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La
era de los fundamentalismos
ha llegado
"Sí es un deber, y al mismo tiempo una esperanza, el que
contribuyamos todos a realizar un estado de derecho público
universal, aunque éste sólo en aproximación progresiva, la
idea de la "paz perpetua", que se deduce de los hasta
hoy falsamente llamados tratados de paz - en realidad,
armisticios-, no es una fantasía vana, sino un problema que hay
que ir resolviendo poco a poco, acercándonos con la mayor
rapidez al fin apetecido, ya que el movimiento del progreso ha
de ser, en lo futuro, más rápido y eficaz que el pasado".
I. Kant.
por el Dr.
Fernando Rama
A medida que
pasan las semanas los sucesos acaecidos en Manhattan el 11 de
septiembre van proyectando los contornos de una nueva situación
internacional, con nuevos y viejos actores haciendo su juego en
este mundo globalizado. Cuando se pretende llevar cabo un
análisis de la nueva situación son numerosas las
consideraciones previas que surgen de inmediato.
Una de las
primeras tentaciones es reflexionar sobre la inutilidad de la
historia para prever el futuro y su debilidad para arrimarnos
una representación aproximada del porvenir. Los 200 años de
guerras religiosas en Europa, la montaña de cadáveres
producida por los particularismos étnicos, por los
nacionalismos y por todos los conceptos basados en la
tipificación de la humanidad en base a cualquier tipo de
criterio son todas cuestiones que a uno se le ocurre repasar
cuando trata de entender esta situación buscando analogías en
el pasado. Pero ninguna sirve porque los componentes del momento
actual son vividos por una humanidad que no necesariamente ha
aprendido algo de esa historia. Cuando, además, los que cuentan
esa historia esconden tantos datos relevantes y subrayan tantas
cuestiones anecdóticas, surge la necesidad de redactar una
especie de ayuda-memoria universal con algunos datos básicos.
Sólo uno, como ejemplo: los fenómenos de fundamentalismo
religioso que conducen a las guerras santas han sido siempre
formas de expresión política de masas desemparadas, humilladas
y frustradas.
En el caso de los
países árabes, sin ir más lejos, son el resultado de décadas
de fracasos sucesivos de gobiernos nacionalistas dirigidos por
burguesías corruptas, de monarquías alejadas de los intereses
populares, de gobiernos seudosocialistas, de regímenes
bonapartistas y de una difusa variedad de clanes cuyos códigos
de acción se remontan a remotos siglos.
En segundo lugar,
la concentración de la información verídica por parte de
poderes que están notoriamente dispuestos a hacer uso de ella
de acuerdo a sus intereses y necesidades del momento. En otras
palabras, de lo que pasó realmente el 11 de septiembre y de lo
que ha estado pasando en estas semanas nos enteraremos quien
sabe cuando.
El nuevo
escenario mundial que se vislumbra posee, no obstante, algunas
características que pueden señalarse con certeza. Por un lado
es clarísimo que el gobierno de Estados Unidos desplegará una
estrategia de contralor sin límites en su propio territorio y
en el resto del mundo. Por otro lado, las fuerzas centrífugas
de la desesperación - sea el fundamentalismo islámico o
cualquier otra opción basada en una utopía regresiva -
seguirán actuando en base al único recurso disponible, el
terrorismo ejercido sin reparar en métodos y medios. Todos
sabemos el enorme costo en vida humanas que ambas acciones le
depararán a la humanidad.
De todas las
dicotomías inventadas en los últimos días la menos
universalizable es aquella que supone el inicio de una guerra
entre los valores occidentales - la libertad, la prosperidad y
el respeto, por señalar los que más a menudo se citan - y el
terrorismo. Esta dicotomía es menos aceptable aún cuando la
nueva guerra se anuncia como la lucha del bien contra el mal,
una formulación tan dogmática y fundamentalista como la que
esgrimen los partidarios de la jihad islámica. Nada, por otra
parte, permite ser optimistas en relación a la capacidad de
aprendizaje del gobierno y el ejército norteamericanos. La
expectativa creada por los medios en cuanto a que se operará en
todos los frentes, buscando primero una alianza mundial y
diseñando una estrategia orientada sólo a quienes forman parte
de las redes terroristas pronto mostrará su naturaleza
ilusoria. Veremos sin duda, en los próximos tiempos,
acontecimientos bárbaros, más agresiones a pueblos y a
personas inocentes; veremos crecer la histeria racista y al
irracionalismo reinante se le agregarán, de un lado y otro,
nuevos ingredientes. La derecha norteamericana no dejará pasar
esta ocasión inmejorable para generar manuales para combatir
terroristas en cada rincón del mundo y con extrema facilidad el
término "terrorista" se aplicará a cualquier
persona, organización o país que represente un obstáculo para
sus intereses estratégicos. La nueva retórica ya está en
marcha y la lucha ideológica contra el surgimiento de un
movimiento pacifista mundial es uno de sus principales
componentes. El discurso es monocorde, una vez más, e incluye
el sesudo editorial del semanario "Búsqueda" del
jueves 4.10.01 encaminado a hacer olvidar que la culminación
del pensamiento de la Ilustración occidental está muy bien
representado en ese párrafo final del ensayo "La Paz
Perpetua", hoy más actual que nunca.
Volviendo al
título puramente descriptivo de esta nota cabe agregar, a
cuenta de otras reflexiones, que la única respuesta posible
parece ser la militancia por una paz cuyo contenido esencial sea
el antifundamentalismo. Y esa sí es una tarea de largo aliento,
una lucha por el humanismo societario o comunitario, auténtico
legado del Renacimiento y la modernidad. LA
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