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1a. parte
Guillermo García Moyano:
 un memorialista
"que se inclina sobre su pasado"

por Julia Galemire

Carlos Real de Azúa decía en un ensayo que "la postura común del material más atendible es la del hombre que se inclina sobre su pasado y considera que lo vivido tiene un valor ejemplar, o valioso, o esclarecedor y merece ser registrado". Esta reflexión, nos lleva a pensar sobre aquellos memorialistas que en nuestro país, recrearon etapas o momentos de la vida de nuestra sociedad. Podemos mencionar entre otros , a una mujer de excepción, Josefina Lerena Acevedo, a Isidoro de María, el "Licenciado Peralta", que escondía la personalidad del doctor Domingo González, Sansón Carrasco y más cerca de nuestro tiempo, a Luis Alberto Varela con sus notables recuerdos del bajo montevideano, el "Hachero", (Julio César Puppo), Milton Schinca,pudiendo agregarse ahora, con toda justicia el nombre de Guillermo García Moyano.

García Moyano, abogado de profesión, era un ser, definido por quienes lo conocieron -debo confesar que yo no tuve ese placer-, como un hombre de sólida cultura,de modesto perfil personal, dotado de un singular sentido del humor, afable, leal en todos los momentos a sus amigos y a sus ideas políticas, cordial y amante de una bohemia transcurrida en el viejo Tupí, en el Palace de la Plaza Independencia, en los cafés de la época.

Profesor agregado de Derecho Internacional Público en la Facultad de Derecho, estudioso de los temas jurídicos e históricos (publicó libros y trabajos en esas disciplinas), supo acercarse a las letras, pensamos que con cierta timidez o tal vez displicencia. De todos modos, es de lamentar que no hubiera escrito más trabajos de esa naturaleza, por lo que en lo que publicó, García Moyano o Gimo, como se lo conocía, puso de relieve mágnificas condiciones de narrador, que sabía describir con acierto y sensibilidad, personajes y situaciones que rodearon su infancia.

Lo demostró en "Pueblo de los Pocitos", el libro que nos ocupa, editado por Banda Oriental en 1969, y, veinticinco años más tarde de aquella publicación primera, en "Crónica de un viaje en diligencia" y "La Universidad vieja", reunidos postumamente en un pequeño volumen, gracias a la inquietud de su sobrino, Enrique Piñeiro.

Digamos que "Pueblo de los Pocitos", es un regreso al Pocitos de comienzos del siglo XX, que como lo dice García Moyano... "no era un barrio de Montevideo. Era un pueblo -un pequeño pueblo- separado de la ciudad", y que había sido fundado por "lavanderos italianos".

El autor, desde el principio se interna en los laberintos de la memoria, rescatando no sólo la vida familiar, sino también el transcurrir del tiempo en la zona, sus habitantes, las historias o simplemente las anécdotas cotidianas. Lo hace con un lenguaje fluido no exento de sutiles nostalgias, pero también con suave humor, con un lenguaje despojado de juegos de prestidigitación literarias, con sencillez y sinceridad. No le faltaba imaginación para enfocar los hechos y los seres que poblaban la fantasía de sus primeros años.

Sus relatos, nos llevan entonces a los días de febrero de 1904, fecha en que el padre del autor resuelve mudarse con su familia a una casa situada en Los Pocitos, entre los médanos, abandonando el domicilio de la calle Salto Nº 20 en el viejo Cordón. Había sido una decisión del jefe de familia, que la madre de García Moyano aceptó por supuesto, pero no sin antes argumentar un resignado..."Estoy conforme, pero es una aventura".. El comentario, puede sonarnos a lo lejos con tonos risueños, pero, en definitiva, nos pinta lo que significaba por aquellos años, trasladarse a Pocitos.

Por las páginas a que hacemos mención, un verdadero hallazgo y cuya lectura recomendamos, desfilan a partir de la mudanza, episodios y situaciones retratadas con fidelidad. Los carnavales, algunos cantos desentonadas de las comparsas de la época, con versos quizá más desentonados..."Encajados hasta el eje / para que nadie se queje / recojamos azucenas, lirios, rosas y jazmines / recojamos macachines", mientras el coro desafinadamente, hacia la rima..."chines, chines, chines, chines".

Los cursos escolares, los tranvías, de los que da noticias muy peculiares: "El tranvía paraba donde hubiera pasajeros, para subir o bajar pasajeros, aunque no fuera esquina. Cada uno podía subir o bajar, frente a su casa. Y era permitido que cada uno, sin chistar al guarda, hicieran sonar la campanilla para el descenso". Las charlas entre los pasajeros, que se conocían todos entre sí, sus nombres y apellidos, sus respectivas profesiones.

Las tareas que cumplía el Alcalde, una de cuyas tareas era la de recorrer el pueblo todas las tardes, la aparición cuatro años más tarde, en 1908, de un muchacho que ya se insinuaba en el deporte y que era reconocido por todos como un ídolo y a quien todos los lugareños conocían por José, José Piendibene. El Comandante de Guardias Nacionales que tenía la curiosa costumbre de hacer primero los ademanes con sus brazos y manos, para luego recién hablar. La aparición en 19l3 de los primeros autos que se conocieron por el pueblo, el gigantesco coche de Rosell y Rius y la voiturette Renault de Armando Valerio, la que se constituyó en el orgullo de los vecinos. El estallido de la guerra del 14, con sus implicaciones y que naturalmente se convirtió en el tema cotidiano y que por las características de los habitantes, las raíces itálicas de los mismos, hicieron que Italia fuera destinataria de las mayores simpatías.

Naturalmente, resulta difícil reseñar casi 100 páginas de texto, pero pensamos que lo expuesto, puede dar una idea de la riqueza conceptual de "Pueblo de los Pocitos", libro al que sólo le encontraremos un defecto: que no sea reeditado como lo merece Guillermo García Moyano y su obra, un memorial de un pueblo, convertido luego en un barrio que creció y cuyos orígenes merecen ser conocidos. LA ONDA® DIGITAL

 

 

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