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Sobre
Oriana Falacci y
el 11 de setiembre
por Carlos
Zapiola
Todas las que siguen son opiniones de la muy conocida periodista
Oriana Falacci, para tres notas publicadas en "El Corriere
de la Sera"
Es
importante aclarar que ella está muy enferma, el cáncer la ha
tocado, no debiera vincularse este dramático tema con sus
radicales posiciones sobre los acontecimientos
de los que habla. Ella es así. Siempre lo fue. Siempre ha
tenido espacios mundiales para manifestarse, admiradores y
detractores, y quienes creemos que la paz no solamente es posible
sino imprescindible, seguramente discreparemos con buena parte de
sus afirmaciones, pero vale leerlas porque están realizada por
una profesional y protagonista desde el periodismo de buena parte
de los grandes acontecimientos del siglo XX.
Hablando
de los autores materiales de los atentados dice: “Los considero
tan sólo vanidosos. Vanidosos que, en vez de buscar la gloria a
través del cine, de la política o del deporte, la buscan en la
muerte propia y en la de los demás. Una muerte que, en vez del
Oscar, de la poltrona ministerial o del título de Liga, les
procurará (o eso creen) admiración. Y, en el caso de los que
rezan a Alá, un lugar en el paraíso del que habla el Corán: el
paraíso donde los héroes gozan de las huríes”.
De
inmediato recuerda sus encuentros con Arafat, a quien coloca en el
centro de esta historia.
“¡Cómo
me gustaría poder decirle cuatro cosas bien dichas al señor
Arafat! Entre él y yo no hay buen feeling. Le gritaría: ilustre
señor Arafat, los mártires son los pasajeros de los cuatro
aviones secuestrados y transformados en bombas humanas.
Ellos
sí que están en el paraíso, ilustre señor Arafat. La desgracia
es que ahora sea usted el jefe de Estado ad perpetuum, que se
comporta como un monarca, que visita al Papa y afirma que el
terrorismo no le gusta y manda condolencias a Bush. Y quizás con
su camaleónica capacidad para desmentirse, sería capaz de
responderme que tengo razón. Pero cambiemos de disco. Como todo
el mundo sabe, estoy muy enferma y, hablando de Arafat, me sube la
fiebre.”
Nos
habla luego de su admiración por EE.UU. que considera
que "nace también de su esencia multiétnica, de su
liberalidad, de su respeto por los ciudadanos y por los huéspedes.
Por ejemplo, cerca de 24 millones de americanos son árabes-musulmanes.
Y cuando un Mustafá o un Mohamed viene, por ejemplo de Afganistán,
a visitar a un tío, nadie le prohíbe apuntarse a una escuela
para aprender a pilotar un 757. Nadie le prohíbe inscribirse en
una universidad (una costumbre que espero que cambie) para
estudiar química y biología, las dos ciencias necesarias para
desencadenar una guerra bacteriológica. Nadie. Ni siquiera si el
Gobierno teme que el hijo de Alá secuestre un 757 o eche un puñado
de bacterias en el depósito de agua y desencadene una hecatombe.
(Digo si, porque, esta vez, el Gobierno no sabía nada y el papelón
de la CIA y del FBI no tiene parangón. Si fuese el presidente de
Estados Unidos los echaría a todos a patadas en el culo por
cretinos).
Luego
nos muestra como ve al presunto autor intelectual Osama Bin Laden
"¿Sabes qué es lo que más me impresiona de este triste
millonario, de este fallido playboy que, además de cortejar a las
princesas rubias y retozar en los night club (como hacía en
Beirut, cuando tenía 20 años), se divierte matando a la gente en
nombre de Mahoma y de Alá? El hecho de que su desmesurado
patrimonio provenga también de los beneficios de una Corporation
especializada en demoliciones y que él mismo sea un experto
demoledor. La demolición es una especialidad americana.
Por
eso, cuando vi a blancos y negros llorar abrazados, y digo bien
abrazados, cuando vi a demócratas y republicanos cantar abrazados
God bless América, cuando les vi olvidarse de todas sus
diferencias, me quedé de piedra. Lo mismo me pasó cuando oí a
Bill Clinton (una persona hacia la cual nunca sentí ternura
alguna) declarar: «Apretémonos en torno a Bush, tened confianza
en nuestro presidente». Y lo mismo me pasó cuando esas mismas
palabras fueron repetidas con fuerza por su mujer, Hillary, ahora
senadora por el estado de Nueva York. Y cuando fueron reiteradas
por Lieberman, el ex candidato demócrata a la Vicepresidencia (sólo
el desaparecido Al Gore permaneció escuálidamente callado). Y
cuando el Congreso votó por unanimidad aceptar la guerra y
castigar a los responsables.
Todos.
Jóvenes, jovencísimos, viejos y de mediana edad. Blancos,
negros, amarillos, marrones y violetas...
¿Los
habéis visto o no? Mientras Bush les daba las gracias, ellos no
paraban de agitar sus banderitas americanas, levantar el puño
cerrado y rugir: «USA, USA, USA». En un país totalitario, habría
pensado: «¡Qué bien se lo ha montado el poder!». En Norteamérica,
no. En Estados Unidos, estas cosas no se organizan. No se
manipulan ni se ordenan. Especialmente en una metrópoli
desencantada como Nueva York y con operarios como los operarios de
Nueva York.
A
mi juicio, Estados Unidos rescata a la plebe. Son todos plebeyos
en Norteamérica. Blancos, negros, amarillos, marrones, violetas,
estúpidos, inteligentes, pobres y ricos. Incluso los más
plebeyos son precisamente los ricos. En la mayoría de los casos,
son maleducados y groseros. Se ve rápidamente que no son nada
refinados y que no se apañan con el buen gusto o la sofisticación.
A pesar del dinero que se gastan en vestirse, por ejemplo, son tan
poco elegantes que, a su lado, la reina de Inglaterra parece chic.
Pero están rescatados. Y en este mundo no hay nada más fuerte y
más potente que la plebe rescatada. Te rompes siempre los cuernos
contra la plebe rescatada
No
entendéis o no queréis entender que si no nos oponemos, si no
nos defendemos, si no luchamos, la yihad vencerá. Y destruirá el
mundo que, bien o mal, hemos conseguido construir, cambiar,
mejorar, hacer un poco más inteligente, menos hipócrita e,
incluso, nada hipócrita. Y con la destrucción de nuestro mundo
destruirá nuestra cultura, nuestro arte, nuestra ciencia, nuestra
moral, nuestros valores y nuestros placeres... ¡Por Jesucristo!
¿No
os dais cuenta de que los Osama bin Laden se creen autorizados a
mataros a vosotros y a vuestros hijos, porque bebéis vino o
cerveza, porque no lleváis barba larga o chador, porque vais al
teatro y al cine, porque escucháis música y cantáis canciones,
porque bailáis en las discotecas o en vuestras casas, porque veis
la televisión, porque vestís minifalda o pantalones cortos,
porque estáis desnudos o casi en el mar o en las piscinas y
porque hacéis el amor cuando os parece, donde os parece y con
quien os parece? ¿No os importa nada de esto, estúpidos? Yo soy
atea, gracias a Dios. Pero no tengo intención alguna de dejarme
matar por serlo.
Algunos
no están ni contentos ni descontentos. Se muestran indiferentes.
Norteamérica está muy lejos y entre Europa y América hay un océano...
Pues no, queridos míos. No. El océano no es más que un hilo de
agua. Porque cuando está en juego el destino de Occidente, la
supervivencia de nuestra civilización, Nueva York somos todos
nosotros.
América
somos todos. Los italianos, los franceses, los ingleses, los
alemanes, los austriacos, los húngaros, los eslovacos, los
polacos, los escandinavos, los belgas, los españoles, los
griegos, los portugueses. Si se hunde América, se hunde Europa.
Si se hunde Occidente, nos hundimos todos.
Osama
bin Laden afirma que todo el planeta Tierra deber ser musulmán,
que tenemos que convertirnos al Islam, que por las buenas o por
las malas él nos hará convertir, que para eso nos masacra y nos
seguirá masacrando. Y esto no puede gustarnos, no. Debe darnos,
por el contrario, razones más que suficientes para matarle a él.
Pero
la cosa no se resuelve, ni se termina, con la muerte de Osama bin
Laden. Porque hay ya decenas de miles de Osamas bin Laden, y no
están sólo en Afganistán y en los demás países árabes. Están
en todas partes, y los más aguerridos están precisamente en
Occidente. En nuestras ciudades, en nuestras calles, en nuestras
universidades, en los laboratorios tecnológicos. Una tecnología
que cualquier idiota puede manejar. Hace tiempo que comenzó la
cruzada. Y funciona como un reloj suizo, sostenida por una fe y
una perfidia sólo equiparable a la fe y a la perfidia de
Torquemada cuando dirigía la Inquisición. De hecho, es imposible
dialogar con ellos. Razonar, impensable. Tratarlos con indulgencia
o tolerancia o esperanza, un suicidio. Y el que crea lo contrario
es un iluso.
Cuando
me encuentro en sus países (de los que no guardo buen recuerdo),
jamás olvido que soy huésped y extranjera. Estoy atenta a no
ofenderles con costumbres, gestos o comportamientos que para
nosotros son normales, pero que para ellos son inadmisibles. Los
trato con obsequioso respeto, obsequiosa cortesía, me disculpo si
por descuido o ignorancia infrinjo algunas de sus reglas o
supersticiones.
Además,
hay otra cosa que no entiendo. Si realmente son tan pobres, ¿quién
les da el dinero para el viaje en los aviones o en los barcos que
los traen a Italia? ¿Quién les da los 10 millones por cabeza (10
millones como mínimo) necesarios para comprarse el billete? ¿No
se los estará pagando, al menos en parte, Osama bin Laden, con el
objetivo de poner en marcha una conquista que no es sólo una
conquista de almas, sino también una conquista de territorio?
Y
aunque no se lo dé, esta historia no me convence. Aunque nuestros
huéspedes fuesen absolutamente inocentes, aunque entre ellos no
haya ninguno que quiera destruir la Torre de Pisa o la Torre de
Giotto, ninguno que quiera obligarme a llevar el chador, ninguno
que quiera quemarme en la hoguera de una nueva Inquisición, su
presencia me alarma. Me produce desazón. Y se equivoca el que se
plantea este fenómeno a la ligera o con optimismo. Se equivoca,
sobre todo, quien compara la oleada migratoria que se está
abatiendo sobre Italia y sobre Europa con la oleada migratoria que
nos condujo a América en la segunda mitad del siglo XIX, incluso
a finales del XIX y comienzos del XX.
¡Santo
Dios!, (me río), te estoy diciendo que nosotros, los italianos,
no estamos en las mismas condiciones que los estadounidenses:
mosaico de grupos étnicos y religiosos, mescolanza de 1.000
culturas, abiertos a cualquier invasión y, al mismo tiempo,
capaces de rechazarlas todas. Te estoy diciendo que, precisamente
porque está definida desde hace muchos siglos y es muy precisa,
nuestra identidad cultural no puede soportar una oleada migratoria
compuesta por personas que, de una u otra forma, quieren cambiar
nuestro sistema de vida. Nuestros valores. Te estoy diciendo que
entre nosotros no hay cabida para los muecines, para los
minaretes, para los falsos abstemios, para su jodido medievo, para
su jodido chador. Y si lo hubiese, no se lo daría. Porque
equivaldría a echar fuera a Dante Alighieri, a Leonardo da Vinci,
a Miguel Angel, a Rafael al Renacimiento, al Resurgimiento, a la
libertad que hemos conquistado bien o mal, a nuestra patria.
Significaría regalarles Italia. Y yo, no les regalo Italia.
Soy
italiana. Se equivocan los tontos que me creen ya estadounidense.
Nunca he pedido la ciudadanía estadounidense. Hace años, un
embajador americano me la ofreció a través del celebrity status
y, tras haberle dado las gracias, le respondí: «Sir, estoy
bastante vinculada a América. Me peleo siempre con ella, le echo
en cara muchas cosas y, sin embargo, estoy profundamente vinculada
a ella. América es para mí un amante o, incluso, un marido al
que siempre permaneceré fiel. Siempre que no me ponga los
cuernos. Me gusta este marido. Y no me olvido jamás de que si no
hubiese decidido luchar contra Hitler y contra Mussolini, hoy
hablaría alemán. No olvido jamás que si no le hubiese plantado
cara a la Unión Soviética, hoy hablaría ruso.
Porque
para mí es lo mismo que los que la invaden sean los franceses de
Napoleón, los austriacos de Francisco José, los alemanes de
Hitler o los comparsas de Osama bin Laden. Y me da lo mismo que,
para invadirla, utilicen cañones o pateras.
Te
saludo afectuosamente, mi querido Ferrucio, y te advierto: no me
pidas nada nunca más. Y mucho menos que participe en polémicas
vanas. Lo que tenía que decir lo dije. Me lo han ordenado la
rabia y el orgullo. La conciencia limpia y la edad me lo han
permitido. Pero ahora tengo que volver al trabajo y no quiero ser
molestada. Punto y final".
Sin
comentarios.
LA
ONDA®
DIGITAL
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