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Una guerra muy particular y su dilema:
Filipides estuvo allí

por Oribe Irigoyen

El soldado Filipides corrió, corrió ... 42 quilómetros, dio la noticia y cayó muerto de agotamiento: las Torres Gemelas de Nueva York habían sido destruidas por dos aviones de línea manipulados por terroristas. Este exabrupto histórico desde la Grecia clásica y su batalla de Maratón hasta la actual metrópolis norteamericana y su desgracia, tendría, quizá, una posible legalidad lógica debido a una fantástica paradoja: el rol estratégico que cumple el sonido en esos dos hechos tan lejanos. El sonido ( la palabra ) es la condición necesaria y suficiente para una presunción de presencia testimonial y de verdad. En ambos casos.

Filipides estuvo allí. Fue testigo, confirmó la victoria. Lo que dijo se lo tuvo por verdad. Algo semejante ocurre con la destrucción de las torres y con la guerra desatada por Estados Unidos y sus aliados contra el terrorismo musulmán y Afganistán. Pues, en la actual civilización de la pujante cybertech, es decir, de la televisión más la computadora, más la digitalización y el bit como patrón-medida de toda información, parece que ya no es la imagen sino la palabra quien legitima la posible realidad. Se dice mucho, se muestra casi nada.

Además de las imágenes, repetidas hasta el infinito, de las torres colapsadas, poca es la información real que ha recibido el ciudadano corriente de Estados Unidos y el mundo. Hubo y hay muchas declaraciones a partir del presidente Bush hacia los cuatro puntos cardinales de la jerarquía y la alianza en el mundo entero, también bomberos y escombros siempre iguales, misas y cánticos en escasas imágenes ilustrativas.

¿Y la guerra contra Afganistán ? Cierto, alguna cadena televisiva alemana o árabe, a través de corresponsales han informado con detalles visuales parciales de la misma. Sobre todo desde el vecino Pakistán, dado que el régimen talibán no es nada propicio a la distracción de la televisión y poco proclive a informadores desde el campo de batalla.

Las grandes cadenas informativas estadounidenses, por su parte, sólo han mostrado imágenes en negro con puntos verdes en movimiento ( ¿misiles ?, vaya a saber ), lamparazos naranjas o rojos ( ¿explosiones ?, puede ser ), aviones despegando o en vuelo, portaviones surcando las aguas, refugiados afganos en Pakistán, esquemas de diversa grafía bélica y especialistas hablando. La realidad no aparece o no la dejan asomar.

Y el hombre, que ha logrado con la televisión y la computadora un decisivo eslabón en la larga cadena de instrumentos para la apropiación de la realidad y anticipación del futuro, se encuentra más solo, aislado y confundido que nunca frente al universo. Eso sucede por diversas razones de censura, autocensura y manipulación.

Hay censura política, férrea, más bien policíaca y de conocida usanza autoritaria para descubrir terroristas y "no dar armas al enemigo" - frase de vieja data y cuño reconocible -, que ya acosa al ciudadano estadounidense en su vida cotidiana, atenta contra la vanagloria de sociedad de democracia impar y protección del individuo en su mayor extensión imaginable. Para Estados Unidos soplan vientos de Gran Hermano ( el Big Brother de George Orwell, no de los ratings televisivos ).

Hay autocensura, y también manipulación informativa, de la propia televisión, no por razones de humanidad y decoro visual ante la tragedia, sus víctimas y deudos, como pareciera, o por órdenes superiores, que las hay. Sino por una profunda distorsión de la milenaria relación entre lo real y lo virtual, devaluando al primero ante el segundo, canjeando lo vivido por lo simulado, lo experimentable por su programación: la virtualidad.

Es que la virtualidad, obvia en todo sistema de representación, alcanza en la televisión un grado tal, que la convierte en un instrumento ( mecanismo o sistema humano ) de producción de sentido, más que en una tecnología o soporte informativo.

Esta novedad comunicativa, en que lo virtual amenaza al principio de razón suficiente, según el cual todo efecto tiene su causa, y que tuvo su estreno en la Guerra del Golfo - de la que nadie se enteró de nada visual, aunque le dijeron infinitas cosas -, plantea un dilema decisivo al hombre actual. A saber: si un pequeño grupo humano controla la tecnología de las comunicaciones y manipula las creencias y razonamientos de miles de millones de seres humanos. Y se marcha hacia el totalitarismo global - otra vez, George Orwell -. O por el contrario, si cada ciudadano, por lo menos en potencia, puede convertirse en emisor. Y marchar a una democracia más amplia. Dicen que la era digital - la cybertech, con sus variantes de Internet y otros reservorios de información - lo puede hacer posible. El dilema ya no está a la vuelta de la esquina, rompe las narices y los dados siguen rodando. Se aceptan apuestas. LA ONDA® DIGITAL


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