciudadanos pueden y deben saber que la lucha contra la
criminalidad organizada en forma de terrorismo se puede combatir
con eficacia si se identifica como la principal amenaza, mucho más
real que la supuesta de la que nos defendería un escudo
espacial antimisiles. Si se acepta así, la información es el
85% de la lucha por la erradicación de esté fenómeno. El 15%
restante serían las operaciones derivadas para capturar y
destruir las tramas.
Lo
más dramático es que la información a la que me refiero está
disponible en su casi totalidad, y llegaría al máximo de
eficacia si se pusiera en común por una docena de países que
se consideran amigos y aliados. Pero esto no ocurre. Es más fácil
intercambiar información de servicios en el terreno militar clásico
que entre los servicios de información de estos aliados
referidos a la lucha contra este tipo de amenaza.
La
consecuencia de actuar así, aquí y desde ahora, sería la de
acertar con precisión en la respuesta, garantizar un incremento
de la eficacia en el futuro, y evitar el error, aunque sea
comprensible en momentos de emoción, de acciones precipitadas
que escalen la violencia en lugar de contenerla.
El
esfuerzo inmediato para enfriar conflictos regionales como los
que se viven en Próximo Oriente, o en otros lugares del mundo,
que tenderán a exacerbarse con efectos de violencia
suprarregionales, es una necesidad para avanzar en una nueva
arquitectura de convivencia internacional. La Unión Europea
puede y debe jugar su papel, riguroso y exigente, no sólo pagar
facturas de las decisiones de otros.
Precipitados
todos los factores de desconfianza económica y financiera, los
actores políticos tienen que dar un paso adelante para
regenerar esa confianza que no podrán recuperar los
protagonistas directos de los mercados. Más liquidez, menos
tipos de interés y recuperar el razonamiento de Keynes, aplicándolo
a la nueva realidad, no reproduciéndolo miméticamente, ayudará,
si la seguridad frente al terror mejora, a remontar una crisis
mundial a la que no se quiere identificar como tal, a pesar de
que Japón, EE UU y Europa estén inmersos en ella.
Finalmente,
el desorden de la globalización, con sus lacerantes incrementos
de las diferencias, los incontenibles flujos migratorios huyendo
de la miseria o de la tiranía, la imprevisibilidad del casino
financiero internacional o los crecientes odios interculturales,
reclama un esfuerzo de construcción del nuevo orden
internacional del siglo XXI, añadiendo factores que hagan más
gobernable este escenario, en lugar de pretender construcciones
excesivamente teóricas sobre el supuesto Gobierno del Mundo
tan querido a los cartesianos puros. (¿A quién aceptaríamos
presidiendo ese Gobierno Mundial?).
Espacios
regionales supranacionales, como la Unión Europea o como el
Mercosur, podrían ir configurando una nueva gobernabilidad más
equilibrada, más cooperativa y solidaria. La revisión del
funcionamiento de instancias como el FMI, el Banco Mundial o las
propias Naciones Unidas deberían acompañar este proceso de
mayor gobernabilidad.
Es
posible, no sólo deseable, poner en marcha las respuestas para
mejorar la seguridad, identificando y combatiendo la peor
criminalidad que se conoce: el terrorismo, como el enemigo de la
convivencia en paz y en libertad, más peligroso y evidente.
Es
posible hacerlo sin deslizarse hacia el odio entre religiones,
culturas o civilizaciones, porque no está ahí el problema,
pero la confusión puede contribuir a agravarlo en vez de
resolverlo.
Es
posible disminuir las tensiones regionales con efectos
expansivos de violencia. El Mediterráneo, cuna y cruce de
civilizaciones, debe tender hacia la superación de los choques
que se viven en él, de uno a otro extremo. El Cáucaso, que no
queremos ver aunque pesará en los próximos años, y tantos
otros.
Es
posible combatir la primera gran crisis de la nueva economía,
que se nos anunciaba sin ciclos, de bonanza sin fin, al tiempo
que veíamos el incremento de la pobreza, la pérdida de la
cantidad y la calidad de la cooperación internacional y de la
cohesión interna en los países ricos.
Es
posible construir una Europa Política, con sus valores
fundacionales, como democracia local reforzada y como poder
global relevante para mejorar la cohesión interna y contribuir
decisivamente a la paz y la solidaridad internacional.
Podemos
atacar las causas inmediatas de la inseguridad y enfrentar un
nuevo rumbo para acabar con los caldos de cultivo. (Parte de
un artículo de Felipe
González ex presidente del gobierno español y líder socialdemócrata
mundial, tomado de El País de Madrid del 15 de setiembre de
2001).
La
sinrazón de la barbarie
Los
estadounidenses tienen toda la razón al creer que el culpable
debe ser castigado. El mundo civilizado les respalda. Un
destacado miembro del Partido Republicano en el Congreso ha
declarado: «Los arquitectos de esta maldad no hallarán puerto
seguro en este mundo. Perseguiremos a nuestros enemigos hasta
los rincones más remotos de esta tierra». Sus sentimientos son
compartidos por todos los seres humanos. Los miembros del
Congreso trabajaron el miércoles hasta bien entrada la noche en
la decisión de autorizar el uso de la fuerza como respuesta a
los ataques terroristas del martes. Los dirigentes del Gobierno
esperan una resolución parecida a aquella que el Congreso
redactó en 1991, en la cual se autorizaba el uso de la fuerza
contra Irak poco antes del estallido de la Guerra del Golfo.
Sin
embargo, la identificación y eliminación del terrorismo es sólo
un primer paso. La Administración Bush incurrirá en una grave
equivocación si cree que la barbarie puede superarse con la
fuerza. La barbarie no conoce reglas y por lo tanto tampoco
reconocerá las leyes de la fuerza. No se obtendrá ningún
provecho amenazando a países pobres como Irak y Afganistán. No
tienen nada, y por tanto nada perderán excepto sus vidas,
aunque fueran el blanco de un holocausto atómico. «Bin Laden
está en guerra con Estados Unidos y es el momento de
corresponderle», ha declarado un senador americano. «Tenemos
la capacidad, la competencia y la fuerza militar para hacer lo
que es necesario». Tiene bastante razón, pero sólo a medias.
La
barbarie tiene que combatirse removiendo sus soportes. Y en este
caso su soporte es el problema de los árabes en Palestina. No
es ningún secreto que la causa fundamental del terrorismo árabe,
del problema del petróleo, de las dificultades con Gadafi y con
Sadam Husein, es una y sólo una: la incapacidad de Israel para
llegar a un acuerdo de paz con los árabes. En este punto,
Clinton consiguió un importante éxito tanto con los árabes
como con los judíos; en cambio, Bush no ha conseguido casi
nada. Si lo que pretende es solucionar el problema, la inmensa
tragedia del World Trade Center debería ser la señal que le
indique el camino a Jerusalén. (Tomado de un artículo del
historiador Henry Kamen publicado en El Mundo de España el 15
de setiembre de 2001).
Solidaridad
sin fisuras con la nación americana
Es
concebible que tengamos que habérnoslas con una fanática banda
terrorista privada. Es también concebible que un Estado haya
prestado ayuda indirecta, como nos ocurrió a nosotros con el
terrorismo de la RAF. Tampoco cabe excluir del todo que se trate
de una organización terrorista creada por un Estado. En
cualquiera de estos casos posibles será distinta la necesaria
reacción de Estados Unidos y de los Estados amenazados por los
terroristas. En cualquier caso, los Gobiernos de los Estados de
derecho tendrán que velar por sus propias Constituciones y por
la Carta de las Naciones Unidas.
Si
se demostrara la participación de un Estado o un Gobierno en
apoyo de los terroristas, podría desencadenarse una guerra. Por
ese motivo es tanto más necesaria la fría razón. En cualquier
caso, Estados Unidos se defenderá con gran energía y con toda
su vitalidad. Y nosotros, los alemanes, estaremos a su lado. (Tomado
de un artículo de Helmut Schmidt, ex canciller de la República
Federal de Alemania, publicado en El País de Madrid el 14 de
setiembre de 2001),
La
hegemonía de EEUU y la guerra islamista
El ataque y la destrucción de los centros financieros y
militares del poder estadounidense no son sólo un estallido de
violencia y la expresión de un odio que se ha manifestado en
algunas ciudades árabes; son una declaración de guerra,
lanzada por unas redes islamistas en un momento en el que el
islamismo político está en retroceso. Los movimientos
religiosos se habían ampliado primero como campaña
nacionalista, después como movimiento político para el que la
toma de poder era más importante que la afirmación religiosa,
pero el éxito económico de Estados Unidos había debilitado
esos movimientos, la 'burguesía árabe' había pasado poco a
poco al bando de la economía globalizada, dejando sin clase en
la que apoyarse y sin dirigentes a las masas desarraigadas de
las ciudades. Al renunciar a tomar el poder en la mayor parte de
los países musulmanes, el movimiento islamista no tiene, pues,
otra elección que entre su autodescomposición y la violencia.
Y la violencia ha ganado tanto contra la primera tendencia como
contra el poder estadounidense, pues unifica a los que se
dividen.
No
se trata de una guerrilla, ni siquiera de terrorismo, sino de
guerra. Nadie espera ver flotas áereas o marítimas enfrentarse
masivamente; nadie puede localizar y describir con detalle la
organización militar, los recursos económicos, el sistema de
información que permiten al bando antiamericano llevar a cabo
esta guerra. Pero existe una situación de guerra desde el
momento en que las luchas por la toma de poder en el mundo árabe
se ven sustituidas por la decisión de atacar directamente al
adversario. ¿Es posible que se reproduzcan los ataques que
acaban de sufrir Nueva York y Washington? Nada permite descartar
esta hipótesis. Todo Estados Unidos está amenazado y siente
los golpes con tanta mayor dureza cuanto descubre la incapacidad
de sus servicios de seguridad cuyos mejores elementos deben
haber estado destacados desde hace mucho tiempo en Hollywood.
Ampliemos
ahora nuestro campo de visión: ¿puede alguien hoy negarse a
ver la extrema hegemonía ejercida por Estados Unidos sobre el
conjunto del mundo. Desde los enemigos invadidos hasta unos
aliados que marchan al paso que les marcan, el mundo entero es
consciente de vivir bajo una hegemonía cuyos aspectos positivos
no deben ser, ante todo, olvidados: concentración de los medios
de creación cultural, universidades que atraen a la élite del
mundo entero, éxito del movimiento por el reconocimiento de los
derechos culturales, etcétera.
Durante
más de un cuarto de siglo y sobre todo desde 1989, esta hegemonía
fue más absoluta que lo que Gran Bretaña y otras potencias
capitalistas lo fueron entre 1870 y 1914. Ahora bien, ese medio
siglo de triunfo 'imperialista' como entonces se decía, ha dado
lugar a un siglo de reacciones políticas e ideológicas muchas
de las cuales han llevado a regímenes totalitarios o
autoritarios de uno u otro signo. Y fue necesario casi todo un
siglo para poner fin a esos regímenes tan antidemocráticos
como anticapitalistas, ¿Hemos entrado ya en un siglo XXI que va
a reproducir la historia del siglo XX pero con un dramatismo aún
mayor? La diferencia principal será que en lugar de
enfrentamientos entre naciones organizadas veremos, vemos ya, cómo
en torno al imperio y a sus símbolos de poder se forman unas
redes de sombra que encuentran los recursos necesarios en la
industria petrolera y sobre todo en la voluntad de unos jóvenes
de sacrificar su vida por sus convicciones religiosas y políticas.
El mundo puede transformarse en un gigantesco País Vasco. (Parte
de un artículo de Alain Touraine, sociólogo francés, director
del Instituto de Estudios Superiores de París e integrante del
Círculo de Montevideo, que fundara el doctor Julio María
Sanguinetti, .publicado en El País de Madrid el 13 de setiembre
de 2001),
Sobre
los ataques
Los ataques terroristas (a Nueva York y Washington, D.C.)
constituyeron grandes atrocidades. A escala pueden no haber
alcanzado el nivel de muchos otros, por ejemplo, el bombardeo de
Sudán por Clinton, en ausencia de un pretexto creíble, que
destruyó la mitad de sus reservas farmacéuticas y mató a un número
desconocido de personas (nadie lo sabe, porque Estados Unidos
bloqueó una investigación en la ONU y a nadie le importa que
se haga o no). Para no hablar de casos mucho peores que vienen fácilmente
a la memoria. Pero que este fue un crimen horrendo nadie lo
duda. Las víctimas fundamentales, como siempre sucede, fueron
trabajadores: personal de servicio, secretarias, bomberos, etc.
Probablemente se convertirá en un golpe demoledor para los
palestinos y otros pueblos pobres y oprimidos. También
conduzca, probablemente, al establecimiento de duros controles
de seguridad, con muchas posibles ramificaciones para socavar
las libertades civiles y la libertad interior en el país.
Los
hechos revelan, dramáticamente, la estupidez del proyecto de
"defensa antimisiles". Como ha sido obvio desde el
principio, y señalado repetidamente pues los analistas estratégicos,
si alguien desea causar inmenso daño a los Estados Unidos,
incluyendo con armas de exterminio en masa, muy difícilmente
lance un ataque con misiles, con lo cual garantizaría su
destrucción inmediata. Existen otras innumerables y más fáciles
maneras de hacerlo, prácticamente indetenibles. La
"defensa" es una cortina delgada para encubrir los
planes de militarización del espacio y, con buenas relaciones públicas,
incluso los más débiles argumentos tendrán algún peso entre
un público asustado.
En
pocas palabras, el crimen es un regalo a la derecha dura jingoísta,
que espera utilizar la fuerza para controlar sus dominios. Ello,
sin contar las probables acciones norteamericanas, y a lo que
darán lugar —posiblemente más ataques como este, o peores.
Las perspectivas son todavía más ominosas de lo que parecían
antes de las más recientes atrocidades.
Sobre
cómo reaccionar, tenemos opciones. Podemos expresar un horror
justificado; podemos tratar de entender qué condujo a los crímenes,
lo cual significa hacer un esfuerzo por comprender cómo piensan
sus probables perpetradores. Si optamos por esto último, nada
podría ser mejor, creo yo, que escuchar las palabras de Robert
Fisk, cuyo conocimiento directo y visión de los asuntos de la
región no tienen igual, habiendo escrito reportajes
distinguidos sobre estos durante muchos años. Describiendo
"la maldad e increíble crueldad de un pueblo aplastado y
humillado", escribe que "esta no es la guerra de
democracia versus terror que, en los días venideros, se pedirá
al mundo aceptar. Se trata, asimismo, de misiles norteamericanos
haciendo impacto en los hogares palestinos, de los helicópteros
de Estados Unidos disparando misiles a una ambulancia en 1996,
de las bombas norteamericanas cayendo sobre una aldea llamada
Qana y de una milicia libanesa —pagada y uniformada por el
aliado israelí de Norteamérica— golpeando, violando y
asesinando a su paso por los campamentos de refugiados". Y
mucho más. De nuevo, tenemos una opción: podemos tratar de
comprender, o negarnos a hacerlo, contribuyendo así a la
probabilidad de que el futuro nos reserve cosas aún peores.
(parte de un artículo de Noam Chomsky , filósofo y escritor
estadounidense, publicado en Granma de Cuba, el 16 de setiembre
de 2001)
Esta
guerra no es nuestra
El tremendismo ideológico, que incluso sugiere que ningún
enemigo tramó el desastre del martes, sino que fue una
monstruosa maniobra para aceitar con sangre la debilitada
actividad económica norteamericana, sufrirá seguramente un
mentís: las bolsas mostrarán que se camina a la recesión, que
en México ahondará las dificultades de su economía ya en
agudos problemas.
Porciones
relevantes de la industria manufacturera comenzaron a tener
problemas por la falta de los insumos traídos desde Estados
Unidos, al punto de planearse paros técnicos o disminuir la
producción y el empleo. Las exportaciones, averiadas paradójicamente
por la solidez del peso, enfrentan nuevos problemas, así sean
tan pasajeros como la mayor lentitud en las aduanas fronterizas,
marítimas y aeroportuarias, derivada de la exigencia de mayor
seguridad. Si el desenvolvimiento del conflicto afectara al
mercado petrolero mundial, y se requiriera aumentar las ventas
de crudo mexicano, el incremento de su importe vendría
aparejado con el crecimiento del riesgo que eso implicaría.
Apenas
en proceso de completarse y ser medidos, los efectos materiales
en México son menores que los humanos y políticos provocados
por el terrorismo en Estados Unidos. Hay mexicanos entre las víctimas,
porque muchos compatriotas nuestros trabajaban en los servicios
de las torres gemelas y en algunas de sus oficinas. Es probable
que nunca tengamos noticia exacta de su número porque algunos o
muchos vivieran en la ilegalidad, y sus amigos o deudos no tendrán
interés en hacerse notar, puestos quizá en la misma condición.
Se sabrá de ellos por el dolor que sus familiares en México
puedan expresar. Se concretó en sus personas uno de los muchos
pesares de la inmigración, la pena de morir lejos de donde se
nació.
Es probable que en general se recrudezcan los ánimos xenofóbicos
de algunos sectores norteamericanos. Inicialmente se han
dirigido hacia la población de origen árabe, practicantes de
la fe del Islam. Pero los fundamentalistas cristianos que han
hostigado y hasta atacado mezquitas no se detendrán, cuando
transiten por las calles garrote en mano en su cruzada
terrorista contra el terror, a solicitar pasaportes o
credenciales. Su hostilidad hallará ahora motivo aparente o
real contra todo diferente, incluidos los mexicanos. Si se
construyó la Operación Guardián para arrojar a los atrevidos
mexicanos que ingresan sin papeles, hacia las zonas de mayor
peligro, la voluntad que así se mostró tiene ahora razones
objetivas para hacer más rígido el resguardo fronterizo.
El atentado puso en riesgo algunos de los logros de la visita
del presidente Fox a Estados Unidos en la primera semana de
septiembre, y por eso el propio Ejecutivo y su canciller se
afanan en remediar el daño, recordando y subrayando su adhesión
a Washington. El presidente Bush dijo antes que la relación más
importante de su país tenía a México como destinatario. A
pesar de los buenos deseos y de las palabras, esa posición está
siendo rápidamente modificada por los hechos. En la guerra que
se avecina, cuyas primeras brutales escaramuzas hemos padecido
ya, la prioridad mexicana dejará lugar a otras, vitales para
Estados Unidos, como su vínculo con la alianza atlántica, como
la búsqueda de acciones comunes que impliquen a otras
potencias. Y en ese esquema puede corresponder a nuestro país
un lugar secundario, con el riesgo de que incluya la subordinación
a Washington.
No será suprimida la idea de "relación especial"
entre México y Estados Unidos. El propio Bush, que por fin
recibió el llamado telefónico de Fox, le dio seguridades de
que aun en la emergencia conservará sus compromisos en materia
migratoria, alrededor de los cuales hay confusión porque no
coinciden todavía las aspiraciones mexicanas y los intereses
norteamericanos. Al expresarse de ese modo, el presidente
norteamericano seguramente fue sensible a los esfuerzos del
gobierno mexicano por mostrarse alineado a sus propósitos en
esta hora de emergencia. Y a su propia necesidad: México ocupa
un lugar central en la política de Washington hacia América
Latina. Seguramente es una exageración nacida del despecho
partidario, o un desliz humoroso de mal gusto pero, según
reporta Dolia Estévez, corresponsal de El Financiero e Infored
en Washington, Doris Meissner, la responsable del control
migratorio en la administración Clinton se explica que "al
presidente Bush no le preocupa llenar el puesto de subsecretario
para asuntos interamericanos debido a que Fox está haciendo un
excelente trabajo".
De un modo más serio y documentado podría obtenerse una
conclusión semejante del trabajo de Robert S. Leiken, de la
Brooks Institution titulado "Con un amigo como Fox...".
Es un repaso de las transformaciones en la política exterior
mexicana después del primero de diciembre. Es larga la cita que
ahora hago de este texto aparecido en el número de Foreign
Affairs en español que está en circulación, pero los lectores
calibrarán su importancia: "La conflictiva región de los
Andes despierta en los círculos mexicanos de hoy recuerdos de
las guerras civiles norteamericanas de la década del ochenta.
Pero ahora el gobierno revolucionario está en Venezuela (no en
la Nicaragua sandinista) y la guerra civil vecina se pelea en
Colombia (en vez de en El Salvador). Aun así, los problemas son
alarmantes. Chávez desdeñó la democracia representativa,
arrinconó el poder político, ofreció su amistad a Fidel
Castro, rindió homenaje a Muammar al-Gadhafi y a Saddam Hussein
y llamó a China la gran hermana de la revolución venezolana.
El año pasado, sin molestarse en informar al gobierno
colombiano, envió un comisionado que habría de reunirse siete
veces con los rebeldes colombianos. Ecuador, Panamá y Brasil
temen ahora que la guerra colombiana pueda extenderse a sus
territorios. El paquete de ayuda militar y económica coordinado
por Estados Unidos, conocido como Plan Colombia, alivió esos
temores para algunos, aunque para otros los intensificó.
"Entonces sale a escena Fox, cuya diplomacia para la región
andina ilustra cuánto avanzó México desde que las guerras
devastaron América Central hace menos de dos décadas. En
aquellos días, ese país era el protector regional clave de los
sandinistas y ayudó a mantener su gobierno a flote con
dotaciones de petróleo de emergencia. Y fue dentro de ese marco
cuando Castañeda, cuando su padre era canciller, dio sus
primeros pasos en la diplomacia. En 1982, el joven Castañeda
diseñó un acuerdo referido a El Salvador, que firmarían México
y Francia, por obra del cual los dos países reconocían la
guerrilla y presionaban por negociaciones que condujeran al
poder compartido. La guerrilla tenía permiso para usar la
ciudad de México como sede para la diplomacia y los medios de
comunicación, y sus líderes se reunían a menudo con los dos
Castañeda para urdir su estrategia diplomática. El gobierno
salvadoreño y Washington estaban enfurecidos.
"Hoy en día, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC) también mantienen una oficina en la ciudad de México.
Pero la analogía se detiene allí. Fox informó a la guerrilla
que su buena voluntad para acogerla se agotará si no se pliega
al plan de paz de Pastrana. También declaró su apoyo
incondicional al Plan Colombia, haciendo confluir el apoyo
hemisférico y europeo tras el esfuerzo. Aunque cuando Fox tomó
posesión no se dirigían la palabra, Chávez y Pastrana se
reunieron ya en varias ocasiones a instancias del Presidente
mexicano. Chávez aceptó incluso sumarse al grupo de naciones
amigas (entre las que se cuentan Canadá, Cuba, Francia, Italia,
México, Noruega, España, Suecia y Suiza) que respaldan las pláticas
de paz.
"Fox persuadió también a Chávez y Pastrana de revivir el
grupo G-3, que nuclea a los tres principales exportadores
latinoamericanos de petróleo. Creado para abastecer petróleo a
América Central como parte del esfuerzo por resolver los
conflictos de la región, ahora el G-3 usará petróleo a precio
subvencionado para suavizar las fricciones en la región andina.
México, preocupado por la popularidad cada vez menor de
Pastrana y el crecimiento de los paramilitares derechistas en
Colombia, espera ver que el proceso de paz colombiano se
institucionalice para cuando lleguen las elecciones, el próximo
año.
"Durante la década de los ochenta, el peligro de la
intrusión soviética en América Central preocupaba seriamente
a los dirigentes estadunidenses, pero no tanto a los mexicanos.
En la actualidad, no hay una amenaza extrahemisférica en los
Andes. Sin embargo, tanto México como Estados Unidos están
preocupados por la perversa alianza entre el narcotráfico y la
guerrilla en la zona. Dos tercios de la cocaína colombiana
destinada a Estados Unidos se abre camino por México, y Fox
teme que el dinero de la droga obstruya sus esfuerzos por
controlar la corrupción y el crimen.
"A raíz de esta preocupación compartida, los gobiernos de
Fox y Bush han elaborado para los Andes una rutina donde uno
hace de bueno y otro de malo. México guarda distancia de las
facetas militares del Plan Colombia, pero concentra el apoyo
diplomático para el proceso de paz. La íntima amistad entre
Fox y Bush aumentó la influencia de México entre los jefes de
estado andinos. No obstante, México tiene suficiente poder en
América Latina por derecho propio y puede influir en Chávez y
en la guerrilla colombiana de una manera que Estados Unidos no
puede hacerlo." Si los dos gobiernos comparten ya papeles
en América Latina, como se desprende de este análisis, no se
ve la necesidad de incrementar el compromiso político mexicano
con Estados Unidos en esta hora de extremo peligro. La sociedad
mexicana debe rehusar el razonamiento del canciller Castañeda
de que la guerra contra Estados Unidos es una guerra también
contra México. Ante la prensa dijo el miércoles que Washington
tiene derecho a ejercer represalias. Y al día siguiente completó
su idea procurando extender hasta México el feroz agravio del
martes: "No fueron actos solamente contra Estados Unidos,
contra la democracia, contra la civilización..., también
fueron actos contra decenas, centenares y quizá miles de
mexicanos", dijo. Y ante los murmullos de incredulidad de
los senadores, ante quienes lanzó esa argumentación, confirmó,
enfático que "sin duda" fueron centenares los
mexicanos que fallecieron en el atentado neoyorquino.
No sólo duele a México la muerte de los mexicanos. Las víctimas
son todas nuestras. Pero la guerra no. No hay que regatear a
Estados Unidos la solidaridad, la condolencia. Ni siquiera cabe
recordar, porque es perverso hacerlo en esta hora, los agravios
que ha inferido a otros, y en donde se esconde la raíz de la
conducta de sus agresores. Todos los seres humanos hemos sido
humillados y ofendidos por el crimen descomunal del martes, que
no modifica su carácter por la naturaleza de cualquier otro.
Pero al igual que los aliados europeos de Estados Unidos,
cautelosos porque en ello va la propia seguridad de sus
naciones, México requiere resguardar la suya y propiciar la
moderación norteamericana, no acuciar sus inclinaciones
guerreras con las nuestras propias. (Tomado de un artículo
del analista político Miguel Angel Granados Chapa en el periódico
Reforma de México el 16 de setiembre de 2001),
La
lucha final
Si
los gobiernos de las sociedades democráticas coordinan sus
acciones y su información, e internacionalizan la justicia,
pueden asestar certeros golpes a las organizaciones terroristas,
desbaratando su infraestructura bélica, sus fuentes de
suministro, y llevando a sus dirigentes ante los tribunales. Lo
ocurrido en la ex Yugoslavia es un indicio de lo que debería
ser una práctica permanente, para limpiar a la comunidad humana
de futuros Milosevic. Los Estados que fomentan el terror y se
sirven de él tienen tanta responsabilidad en los crímenes
colectivos como los comandos que los ejecutan y deberían ser
objeto de represalias por parte de la comunidad democrática. La
represalia más eficaz es, por supuesto, la de reemplazar a esas
dictaduras despóticas y sanguinarias -la de los talibán en
Afganistán, la de un Sadam Hussein en Irak, la de Gaddafi en
Libia y tres o cuatro más sorprendidas en flagrantes
complicidades con acciones de terror-, por gobiernos
representativos, que respeten las leyes y las libertades, y actúen
de acuerdo a unos mínimos coeficientes de responsabilidad y
civilidad en la vida internacional. En este aspecto, las
sociedades occidentales han actuado tradicionalmente con unos
escrúpulos desmedidos, tolerando a dictadorzuelos corruptos y
feroces, exportar sus métodos criminales al extranjero, en
nombre de una soberanía que éstos violan sin el menor empacho
para agredir a otras naciones y luego esgrimen como patente de
impunidad.
No
es verdad que haya sociedades -se menciona siempre a las islámicas
como ejemplo-, constitutivamente ineptas para la democracia. Ése
es un prejuicio absurdo, alimentado por el racismo, la xenofobia
y los complejos de superioridad. Las culturas que no han
conocido la libertad todavía (la mayor parte de las existentes,
no lo olvidemos), es porque no han podido aún emanciparse de la
servidumbre a que tiene en ellas sometida a la mayoría de la
población una elite autoritaria, represora, de militares y clérigos
parásitos y rapaces, con la que, por desgracia muy a menudo,
los gobiernos occidentales han hecho pactos indignos por razones
estratégicas de corto alcance o por intereses económicos. En
todas esas satrapías tercermundistas que son el mejor caldo de
cultivo para el terrorismo existen partidos, movimientos y a
veces cuerpos de combatientes que, en condiciones casi siempre
muy difíciles, resisten el horror y representan una alternativa
de cambio político para el país. Esas fuerzas de la
resistencia democrática deberían recibir el respaldo militante
de los países libres, en pertrechos militares, acciones diplomáticas
y asesoría estratégica, dentro de una campaña concertada
internacional para liquidar a esa hidra de mil cabezas en que se
ha convertido hoy el terrorismo. Porque la única posibilidad de
que, algún día, el mundo entero quede libre de esa amenaza que
ahora pende sobre todas nuestras cabezas, es que hayan
desaparecido en él todas las dictaduras y sido reemplazadas por
gobiernos democráticos. (Tomado de un artículo de Mario
Vargas Llosa, escritor peruano, publicado en El País de Madrid
el 16 de setiembre de 2001).LA
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