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El Banco Mundial alerta:
el 40% de los niños uruguayos
nace en hogares pobres

“Uruguay, Preservación de la equidad social en una economía cambiante”, es el título del último trabajo del Banco Mundial (17 de julio de 2001) referido a nuestro país. El mismo cuenta de 107 páginas, cuatro capítulos, encabezado por un “Resumen ejecutivo y conclusiones”.  A la vez presenta una larga lista de cuadros y figuras, que ilustran y sostienen el contenido del trabajo.

La ONDA publica parte de las conclusiones principales contenidas en el “resumen ejecutivo y conclusiones”, donde se establece el alerta de que el 40% de los niños uruguayos nace en hogares pobres.

Conclusiones principales
Se probaron varias líneas de pobreza para analizar las tendencias y características de los pobres. Sin importar la metodología usada, las tendencias de pobreza muestran un patrón claro. Durante la primera mitad de la década, la pobreza disminuyó, especialmente en Montevideo. Luego de la  recesión de 1994-95 se produjo un brusco aumento en los niveles de pobreza, seguido por un leve incremento anual. Esto acercó el nivel de pobreza de 1998 al de 1991. La distribución del ingreso de Uruguay aún está entre los más equitativos de América latina, aunque desde principios de los años noventa ha mostrado un ligero empeoramiento. 

La idiosincrasia de los pobres abarca individuos de bajo nivel educacional, familias numerosas y hogares encabezados por mujeres solteras con hijos. Entre los pobres, los niños son el subgrupo más numeroso, puesto que actualmente el 40% de los niños uruguayos nace en hogares pobres. Dado el ciclo intergeneracional de la pobreza, la alta proporción de niños que viven en condiciones de pobreza tiene consecuencias importantes para el futuro de Uruguay. Con respecto al empleo, la mayoría de los trabajadores pobres está empleada en el sector informal, en ocupaciones no calificadas en el sector manufacturero, de servicios y la construcción. Las tasas de desempleo y subempleo entre lo pobres son considerablemente más altas que entre los no pobres. 

Las tendencias de la pobreza han estado estrechamente ligadas al crecimiento, los resultados macroeconómicos y su efecto en la demanda de trabajo. A pesar del período de moderado crecimiento a fines de los años noventa, la liberalización financiera y comercial a través del MERCOSUR, la modernización del estado, el acceso a nuevas tecnologías, junto con una acentuada revaluación  del peso uruguayo, han llevado consigo una reestructuración de la economía. Esto ha generado cambios sustanciales en la distribución sectorial del PIB, la intensificación del uso de tecnología en algunos sectores y una considerable reasignación de los trabajadores. El efecto ha sido una menor demanda de mano de obra, especialmente en el sector manufacturero, y en consecuencia una mayor vulnerabilidad para los trabajadores. Sin embargo, en comparación con otros países de América Latina, la volatilidad económica y sus efectos en los salarios ha sido relativamente moderada en Uruguay y menor que la producida en los años ochenta. 

Aunque el mercado laboral de Uruguay funciona relativamente bien en términos globales y el país en general se ha desempeñado bien durante los años noventa, el desempleo, el subempleo, la inestabilidad del empleo y la informalidad aumentaron a fines de la década. El desempleo era del 11,3% (*) en 1999, un aumento con respecto a su nivel mínimo del 8,4% en la década que se registró en 1993. Este nivel más alto es similar al promedio experimentado durante los años ochenta. Los más afectados por el debilitado mercado laboral son las personas que recién ingresan a la fuerza laboral, en particular los jóvenes, los pobres, las mujeres y los trabajadores de mediana edad desplazados de sus trabajos y con bajos niveles de educación. La duración total del desempleo es menor si se compara con una década atrás, excepto para los pobres, los que tienden a permanecer desempleados por un período más prolongado que los no pobres. 

Según los estándares uruguayos, la precariedad del empleo ha aumentado. La mayor informalidad ajustada por el crecimiento, si bien aún es baja en comparación con el nivel de Argentina, por ejemplo, junto con un descenso en los rendimientos relativos de las actividades informales e independientes durante los últimos quince años, indica que una parte de la fuerza laboral tiene una menor estabilidad en sus condiciones de trabajo. Además, una aparente mayor rotación en el mercado laboral (el aumento de la probabilidad de perder un empleo, aunque una menor duración de la situación de desempleo) puede haber contribuido a la sensación de mayor incertidumbre entre los trabajadores. Sin embargo, las tasas de desempleo promedio fueron levemente menores en los años noventa que en las dos décadas anteriores. 

Las causas del desempleo y las percepciones de precariedad en el mercado laboral parecen estar más ligadas a cambios en la economía que a la rigidez del mercado laboral. En los años noventa, la volatilidad en el crecimiento salarial real de Uruguay ha sido menor que en muchos de sus vecinos, pero los salarios del sector público han disminuido, la sindicalización se ha estabilizado en aproximadamente el 22% y la razón entre salario mínimo y salario medio es la más baja de América Latina y los países de la OCDE.

Así, el crecimiento económico sostenido es una solución más prometedora para el problema del desempleo persistente que cualquier otro cambio en las políticas laborales, puesto que muchos de los actuales problemas del mercado laboral siguen el ritmo del ciclo económico. Para un crecimiento liderado por el sector privado, se necesitarán reformas permanentes en el papel que desempeñe el estado, además de la liberalización y el mejoramiento de la competitividad en los mercados internacionales. Junto con el crecimiento deberían surgir nuevas demandas de mano de obra. El mejoramiento del sistema educacional, especialmente en las áreas excluidas, ayudará a reducir las tasas de deserción y garantizará que las capacidades estén ligadas a las cambiantes exigencias del mercado laboral. Y entre tanto, la entrega de protección social a los vulnerables mediante la ampliación de opciones adicionales en materia de beneficios de seguridad social a los trabajadores informales y un mayor acceso a los programas de capacitación para los jóvenes puede ser de cierta ayuda. 

La incertidumbre que algunas personas enfrentan en el mercado laboral, posiblemente junto con la migración desde los lugares más pobres de Uruguay, ha contribuido al proceso de marginación de los principales centros urbanos. Un creciente grupo de pobres se ha visto segmentado cada vez más del resto de la sociedad uruguaya. Estos individuos se han establecido en barrios menos adecuados que con frecuencia están aislados geográficamente, tienen mayores niveles de delincuencia y violencia, menores niveles de servicios y poco espacio público, lo que genera un estigma de área que afecta el acceso a los mercados laborales y a algunas redes sociales. 

Las condiciones dentro de estos barrios incluyen hacinamiento, deficiente calidad de las viviendas, infraestructura limitada (especialmente en materia de caminos y alcantarillado) y un restringido acceso a servicios sociales de alta calidad. La disponibilidad de las redes sociales no es uniforme, aunque el aumento de los niveles de delincuencia y violencia parece haber destruido el capital social en estos barrios. Los grupos especialmente vulnerables a la marginación incluyen a mujeres jefas de hogar (con bajo ingreso, bajo nivel educacional y en situaciones vulnerables o susceptibles de riesgo bajo condiciones económicas y sociales cambiantes, entre 30 y 50 años), hombres jóvenes inactivos (entre 15 y 24 años), adultos desempleados (entre 40 y 50 años), mujeres de 50 años o más, en especial viudas sin apoyo de redes sociales, madres adolescentes (entre 15 y 19 años) y niños de la calle abandonados (entre 0 y 18 años). Los afro-uruguayos, aunque constituyen sólo una reducida proporción de la población (cerca del 5%), también se consideran vulnerables. 

Si bien Uruguay tiene una de las políticas sociales más generosas de América Latina, algunos de los programas y políticas no han sido capaces de ir al paso de los cambios demográficos y económicos producidos. Esto en parte ha contribuido al proceso de marginación. Por ejemplo, dado que la seguridad social está restringida a los trabajadores del sector formal o a aquellos del sector informal que pueden pagar los aportes al sistema, los individuos que han perdido de manera definitiva sus empleos en el sector formal ven afectados sus lazos con la previsión social. 

El gasto social es el más alto de la región, con un 25% del PIB. Sólo Costa Rica se acerca a este nivel, con un gasto social del 18% del PIB. La mayor parte del gasto social de Uruguay, el 80%, se destina a la seguridad social. Los gastos en salud y educación se encuentran alrededor del promedio de la región. La incidencia del gasto varía de un programa a otro, puesto que el gasto público total en salud y educación es relativamente progresivo (con la excepción de la educación terciaria), pero bastante regresivo en seguridad social. La eficiencia del gasto y la calidad de los servicios tampoco es uniforme, pero es problemática para muchos programas. A pesar de los esfuerzos por asegurar una cobertura generalizada, los servicios que se entregan a aquellos que  viven en áreas marginales parecen ser de la más baja calidad y accesibilidad. 

En educación, la cobertura es alta por lo general, pero existen significativos problemas de calidad y eficiencia, como lo demuestran las altas tasas de repetición y deserción, especialmente en algunas áreas pobres y en la educación secundaria. El Gobierno ha implementado varios programas y políticas para mejorar la educación pública, como las Escuelas de Tiempo completo y del Bachillerato Tecnológico. Estos programas han sido bastante eficaces, aunque aún no han logrado llegar a grandes números. Es importante seguir implementado estos programas para los excluidos, para así mejorar el desarrollo del capital humano de los jóvenes vulnerables. 

La cobertura de la atención de salud es casi universal y aunque el gasto per cápita en salud en general es alto, hay interrogantes acerca de la eficiencia, en particular para el sistema de Instituciones de Asistencia Médica Colectiva (IAMC). Entre Los principales asuntos de eficiencia se encuentran los problemas de administración de los hospitales públicos, la limitada recuperación de costos, la regulación diferencial entre los proveedores de atención de salud y la filtración de los servicios fiscales del Ministerio de Salud Pública a los no pobres. Un aspecto que amerita especial preocupación en el sector salud, especialmente en las áreas pobres, es el aumento en las tasas de embarazo adolescente. Esto en parte se debe a la falta de educación de salud reproductiva en las escuelas. Algunos de los problemas del sector salud se están abordando a través de una reforma que se encuentra en curso. Sin embargo, la puesta en práctica de estas iniciativas ha sido lenta y requerirá significativos esfuerzos para que tengan un efecto importante, además de nuevas iniciativas que mejoren en forma eficaz la eficiencia, equidad y calidad en el sector salud. 

Uruguay también tiene una amplia gama de programas de protección social para diferentes subgrupos de la población. El más importante de estos, la seguridad social, proporciona una generosa pensión, seguro de desempleo, seguro médico y transferencias en efectivo a familias con niños a cargo. Estos servicios están restringidos principalmente a las personas y sus familias que han realizado aportes al sistema a través del empleo formal. Aunque la seguridad social está disponible para las personas que trabajan en el sector informal, pocos pueden costear los aportes al sistema. Dado que muchos de estos programas se basan en aportes y no en los medios financieros de los beneficiarios, el gasto es regresivo, ya que los que han contribuido tienden a pertenecer a los niveles de ingreso más alto y los que no contribuyen se encuentran entre los desempleados o trabajadores del sector informal. El sistema de pensiones fue reformado en 1995, pero los cambios no afectan a los que actualmente perciben pensiones ni afectarán los gastos fiscales. 

El financiamiento de la parte pública de la seguridad social representa una enorme carga fiscal para el Estado, puesto que el 40% del gasto no está cubierto por los aportes. Gran parte del déficit proviene del sistema de pensiones. Este déficit no se reducirá en el futuro inmediato, debido al aumento de la esperanza de vida y a la indexación de las pensiones garantizada por la Constitución. Al mismo tiempo, la menor tasa de fecundidad y la mayor proporción de trabajadores informales tiende a disminuir la base de aportes para el sistema de pensiones. Las recientes iniciativas de reforma buscan reducir el efecto fiscal, pero los progresos sólo comenzarán a afectar el sistema en 2010. Sin embargo, hay otros cambios en las políticas que podrían afectar la eficiencia y equidad del sistema a más corto plazo, pero requerirían modificar la Constitución y serían difíciles de conseguir por motivos políticos. 

Aparte de la seguridad social, existen varios programas de protección social destinados a proveer una asistencia social directa a los grupos vulnerables. Entre ellos hay programas de alimentación y nutrición, capacitación juvenil, vivienda, guarderías y transferencias en efectivo. Algunos de estos programas, como la Alimentación Materno-Infantil, Almuerzos Escolares, Vivienda Rural, Projoven y centros de guarderías CAIF, están bien orientados a grupos específicos, aunque la cobertura de algunos de ellos es baja. Varios Otros programas están obsoletos y mal focalizados. Diversos servicios son entregados por el gobierno central y por el municipio local, creándose problemas de duplicación (especialmente en Montevideo). Una mejor coordinación entre los Ministerios y el uso de las redes existentes (como el sistema educacional) para entregar los servicios permitiría abordar estos problemas. 

(*) Nota de La ONDA: el desempleo llega hoy al 15,5%

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