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Agosto
de 2007
En defensa
de los "Nordacas"
por Jorge
García Alberti
Hace
apenas siete años y ocho meses, la preocupación mayor de los
uruguayos era saber que iba a pasar con el fallo del milenio. El
2YK fue un fiasco y no pasó nada. El mundo parecía entrar en
un letargo, donde la polémica más trascendente entre los
intelectuales era saber si se había llegado o no al " fin
de la historia".
Un
año y medio después del cambio de milenio, inesperadamente, se
producía el gran cimbronazo de los primeros atentados de la
historia en el territorio de los Estados Unidos, que,
objetivamente, aunque en aquél momento no lo sabíamos, también
iban a cambiar las raíces del Uruguay.
Hasta
el 11 de setiembre de 2001, recuerdo, jóvenes y no tan jóvenes,
peleaban en una cola, varias horas, por obtener un número que
permitiera sacar el certificado de buena conducta que, más
adelante, daba lugar a la obtención del pasaporte. Se hablaba
en círculos oficiales de que más de un centenar de jóvenes,
por día, abandonaba el país.
Ni
el más optimista gobernante, dirigente político, empresario o
simplemente ciudadano uruguayo de comienzos de siglo, podía
imaginar que, en poco tiempo, esa tendencia iba a revertirse a
tal punto que hoy, siete años después, estamos hablando ya de
un conflicto interno, que el gobierno no puede resolver ni
administrativa ni políticamente, generado por la masiva
inmigración de familias enteras procedentes del Hemisferio
Norte y que, comúnmente, los uruguayos llamamos, en tono un
tanto despectivo," nordacas".
El
término no parece justo.
Cabe
recordar que éstas personas, generalmente con su familia, han
venido a recalar con sus pertenencias a un país históricamente
humanitario, receptivo, y vienen huyendo del drama que viven en
origen, tras siete años de conflicto ininterrumpido, con una
economía agotada, temerosos de los continuos e inesperados
golpes de los grupos " terroristas", que hacen que no
puedan vivir en paz en sus respectivos países, paralizados por
el miedo. Hay de todos los orígenes: ingleses, alemanes, españoles,
estadounidenses, franceses, italianos, suizos, por citar sólo
los más numerosos.
Son
individuos pragmáticos, preparados en las mejores universidades
y que pueden aportar a la sociedad un valioso complemento para
continuar el camino del desarrollo.
En
esta etapa donde ya hemos agotado el camino del fracasado
Mercosur y con un incipiente Tratado de Libre Comercio de las Américas,
Uruguay debería hacer todo lo posible para recibir con los
brazos abiertos a nuestros hermanos del norte.
No
se merecen deambular por las ciudades del interior sin papeles,
intentando ofrecer sus conocimientos de informática, economía,
biotecnología, etc, en un medio inadecuado, muchas veces
hostil, en áreas empobrecidas, para terminar en un
establecimiento rural, trabajando por nada, mejor dicho por la
comida para ellos y sus familias, y en las condiciones
denigrantes en que lo hacen, muchos de ellos limpiando los
estercoleros.
Este
debería ser un tema de Estado y llamarnos a la reflexión.
Se
hace imprescindible atender este problema como propio; cabe
recordar que los mejores años del Uruguay se forjaron gracias
al trabajo de los emigrantes.
Tampoco
deberíamos olvidar que en la década del 70 del siglo pasado,
los países del norte, tanto en Europa como en América del
Norte, acogieron a miles de compatriotas que huían de la
represión de la dictadura o eran simplemente emigrantes económicos
en busca de un futuro mejor para ellos o para sus hijos. Es
cierto también que nos colocaron el mote de " sudacas"
, quizá de ahí ahora la venganza, y que sus ciudadanos
comentaban que le íbamos a "robar el trabajo", pero
no es de buenos uruguayos pagar, algo que fue injusto, con la
misma moneda.
Estas
familias están sufriendo los errores de sus respectivos
gobiernos y escapan. Escapan a la persecución interna por
discrepar con la guerra. Escapan a vivir en sociedades que los
consideran sospechosos simplemente por haber adquirido
conocimientos científicos que, según los agentes encubiertos,
pueden utilizar para producir armas químicas.
Escapan
a no poder hacer un chiste en voz alta que contenga la palabra
bomba, Osama, Bin Laden, ántrax o bacteria. Escapan a no poder
mirar un programa de televisión donde se produce un debate y se
discrepa con la versión " oficial" de los hechos. En
definitiva, escapan a no poder vivir en libertad, a sentirse
vigilados día y noche porque les intervienen los teléfonos o
los e-mail o no lo dejan conversar con un amigo porque sus
rasgos no son sajones puros. Escapan a ser detenidos e
incomunicados por tiempo indefinido, hasta que pueda comprobarse
que son inocentes.
Escapan
a los gobiernos que, siguiendo las directivas de Estados Unidos,
se embarcaron en una guerra sin sentido, con la excusa de
encontrar " vivo o muerto" a un individuo que ya se ha
convertido en uno de los personajes más místicos del Universo
y que ahora, tras siete años de bombardeos ininterrumpidos a
las montañas de Afganistán, nadie puede decir si está vivo o
muerto. Lo cierto es que si estuviera muerto, el problema no se
ha solucionado porque la raíz del conflicto sigue intacta.
Allí
lo que está en juego, ya lo escribían algunos periodistas en
distintos medios del mundo cuando recién comenzaba el conflicto
y todo parecía fácil, es el inmenso caudal de petróleo del
Mar Caspio y su salida, a través de los restos de lo que alguna
vez fue Afganistán, hacia el Mar de Omán y el mercado de la
producción de opio, sustancia básica para la producción de
heroína que ha sido la forma de subsistencia de los afganos en
éstos años de guerra, con la complacencia de los servicios de
inteligencia occidentales que sacaron su buena tajada del
negocio que supera los 500 mil millones de dólares anuales.
Por
lo tanto, a esos "nordacas" que escapan y buscan
refugio en nuestras tierras, deberíamos atenderlos porque es
como recordar el pasado, mirándonos en un espejo. LA
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