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Occidentalizados A Hassan Jaber no le gusta el mundo en que vive. No le gustan las imágenes que desfilan desde hace unas semanas en la pantalla de su televisor, ni los ditirámbicos discursos de los ulemas de la Universidad islámica de al-Zahar, los zigzagueantes discursos de los gobernantes árabes, los inesperados cambios de humor de sus compatriotas. "Se avecinan tiempos difíciles", confiesa amargamente este ejecutivo de El Cairo educado en Cambridge. Hace apenas un año, Hassan no tenía inconveniente alguno en hacer alarde de su condición de musulmán moderno, su elegante coche americano, su integración en los círculos de expatriados occidentales, su pertenencia a varios clubes selectos de la capital, su posición de directivo de una gran multinacional estadounidense. Empezó a notar los cambios en noviembre de 2000, cuando su hija quinceañera se negó a acompañarle a la inauguración del festival de cine "made in Hollywood" organizado por el centro cultural americano. "Papá, no te olvides de que esta gente es cómplice de quienes matan a nuestros hermanos palestinos", advirtió Ruba, la hasta entonces inocente "niña de la casa". Pocos días después, cuando se le ocurrió llevar a la familia al "Burger King", la criatura volvió a poner el grito en el cielo. "A esos, ¡ni un dólar! Sólo faltaría; este es un país árabe, padre. No los necesitamos; ¡que se vayan!" No se trataba de una reacción aislada; en los últimos meses, miles de adolescentes de Oriente Medio decidieron boicotear los símbolos de la civilización americana. Detalle interesante: en la mayoría de los casos, se trata de hijos de familias "occidentalizadas", tanto cristianas como musulmanas, que suelen defender los valores y el modo de vida de los países industrializados. Hassan Jaber es el típico exponente de esta minoría atípica, que se ha convertido en un fenómeno social. Los "occidentalizados" egipcios, jordanos, palestinos o saudíes viven en sus carnes el conflicto cultural. Se les han enseñado las ventajas y virtudes de civilizaciones ajenas, la filosofía europea y la historia del Nuevo Mundo, las matemáticas modernas y los rudimentos de las nuevas estrategias empresariales. Persuadidos de la supremacía del pensamiento occidental, los Hassan Jaber de la cuenca Sur del Mediterráneo y los emiratos del Golfo tratan de prepararse para el inminente choque de civilizaciones anunciado en su momento por Samuel Huntington, historiador y politólogo estadounidense que hizo suya la metáfora del afamado arabista Bernard Lewis, gran conocedor y admirador de la cultura islámica. En efecto, al hablar del "choque de civilizaciones", Lewis se limitaba a lanzar una advertencia al mundo occidental. Una señal de alerta, destinada a corregir el tiro, a prevenir una posible hecatombe. No fue éste el propósito de Huntington, autor de teorías catastrofistas sobre la rivalidad entre Oriente y Occidente, sobre la inminencia de un enfrentamiento. Si bien los primeros síntomas de cansancio del mundo árabe-musulmán coincidieron con el inicio de la Intifada de al-Aqsa, con los sangrientos episodios de septiembre y octubre de 2000, cuando en ejército israelí dio muerte a decenas de palestinos, los temblores del auténtico terremoto empezaron a notarse a partir de los ataques perpetrados el 11 de septiembre. Esta vez, ya no se trataba de un simple ejercicio filosófico, de tomar partido a favor o en contra de Occidente, a favor o en contra de Islam. El mundo, según el propio Presidente Bush, quedaba dividido en dos: "nosotros", los defensores de la civilización, y "ellos", los partidarios del terror y el mal. La malherida Norteamérica exigía una respuesta contundente, una réplica que llegó a materializarse el 7 de octubre. A partir de aquel instante, los "occidentalizados" que viven en tierras del Islam tratan de compaginar su amor y respeto por la cultura trasplantada a otras latitudes por misioneros y emisarios de la cristiandad con el pragmatismo de quienes pretenden sobrevivir en el mundo árabe, su mundo, un mundo el plena mutación. Algunos reconocen, al igual que Hassan Jaber, que la mezcla de soberbia y falta de visión política de los estadistas occidentales han llevado a la radicalización de las masas, a la acentuación de las diferencias socio-culturales entre Oriente y Occidente. Que en las circunstancias actuales, resulta cada vez más difícil contemplar la convivencia, hablar de paz en Oriente Medio, aceptar las tergiversaciones del Gobierno israelí, hasta ahora "aliado privilegiado" de Washington, los clichés impuestos por los medios de comunicación occidentales o, por ende, la perspectiva de la expansión del conflicto a otros países de la región. En la mayoría de los casos, ya no se trata de aceptar o rechazar la argumentación de Osama bin Laden o de su movimiento. Lo que se pretende es adoptar una postura crítica ante las cuestiones clave que generan el equívoco actual: el problema palestino, el diálogo intercultural, los modelos sociales enfrentados. La aparente incompatibilidad de los enfoques se ha puesto de manifiesto a través de un sinfín de reacciones "negativas" o, tal vez, mal interpretadas por los analistas occidentales, incapaces de comprender la abismal diferencia entre la alianza estratégica de 1991, cuando se trataba de liberar un territorio islámico conquistado por la fuerza, y las reticencias de algunos regímenes árabes moderados a la hora de sumarse a una coalición que, según ellos, se limita a librar batalla a un país islámico "hermano". El desconcierto se suma, en este caso concreto, a la profunda y sincera desilusión de los gobernantes árabes, quienes confiaban, allá por la década de los 90, en la rápida solución del conflicto palestino-israelí. Fue ésta una de las promesas formuladas por George Bush, padre del actual Presidente norteamericano, una de las promesas incumplidas por el "gran aliado". Hoy en día,
Oriente Medio está atravesando por uno de los momentos más
delicados de su historia. A la constante fanatización de las
masas, que no disimulan su desengaño ante la llamada
"carencia de valores espirituales" de Occidente, se
añade la incapacidad (o falta de voluntad) de los políticos de
hallar repuestas válidas para abandonar el callejón sin salida
del inacabable conflicto israelo-árabe. Hoy en día, los titubeos
y la ambivalencia de los "occidentalizados"
difícilmente encuentran en el Islam.
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