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CONMOCIÓN
MUNDIAL POR LA GUERRA
Entre la necesidad de la Justicia y la preocupación por el
futuro
*
Legítima defensa, editorial de El País de Madrid (8 de octubre
de 2001)
Una
guerra de fisonomía hasta ahora desconocida empezó el 11 de
septiembre con los ataques contra las Torres Gemelas de Nueva
York y el Pentágono en Washington, en los que murieron cerca de
6.000 personas. Casi un mes después, EE UU inició ayer una
respuesta en legítima defensa con el bombardeo de puntos estratégicos
de Afganistán. Estados Unidos y la ONU han acusado al régimen
de los talibán de dar cobijo a Osama Bin Laden, que ayer
reivindicó y justificó los atentados en un mensaje televisado
que divide el mundo entre "el islam y los infieles".
Si había dudas de la autoría de los atentados terroristas, el
propio Bin Laden se ha encargado de disiparlas. Tampoco las hay
sobre el apoyo del régimen de Kabul al millonario de origen
saudí; los talibán han rechazado reiteradamente el ultimátum
dado por EE UU hace dos semanas para entregar a Bin Laden y a
otros líderes terroristas.
Al
revés que Bin Laden, el presidente de EE UU, George Bush, tuvo
sumo cuidado en evitar cualquier asomo de enfrentamiento
cultural. Midió bien sus palabras al asegurar que se trata de
unos ataques precisos, para "atrapar a los terroristas y
conducirlos ante la justicia", y no una guerra contra el
islam. Toda insistencia en este sentido es poca en las
sociedades multiculturales en las que vivimos.
Los
principales líderes europeos, con Tony Blair a la cabeza,
acudieron con rapidez ante la opinión pública para apoyar políticamente
la acción de EE UU. También lo hicieron Aznar y la mayoría de
los líderes europeos. Con ello, EE UU aumentó aún más la
legalidad y legitimidad internacional necesarias, con dos
resoluciones de la ONU, el apoyo explícito que supone la
activación del artículo 5 de defensa mutua de la OTAN y una
coalición que incluye cuatro decenas de países, con el Reino
Unido codo con codo en esta primera acción militar de una campaña
que promete ser larga y en la que participarán Australia, Canadá,
Francia y Alemania. Bush está justificado al sentirse apoyado
por "la voluntad colectiva del mundo".
La
estrategia de la tensión que se ha vivido desde el 11 de
septiembre entró ayer en otra fase que no cabe sino denominar
de guerra. Esta guerra
requerirá de acciones en tierra, por definición peligrosas. Se
trata no sólo de intentar capturar a Bin Laden y deshacer sus
centros de entrenamiento, sino también de encontrar y deshacer
su red de terrorismo global, y otras similares en lo que Bush
describió como una "campaña sostenida, general e
implacable".
La
superioridad tecnológica de EE UU y sus aliados es apabullante.
Desde el punto de vista militar, la acción de ayer empezó como
era previsible: con la ventaja de la noche, y con aeropuertos,
sistemas antiaéreos y campamentos terroristas como objetivos
principales. Asegurarse el control y la seguridad del espacio aéreo
es básico para EE UU, incluso para poder lanzar, como ha
prometido, víveres y medicinas a los miles de desplazados en
una nación como Afganistán, castigada por 22 años de guerra
civil.
No
cabe esconder que se ha abierto un periodo de enorme
incertidumbre, no tanto por lo que puedan hacer EE UU y la
coalición que se ha forjado en torno suyo, sino respecto a
posibles contraofensivas en esta guerra
asimétrica, como las que ayer anticipó Bin Laden, cuya red
ha tenido años para prepararlas. Es de esperar que los
bombardeos que se iniciaron ayer logren sus objetivos sin daños
colaterales graves en forma de víctimas civiles, lo que
podría alimentar resentimientos. Pues el otro factor central de
inestabilidad puede venir de las reacciones de las sociedades
musulmanas, que, como ya ocurrió en 1991 con motivo de la
guerra del Golfo, tienden a reaccionar negativamente contra
Occidente siempre que EE UU ataca a un país islámico.
Tales
temores no podían llevar a la parálisis. La respuesta de EE UU
a lo ocurrido el 11 de septiembre no es sólo legítima, sino
necesaria. El mundo no se puede permitir vivir con la amenaza
permanente de una banda de fanáticos, dispuestos a matar
incluso a costa de su propia vida. Por si hiciera falta, Bin
Laden se encargó ayer de lanzar una amenaza ubicua que
justifica aún más retrospectivamente las resoluciones de
Naciones Unidas. El conflicto va a ser largo y complejo. No se
va a limitar a Afganistán.
Pero
de esta tragedia deben nacer nuevas posibilidades, un impulso
para pacificar Oriente Próximo y un mundo más justo y
gobernable desde instituciones internacionales a las que EE UU
se ha vuelto a acercar, rompiendo el aislacionismo con el que
Bush ganó las elecciones. Los norteamericanos prácticamente
atacaron solos. Pero Bush sabe que está muy acompañado: de
todos los que, desde cualquier profesión religiosa o laica,
creen en la tolerancia y la libertad. La defensa de estos
valores hacía necesaria una respuesta. Frente al terrorismo no
caben neutralidades.
*
El idioma de las armas, editorial de La Nación de Buenos Aires
(8 de octubre de 2001)
Ayer
resonó en todos los oídos la palabra que tantas veces la
humanidad soñó con borrar de los diccionarios. Ayer volvió a
recorrer el planeta la palabra guerra.
No
se trata esta vez de un conflicto armado comparable a los que
asolaron el siglo XX. No se trata de una conflagración entre
Estados que estén en condiciones de exhibir un poderío bélico
razonablemente equilibrado, como en 1914 o en 1939, ni de un
enfrentamiento como los de Corea o Vietnam, en los que un país
desgarrado ideológicamente aparecía como el escenario propicio
para que las dos superpotencias de la Tierra dirimieran
sibilinamente, en forma indirecta, la contienda que no deseaban
entablar de manera franca y abierta.
Se
trata, esta vez, de otra cosa: de una lucha entre dos fuerzas
completamente desiguales. De un lado, las naciones del mundo
desarrollado; del otro, un enemigo fantasmal cuyo poder de fuego
no se mide según los términos tradicionales de la clásica
guerra entre Estados sino en función de su capacidad para
sembrar el terror por el terror mismo.
La
guerra que hoy conmueve al mundo supera los límites
convencionales de la geografía, de la estrategia militar, de la
agresión marítima, aérea o terrestre destinada a socavar la
soberanía de un Estado que defiende la integridad de su
territorio a sangre y fuego. En la guerra que a partir de hoy
será seguida con obsesiva preocupación y con creciente
angustia por la opinión pública mundial se enfrentan dos
actores bélicos que no responden a la tipología consagrada por
la historia, puesto que uno de ellos -el terrorismo- no se
identifica con los rasgos tradicionales del contendiente
estatal: no gobierna un territorio determinado, no aglutina a
una población definida, no integra -en suma- la comunidad
internacional.
La
ofensiva que efectivos de los Estados Unidos y Gran Bretaña
lanzaron ayer contra Afganistán no va dirigida, en realidad,
contra ese país en sí mismo sino contra un contrincante
difuso, que está en todas partes y no está en ninguna. El régimen
de los talibanes no ha sido atacado por una causa que lo
involucre de manera directa, sino por su obstinada negativa a
entregar a las autoridades de Washington y Londres a un enemigo
público confeso y feroz, a quien se atribuye la autoría de uno
de los crímenes más aberrantes de la historia.
Las
guerras del siglo XX fueron crueles y largas. Su costo en vidas
humanas, en desolación y espanto, en destrucción de valores
espirituales y materiales, fue tenebroso y brutal: superó
largamente lo que la mente más tortuosa podía prever. Cuando
las armas, por fin, callaron, cuando los ejércitos dejaron de
combatir, el mundo comenzó a tejer, invariablemente, el sueño
de la paz duradera. Ocurrió en 1918, volvió a suceder en 1945.
La Liga de las Naciones en el primer caso, la Organización de
las Naciones Unidas en el segundo, fueron las expresiones
institucionales de esa noble y siempre vana aspiración. Pero
una y otra vez la realidad hizo añicos los sueños y el ideal
de la convivencia pacífica demostró su vulnerabilidad.
El
siglo XXI inauguró ayer, con lamentable precocidad, su
calendario bélico. El hecho no puede ser más desalentador.
Tantos esfuerzos y tantas invocaciones en favor de la causa de
la paz no han podido evitar que el ruido de las armas vuelva a
extenderse por el mundo y los signos de la muerte ensombrezcan,
una vez más, el horizonte humano.
Por
supuesto, la sociedad global no debe ni puede aceptar
pasivamente este nuevo y doloroso retroceso. Es necesario que
los pueblos y sus gobernantes redoblen sus esfuerzos para que la
guerra iniciada ayer cobre el menor número posible de víctimas
y encuentren con la máxima celeridad el modo de ponerle fin.
Las
autoridades afganas deben cesar de inmediato en su empecinada
intención de proteger al terrorista más buscado del orbe y las
potencias que ayer iniciaron su ofensiva punitiva contra el
terrorismo deben demostrar claramente que los procedimientos de
los pueblos civilizados son esencialmente diferentes de los que
emplean las organizaciones del crimen, el caos y la destrucción.
La
humanidad no puede querer ni aceptar que el veneno de la guerra
emponzoñe el siglo XXI. La hipótesis de una guerra entre
culturas o religiones debe ser drásticamente desechada. Los países
del mundo arábigo-islámico tienen una importante
responsabilidad -que no deben rehuir- en la tarea de aislar al
terrorismo fundamentalista y de ayudar a que los autores de los
crímenes del 11 de septiembre comparezcan, como corresponde,
ante un tribunal de justicia. Y los restantes Estados de la
comunidad internacional deben contribuir a que el mundo
despierte cuanto antes de la vieja y recurrente pesadilla que
ayer empezó a revivir.
*
El escalofrío y la náusea, editorial de La Repúplica de
Montevideo (8 de octubre de 2001)
"El
odio es santo" escribía un occidental lúcido, Emile Zola,
indignado ante las injusticias del caso Dreyfus, desnudadas en
su memorable "J'acusse". "Nada grande se ha hecho
sin odio" ponía en boca de Hegel, el filósofo Regis
Debray.
Yo
me animaría a decir que el "odio es estúpido" a
juzgar por la guerra que a las 12.39 horas de ayer lanzó la
potencia más formidable de todos los tiempos contra el país más
pobre del planeta gobernado por un grupo de intolerantes
enamorados de la muerte.
La
arrogancia imperial cree que todo se resuelve a cañonazos o
misilazos.
No
tiene aún conciencia de lo que le espera a la vuelta del
camino.
No
sabe aún las fuerzas del odio religioso que desatará en su
contra.
Al
señor Bush, famoso por su aburrimiento ante la lectura, le
vendría bien repasar la historia universal, exhibiendo a los
orgullosos cruzados: templarios al partir, mendigos al regresar.
Vietnam fue otra cruzada plena de enseñanzas y el Vietnam ruso
revivido en el Afganistán del 89 también lo fue.
No
sea que esta cruzada (temible vocablo que tanto Bush como el
hijo de Laden han irresponsablemente utilizado), la novena tras
731 años de la octava cruzada de Luis IX, revele que el
mandatario norteamericano no es el Federico Barbarroja que
pretende ser y que Osama, sí puede ser un reencarnado Saladino.
Los fantasmas de las sangrientas cruzadas convocadas por el Papa
Urbano II al grito de "Dios lo quiere", recorren hoy
un mundo inteligente que acaba de descifrar el genoma humano.
Inquietantes paradojas de la historia.
El
señor Bush debiera leer aunque sea un poquito a ese gran
"vidente" que fue André Malraux: "El siglo XXI
será religioso o no será nada".
El
discurso del amo y el esclavo termina casi siempre con la
ferocidad del esclavo que ya nada tiene que perder. Desde
Espartaco hasta nuestros días así se escribió la historia.
Pero ahora es peor. Espartaco no era religioso y su laicismo
poseía la racionalidad del sentido común. El Espartaco musulmán
es religioso y fundamentalista. El sentido común no figura
entre sus mandamientos.
¿Cómo
luchar contra un enemigo invisible que recluta a sus mártires
entre 1.200 millones de musulmanes, la religión con más
adeptos en el planeta, superando a los 1.100 millones de católicos?
Mártires
que Occidente no puede reclutar porque lo único que les ofrece
es cambiar los beneficios de la sociedad de consumo por un paraíso
en el más allá donde el dios dinero, sobre el que tanto han
predicado, ya no será el rey.
Dando
la vida por Alá, los mártires musulmanes hacen el mejor
negocio de su existencia: cambian una vida miserable por el paraíso
de la felicidad sin fin.
¿Quién
puede contra esa apuesta?
Sólo
podría la sensatez, la negociación, el reconocimiento de sus
derechos humanos desterrando la política de desechos humanos
que el sistema hegemónico aplicó para convertirlos en parias
de la tierra.
Lo
menos inteligente es la apelación a la violencia. Esta volverá
a ser partera de la historia. Pero esta vez el parto será
distinto. Miles de suicidas buscando el paraíso en las
principales capitales de Occidente. Ayer lo anunció Mohamed
Osama, hijo de Laden: "Esta es una guerra de Occidente
contra el islamismo, de los infieles contra los creyentes".
Pobre
planeta, con estos punitivos centuriones imperiales de neuronas
irreflexivas y estos fundamentalistas fanáticos intoxicados de
profecías que no saben separar la paja del trigo, creyendo que
si caen inocentes, también a ellos Alá los recompensará en el
paraíso.
Esta
es una guerra absurda entre dos núcleos humanos instalados en
la complacencia sectaria y maniquea que observan todo desde la
admirable farsa simplificadora de lo
negro y lo blanco. Yo diría que es una guerra entre dos
alas de la misma secta maniquea. Como siempre ocurre con la
intolerancia: las dos caras de una misma moneda.
Es
la libido dominandi enfrentada a la libido terrorista.
La
mayoría de los seres humanos somos meros espectadores de esta
bacanal insensata. Pero finalmente son los pueblos los únicos
que podrán detener la tragedia.
Ha
llegado la hora de organizar la protesta, aun sin esperanza.
De
decir: "No a las cruzadas, no a los cruzados, sí a cruzar
nuestras dignidades de seres racionales".
LA
REPUBLICA
y 1410 AM LIBRE
convocan a todos los uruguayos que sientan la solidaridad como
el más noble de los impulsos del ser humano a alzar su voz para
detener la insensatez bélica. Para decirles a los que hoy ponen
en peligro nuestra dignidad de vivir en paz, que las mejores
espadas son las que permanecen en la vaina.
Uruguayos,
uruguayas, envíenos a los teléfonos: 487 3565, 480 0121, 487
1727, 487 0521; a los e-mail: federico@fasano.com.uy, gerencia@diariolarepublica.net,
larep@netgate.com.uy - larepent@chasque.apc.org; a los faxes:
487 2419, 487 3824, 487 3823; a la dirección: Garibaldi 2579,
Montevideo, CP 11.600; un mensaje con su nombre y su cédula de
identidad afirmando simplemente: "NO A LA GUERRA, EXIGIMOS
EL DERECHO HUMANO UNIVERSAL DE LA PAZ". Se lo haremos
llegar a los dos grupos del maniqueísmo internacional
construyendo desde este pequeño solar una cadena mundial para
salvar la unidad antropológica de la humanidad y la igualdad
indestructible de los seres humanos.
Estamos
lejos del conflicto pero no a salvo. Unase a este llamado.
Federico
Fasano Mertens
Director
de LA REPUBLICA y 1410 AM LIBRE
*
Con
esperanza en la paz, editorial de La Opinión de Los Angeles (8
de octubre de 2001)
Después
de cuidadosos preparativos, Estados Unidos y sus aliados dieron
ayer un paso decisivo en la lucha contra la red de terroristas
que mató a cerca de 7,000 personas en Nueva York y Washington,
D.C. La ofensiva aérea lanzada ayer sobre objetivos terroristas
y el gobierno talibán que los protege en Afganistán, marcó el
comienzo de una etapa decisiva en esta confrontación sin
precedentes, que nadie sabe a ciencia cierta cómo definir, pero
cuya gravedad y trágicas consecuencias son indudables.
Después
del devastador ataque del 11 de septiembre, el pueblo y el
gobierno de Estados Unidos quedaron frente al hecho de una
vulnerabilidad hasta entonces desconocida. Fuera de sus víctimas
y objetivos de destrucción inmediata, la agresión logró un
tremendo impacto sobre la economía del país. Desde el primer
momento fueron evidentes el peligro de nuevos ataques, y la
necesidad ineludible de lanzar una operación de grandes
alcances diplomáticos, de inteligencia, y militares contra los
agresores.
El
éxito de la ofensiva iniciada ayer depende de una clara
definición de objetivos y de la capacidad de Washington para
mantener la unidad de la coalición contra el terrorismo. A
pesar de su gran contundencia, es posible que la operación aérea
tenga una importancia sobre todo simbólica. En efecto, el
enemigo terrorista está demasiado desperdigado como para ser
alcanzado vitalmente mediante cohetes y misiles. Para socavarlo
del todo habrá que extirpar de raíz las causas profundas del
terrorismo. Y eso requerirá instrumentos mucho más sutiles
--estratégica y políticamente-- que los cohetes y los misiles.
Los
aliados deben a toda costa evitar daños a la población civil,
es decir, deslindar eficientemente a los talibanes y terroristas
del resto de la población afgana. La acción de ayuda
humanitaria debe llevarse a efecto con medios tan sofisticados
como la misma guerra. Es necesario organizar una operación de
grande alcance, con involucramiento de organizaciones
internacionales, y grandes recursos, para aliviar las penurias
del pueblo afgano, de los refugiados, y de otras poblaciones
musulmanas. El humanitarismo a gran escala es quizá la mejor
arma contra el terrorismo.
Debemos
ser conscientes de que el inicio del contraataque de la coalición
encabezada por Estados Unidos contra la red terrorista Al Qaida,
plantea serios riesgos de represalias de ésta y repeticiones de
ataques terroristas contra objetivos estadounidenses. El país
ha entrado pues en una fase de alerta máxima, que se mantendrá
durante varias semanas, en el mejor de los casos. Es necesario
guardar la calma, confiando en que algún día la paz regrese
para quedarse.
*
La hora del doctor Lecter, por Claudio Uriarte, de Página 12 de
Buenos Aires
Esto que empezó
ayer dista de ser lo peor que se viene. Detrás o por debajo del
mazazo de fuego aéreo –y que continuará por varios días–,
del peine más fino de los bombardeos de baja altitud que es la próxima
etapa, de la entrada triunfal en Kabul de la Alianza del Norte
respaldada por cortinas de fuego aliado, de la instalación al
frente del nuevo gobierno del decorativo rey Zahir Shah –de 86 años,
y actualmente exiliado en Roma– y de la peligrosísima entrada
de las fuerzas especiales norteamericanas y británicas en el
laberinto de bases terroristas excavadas bajo piedra por Osama bin
Laden y su organización al-Qaida, otro ejército de las sombras,
muchísimo más pavoroso y frankensteiniano de lo que se haya
visto hasta ahora, se prepara para entrar en acción. Llamémoslo
el ejército del Dr. Lecter.
Días
pasados, el vicepresidente y verdadero “hombre fuerte”
norteamericano Dick Cheney advirtió de modo ominoso al pueblo
estadounidense que “en el futuro, y para esta sórdida guerra
que se prepara, deberemos entablar trato con gente cuya sola
existencia nos repugna, gente depravada y sin ningún principio ético”.
Cheney dijo esto en el contexto de las discusiones sobre el
revocamiento de la prohibición de asesinar que el ex presidente
Jimmy Carter impuso a la CIA hace 26 años, pero sería ingenuo
creer que un hombre tan duro o implacable como Cheney se refería
con su alusión a meros asesinos o torturadores a sueldo, que la
CIA ya emplea sin duda: la prohibición de asesinar de Carter
simplemente significa, leída correctamente, que “la casa” no
se hará responsable de los asesinatos cometidos por sus agentes
si éstos son atrapados in fraganti con las manos en la masa.
La
gente a la que alude Cheney está en una escala de peligrosidad
infinitamente superior a la del Chacal de Frederick Forsyth o al más
local Tigre Acosta. Está, entre otras palabras, en la lista de
los 10 individuos más buscados por el FBI, lista que incluye a
Bin Laden y, en la ficción cinematográfica, al psicopático Dr.
Hannibal Lecter. Gente que, desarmada y sin más que una gillete (¿suena
familiar?) puede matar a sus guardias y mantener en el pavor más
absoluto a una docena de policías armados hasta los dientes;
gente capaz de drogar a un perverso para incitarlo a irse
cortajeando la cara hasta quedar irreconocible, gente capaz de
drogar a otro infeliz para serrarle el cráneo para luego levantárselo
limpiamente, cortarle un trozo de cerebro, freírlo y dárselo a
comer. Gente terrorífica, porque la barbarie del enemigo
barbariza a la vez, y la humanidad debe prepararse para cosas cada
vez más horribles. LA
ONDA®
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