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Los dolores y sus alternativas
Dos enseñanzas para EEUU

por Carlos Santiago (*)

Pasados algunas semanas de los ataques kamikase a las torres gemelas, en Nueva York y, al Pentágono, en Washington, aparecen como conclusiones inmediatas por lo menos dos. La primera de ellas tiene que ver con el descomunal fracaso de los estrategas militares que siempre esperaron un ataque en paralelo a las sofisticadas defensas desplegadas, todas ellas sugeridas y aplaudidas por la industria militar. Jamás se les pasó por la cabeza en sus opciones estratégicas que la devastación la provocaría un grupo de fundamentalistas, dispuestos a morir, que con cuchillos tomaron aviones comerciales, algunos de viejo modelo, para provocar en cataclismo mayor que se conoce desde las deflagraciones atómicas en Hirojima y Nagazaki.

Obviamente el gigante fue herido de gravedad en su orgullo, tocándole en su propia casa, esta vez, lo que ha sembrado en el resto de mundo durante muchos años. Pero además hay otra cosa: ¿Es posible que se reproduzcan los ataques que acaban de sufrir Nueva York y Washington? Nada permite descartar esta hipótesis. Todo Estados Unidos está amenazado y siente los golpes con tanta mayor dureza cuando descubre la incapacidad de sus servicios de seguridad - como sostiene el sociólogo Alain Touraine - cuyos mejores elementos deben haber estado destacados desde hace mucho tiempo en Hollywood.

Además porque todo el millonario armamentismo, sofisticado a niveles increíbles, es totalmente obsoleto para defenderse de ataques desbastadores, de concepción simple y que utilizan elementos de la vida cotidiana.

Hay otro perfil para analizar: ¿puede alguien negarse a ver la extrema hegemonía ejercida por Estados Unidos sobre el conjunto del mundo?. Desde los enemigos invadidos hasta los aliados que marchan al paso que les marcan, el mundo entero es consciente de vivir bajo una hegemonía cuyos aspectos no deben ser, ante todo, olvidados. ¿Alguien puede sostener que ese casi 50% de la población infantil que vive por debajo de la línea de la pobreza no es consecuencia de políticas importadas desde el norte? Está también el trabajo sucio en que EE.UU. no midió en métodos ni tuvo compasión por las vidas con que debieron pagarse en varias partes del mundo. Inclusive los uruguayos, que todavía lloramos a los desaparecidos que provocó la guerra sucia que estableció el Plan Cóndor, para imponer en esta parte del continente el neoliberalismo más salvaje. Ese mismo Plan Cóndor que determinó 30 mil desapariciones y asesinatos en la Argentina, que le dio vía libre a Augusto Pinochet, para pisotear los derechos humanos en Chile. ¿Acaso no recordamos la participación de Kissinger, como secretario de Estado, en todo ello?

Es la misma política que nunca tuvo parcialidad en el Oriente Medio. Si estimamos - sin que todavía esté probado - que el ataque del 11 de setiembre tiene relación con el conflicto Israel -Palestinos, podíamos decir que en esta ocasión a EE.UU. le tocó vivir en carne propia la misma tragedia que diariamente lloran esos dos pueblos y que tiene como elemento desencadenante su parcialidad histórica a favor de uno de los contrincantes.

Este medio siglo de triunfo imperialista' como entonces se decía, ha dado lugar a un siglo de reacciones políticas e ideológicas muchas de las cuales han llevado a la construcción de regímenes totalitarios o autoritarios de uno u otro signo. Y fue necesario casi todo un siglo para poner fin a esos regímenes tan antidemocráticos como anticapitalistas. ¿Hemos entrado ya en un siglo XXI que va a reproducir la historia del siglo XX pero con un dramatismo aún mayor?

Todo ello depende de sí EE.UU. ha entendido la enseñanza profunda de cuáles fueron los elementos que determinaron los ataques terroristas y, desecha, como respuesta a la venganza, elemento que si va más allá de la justicia, se convierte en totalmente inútil. Los terroristas - del signo que fueran - quizás no buscaron demostrar la vulnerabilidad del país más poderoso del mundo, sino castigar a quién representa al poder en el ámbito planetario.

La diferencia principal con el pasado es que hoy, en lugar de enfrentamientos entre naciones organizadas vemos ya, cómo en torno al imperio y a sus símbolos de poder se forman redes de sombra que encuentran los recursos necesarios en la industria petrolera y sobre todo en la voluntad de jóvenes de sacrificar su vida por sus convicciones fundamentalistas.

Contra ello hay pocas defensas. Ni siquiera el más sofisticado armamento podrá detener esa manifestación de odio. Sin embargo hay un camino que, quizás, alguna vez EE.UU. lo comprenda: encontrar soluciones políticas justas a los conflictos.

Terminar, como lo debiera hacer en Medio Oriente, con su parcialidad. Poner seguro a ese gatillo, casi de inmediato, determinaría una solución política para dos pueblos que se siguen matando en busca de una solución de convivencia que cada vez parece alejarse más. LA ONDA® DIGITAL

(*) Periodista.


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