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CINE
Pecado
original:
¿quién tiene la culpa?
por
el guionista Gerardo Fernández García,
desde Venezuela
Cuando
entrevistan a los actores Antonio Banderas y Angelina Jolie,
protagónico y primera figura respectivamente del filme Pecado
original, escrita y dirigida por Michael Cristofer, sus
respuestas giran en torno a la psicología: complejidad de
sentimientos y matices caracterológicos de sus personajes.
Confusión de la que ninguno de los dos es culpable; a no
ser sólo del hecho de haber aceptado papeles cuyos diseños
estaban fuera del género que les hubiese permitido un logro a
través de todo el esfuerzo que hicieron. Algo de esto percibieron Mel
Gibson y Harrison Ford al rechazar la oferta del personaje
central.
Dejemos
las culpas para más adelante; pero el intento al rigor de los
artistas mencionados al pretender introducirse en honduras
humanas nos obliga a profundizar y libera de justificar un análisis
de fondo como el que quisiéramos lograr.
¿Qué
hacemos? ¿Por dónde
comenzar? ¿Con un
elogio a la reproducción de época o señalamos que el
barroquismo cubano, mucho más que en la arquitectura, se
reflejaba y se refleja en los componentes de una nacionalidad aún
en ciernes para la época en que se ubica la historia? De manera
que, para los ojos informados, algunos de los exteriores no
pasan como verdaderos. ¿Cabe señalar que lo que caracteriza
por proliferación a Cuba es la palma real que, aunque es
esbelta y robusta, no alcanza la altura de las existentes en las
costas de México o de Venezuela, por ejemplo?
¿Soporta el tema anacronismos como el de una santera
practicando en medio de una plaza movimientos del arte marcial
asiático, o la utilización de la música de la comparsa El
dandy que no es tan remota, o el uso de un número que
mencione a José Rosario Oviedo como “Malanga, rumbero
mayor”, que, aunque no se conoce la edad que tenía al morir,
nació en el 1902? En
compañía de la más o menos exacta ambientación que factura a
la historia (vestuario, composición étnica, etcétera), y su
ubicación mayoritariamente en el extremo oriental de la Isla,
debió haberse utilizado únicamente música basada en la
contradanza de origen francés (ni siquiera la que escuchamos de
Ignacio Cervantes que es posterior), puesto que los hacendados
cafetaleros que introdujeron el grano y su cosecha en esa región
eran el producto del éxodo de la revolución haitiana, y no
ritmos que suenan al modo de componer de los negros de la costa
del Pacífico en el Perú.
No vamos a detenernos en la invención de los nombres de
las calles, pero sí en la exageración de las vías de
comunicación existentes para la época entre Santiago de Cuba,
La Habana y la ciudad matancera de Cárdenas.
Si bien la Isla tuvo un sistema ferroviario antes que
España, su metrópolis, para la época en que se ubica la
historia del filme viajar casi de un extremo a otro de la mayor
de las antillas sólo era posible a través del Camino Real, por
lo que el tiempo empleado para llegar en volantas, quitrines o
carruajes de uno de los lugares mencionados al otro no bajaba
conservadoramente de una semana.
La imprecisión debe ser el producto del traslado de los
hechos de Nueva
Orleáns a Cuba, lugar aquel donde, al parecer, se ubica la anécdota
original.
Pero
bien, recapitulemos y veamos si es preciso o no pedirle a una
historia como la que nos han contado fidelidad en la reproducción
o si es una exageración de nuestra parte la caterva de detalles
exactos que exigimos.
No
vamos ni siquiera a introducirnos en un análisis estructural
donde por encima apuntan expectativas abiertas como la
contradicción entre el personaje de Angelina Jolie y la mujer
del amigo y socio de su ahora esposo, que nunca se desarrolla y
cierra. Ocupémonos sólo de donde está su error fundamental, el
tratamiento del género.
¿A
qué género pertenecen las soluciones de los conflictos con los
que se estructura la anécdota de Pecado original?
¿Es una tragedia o una tragicomedia?
Comencemos por aclarar que una tragicomedia no es lo que
comúnmente se cree: una historia que tiene partes de tragedia y
partes de comedia. No.
Una tragicomedia es un género no realista.
Con la tragicomedia trabaja el cine negro, los policíacos,
las historias de los vengadores errantes, los “wensters”;
donde quiera que existan persecuciones, venganzas, héroes y
malvados, buenos y malos. De
modo que, como se va viendo, en lugar de desarrollarse a través
de personajes lo
hace con tipos, cuya finalidad es representar conceptos, para
los cuales las complejidades psicológicas estorban, perjudican,
empañan la simplicidad que el género requiere.
Como arquetipos al fin, las soluciones de las figuras que
nos narran las historias se mueven entre lo posible y lo
imposible, y por lo tanto su concepción es ligera, el actor, en
lugar de un diseño complejo debe trabajar en el logro de la
estilización de lo que representan, como lo hizo a la perfección
Thomas
Jane,
el amante del personaje de Angelina Jolie; su villanía está a
flor de piel, su actuación se mueve sólo entre la simulación
y la evidencia.
En
cambio, la tragedia, como es de suponer, obliga al guionista a
probar que lo que narra se ajusta al comportamiento lógico del
ser humano con todas sus complejidades y matices, con sus
malicias y bondades, toda vez que sí es un género realista.
Sufrimos por ello las agonías de Banderas y de Jolie en sus inútiles
esfuerzos de plasmar las complejidades de sus respectivos
personajes por medio de las peripecias de un género que se los
impide por no ser realista.
Pasemos
entonces al enfoque de la historia de Pecado original, de
modo que podamos deducir definitivamente a qué género
pertenece:
Luego
de un punto de arranque que nos establece en convención la
forma en que, en la primera persona del personaje femenino, nos
van a narrar lo que acontecerá, la historia comienza en
retrospectiva con el dueño de una próspera plantación de café;
lo que suponía entonces una fuerte dotación de esclavos, gran
poder y psicología de amo y señor de vida y hacienda; quien
espera a una fea mujer norteamericana con la que se casará por
el simple hecho de que sea de esa nacionalidad y le sirva para
la reproducción. Surge
aquí el atisbo de una posibilidad que no tiene en cuenta las
relaciones aún medioévicas de entonces y sus fuertes
tendencias a los compromisos matrimoniales entra familias del
mismo nivel económico o con la aristocracia fundamentalmente
europea donde, más que en la Norteamérica de entonces, se
formaban los hijos de los terratenientes cubanos.
Es decir, aunque es posible la situación, no refuerza la
credibilidad. Pero,
oh sorpresa la que se lleva el hasta aquí independiente, frío
y pragmático protagonista: la beldad que aparece ante sus ojos
no era lo que se esperaba, sino una mujer cuyo biotipo se ajusta
más al de la mulata cubana (piel cobriza y labios prominentes)
que al de una estadounidense típica, y que justifica el cambio
de identidad a nombre de una increíble limpieza de
procedimiento: le envió la fotografía de una mujer fea para
que el hombre que espera por ella no se enamore de su belleza.
Bien, hasta aquí todo ha sonado a tragicomedia: ligereza
en el planteamiento, aunque ya la pretensión visual apunta
hacia cierto verismo impropio del género.
¿Dónde
es que se aberra la historia con el traslado o la utilización
de procedimientos de otro género, en este caso la tragedia?
En la pasión y la vehemencia que desata dicha mujer en
el hombre, cargada de erotismo, dependencia sentimental y hasta
sadismo; una atracción fatal (y no quiero establecer
comparaciones con la insinuación de aquel título donde todo
fue propio y genuino) que únicamente cabe en el género madre,
en la tragedia. De
aquí el embrollo que tiene que haber existido en las cabezas de
los actores y la causa de que pusieran tanto hincapié en la
psicología de sus respectivos personajes y no en el estereotipo
como únicamente solicitaban las soluciones de sus peripecias y
conflictos aventureros. Hubiésemos estado dispuestos a aceptar
cualquier alteración de la realidad (léase tragicomedia) en
función del espectáculo, si no hubiera sido por las
pretensiones psicológicas
de este filme y su afán no logrado de reproducir un
entorno epocal, ambos procedimientos propios de la tragedia.
Estas
cosas suceden por la subestimación que históricamente ha
existido en relación al tema de los géneros.
Con las fallas de Pecado original se evidencia la
importancia que tiene no sólo para el guionista, sino para el
director, para los actores, en fin, para todo el colectivo de
creación, saber en qué género se está trabajando.
De
la realidad brotan las características de los personajes que
asumen actitudes y logran soluciones enmarcadas en las
convenciones que los teóricos de la literatura dramática en su
devenir histórico de ya más de veinticinco siglos han
preferido ir llamando género, por lo que es imprescindible para
ejecutar o apreciar cabalmente una obra dramática, conocerlos.
Estas convenciones, los géneros, aportan el esclarecimiento y
afirman la categoría del arte a través de sus leyes formales.
No se le puede ignorar.
Pero,
¿quién es el culpable? No
pensemos únicamente en Pecado original y vayamos a la
historia de estas aberraciones.
Aunque
podemos encontrar en la tragedia griega ciertas corrientes de
mezclas de géneros; al parecer intentos de suavizar el exceso
de dramatismo de algunas obras; no es hasta el teatro isabelino
que surgen las acciones subordinadas o subtramas y con ellas la
verdadera mezcla de géneros que hizo decir a Lópe de Vega: “La
tragedia y la comedia no son más que las dos caras de la misma
medalla”. Al
parecer, el intento del prolífero español, iba encaminado a
insuflarle mayor vida al teatro renacentista, e indudablemente
lo lograron obras como las suyas o las de Williams Shakespeare,
entre otros, pero surtió también el efecto de la subestimación
al tema de los géneros. Desde
entonces, como cada acción subordinada puede traer un género
distinto -aunque se preserva siempre la categorización genérica
de la obra a través de la acción fundamental o básica, la que
siempre gira en torno al protagonista-, esta mezcla resulta
engorrosa y se obvia o se le resta importancia, sin tener en
cuenta que el ignorarla daña siempre el resultado final.
Me
viene a la mente Los Caprichos de Paganini, composición
para virtuosos del violín que podría tener su homólogo dramático
en la tragedia del irlandés Sean O´Casey, Juno y el pavorreal,
donde, por su también excelencia, cada una de las acciones en
las que se ven involucrados los personajes están en géneros
distintos, manteniendo, como siempre sucede, la pureza de sus
respectivos géneros en todas sus trayectorias; sólo que al
convivir alternativa o simultáneamente dichas acciones la obra
resulta una mezcla.
Pecado
original
no es el caso, además de extrapolar soluciones de nuestra
contemporaneidad a la época de la historia que nos narra, se
han violentado las acciones dramáticas en sus convenciones genéricas,
o lo que es lo mismo, obligado
a personajes de profundas psicologías trágicas a resolver sus
conflictos al modo como lo harían los estereotipos aventureros
de una tragicomedia, y el resultado es un híbrido que defrauda
y hace pensar que la ignorancia que mata, también derrocha
mucho dinero y ridiculiza a buenos artistas dignos de mejor empeño.
LA
ONDA®
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